por Daniel Alejandro Martínez

 

Entrega el dinero a la señorita y muestra su identificación oficial. Su cara febril y lechosa lo obliga. Nico tiene sólo 19 años, pero ya está acostumbrado a este ritual de confirmar su mayoría de edad y obtener el permiso. Observando la fotografía de un niño aún con marcas de acné en el rostro y el pelo enmarañado, la señorita pretende interés, como si no fuera a permitirle el acceso de todos modos. El sopor de la noche provoca que Nico se alce sobre el mostrador para recoger el cambio de las manos cansadas de la servidora. 

Elige un asiento en el mero centro de la sala, no quiere perderse absolutamente nada y, de ser posible, busca maximizar la experiencia. Dos o tres hombres le hacen compañía en el desolado cine aunque, naturalmente, todos están lo suficientemente alejados como para no irrumpir en la privacidad del otro. A fin de cuentas, los reúne el mismo deseo, pero preferirían no estar conscientes de la presencia de los demás durante la experiencia. Eso les impediría llevar a cabo el acto.

Esperando el cambio de película, pues las rubias no son de su gusto, Nico repasa las ocasiones anteriores en que había visitado este lugar. La primera vez tenía 15 años; lo había llevado su hermano. La intención no era llevar a cabo el acto, menos enfrente de un familiar —hay cierto pudor que no se puede reprimir—, sino tan sólo divertirse un rato. Entrar a la sala sin tener la edad exigida le aceleraba el pulso, como cuando más chico se metía al armario a buscar los catálogos de ropa y lencería que vendía su madre. Era lo mismo, pero se sentía más. Y con la idea de nunca dejar esa sensación, Nico ahora dedica sus madrugadas a desvelarse en los cines para adultos.

Se sabe de memoria el programa de los miércoles, que es el mismo de los martes y los viernes; después de las rubias de 1:00-1:45 a.m. siguen las latinas de 1:50-2:50 a.m., a menos que la película se trabe o que el cácaro se quede dormido y olvide cambiar el rollo. Ahora está en la función y sólo eso importa.

El silencio inunda la sala mientras la pantalla palidece y avanza la oscuridad. La última escena con protagonistas de cabellera áurea termina y, con una música grotesca —una especie de funk o new age anticuadísimo—, da inicio la siguiente película, altamente esperada por los trescientos espectadores apretujados en la sala. “My Latina Fantasy: Starring Steve Harrison & Ana Vélédy” se lee en la pantalla tan rápido que Nico no alcanza a preguntarse por qué la protagonista tiene ese apellido si se supone que es latina y por qué han puesto el apellido del actor primero, en letras más grandes —no es que a él le interese el actor, pero en películas así agradecería la menor referencia posible a otro hombre—. La escena comienza y Nico ya gime. Está tan buena, piensa. La escena consiste en Ana bailando a la par de la horrible música que introdujo el numerito, pero Nico ya no puede escuchar nada. Los ojos inspeccionan llenos de desesperación toda la pantalla, agotan cada centímetro de la proyección y lo llevan a sus adentros. Ana se mueve con dulzura y fulgor, el maquillaje y la ropa impresiona hasta al cácaro que creía estar dormido. Nico inconscientemente comienza a bailar también. Rítmicamente. Se marea y blanquea los ojos al mismo tiempo. Ana Vélédy, Ana Vélédy, Ana Vélédy… La mano le tiembla y entonces se rinde, toma asiento, un respiro. Ana Vélédy es hermosa, piensa. Como una diosa, en serio.

Ya sin interés en la escena, Nico busca otras maneras de entretenerse: discretamente observa a los demás, ve la hora, e incluso intenta dormir; pero algo le llama la atención. El encuadre es perfecto. Una simetría pulcrísima en la pantalla. El cuerpo humano armoniza delicadamente con el resto del set. La luz es cálida, adecuada para la escena. Los movimientos de la cámara son estudiados, previamente ensayados. Piensa en cómo es esto posible, nunca lo había notado. Alguien debió haber grabado esta película con mucho esmero, piensa. Es una película, a fin de cuentas, una película como las demás, como las que pasan en el cine normal. ¿Es arte? ¿Puede serlo?, se pregunta sin esperar respuesta, pues apenas unos minutos ignoraba la posibilidad de que hubiera alguien detrás de la cámara. Y sin embargo, ahora golpea su consciencia la noción de que lo que veía no era banal, siente que puede emocionarse más allá de su cuerpo. La película está tan bien hecha como para merecer elogios. Los colores, las formas, el contenido… Felicítenme al director, se dice, e inmediatamente piensa en un estudiante de cine: aquel estudiante de cine tal vez no tenía entre sus metas dirigir una vulgar película pornográfica, emitida en algún cine olvidado en un lugar de México, cuando iniciaba la universidad; quería realizar una gran película, con actores de primer nivel, acreedora de múltiples premios y estudiada años después en cursos de Cinematografía Avanzada. Una tristeza le invade por el sueño fallido, por la visión perdida, por la seriedad no obtenida, pero se reanima al recordar que el arte es arte, sin importar el camino, y que el director ha llegado a ello, si bien por un camino más escabroso. Las manos le tiemblan a Nico y se quiere arrancar los ojos por lo que ha visto, tan de golpe ha experimentado un estremecimiento muy dentro de sí y la mente no le permite descanso.

—¡Apaguen el cine! —grita.

El cine se apaga, hasta las luces intermitentes, que centelleaban en el cartel de afuera y que nadie veía a esa hora, se apagan.

—¿Quién es el director?

El cácaro vuelve a prender la pantalla y el nombre de Steve Harrison aparece en grandes letras púrpuras.

—Es Steve Harrison —dice un compañero suyo que ya no teme el contacto en la improvisada clase de cine—, también es el actor principal.

Steve Harrison, eh…, piensa Nico.

—Así que el gran Steve Harrison es responsable de nuestra sesión de hoy —lidera Nico la discusión, cuando un alumno grita:

—¡Yo soy Steve Harrison!

—¡Yo también!

—¡Igual yo!

—¡Y yo!

Las voces incrementan, todos dicen ser Steve Harrison en un deseo agigantado de emular al director de cine con más pasión y pulcritud que conocería América. Tapándose los oídos ante el frenético popurrí de pseudoartistas, Nico ve cómo sale de la pantalla Steve Harrison, con 10 metros de altura, y empieza a aplaudir, a lo que todos contestan al unísono: ¡Gracias!

Nico se abrocha los pantalones y sale del cine a las 5:20 a.m., exhausto por la función.

 

 

DANIEL MARTÍNEZ. Monterrey, Nuevo León (1999). Joven estudiante, aficionado a las letras. Fan de Bolaño y Joyce. Ganador de algunos concursos locales.

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