por J. M. Vacah

para el Hombre Bala

 

El viejo miró por última vez la pantalla. Ya no conozco el mundo, las cosas han cambiado tanto en los últimos años. Presionar el botón no era suficiente.

La televisión es el único contacto con la realidad, si no miro lo que sucede fuera, robos, violaciones, asesinatos, quiero decir, todo lo que sucede fuera  de mi cuerpo, si no miro más  allá de mi carne, y más allá de aquello que amé, es como dar por sentado que nada existe, pero el dolor que se encarna cada día más en mis huesos me recuerda que sigo, que estoy.  

El televisor lo ayudaba a despertar, pero aquella mañana no necesitó el ruido del noticiario porque las ideas que tenía en la cabeza lo inquietaban.

Se trata entonces de mirar a través de una pantalla para encontrar motivos suficientes, o para inventarlos, para inventar la energía y las ganas, el interés para salir a la calle nuevamente y reconocer la miseria y la alegría, se dijo, mientras el retrato de su esposa le dirigía una mirada triste.

¿Dormiste bien Dalia? Era la misma pregunta todos los días. ¿Cuándo dejarás de tener ese semblante? Esta noche voy a ir a la Arena, ya verás que el patrón aceptará, vas a ver, cuando regrese te voy a traer la buena noticia, y ahora sí voy a poder morirme a gusto, y tú también, tú también te volverás a morir, pero ahora conmigo. Tomó sus muletas y se dirigió al baño.

Las ganas de defecar le contrajeron el vientre, hace años que su intestino no andaba bien; cagó con dolor, pensando en sus palabras y en el futuro.

 

 

Una cucharada de azúcar. Mientras bebía el café recordó que había recibido la llamada de un promotor. Querían hacerme una función de homenaje, Dalia, un evento en Tijuana. No volvieron a llamarle. Ni una explicación, uno más que se olvida de mí.

Tomó el teléfono y marcó un número al azar, el sonido de la marcación le susurró al oído el nombre del último muerto de la mañana. “Por favor deje su mensaje después del tono”. Qué alivio, suspiró.   Desde el accidente de su hijo, el teléfono mantenía con él oscuras conversaciones, que ni el lector ni yo podemos comprender. 

 

 

Encomiéndame Señor… Rezó frente a su pequeño altar.  Pon en mi boca Tu boca, las palabras justas en el momento justo, guíame por el camino de la prudencia, de la claridad, de la sabiduría, para que tanto amigos como enemigos me comprendan, bendíceme para que Tu gracia me acompañe en el camino. Los ojos de yeso lo miraron compasivamente; la estatua mantenía una bondadosa sonrisa, el viejo también sonrió.

Ya verás Dalia. Caminó despacio, tratando de encontrar en sus muletas el apoyo, a cada paso los huesos le chasqueaban violentamente, como si la cadera quisiera desprenderse de su columna. Sin las muletas no podría sostener mi cuerpo, son parte de mí. Dentro de su cabeza la misma idea de siempre se mordía la cola: si una ilusión nos habita, ese deseo se proyecta a la realidad, una especie de máscara de la muerte aparece para decirnos: hay que seguir viviendo.

La máscara, siempre la máscara —¿o su sombra?— aquella que en el ochenta y siete tuve que arrancarme. ¿Cuál es tu nombre?, le preguntó el anunciador. No quería contestarle, estaba exhausto, no podía, la espalda rota, me ardía, los huesos se me habían quebrado, me tiré al suelo, esto no ha sucedido, cerré los ojos. Mi second El Diablo y un reportero me levantaron. ¿Estás bien?

En realidad estaba noqueado, perdido en el limbo de mi propia consciencia,  pero lo oía, no comprendía cómo había sucedido pero lo escuchaba todo. ¿Dónde naciste? No sé, les dije. El anunciador me miró desconcertado. Volvió a preguntar, contesté. Escribió en la libreta. ¿Cuántos años como luchador profesional tienes? Escribió el número en la libreta. Oí los truenos de las cámaras fotográficas, los gritos de mi rival, las injurias, los silbidos; a lo lejos, desde el fondo de las sombras, oí la voz del anunciador que decía mi otro nombre.  Dice llamarse Antonio Ortiz Valdés. Me estallaron los oídos, la sangre se agolpó en mi cabeza, el sudor me asfixió, dejé de respirar; después sentí unos pequeños brazos que me devolvían a la realidad, me sostenían en ella, forzándome a continuar con el espectáculo de mi muerte. Era mi hijo pequeño. Al verlo llorar me solté, caí al abismo, y también lloré.

