Uno de los ideales de la sociedad occidental moderna es el de que todos disfrutemos por igual del derecho a expresemos libremente. Esto queda referido en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero también hay especificaciones con respecto a dicho derecho. Por ejemplo, la Convención Americana Sobre Derechos Humanos indica, en su Artículo 13, que, si bien todos tenemos derecho al libre pensamiento y la expresión del mismo, “el ejercicio de este derecho está sujeto a ciertas responsabilidades ulteriores para asegurar que, en la práctica, nadie agravie los derechos de otras personas ni se perjudique la seguridad nacional, orden y moral pública”. Por su parte, el Convenio Europeo de Derechos Humanos afirma, en su Artículo 10, que todos tenemos derecho a la libertad de expresión… pero este derecho puede ser sometido a “ciertas formalidades, condiciones, restricciones o sanciones”, previstas por la ley en búsqueda de la seguridad nacional… El antecedente de esta restricción a la libertad de expresión se encuentra en el ensayo “Sobre la Libertad” de John Stuart Mill. En dicho ensayo, Mill propone lo que hoy se conoce como “Principio del daño”. En resumen, dicho principio propone que el Estado debe limitar al individuo cuando este daña, física o moralmente, a alguien más. En 1987, Joel Feinberg, por medio del concepto de “Principio de ofensa”, complementó la tesis de Mill. Partiendo de la propuesta de John Stuart Mill, Feinberg asegura que algunas formas de expresión deben ser legalmente prohibidas cuando ofenden a los demás al grado de causar daño. El verdadero problema consiste en que no todos nos ofendemos por lo mismo, e incluso lo que a algunos nos ofende, lo hace en diferente grado (dependiendo la persona) y por diferentes cosas. Creo que todos somos testigos de que, partiendo de estas suposiciones, diversas asociaciones, e incluso el Estado mismo, han pretendido legitimar la censura. Supongo que todos tenemos claro que, en nombre de “la seguridad nacional” y “lo moralmente correcto”, buscando, pues, “no ofender a nadie”, se ha silenciado a muchas personas a través de la historia. La filosofía y los filósofos no han sido la excepción.

En sus artículos Enseñanza exotérica, Persecución y arte de escribir y Sobre un modo olvidado de escribir, Leo Strauss reflexiona en torno a la relación entre la filosofía y la libertad de expresión. En lugar de escribir una letanía para exigir que se respete el derecho de los filósofos a expresarse libremente, Strauss se aproxima al tema de la libertad de expresión a partir de la prudencia filosófica, o más específicamente, de las consecuencias de la falta de prudencia por parte de los filósofos.

Uno de los ejemplos más elocuentes de las consecuencias de la falta de prudencia filosófica es, quizás, el caso de Sócrates. Como testimonian las referencias (la Apología escrita por Platón es, tal vez, la más importante), Sócrates fue condenado a muerte por votación de la asamblea ateniense. Los cargos contra los que se enfrentó Sócrates fueron, en pocas palabras, la corrupción de la juventud ateniense y el rechazo a los dioses de la ciudad. Las narraciones del juicio que nos han llegado muestran que de hecho no se le pudieron probar del todo dichos delitos. Sócrates argumentó muy bien que no era culpable de lo que se le acusaba y que, por tal motivo, aquellos que lo acusaban[1] deberían ser castigados por haberle levantado falso testimonio. Pero si Sócrates era inocente, ¿cómo le hicieron esas personas que lo acusaban para poder llevarlo al estrado a pesar de que no tenían pruebas claras de que Sócrates era culpable de tales y cuales delitos? El elemento decisivo fue, probablemente, el apoyo popular con el que contaban los acusadores.

Todas las fuentes que hablan de la vida de Sócrates coinciden en un dato con respecto a éste filósofo, a saber, que la mayoría de las personas en Atenas sentían cierta aversión a Sócrates[2]. Sócrates se ganó este rechazo por parte de sus conciudadanos a través del libre ejercicio de la filosofía. Prácticamente todas las fuentes sobre la vida de Sócrates están de acuerdo en que Sócrates practicaba la filosofía sin importar la persona, el momento o el lugar en que estuviera. Sócrates filosofaba en el mercado, en los convites, en los baños públicos, mientras estaba encarcelado, prácticamente en el lugar en el que viniera la necesidad de filosofar y con quien estuviera en su camino. Pero el hecho de que Sócrates quisiera filosofar con todos y en cualquier lugar no significa que todos querían filosofar con él, y menos conociendo el acostumbrado método que Sócrates practicaba para filosofar. A través de una persistente serie de preguntas, Sócrates filosofaba y le hacía ver a sus amigos y conciudadanos cuán ignorantes eran en aquello que decían tener conocimiento. Evidentemente, esto irritaba a los demás.

