por Roberto Berríos

 

—No la hubieras enterrado viva —dijo su mujer.

—¿A quién? —preguntó Donis.

—A la Cuarraca —replicó la mujer—. A la Dorotea esa.

Donis se arremolinó en la cama dura como cemento y levantó la mano para rascarse la nariz pero la detuvo a medio camino de su rostro y se quedó contemplando sus dedos sucios.

—No la hubieras enterrado viva —repitió su mujer.

—No estaba viva —dijo Donis—. Estaba tan muerta como Juan Preciado.

—Pero me dijiste que te ayudó a enterrarlo.

—Sí, pero ya estaba muerta —dijo Donis—. Estaba muerta desde hace rato y ni ella sabía.

Se quedaron en silencio. Desde la cama se podían escuchar los murmullos tristes de las ánimas en la plaza y los pasos quedos de algún fantasma extraviado en las calles perdidas.

—Ahí debe andar la Cuarraca —dijo la mujer.

Donis no respondió nada pero no pudo evitar estremecerse. El calor sofocante de la canícula de agosto lo hacía sudar de manera copiosa y pegaba su piel a la piel desnuda de su hermana-esposa.

—Vámonos —dijo de pronto.

La mujer levantó la cabeza que había puesto sobre el hombro de Donis y buscó sus ojos en la oscuridad sin poder encontrarlos.

—¿Adónde? —le preguntó.

—Adonde sea —le dijo—. ¡A cualquier parte que no sea este pueblo de mierda!

La mujer volvió a poner la cabeza en el hombro de Donis.

—¿Cuándo? —preguntó en un susurro incierto.

—Mañana —dijo Donis.

—Mañana —repitió ella.

Los murmullos de las ánimas iban subiendo de tono a medida que se acercaba la medianoche. Parecían flotar en el aire cálido en el que no soplaba el viento y llenaban la penumbra de un aroma de desamparo.

Donis cerró los ojos para dormirse pero sintió los dedos torpes de su mujer buscando su hombría. Él se dejó encontrar y estrechar por aquella mano vacilante y se dejó guiar sumiso hasta penetrar el cuerpo ávido y tibio de su mujer. Sin pensarlo mucho, la estrechó con fuerza entre sus brazos, hundió la nariz en su pelo negro y se dejó abrumar por el calor de su piel pegajosa mientras entraba en su carne con la ansiedad de quien busca refugio. Terminaron chapoteando en una cama embebida en aguas salobres.

Donis se durmió.

Poco antes del amanecer el canto de un gallo que ya no existía le hizo despertar sobresaltado. Su primer impulso fue buscar el cuerpo cálido de su hermana pero sólo encontró el abismo de su ausencia.

Se sentó.

Con los ojos adormilados la buscó por el cuarto hasta que encontró su figura desnuda parada en la puerta. La luz del amanecer la atravesaba como si fuera niebla traslucida y Donis sintió ganas de llorar.

—¿También tú estabas muerta? —le preguntó.

Ella no respondió nada.

Cuando el sol empezó a brillar con fuerza, Donis se puso su sombrero y salió hacia la calle. Atravesó el pueblo abandonado que se quemaba en el calor del infierno, torció la plaza quieta a pesar de la multitud de espectros que la había poblado algunas horas antes y empezó a caminar por el mismo sendero que había llevado a Juan Preciado hasta aquel rincón perdido.

Al poco rato se encontró con el viejo arriero Abundio.

—¿Adónde vas, Donis? —preguntó al verlo pasar.

—No sé —le dijo—. A cualquier parte, cualquier sitio menos este. Dicen que la compañía bananera anda buscando gente para irse a otro pueblo, un pueblo que no está marcado por la muerte.

El arriero se rascó la cabeza sin darle mucha importancia.

—¡Ah! —dijo.

Luego escupió y volvió a mirar a Donis.

—¿Y qué pueblo es ese?

—No me acuerdo bien —dijo Donis, reanudando su marcha—. Creo que se llama Macondo.

 

 

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