por Beto Fong

 

William Bill, antiguo bandido, fue probablemente el mayor antihéroe jamás documentado. Nacido en el sur de Lessiana, de una familia numerosa y turbulenta, forjó su vida en el juego y la bebida, vicios aprendidos de quien, suponen  las personas que desconocen su biografía real, era el padre. Jason Bill Williamson, padre genético, antiguo sheriff del condado, vaquero respetable y sembrador de la paz, desapareció apenas William cumplió los dos años. La presunta desaparición se atribuye a deudas externas con bandidos mexicanos patibularios, afamados por su destreza en el tiro único y una agilidad extraordinaria en los naipes. Jefferson Johnson, padre de reemplazo de William Bill,  arriero bien parecido pero violento, quien conoció a Margaret Lou Steven en un círculo de apuestas. Derrochador incontrolable, alcohólico famoso por su capacidad de ingesta sin congestiones y afortunado ganador en las apuestas más elevadas, invertía la mayor parte de su fortuna en mujerzuelas y los más finos tabacos españoles acompañados de vino francés. Margaret Lou Steven —apodada por los hombres del bar donde laboraba como la Talladora de Palos— madre cariñosa de William pero áspera figura maternal con sus demás hijos, dama de compañía en la peor pero más popular cantina de Westernville, era una mujer de tez blanquecina y belleza venida a menos por obvias razones laborales. Tras la muerte de su esposo y la fuerte demanda económica que exigía la manutención de cinco hijos, en un primer momento, su única vía de escape fue prestar su cuerpo al bienestar y placer masculino local. Intimó con Jefferson Johnson en una noche lluviosa, en el cuarto más barato y menos discreto del Tragos y ruedas, durante una jornada común de trabajo. El matrimonio, ha de intuirse, era más una relación de mutua conveniencia que lo que podrían denominar amor real: Margaret velaba por el bienestar de sus sobrantes cuatro hijos, después de tres años en el oficio,  y Jefferson veía en Margaret una mujer capaz de soportar no sólo los más duros golpes de la vida, sino los más duros golpes a puño cerrado de un arriero alcohólico embaucador.

Los hermanos Bill eran una pequeña asociación de infantes cuyas pretensiones eran beber leche fresca azucarada de la única vaca en la granja y contener el hambre en las “épocas difíciles”, como las denominaba su madre. Morina Bill, la mayor de los hermanos, fungió como figura maternal en las largas ausencias de la madre verdadera: vivían en una amplia granja, herencia de Jason Williamson, descuidada y repleta de insectos que los demás hermanos se encargaban de coleccionar como pasatiempo habitual. Morina Bill era lo que muchos hombres del pueblo denominaban una mujer ejemplar: de figura sumamente estética, modales recatados y personalidad tranquila, su paciencia y resignación le hicieron enamorarse de Alejandro Gonzáles, caudillo mexicano con suma facilidad para seducir mujeres e iniciarlas en el arte de la prostitución. Morina sabía disimular los cada vez más difíciles obstáculos que debía sobrellevar con tal de complacer los caprichos de su amante. Pero el oficio de Morina no era con finalidades plenamente amorosas: tras la muerte del único sustento familiar, la vaca, los ingresos familiares decayeron y ni Margaret ni Jefferson, con sus respectivos vicios y derroches —Margaret, después de años de matrimonio y vida desventurada había caído en un alcoholismo menor al de su esposo— podían dar una digna vida a sus hijos. Morina sabía la situación y en más de una ocasión se vio obligada a intimar simultáneamente con tres hombres, situación que a Gonzáles no agradó. El mexicano terminó abandonándola a su suerte y haciéndole un corazón por demás frío e impenetrable. La paga por tales actos, naturalmente, era mucho más elevada a la de una cuota habitual y Morina encontró ahí una manera de explotar tanto su belleza como su talento y resistencia natural.  El pequeño Roger tenía apenas tres meses de lactante cuando falleció repentinamente. Los médicos locales determinaron desnutrición, la madre, resignada, atribuía la muerte repentina a una condición natural. Morina Bill fue la encargada de sepultar no sólo al menor de sus hermanos, sino además a William Bill en persona, cuando sus heroicas hazañas le valieron la vida y ésta, la hermana mayor, sería sepultada por su propia madre, ausente durante un tiempo indeterminado y totalmente demacrada por una locura sigilosa pero letal. Jefferson Johnson Jr., único hijo del matrimonio Steven Johnson, era un chico vivaz cuando concluyó sus primeros estudios en derecho jurídico. Hábil discursista y retórico nato, no encontró problemas al ingresar a un pequeño círculo de ambiciosos hasta hacerse con el cargo de juez del estado. William Bill, por su parte, fue siempre ágil en el juego y las mujeres, tanto así que en diversas ocasiones venció a su falso padre en los naipes, casi enorgulleciéndolo, casi encolerizándolo. Esta condición le valió el respeto ante los clientes de su madre y ante la vista de quien sería su ambivalente salvación y muerte: John Leproust.

