por Antonio Rubio Reyes

 

Hasta hace poco, era un cinéfilo cobarde. Es por ello que, salvo muy contadas excepciones, no me atrevía a ver películas de miedo. Creía, por ejemplo, que The Exorcist (1973) contenía una maldición y que jamás me libraría de ésta. Sin embargo, gracias a las virtudes de la repetición y el azar (los amigos aquí son protagonistas), me acostumbré a cierto tipo cliché del género de terror que sólo denota una carencia de imaginación en los temas, imploraciones por el susto fácil y tramas estúpidas. Pienso que esto se debe a la relevancia del espectáculo durante el momento de exponer al monstruo, el verdadero protagonista, antes de presentar bien a los afectados que, de cierta forma, representan al espectador.

El miedo, en teoría, es la vulnerabilidad hacia lo desconocido. Lo que hace preguntarnos: “No es real pero… ¿podría pasarme?” El buen horror desempeña con maestría ese trabajo, esa sensación: cuestiona la realidad y permite posibilidades. Es la maldición en The Exorcist. Insisto en el azar que me ha permitido ver algunas películas notables o por lo menos novedosas en este sentido: It follows (2014) habla sobre la represión sexual y la angustia de la persecución; Cloverfield (2008) explora el tema de la destrucción; The Conjuring (2013) trata sobre cómo lo paranormal o lo inexplicable puede arruinar las vidas de los afectados desde una perspectiva más psicológica que social. No obstante, creo que ninguna de éstas se acerca al descubrimiento y hallazgo que expone The Babadook (2014), dirigida por Jennifer Kent, sobre el tema de la locura.

En primera instancia puede decepcionar a los que busquen el susto fácil. Aquí el terror se oculta en la historia que no se cuenta. Es famoso y reglamentario aquel axioma narratológico que dice “no muestres, esconde” y, The Babadook, lo asume casi como la verdad. Si me quejo de las malas películas de miedo es porque lo desconocido y lo sobrehumano es inmortal y siempre cumple de forma inverosímil su representación en la realidad. En esta película el monstruo Babadook surge desde la ficción: los libros que utiliza Amelia para hacer dormir a su hijo. La figura del libro simboliza más bien un paliativo que oculta los verdaderos problemas familiares que la película asume con una responsabilidad impactante: cómo los fantasmas de la ausencia pueden llevar a una mujer a la locura. Este tema, que me remite un poco a la problemática familiar de We Need to Talk About Kevin (2011), se cuenta aquí en los pequeños detalles señalados en la relación que hay entre madre e hijo, quienes deben hacer frente hacia el peor de los miedos: la soledad. Son personajes afectados por la ausencia y el terror gira en torno a ello para, así, introducir a la figura del monstruo, que no es sino la representación de ella, Amelia, de su lado oscuro, por así describirlo, un descontrol hacia lo que ella percibe como su realidad.

Aquí aparece la metáfora del insomnio y su vinculación con la locura. En diversas escenas hay una imploración por el deseo de dormir y soñar. Ambos personajes son atormentados por el insomnio metaforizado tanto en el Babadook como en la pesadilla: si duermen, sus sueños se vuelven representaciones del infierno. El terror radica en lo verosímil del tema, es decir, el impacto del insomnio en la vida humana y cómo afecta nuestra noción de existencia. Lo terrorífico en esta historia ocurre. Asimismo hay una crítica sobre las drogas del sueño. En un principio se expone como un descanso tanto en la acción narrativa como en los personajes (literalmente reposan). Es una parte de la película en donde las cosas van bien. Sin embargo, será también el prólogo para lo peor, para la locura completa, el let me in en el que insiste el Babadook. A través de símbolos como la náusea y la sinceridad del niño, así como su reacción negativa hacia las pastillas (por ejemplo, las cucarachas que surgen como plaga invisible y la locura de la madre), se expone un problema real: los paliativos del sueño, como la televisión y las drogas, son más bien causas del insomnio, de nuestro pasaje hacia la locura. Hace falta contemplar el rostro de Amelia para percatarse del desgastamiento físico y moral de una persona que no duerme bien. Es en su rostro donde podemos ver al monstruo.

Es ella quien produce el miedo, sobre todo en su conversión final que también confirma otra de las reglas en el género: el poder de la maldad siempre recae en los personajes más inocentes (en este caso un animal y un niño). La locura trastorna a Amelia por su necesidad de sueño y la convierte en una bestia. Ha sido poseída por ella misma y esto se ve claramente en la evolución de sus rasgos faciales, su cabello y su vestimenta, que además ocultan sus terrores más profundos: la tristeza y la soledad, la discriminación, la muerte.

En fin, sólo hace falta reflexionar sobre el desenlace: la fiesta de cumpleaños es un festín para la soledad a la que nada más acuden ellos, los solitarios: Amelia, la anciana y el niño… así como el monstruo, ya dominado. La metáfora concluyente ciertamente es sencilla y efectiva: no podemos desaparecer a la bestia, al odio que yace dentro de nosotros; pero podemos domesticarnos, tragar tierra y lombrices, un homenaje al mundo dual y fétido lynchiano que siempre se oculta en las cosas normales.

 

Ilustración de Idu Zshugost.

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