por Guillermo Muñoz Hernández

 

Esa tarde no quería llegar a mi casa, todo estaba solitario y frío, aunque deje prendida la tele la soledad no abandona mi casa, la botella de Jack me espera sola en medio de la mesa del comedor y la maldita computadora, pálida hija de puta, me recuerda que debo escribir, el cursor parpadeante me recuerda que hace mucho que no escribo y que mi vida lentamente se hunde como el Titanic,  bueno, no, como lancha en el lago de Chapultepec. No, hoy no quiero llegar a mi casa en donde la soledad me espera, así que supuse que un cine dando una película con tantas explosiones como buenos culos podría ser una buena solución para contrariar a la soledad que reclama mi presencia en mi casa. 

Hace muchos años que no voy al cine, pero pensaba que nada podía cambiar. Carajo, era un cine, ¿qué podía cambiar en pocos años? Al llegar a la taquilla una adolescente con cara de flojera pero un bello par de tetas me atendió con menos ganas que yo de llegar a mi casa. —Buenas tardes ¿para qué función?—. Nunca pensé en eso, la verdad es que siempre me gustó el cine cutre y dejé de ir al cine porque empezaba a escribir thrillers de acción en vez de la mierdecilla melancólica y patética que me gustaba escribir así que sólo le dije —¿Cuál es de acción y dura mucho?—, ella me vio como lo hacía al final de la relación mi última pareja, con asco y pena. —En este momento tenemos a punto de empezar “Rápidos y Neuróticos”, son tres horas de acción y Vin Magna. —Ah, pues un boleto para esa por favor—, después de eso comenzó a preguntarme sobre tarjetas,  números y letras de asientos, promociones y formas de pago, definitivamente soy un pendejo porque vaya que hay cosas que cambian en los cines y en la puta vida y yo como siempre no me entero.  

Cuando entré en las marquesinas de muchos colores había películas ignotas llenas de actores bellos y actrices aún más bellas con espectaculares culos en tramas como “una mujer que no necesita hombres, hasta que aparece él”, “ella sólo busca un hombre que chupe coño y él sabe cómo hacerlo”, tanto feminismo y siguen peleando por ver quién chupa mejor el coño; en fin, la curiosidad me atacó y justo ahora quería toda la experiencia cinematográfica así que me encaminé a la dulcería, recuerdo que cuando era niño mi madre hacía agua de limón y preparaba palomitas (en sartén, no en el microondas, así de viejo estoy) así que para mí esto de las dulcerías era una novedad de puta madre. 

Hay combos con palomitas, nachos, helados, chocolates, galletas, galletas con helado, palomitas dulces y de queso, hot dogs, pasitas con chocolate, chocolates enormes,  refrescos en toda la gama y yo no tenía la tarjeta y ellos me la pedían, debo aceptar que me sentí disminuido ante tal falta, aunque bueno, ya estoy acostumbrado a ese sentimiento que es más fuerte cuando mi computadora me observa con el cursor parpadeante como diciendo —Eres tan pendejo que ni escribir sabes, pinche puto—. En fin me dieron un combo que traía prácticamente de todo y me fui a la sala seis, estaba nervioso y un poco confuso de cómo me iba a comer todo lo que había pedido. 

Creo que cuando era chico lo que más me gustaba del cine eran los cortos y cuando entré  justo empezaba un adelanto de una película que se veía de huevos, un vato se lanza al agua y busca rescatar a una niña y en sus ojos se ve el flashback de su vida y cómo se hizo militar y cómo se enamora de su mujer y fue cuando me di cuenta de que era un puto comercial y lo peor de todo sobre el ejército y lo que hace cuando no está reprimiendo, en fin, empecé a mentar madres sobre los militares hasta que entró una pareja que se sentó dos filas más abajo se les veía felices por supuesto me cagaron al momento. En fin después de quince minutos de avances y comerciales por fin comenzó  “Hiperactivos y neuróticos 8: sin nalgas no hay secuelas”, el sillón muy cómodo y con un hoyito para mis múltiples viandas, saqué mi nalguera y le puse Jack al refresco, todo empezaba bien chingón. 

Ese Vin Premium era una cosa de verse, el tipo era como Dios con todas sus cualidades y ninguno de sus defectos, madreaba a medio mundo, le llovían nalgas y vergazos y a las primeras las abría  y de los segundos nunca se abría, ese cabrón debería caerle a México y putearse a los cárteles y mocharse con un par de esos culos; en esto pensaba cuando entraron tarde un par de viejitos, una pareja que se veía que lo suyo lo suyo había sido Casablanca de Humphrey Bogart y no está suprema película de Vin Hidrosina de la cual me perdí un poco por culpa de los viejitos y su llegada tarde, logré recuperar la trama cuando Vin corría hecho verga en un auto que rápidamente identifiqué como un Renault 5. 

Cuando Vin le decía por centésima vez a una morra que nel, que no se la iba a dar, mientras ella le olía los huevos, Don viejito en el susurro más indiscreto que se ha oído dijo —Rápido Renata que se me pasa el efecto—. —Yo te dije que te la tomaras después Héctor—. —Bueno Renata, ¿la vas a chupar o no?—. La joven pareja y yo perdimos el hilo de la película justo cuando Vin disfrazado de Pancho Villa le tronaba el cuello a Peña ya que, después de todo no es común ver cómo como un par de viejillos se las traen en un cine y mucho menos en  relación pasivo agresiva como la presente y pues pasó, la señora Renata que bien se podía apellidar Corcuera se bajó a los chescos. Al principio, igual que la morrilla de la parejita, dije güacala, pero después de ver la maestría de Renata y los gemidos de placer de Don Héctor sí me prendí y creo que el chaval de la parejita igual.  

Justo cuando Vin Turbosina saltaba de un avión salvando a su bebé y a un bebé panda sobre la costa de Veracruz, Héctor comenzó a gritar —¡ME VENGO, ME VENGO!—, mientras culera y sabrosamente le bajó más la cabeza, primero no supe si ver a Renata y Héctor terminar o ver a Vin clavarle un cuchillo al Peje, quien resultó ser el malo malísimo de la peli; en fin, como el avispado escritor que soy pude ver ambas cosas, digo, sí es un suceso ver ese nivel de sexo oral pero la película me cautivó, aparte el orgasmo de un hombre es corto y aburrido, no como los de las mujeres, que por sí mismos valen la pena la sobrepoblación.  

La película terminó cuando Vin Tesla acaricia la cara de su chica con el pito oliéndole a veinte morras y su mujer le acepta un hijo fuera del matrimonio el cual por pura coincidencia lírica fue bautizado como Héctor Diésel mientas el otro Héctor cariñosamente le daba un beso en la frente a Renata y le decía —Me saludas a tu esposo y le das un besito con mis respetos—. Así salieron los dos, viejos, infieles y satisfechos. La parejita de enfrente salió abrazada de la cintura, él planeando en voz alta una huidita al motel con todo y mamada. Yo, pues yo salí con media charola de nachos aguados, media cubeta de palomitas, un hot dog con dos mordidas y mi vaso de refresco vacío, después de todo el cine en esta época no es tan malo, ahora solo queda enfrentar a la maldita computadora y sus ansias de que yo fracase.

 

 

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