Sucedió en una velada cuando la verdadera historia de William Bill comenzó. Jefferson Johnson, alcoholizado como solía llegar a casa, estalló en un ataque de histeria, como usualmente solía estallar, y atacó a su esposa. No podríamos decir que el matrimonio de Johnson y la Talladora de Palos fuera un fracaso rotundo: pese a sus grandes ataques de agresividad, el amor mantenía lo que es denominado amor carnal y, más allá, mantenían una relación de compañerismo en los momentos más difíciles. Pero esa vez, Margaret no supo contenerse. Después de soportar una fiereza animal en el costado izquierdo del rostro, Johnson contempló, totalmente asqueado pero no precisamente arrepentido, cómo el globo ocular de su esposa se desprendía de su cuenca natural. Este, en un momento de intromisión, retrocedió tres pasos mirando con repudio la sangre en sus puños y las manchas salpicadas en su amarillenta camisa blanca, dando a Margaret la oportunidad de espetar su pulmón en un oxidado trinchete para la chimenea. Tanto William como los hermanos miraron aterrados la escena que entre la pérdida del ojo de la madre como la respuesta letal de la misma con respecto a su esposo duró menos de dos minutos. Margaret, aterrada ante el asesinato, huyó de la granja, quizá por temor a una represalia legal, quizá por culpa. Nadie se atrevió a retenerla. La familia aquí reunida, jamás volverá a aglutinarse hasta 19… Horas después, el par de hermanos se encargaron de enterrar a su padre con un estoicismo envidiable. En el desarrollo de la adolescencia hasta la juventud de William Bill y Jefferson Johnson Jr., Morina tomó la bandera permanente pero de reducida duración de madre. En cuando Jefferson tuvo la edad suficiente de abandonar la casa y, como su prematura condición burguesa dictaminaba, dejó solos a sus dos hermanos, no sin enviarles ocasionalmente cantidades de dinero considerables. Apenas cinco años después de la huida de Johnson Jr. y con un pretendiente a la puerta de Morina, quien ya estaba alejada del oficio de burdel por el porvenir incierto que representaba el matrimonio, William Bill cesaría el papel de hermano menor y forjaría su vida de afamado bandido.

William Bill fue entrenado por los mejores y más fríos malandrines del condado que él mismo se encargaría de desechar cuando su fama y progreso se vieron opacados. Su docto empleo en el revólver de seis tiros y su determinación al apostar hicieron que su carrera de bandido fuera en rápido ascenso. Contaba con una excepcional manera de delinquir, asombrosa ya por su extrema violencia y limpieza, ya por su eficacia garantizada y olfato acertado. En el arte del juego, quizá don natural, nadie triunfaba en las apuestas como William Bill, no por ser un gran jugador, sino por su astucia y su velocidad al ejecutar pequeñas acciones para acomodar, aunque de manera deshonrosa, todos los elementos a su favor. Entre las hazañas más destacadas de nuestro héroe se mencionaban los frecuentes asaltos exitosos a bancos locales, ejecutados sólo con pistola en mano y con una destreza incomparable en la intimidación, a Bill poco le interesaba herir o asesinar inocentes si su plan se veía amenazado. Figuraban, además, la cantidad que ascendía a más de quince hijos no reconocidos, muchos de ellos, frutos de contactos efímeros, otros, concretados con mujeres comprometidas o casadas. William Bill no sólo empezó a forjarse fama a raíz de su comportamiento: su virilidad era, sin duda alguna, un atributo extraordinario.

La residencia de Bill era desconocida. Se rumoraba que gustaba de acampar en el desierto, bajo un manto estrellado, donde cubría su cuerpo con arena y bálsamo para ahuyentar a los animales endémicos y soportar así las bajas temperaturas, otros aseguraban que tenía a su disposición las más lujosas habitaciones en los mejores hostales. Dicho privilegio subyacía de tener amenazadas a las familias de los dueños y que, de no abrir las puertas a su llegada, tomaría represalias. Lo cierto es que, en los primeros viajes de Bill, exóticos y llenos de misticismo, éste fue en busca de la única mujer que marcaría su vida: Margaret “Talladora de Palos” Lou Steven. Hallándola casi ahogada en vómito y en una postura por demás ridícula dentro de un burdel aberrante, apenas tres condados lejos de Westernville, Margaret era una mujer que empezaba a entrar en años, ya desprovista no sólo de un ojo, sino también de aquella belleza deslumbrante, pero aún poseedora de cariño familiar. William Bill decidió adquirir una propiedad exclusiva para su madre, así como destinarle la mayoría de sus ganancias para ofrecerle sus últimos años más cómodos. Fue a ella a quien numerosas noches contaba sus hazañas disfrazándolas de leyendas de vaqueros. Su madre fue su confidente más leal y quien lo traicionaría sin saberlo.