Tienes que quitarte la máscara, me gritaron. Gritó mi rival, quítatela perro, cumple con tu palabra perro, sé hombre. Después el monstruo de mil cabezas rugió, que se quite la máscara, escupió fuego, máscara, rugió, ¡máscara! Hincado, a la altura de mi pequeño hijo que me desanudaba las agujetas, me despojé de lo más valioso de mi vida, arranqué la piel  de mi piel, y revelé lo que no era, lo que no soy, lo que nunca he sido; en ese momento me destruí, mientras el flash de las cámaras me quemaba la cara.

 

 

La máquina duplicadora. Gira la rueda de su torno, trac trac trac. Es un movimiento de fantasía, le llaman la rueca, también conocida como “la rueda de la fortuna”. Sujetas los tobillos del oponente mientras él te agarra a ti de igual forma, trac trac trac. El primero que da la maroma sabe que el cálculo debe ser  preciso, tomar la misma distancia en el centro del cuadrilátero, comenzar a girar hacia las cuerdas, trac trac trac, para que el rival salga humillado por encima de la tercera. En la memoria del aficionado quedará plasmada la imagen del equilibrio, de la fuerza complementaria de los contrarios. No es así como el torno produce la imagen de la otra llave, la que repite o imita, no es lo mismo pero se parece, en algo se va pareciendo la vida cotidiana a la lucha libre.

 

 

El viejo Antonio sacó la llave recién duplicada, limó las asperezas, y la exhibió al cliente. La luz hizo brillar la pequeña pieza de bronce, ese pequeño imán solar le recordó lo que había sido, quién había sido. El metal comenzó a calentarse sobre sus dedos, brillante, la llave imán, brillando, la llave máscara, Orestes, gritó la llave, Orestes, gritó, Orestes, volvió a gritar, brillante.

¿Cuánto es? Dieciséis pesos. ¿Cuánto me dijo? Dieciséis. ¿Cuánto? Dieciséis.

La dificultad para articular las palabras avergonzó al viejo. Las personas que no me conocen creen que nací idiota, me miran detenidamente, después se compadecen, me ven la frente, las cicatrices, y entonces piensan que me volvieron idiota, que de tantos sillazos, mordidas, golpes, uno termina pendejo, arrastrando las palabras, ignorante, imbécil, retrasado; pero no saben, no se imaginan cuántas contusiones me dejaron convulsionándome sobre el ring, no saben cuántas veces me conmocioné tras un castigo recibido, cuántas veces perdí el conocimiento para recuperarlo en los vestidores, o en el hospital, sin saber si había ganado o perdido.  

Una patada le fracturó la mandíbula. Habría querido contar aquella lesión al joven que lo miraba con la llave en la mano. No vale la pena explicar el sufrimiento, hay que guardarlo, resignarse, se dijo, que la gente piense lo que quiera. A mis años ya no importa lo que crean los demás, sino lo que yo creo de mí mismo, lo que todavía creo que soy, lo que fui, lo que hace mucho tiempo era…

 

 

Ahora estoy enfermo y derrotado, me he convertido en lo que siempre temí, un anciano inútil, no puedo hablar bien, no puedo caminar bien, desde hace años no puedo hacer nada bien, ni siquiera cagar bien, puedo asegurar que ya no me importa, que soporto el dolor, que a pesar de todo soy feliz, pero no es cierto; en lo alto de mi carrera aprendí a perder, ahora estoy en la cima de la derrota y ya no puedo aprender a ganar, desde esta orilla sólo puedo lanzar el último salto, y no puedo dejar de pensar en ello; esta noche hablaré con el patrón, y lo convenceré, no puedo dejar de pensar en esto desde hace años, no puedo dejar de pensar, aprendí a pensar y eso me basta, pienso, todo el tiempo estoy pensando, en la muerte, en la vida, en el pasado; mis pensamientos se muerden, se mutilan,  como si quisieran devorarse entre ellos; he leído libros, sí, me gusta leer los periódicos, estar informado, pero no pienso en el futuro, me basta pensar en el presente para sentir que no estoy muerto todavía; para mí el futuro no existe, todo lo hago pensando en el pasado. Es por eso que aún puedo ser útil a la lucha, reflexionó el viejo. Solamente eso, después ya me puedo morir.