El caso de Sócrates revela, pues, la existencia de personas no filosóficas. Podría decirse que la esencia de las personas no filosóficas es la molestia que sienten cuando les hacen ver su propia ignorancia. Quizá con excepción de Sócrates, es decir, con excepción del filósofo, a nadie en Atenas le agradaba que le hicieran ver que era un ignorante. La existencia de las personas no filosóficas no sería ningún problema si éstas no tuvieran ningún poder para perjudicar al filósofo. Pero como muestra el caso de Sócrates, cuando las personas no filosóficas tienen poder, tal como lo tenía el pueblo en la democracia ateniense, buscarán silenciar al filósofo del modo que sea necesario, incluso cuando esto implique darle muerte.

Uno de los “discípulos” más sobresalientes de Sócrates, Platón, se dio cuenta de esta problemática relación entre la filosofía y las personas no filosóficas y las consecuencias de querer practicar filosofía a voz alzada. Platón se dio cuenta de que ni en la democracia (esa forma de gobierno que afirma la igualdad) existe algo tal como la “libertad de expresar” la filosofía sin riesgo alguno. Podemos creer que Platón aprendió la lección justo porque vemos que se metió en su Academia y no se dedicó a filosofar en todas partes y con quien se le atravesara, justo como sí hizo su “maestro”. Sin embargo, la filosofía dentro de cuatro paredes tiene una deficiencia: su mensaje se extingue en la medida en que no puede ser transmitido, o por lo menos en la medida en que su transmisión es lenta y reducida al número de personas con las que se filosofa directamente. Si es verdad que la filosofía tiene aspiraciones pedagógicas, si es cierto que la filosofía es por definición un tipo de educación, es razonable que los filósofos deseen transmitir sus enseñanzas a otras personas, especialmente a esas personas que son potencialmente filósofos, es decir, que tienen “madera” para ser filósofos. Es evidente que esto no puede hacerse si el filósofo se mete en su escuela y decide filosofar sólo con un reducido grupo de estudiantes (por no mencionar que no hay garantía de que todos en ese grupo de estudiantes tengan “madera” para ser filósofos). ¿Qué puede hacer, entonces, el filósofo? La alternativa es, pues, la práctica del discurso exotérico y del discurso esotérico.

Según Strauss, Platón y todos los filósofos clásicos practicaron la filosofía a partir de la combinación del discurso exotérico y el discurso esotérico al interior de sus textos. Para que sus enseñanzas no se quedaran atrapadas en el ámbito de sus conocidos, los filósofos antiguos escribieron textos utilizando el discurso exotérico-esotérico. El discurso exotérico-esotérico no es otra cosa sino el acto de escribir entre líneas. El discurso exotérico es la cara de un texto que el filósofo quiere presentar hacia el exterior, hacia el público en general (es decir, a la mayoría de las personas, la cual es, según la enseñanza del caso Sócrates, no filosófica). El discurso esotérico es, en cambio, aquello que el filósofo no dice de manera explícita pero que sin embargo sí está dicho en sus textos, aunque para poder verlo hace falta algo más que sólo plantarse frente al texto y encadenar las letras y las palabras.

Me parece que la razón por la que los filósofos antiguos practicaron la filosofía desde el discurso exotérico-esotérico queda suficientemente clara con la remembranza del caso Sócrates. Desde la perspectiva clásica, el discurso exotérico-esotérico en la filosofía es necesario en la medida en que el filósofo quiera transmitir sus enseñanzas sin el riesgo de la persecución por parte de las personas no filosóficas. Quizá sólo habría que puntualizar quiénes podrían ser las personas no filosóficas. Como mencioné arriba, las personas no filosóficas son, en última instancia, todas aquellas personas que detestan que se les haga ver su propia ignorancia. Si se ve con cierto detalle, uno se percata de que el espíritu no-filosófico puede estar por todas partes, sin distinción de clase, color, género o manera de pensar. El hecho de que una persona apoye tal o cual ideología, por muy bienintencionada que ésta sea, no significa que tal persona sea filosófica. Para los filósofos antiguos era visible que hay personas no filosóficas tanto en los altos puestos del gobierno como entre el pueblo común y corriente. Si la esencia de una persona no filosófica es su aversión a que le hagan ver su propia ignorancia y el fastidio que le causa conocer por sí misma, probablemente la mayoría de las personas sean no filosóficas, justo como el caso Sócrates sugiere, aunque no de manera explícita.

Todo este panorama cambió al arribo del pensamiento filosófico moderno. La comprensión de la filosofía, del espíritu no-filosófico y, consecuentemente, la necesidad del discurso exotérico-esotérico tomaron un giro radical cuando se dejó atrás la filosofía como la comprendían los filósofos antiguos y se optó por una comprensión moderna de la filosofía. Son muchos los aspectos en los que la comprensión moderna de la filosofía difiere de la comprensión clásica, pero el más relevante para la discusión del presente texto es la democratización de la filosofía. Para los pensadores antiguos, era improbable que la mayoría de las personas quisiera practicar la filosofía. En contraste, el pensamiento moderno establece que todo el conocimiento accesible al ser humano, toda la sabiduría, en resumen, la filosofía, está al alcance de todos, lo único que se necesita es un método correcto (Descartes) y que el ser humano, por fin ilustrado, decida salir de ese “estado de minoría de edad” en el que ha estado sumergido durante tanto tiempo, ese estado en el que ha permitido que los demás piensen por él (Kant).