Durante una treta de Naipes, William Bill se vio frente a frente con la boca del cañón de John Leproust. Éste, culpando justamente a Will, exigía que se retirara de la mesa o, de quererlo así, salieran a la parte trasera del bar y concluyeran el juego como las más nobles tradiciones dictan. El orgullo de Bill era inmenso, la necedad de Leproust todavía mayor. Ambos desenfundaron al mismo tiempo; Leproust fue más rápido al anotar. Por primera vez, después de muchos años, William Bill había recibido un impacto de bala. Encolerizado por haber errado su único tiro a matar, Leproust arremetió contra Will. Cuerpo a cuerpo, la victoria de Bill fue clara, pero no por esto evitaría la cicatriz de navaja que llevaría el resto de su vida, cicatriz tatuada por Leproust, quien en un acto más errante que compasivo le perdonó la vida a Will, hundiendo la navaja en el brazo y no en el pecho, dándole a éste el tiempo suficiente para un contrataque exitoso. De esta riña nació entre ambos una amistad sustentada más en el respeto y la admiración que en la compañía y la fraternidad. Leproust era un fugitivo francés que residía en Norteamérica. Ágil bandolero nato, Leproust era adicto a las carreras de caballos y a las peleas clandestinas, actividades de donde provenían la mayor parte de sus ingresos legales. De la vida de Leproust pocas nociones existen: se dice que perdió a su esposa de una apoplejía y que a raíz de las deudas mantenidas con el gobierno de su país natal, con quien jamás tuvo una buena relación, se vio obligado a escapar. En cuanto estos supieron del paradero de Leproust, más por vileza que por venganza, mandaron a secuestrar a su hijo. Dada la condición paupérrima de Leproust, no pudo saldar el rescate. Su hijo fue torturado hasta la locura y devuelto en ese estado a su padre. John, totalmente roto, decidió poner fin a la tragedia del niño: una única bala de revólver, revólver que había empleado contra Bill, bala destinada exclusivamente para él, descansaba ahora en la sien del muchacho, abandonando así su pasada vida de inmigrante francés y cayendo en el juego.

 

Bill y Leproust vivieron las más grandes aventuras jamás imaginadas por una pareja de bandidos. Se dice que en cierta ocasión, durante un robo, Leproust tuvo el tiempo necesario para jugar a la ruleta rusa con los rehenes. Evidentemente, el revólver nunca estuvo cargado. Mientras Will recolectaba el botín, Leproust se encargaba de hablar, personalmente, con cada uno de los participantes del juego, revelándoles el secreto y, al ver su expresión irónica de alivio, los ejecutaba. En otra ocasión tomó un consultorio médico, obligando al doctor a verter en los frascos de los pacientes dosis considerables de arsénico. John Leproust pudo haber sido un poeta en la planeación de sus homicidios, pero era, ante todo, un completo caballero francés: nunca robaba ni a mujeres ni a niños y, en sus atracos a los hombres tomaba exclusivamente el dinero, devolviendo a estos la cartera con credenciales y documentos para asesinarlos después, usualmente, a puñaladas. La cantidad recaudada en los atracos de la pareja era inimaginable: fueron buscados en todo el estado y no había quien no hubiese escuchado hablar de sus hazañas. Los niños, más que temerles, escuchaban con atención las anécdotas que Margaret Lou Steven, vieja solitaria de su condado y estimada por sus vecinos por su nobleza y por sus brotes de locura, narraba para ellos. No podríamos considerar ni a Bill ni a Leproust como desalmados: en muchas ocasiones donaban anónimamente parte de sus recursos a hospicios abandonados o a los indios, gran parte de su legado recae en dichos establecimientos. Su buena y mala conducta hizo llegar sus nombres al juez de estado, Jefferson Johnson Jr. quien, perfectamente informado de la relación entre su hermano y su madre, fue en busca de esta última. Su reputación estaba en juego: era bien sabido que Johnson Jr. era hijo de la Talladora de Palos y era bien sabido, además, que Bill y Johnson se criaron en la misma granja. Las acusaciones en contra del juez lo orillaron a tomar cartas en el asunto, de no ser así, cesarían su labor jurídica. Aunque hombre de leyes, Jefferson sentía aprecio por su madre y una compasión más motivada que natural por su hermano. Su conciencia moral se limitaba a obligar a cualquiera de sus familiares a abandonar el estado, a dónde y cómo se irán no es asunto mío, se dijo mientras se posaba fuera de la casa de Margaret.

