por Juan Carlos Espinosa Cuock

 

Tuve un día atroz. El mundo conspiraba en mi contra y yo solo deseaba no haberme levantado. Por la mañana, mientras miraba la boca de mi jefe contorsionarse, pensé en aquél niño gordo que me golpeaba con mucho más dedicación que la que le dedicaba a la escuela. Luego recordé aquél triste sábado en que mi mujer me dejó por otro. También imaginé la horrible cara de mi casera cuando le diga que ya no tengo trabajo.

Hace quince días pedí un aumento, porque después de veinte años pensé que era el momento justo; no recibí ninguna respuesta. Mi jefe, dieciocho años más joven, me mandó llamar a su oficina, treinta pisos arriba. Cuando llegó mi turno asignado, se dirigió a mí siempre por el número de empleado y con una impostada solemnidad delatada por sus labios apretados. Al soltarlos, le siguió un breve pero conciso sermón sobre la oferta y la demanda, se extendió hablando sobre la importancia del tiempo y su prudente administración, y remató con una piadosa advertencia sobre los peligros de la ambición. Después, anuló mi permiso para entrar a la ciudad y me dio veinte minutos, uno por año, para salir del edificio.

Huelga decir que mi vida ha sido patética. La única certeza que tengo ahora es que no va a mejorar; ya tengo cuarenta y nueve años, ningún logro y ninguna posesión, excepto este horrible traje gris que se multiplica en mi ropero y en todas mis fotografías. Apenas conservo algún buen recuerdo que ya empieza a desvanecerse. Todo este tiempo he sido nadie. O más bien dicho, sólo he sido esto.

No quise volver a mi casa a una hora y veintidós de distancia. Decidí caminar sin rumbo para ocupar el excesivo tiempo que ahora tenía a mi disposición y observar la ciudad, que se había llenado de árboles y lagos artificiales franqueados por edificios nuevos y relucientes. Hacía mucho tiempo que no paseaba por sus calles, que ahora parecen dioramas diseñados exclusivamente para su contemplación. En todo este tiempo, sólo la había recorrido con la mirada; periféricamente, parcialmente, tangencialmente, pero siempre desde lejos, detrás del borde que marcaba el anillo periférico. Me había acostumbrado a salir todos los días de la oficina a las dieciocho horas quince minutos para tomar el minuto treinta y uno de la octava sección, pero ya era muy tarde para retomar eso. Cada minuto que pasaba en la ciudad central, ésta se hacía más brillante y ese brillo me asqueaba.

Entré libremente por una sección que no era la mía, como se podría entrar por cualquier parte de su omnipresente cuerpo. El acceso era siempre cotejado por el leve sonido del implante, que se escuchó distinto esta vez. Eso reforzó la idea de que yo era un error, pero mi resignación me explicó después y con más dureza que yo era sólo un número. Uno que el sistema reconoce desde que fui registrado en mi nacimiento, y estaba tan programado como la ruta que desde hace quince años hago desde mi casa al trabajo y de regreso. El cambio de sección y de horario debieron parecerle extraños.

Confieso que esta casualidad me alegró un poco, el hecho de que me reconociera. Esa imponente estructura se había convertido desde hace muchos años en el administrador implacable del tiempo y el espacio de los que pueden vivir en la ciudad y los que no podemos hacerlo. Fue el contundente epílogo de una larga disputa entre los que querían vivir sin la molestia de los otros y la promesa a esos otros de darles el más pronto regreso posible a su lugar designado, allá afuera. Nadie quiere tenernos un segundo más de lo necesario aquí, en la ciudad central. Ya hubieran cerrado el anillo si no fuera porque todavía nos necesitan.

Nunca había visto el sistema tan vacío, los andenes estaban desiertos. Tampoco tenía idea de su tamaño real porque siempre tuve la referencia de los demás a mí alrededor. Hoy lucía majestuoso; con sus vaporosas luces y señales holográficas titilando junto a los enormes ventanales que cambian de color, y la sobrecogedora soledad provocada por la luz artificial acentuada por las millones de toneladas de concreto, metal y vidrio que se extienden por encima y por debajo de su enorme masa. Pero una sensación me afecto más que cualquier otra: la tenebrosa calma de las bandas transportadoras.

Nunca, desde que recuerdo, había visto al anillo inmóvil. Esa escena me lleno de horror, e instintivamente me recargue en algo para sentirme seguro. Era como mirar el mar sin oleaje, una masa estática e inerte. Caminé hacía otra banda y luego me puse a correr a lo largo de todas las que pude. Salté como un loco por los andenes e instintivamente comencé a gritar y luego a reír. En medio de aquél júbilo, un sonido muy poderoso y nítido retumbó en todo el lugar, y guardé silencio por el temor. Notas y sonidos electrónicos impersonales parecían estarse sincronizando entre sí.

Todas las luces en la sección en la que me encontraba se encendieron al mismo tiempo y me cegaron transitoriamente, mientras un haz de luz naranja me recorría el cuerpo, marcando una referencia en la banda cuarenta y dos. Caminé hacia ella y justo cuando me detuve en la marca, dijo mi nombre. Era la estertórea voz del anillo, escuchándose a través de todo el sistema dándome la bienvenida. Me dijo que yo era el usuario uno del día trece mil quinientos uno, y el familiar zumbido mecánico de las bandas volvió a invadir el ambiente. El sistema se había encendido sólo para mí. O bien, el sistema se encendió por mí.

En ese momento, pensé en los trece mil quinientos usuarios que antes que yo, habían reiniciado el sistema alguna vez, elegidos por una insondable lotería de probabilidades. Sobra decir que nunca he sido un hombre ambicioso, nunca había experimentado el poder o la suerte hasta hoy. Era la primera vez en mi vida que me sentía importante. De los millones de usuarios posibles, fui yo.

Durante el trayecto, todos aquellos sentimientos de invalidez, miedo e impotencia que me acompañaban desde la infancia iban quedándose en las secciones que recorría circularmente una y otra vez. Cuando salí del sistema, esos sentimientos habían sido borrados y no distinguía entre estar adentro y estar afuera del anillo. El mundo se hizo más grande para mí. A las cuatro horas con treinta y ocho minutos del día trece mil quinientos uno que marcaban las pantallas del sistema, mi nombre volvió a tener significado. Para cuándo desperté, ese mismo día, ya tenía un propósito.

 

 

Juan Carlos Espinosa Cuock es Arquitecto por vocación, investigador por necesidad y escritor de ocasión. Tiene un gusto especial por lo grotesco, lo distorsionado lo misterioso, y su trabajo reciente se enfoca en temas urbanos y especulaciones arquitectónicas.

 

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