 

 

¡Buenos días, campeón! Buenos días, balbuceó el viejo Antonio. Todavía hay gente  que me recuerda, se dijo con alegría. Saludó al muchacho que se dirigía al gimnasio, a entrenar, a meterse de lleno en el arte, en el sufrimiento. ¿Quién dará las clases de lucha libre ahora?, se preguntó. Hace años no visitaba el gimnasio, que en otra época fuera su casa, su templo. ¿Quién da las clases ahora? gritó el viejo Antonio, el muchacho sonrió sin entender  lo que había querido decir el viejo Orestes. Quienes lo conocían era por el nombre de la máscara, para ellos era Orestes, para todos los demás era un viejo cerrajero.  Ah, si yo pudiera dar las clases…

Cuántas veces no soñó el viejo con dar clases, con enseñar a las nuevas generaciones a amar y comprender un deporte tan grande como este, un deporte que arrebata lo mejor de ti. Si no sabes cómo canalizar su energía te destruye, te aniquila; y si sabes escuchar a tu cuerpo y a la sangre que corre por tus venas, la sangre del arte, del dolor, si la sabes escuchar, si la fortaleces con paciencia y disciplinas tu fuerza, si te entregas por completo, la lucha libre te lo da todo. Yo les enseñaría eso, se dijo el viejo, les aconsejaría que no dejen de estudiar, que también preparen su mente, que sepan hablar, comunicarse con el público, estudien, les diría, aprendan a pensar, piensen, porque la lucha libre también es pensamiento, aunque la  gente lo ignore, prepárense como artistas, porque ustedes serán el gesto de la violencia, de la rudeza, del drama, del honor, de la virtud, de la técnica y de la pasión. Ustedes serán todo eso, les diría el viejo Orestes mirando sus ojos llenos de ilusiones, de sueños,  de energía, de juventud, y él mismo también se sentiría rejuvenecido y compartiría los mismos sueños y el mismo vigor y…

Miró sus muletas y no quiso recordar el accidente. Pero las muletas le gritaron, recuerda pinche anciano, recuerda. El impulso del oponente me lanzó hacia las cuerdas, y las cuerdas se tronaron, la velocidad y el tonelaje de mi cuerpo —pesaba más de ciento veinte kilos— fueron los factores principales, la cadera se me quebró y no volví a caminar; porque lo que hago ahora no es caminar, es arrastrarme, pensó el viejo. Jamás volvió a pisar un cuadrilátero.   

 Pero las muletas no cesaban de gritar, recuerda maldito anciano, no se callaban, recuerda pinche anciano pendejo, recuerda. La muerte de tu hijo, su accidente, tenía quince años y un padre paralítico, y antes de eso, un padre ausente, incapaz de involucrarse con su vida, de darle un consejo, de ayudarlo o de amarlo, a él también se le rompieron las cuerdas que debían sostenerlo. Pero el viejo no quiere pensar más en esto, ya ha pensado demasiado, muchos años, la muerte de su hijo girando siempre en su cabeza como una culpa que no termina de matarlo.

 

 

Miró su reloj, ya casi, dijo. Repasó en su cabeza lo que iba a decir. Ahora sí iba a convencer al patrón. Cerró el puesto de lámina, cada día le costaba más trabajo, estaba nervioso. Pensó que esta era la última oportunidad: después de hoy, si rechaza lo que voy a proponerle, no volveré a molestarlo, me olvidaré de esta idea, además debo de estar preparado, lo más seguro es que me diga que no, como siempre, ¿quién querría contratar a alguien como yo?, se lamentó, mientras echaba la última mirada a su puesto de lámina: Llaves y contrallaves decía el rótulo ya casi borrado por los años.  El dibujo de la máscara de Orestes era una cicatriz invisible, el óxido había devorado los colores, sólo se alcanzaba a ver con claridad la silueta, un fantasma de oscuros bordes.

Pensó en tomar un taxi pero no se sentía cansado, al contrario, estaba nervioso y eso lo estimulaba a caminar a pesar del esfuerzo que implicaba. Tengo ganas de recorrer las calles por las que siempre pasé para llegar a la función cada noche. Eso le serviría para pensar mejor lo que iba a decir. Hasta donde ya no pueda, se dijo.

 

 

Atravesó el parque; miró su reloj, era casi la hora, las siete, si llegaba más tarde ya no podría conversar con el patrón; apuró el paso y cruzó la gran avenida; entró por el estacionamiento de la Arena; saludó al jefe de prensa y a un par de reporteros que charlaban sobre el evento estelar; habló con la secretaria, subió las escaleras con mucho esfuerzo pero sin detenerse. Qué raro, no me siento cansado, pensó, son los nervios. Mientras entraba a la oficina del director general de la empresa. Éste lo recibió  afectuosamente, como si lo estuviera esperando. El viejo saludó con la misma cordialidad al hombre que decidiría su vida con una sola palabra. Señor, he venido a… le costó mucho trabajo articular las palabras, pero lo hizo y se sintió satisfecho, respiró profundamente y continuó, vengo a insistir…sólo quiero estar cerca de la lucha libre… es una idea que le resultará atractiva para la empresa… le aseguro que aún puedo… si usted me lo permite…

Ya sé lo que me vas a decir Orestes, lo interrumpió amablemente el dueño de la empresa más antigua del mundo, el heredero del hombre que trajo por primera vez la lucha libre  a  México en 1933. Lo hemos platicado por muchos años, conozco tu idea Orestes y me gusta, pero ahora yo soy el que quiero proponerte otra cosa, dijo el empresario. He estado pensando mucho en esto, te voy a mostrar una serie de fotografías. El viejo Orestes miró detenidamente las imágenes. Todos esos muchachos son buenos, es una buena generación, los queremos debutar, pero necesitan un buen nombre, te enseño sólo las fotos de los muchachos que se parecen a ti, míralos bien, tienen tu porte Orestes, son como tú.