Los sucesos que dan fin a la magnífica vida de William Bill son por demás confusos pero predecibles. William Bill era ahora perseguido por Leproust así como por Johnson Jr. A su vez, Johnson perseguía no sólo a su hermano, sino a Leproust. Alertado de los riesgos de permanecer junto a Leproust, hombre sanguinario y temperamental a su parecer, repentinamente le abandonó mientras acampaban en la nada. El rencor de John no derivaba de la ruptura en la relación; al marcharse, Bill decidió llevarse consigo todos los bienes para otorgarlos a su madre, para que ésta pudiera escapar sin problemas ni económicos ni legislativos.  Margaret Lou Steven estuvo siempre al tanto de las hazañas de su hijo y de la amistad que mantenía con Leproust, sin embargo, nunca estuvo enterada de la ruptura de estos dos, razón por la cual, cuando Leproust exigió saber el paradero de William, ella habló sin rodeos. William Bill decidió dedicar su vida de fugitivo a cosechar lo que alguna vez fue su hogar. Mientras acomodaba las hortalizas y esperaba el retorno de Morina, mujer viuda pero resignada, fue sorprendido por Leproust. No hubo diálogos. No hubo ni explicaciones ni peticiones de reconciliación. Se encontraban, por última vez, como la primera: frente a frente, de extremo a extremo, el revólver enfundado, la funda al costado, el gatillo bajo la mano y la mano pegada al hombre a desenfundar. Ninguno de los dos emitió movimiento alguno. Sólo se miraban, ahí, inmóviles, esperando echar la suerte del otro en el peso de una reacción. La fría mirada de Leproust hacia Bill remitía a éste a un pasado sepultado, al ojo perdido de su madre, a los insectos brillantes y desconocidos recolectados en una primavera ya muy lejana. Leproust, por su parte, veía en el contrincante la hostilidad y la puñalada por la espalda de alguien a quien pudo haber confiado algo más importante que su vida: el oro.  Repentinamente, a la izquierda de ambos, distanciado de los dos, formando el tercer ángulo de una figura perfecta, un tercer personaje: Jefferson Johnson Jr. El brusco sonido del gatillo de Jefferson al desenfundar, desencadenó el perímetro; Jefferson Johnson Jr., William Bill; William Bill, Leproust; Leproust, Jefferson Johnson. La nobleza inmensa de Bill por defender a su único hermano, la necedad de Leproust por ser él quien ejecutara al traidor, la tarea obligada de Johnson Jr. que salvaría su honor a costa de otro. Entre los tres se imponía un sol atenuante y un silencio absoluto mientras el trío apuntaba con una mira hostil al objetivo correspondiente. Leproust mantenía la mirada en Jefferson Jr. mientras éste, con una mirada más compasiva e insegura que intimidante, observaría, por última vez, a William Bill. Un diálogo interrumpido por una pisada ajena, Morina caminaba hacia la granja. El cesto de frutas en el suelo, un grito ahogado, la liberación del nerviosismo de Jefferson, la conclusión inminente y una huida sin retorno.

Los restos de William Bill fueron excluidos de la exgranja Bill Williamson por cuestiones legales. Jefferson fue destituido de su cargo y condenado a la horca por alta traición. Desconozco la veracidad de dicho argumento, así como desconozco, además, la veracidad de la escena final. Algunos aseguran que no sólo Leproust salió con vida, ya que pudieron observar a éste y a William Bill apostando en casi cualquier lugar, otros dicen que fue William Bill quien terminó con la vida de Leproust y que se encontraba refugiado en México. De cualquier manera, un juicio acerca de los restos de Bill resulta inexplicable. Margaret Lou Steven fallecería años después, no sin antes honrar la leyenda y hazañas despreciables pero heroicas de su hijo, contando la historia a cualquier persona que estuviese dispuesta a escuchar. De este modo, supe de la existencia de William Bill, famoso antihéroe y bandido ejemplar. Acerca de Morina, no se precisa más información hasta el día de su muerte en 1913.

 

 

Beto Fong escribió el relato anterior buscando una postura narrativa más semejante a la crónica que al privilegio de los diálogos, como en los antiguos filmes de vaqueros. No sabe qué es la literatura: por eso, muy ocasionalmente, escribe.

Ilustración: “Dick Brewer, Billy the Kid and the Regulators” de Andy Thomas.

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