por Natalia Bocanegra

 

En la 57 Muestra Internacional de Cine se proyectó Adiós al lenguaje, el más reciente filme de Jean Luc Godard. Es indiscutible que cuando pensamos en cine en 3D imaginamos a la ciencia ficción hacer gala de este recurso para lograr los efectos más sofisticados; no es común imaginar a un autor de culto en las mismas circunstancias.

Sin embargo, Godard, con sus 84 años a cuestas y una muy larga trayectoria, decidió utilizar todas las posibilidades contemporáneas del séptimo arte. Godard, con quien hemos amado y llorado, ahora con esta cosa rara que no nos queda sino llamar película (pero que bien podríamos llamar videoarte), nos confronta a una realidad amplificada, distorsionada y mutilada que nos recuerda el espíritu de las vanguardias de la primera mitad del siglo pasado.

 Parte del manifiesto dadaísta habla de que “la vida aparece como una simultánea confusión de ruidos, colores y ritmos espirituales”, fragmento que podría bien explicar la esencia de este rodaje.

La película está dividida en dos partes: Metáfora y Naturaleza, ambas se van entrelazando durante los ochenta minutos de duración, mientras nos acercamos a la relación entre un hombre y su perro, quien está presente en esta dicotomía. Adiós al lenguaje postula la muerte del lenguaje en dos términos; el primero se trata de una manera ortodoxa de hacer cine, de por sí su cine ya tenía cierta dosis de experimentación; la estética fragmentaria podría pensarse como un collage compuesto de sobresaturación de color y superposición de imágenes. Recursos técnicos, como la utilización de siete tipos de cámaras distintas, nos indican que ya no basta con contar una historia; hay que deconstruirla una y otra vez mediante la alegoría.

Se ha hablado de la muerte del autor, de la muerte de Dios, pero me resulta más transgresor pensar en la muerte del lenguaje, ya que es lo que nos distingue y unifica como seres humanos. El segundo término al que se refiere Godard es a la muerte del lenguaje como sistema de interacción humana. ¿Qué futuro existe para el hombre ante este panorama? Al pensar esto es imposible no preguntarnos qué pasa con esos entrañables enredos personales y de pareja planteados en los guiones de algunas de sus películas, como Une femme est une femme, Vivre sa vie, o Le petit soldat, donde el amor parecía ser el hilo que movía la voluntad de sus personajes. Parece que Godard también nos habla de un adiós al amor como forma de relación humana. 

Recordemos una escena de Vivre sa vie (1962), “Nana filosofa sin saberlo”, que resulta ser un antecedente de esta preocupación por el lenguaje: “cuanto más se habla menos quieren decir las palabras”, “sería agradable vivir sin hablar”, “se oscila, por eso se va del silencio a la palabra, oscilamos entre ambos porque es el movimiento de la vida”, también hay una queja contra la traición de las palabras que no siempre transmiten lo que se desea.

Supongo que en 1962, cuando Godard filmó en formato blanco y negro la película citada, lo hizo por tener una intención estética –es sabida su idea sobre la muerte del gran cine–, pues ningún recurso es gratuito, todo simboliza o repercute en un orden mayor. Por ello es tan sorprendente pensar ahora en la saturación del color, en las combinaciones de toda la gama como recurso estético.

Hay en Adieu au language una brutal incomunicación entre las parejas, por momentos parece que tienen monólogos y no diálogos. El sentido común nos hace saber que interceptar a alguien en el baño para hacerlo hablar mientras de fondo escuchamos el sonido de sus desechos en el excusado no es lo más emotivo ni amoroso; en este tono van las escenas. Tal secuencia es una de las más desconcertantes por la contraposición de un momento grotesco con la aparición en escena de la sensualidad de un cuerpo femenino desnudo. La visión maravillosa que había mostrado Godard de la mujer como ser dotado de belleza decae al trivializarla y mostrarla en el mismo plano que un retrete. Todo indica que los valores de la postmodernidad se metieron en su cámara y el resultado es un vértigo que busca la desestabilización, la ruptura, la caída.

Sin embargo, algo que en Godard prevalece es la idea de que el diálogo sí existe al menos en el placer; vemos escenas de sexo en las que nadie parece tener sentimientos existencialistas, al contrario de cuando sí se cuestionan los personajes en otros momentos del filme, no sólo acerca de la relación de pareja sino sobre la ciudad, la guerra, la vida.

Jean Luc G. decide intervenir el caos de la realidad con materiales de archivo histórico, acto que preludia la nostalgia. En anteriores películas vimos a los personajes de Godard tomar café, leer el periódico, cocinar, posar para fotos, tener conversaciones que provocan escalofríos. Ahora en el foco de la escena hay una chica desnuda acompañada de efluvios que se escucha, perfectamente en toda la sala, como un barítono. Definitivamente cambió la visión del mundo del cineasta.

Aplaudo el riesgo que cometió Godard al atreverse a exponer su nueva visión, un tanto desencantada pero a la vez llena de optimismo artístico y humano; el guión dice que pase lo que pase hay que amar la vida. El perro del que hablamos antes, es nada menos que la mascota de Godard, se dice que es un animal sumamente sensible y que actúa más allá de su egoísmo. Sólo por no dejar de mencionarlo se agradecen las referencias a la filosofía y la literatura que, como siempre, enriquecen el discurso cinematográfico. También acompañan al hombre en su renovado desamparo.    

 

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