¿Como yo? El viejo comprendió lo que en verdad le estaban proponiendo, una especie de alegría había aparecido y comenzaba a devorarlo por dentro, sonrió y no pudo ocultar su alegría.  

Te pagaremos muy bien por tu nombre, si tú aceptas podrás elegir al muchacho, el que tú decidas será Orestes Jr.  

 

 

El viejo salió aturdido, la felicidad que sentía era inesperada, nunca se imaginó que el patrón le propondría tal cosa. Orestes Jr., ese nombre… el nombre que iba a heredar a su hijo, volvía de nuevo, pero ahora en una circunstancia inesperada, extraña, pero no por ello menos dichosa, sí, será mi hijo, dijo en voz alta, será como volver a nacer, será un renacimiento, será la máscara que vuelve con un pedazo de vida nueva para mí, para dejar el legado en buenas manos, para morirme en paz sabiendo que volveré a existir.

Caminó hasta la avenida, tomaría un taxi para regresar a casa, estaba exhausto, a su paso cruzaba con los aficionados que se dirigían a ver la función de la noche. Escuchaba el rumor de sus conversaciones, y comenzó a imaginar cómo sería volver a oír su nombre cada función. ¿Has visto luchar a Orestes Jr.? Se parece a su padre, dirían unos, es mejor que su padre, dirían aquellos, nunca será mejor que su padre, dirían otros. Orestes Jr. traería otra vez a la vida a este pobre vejestorio que soy ahora. Volvería la prensa, me pedirían fotografías con mi hijo, entregándole la máscara, entrenándolo, dándole consejos. “Orestes Jr., renace el legado de oro”, aparecería en Súper Luchas; “Orestes Jr., la leyenda vuelve a brillar”,  el encabezado para El Gráfico.   “Orestes Jr., el fénix reaparece en el firmamento”, anunciaría Box y Lucha.

Mientras lo recuerden a uno, las muletas no existen, el dolor no existe, los huesos rotos no existen, sólo existe la máscara y su memoria, el pasado, los años de gloria, los campeonatos, la juventud, los grandes encuentros, las victorias, las entrevistas, los aplausos, la gente coreando tu nombre, gritando, llamándote, buscando un pretexto para conocerte, para pedirte un autógrafo, para tocarte, las muchachas exigiéndote un beso, una foto, tocándote, impresionadas por tu valor, por tu fuerza, incitándote a invitarlas a bailar o a llevarlas a conocer los vestidores… Volvió a recordar sus años de gloria, volvían esos años como un torrente de agua fría que lo estremecía.

Una señora con su hija cruzó al lado del viejo, escuchó a la mujer decirle a su hija “mira a ese pobre hombre, ése era luchador”, estaba tan contento que creyó que la mujer lo alcanzaría para pedirle una foto. “Mira cómo lo dejaron”. La frase no lo hirió esta vez,  había recibido tantos comentarios crueles, que ya no lo molestaban, incluso ya no sentía la necesidad de gritar que para él portar las muletas era un orgullo, un gran orgullo, porque yo le di mi vida entera a la lucha libre, y si volviera a nacer volvería a ser luchador, amo la lucha libre y la quiero con toda mi alma. Ya no sentía la necesidad de gritarlo.

Estaba tan contento el viejo Antonio que su corazón latía rápidamente, trac trac trac. De pronto se sintió profundamente casado, se reclinó en un puesto de periódicos a la orilla de la avenida, el taxi no pasaba.

 Trató de tranquilizarse mirando los puestos de máscaras, escuchando el rumor de la gente. A lo lejos un grupo de muchachos fumaban, trac trac trac, los automóviles pasaban sin detenerse, el corazón giraba rápidamente dentro de su pecho, trac trac trac, giraba como el torno de su máquina duplicadora, la gente reía cada vez más alto, trac trac trac, su corazón estaba duplicando una copia de la máscara, la tela volvía a brillar como si estuviera ardiendo, trac trac trac, después de tantos años, y tanto sufrimiento, trac trac trac, después de tanto dolor. El viejo Orestes se dejó caer sobre la acera, cerró los ojos.

 

 

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