El ideal moderno de la democratización de la filosofía tiene como efecto la negación del espíritu no-filosófico del que hablaron los filósofos antiguos. Si lo único que se necesita para ser filósofo es un buen método y la convicción de ser filósofo, eso significa que nadie es, en esencia, no-filosófico. Esto es lo mismo que decir, pues, que, según el pensamiento moderno, todos somos filósofos en potencia. Pues bien, como no existen personas no-filosóficas, al menos no en esencia, la aplicación del discurso exotérico-esotérico sale sobrando. El pensamiento moderno rechaza la necesidad del discurso exotérico-esotérico, y al rechazar la necesidad de este discurso, también negaron su existencia. Como los pensadores modernos no necesitaban (o al menos eso creían) el discurso exotérico-esotérico, al mismo tiempo negaban que dicho discurso alguna vez haya existido. Según Strauss, hasta la irrupción de la teoría hermenéutica de Schleiermacher, todos los pensadores estaban de acuerdo en que la filosofía siempre ha necesitado de la dualidad exoterismo-esoterismo como medida precautoria ante la persecución. Según Strauss, Schleiermacher fue el primer pensador en proponer que no existe una doble enseñanza en los textos platónicos, lo que es lo mismo que decir que es falso que Platón haya practicado el discurso exotérico-esotérico. 

Supongo que es fácilmente reconocible que la mayoría de nosotros, en tanto que herederos de la modernidad, difícilmente estamos abiertos a la posibilidad de que la filosofía esté escrita por medio de la dualidad exoterismo-esoterismo. Quizá la prueba más clara de ello es lo que creemos que “Platón dice”. A Platón le hemos objetado que creía en las ideas, que promocionaba el ideal del filósofo rey, que detestaba la poesía, y otra larga serie de supuestos extraídos de una lectura sumamente literal de sus diálogos. Tenemos ciertas dificultades para aceptar que lo que “dice” Platón debería ser reinterpretado. Por principio, lo primero que podría discutirse es si los diálogos platónicos “dicen” lo que pensaba Platón, a pesar de que hay elementos suficientes para dudar de esto (por ejemplo, en su Carta VII afirma nunca haber escrito lo que él pensaba, así como el hecho de que en ningún diálogo aparece él como personaje). Si de Shakespeare no creemos que tal o cual personaje de alguna de sus obras expresara íntegramente su pensamiento, ¿qué nos hace creer que Platón expresaba sus propios pensamientos en las suyas? ¿Alguien sería tan aventurado como para afirmar cuál de los personajes de El retrato de Dorian Gray expresa las ideas con las que Oscar Wilde se hubiera comprometido?  Nuestras dificultades para la interpretación de textos clásicos no se limita a los de contenido filosófico, también libros religiosos, como la Biblia, hoy nos parecen completamente incomprensibles porque hemos olvidado el tratamiento que debemos darles. Tanto por parte de los “creyentes” como de los que no lo son, las afirmaciones sobre lo que “dice” la Biblia son tan absurdas que, en última instancia, su mensaje nos resulta inaccesible.

El anverso de este problema se revela en nuestra actitud para expresarnos. Así como rechazamos la necesidad de tener en cuenta la dualidad del discurso exotérico-esotérico cuando leemos e interpretamos un texto, tampoco consideramos que haya necesidad alguna de ejercer el discurso exotérico-esotérico cuando escribimos y, en última instancia, cuando nos expresamos. En nuestro afán de ser “sinceros”, de “hablar con la verdad”, olvidamos lo que los filósofos clásicos tenían bien presente: que siempre va a existir alguien que detestará escuchar tal o cual verdad. Esto se puede ver, por ejemplo, en el periodismo. A pesar del ideal moderno que afirma que todos tenemos derecho a expresarnos sin temor a sufrir daño, cuando un periodista revela tal o cual verdad que resulta perjudicial para una persona (o un grupo de personas), la reacción común es que se busque silenciar a dicho periodista. La aporía radica en que, según los ideales modernos, el Estado debería velar para que las personas que aspiran a la verdad (llámense filósofos, llámense periodistas) puedan expresarse libremente. Pero, ¿qué debe hacerse cuando aquél que silencia al que aspira a la verdad es el propio Estado?

En el fondo, quizá todo radica en lo que, según Strauss, Ephraim Lessing observó de los intérpretes modernos, a saber, que se habían vuelto “demasiado sabios” como para evaluar con más detalle el arte de leer y, consecuentemente, el de escribir. Supongo que se entiende que el “demasiado sabios” de Lessing es una suerte de ironía.

 

Imagen de Beetroot Design

 

[1] El orador Licón, el poeta Meleto y el demócrata Anito.

[2] Véase, por ejemplo, Jenofonte, Memorabilia 2.37.

 

 

Mifune

Mifune

Licenciado en Filosofía por la UNAM, certificado en gestión de contenido para plataformas e-learning, editor, ensayista y frecuente lector de filosofía antigua.

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