por Sebastián Noches

 

Recuerdo las palabras de mi madre vívidas: ‘Que te vaya bien, mi flaco’. Me imagino intensamente. Toda mi vida me he preparado para este momento. Camino. Veo la mañana como reflejo de mis más finos deseos. Digamos que, si bien no surge toda mi existencia alrededor de este choque, la misma se basa principalmente en este momento. Uno solo. Sólo uno. He visto casos en que los policías del lugar son mandados a arreglar la situación. Eso es trampa. Vidas corren peligro, pero es parte de la acción. La grilla acontece, en otras ocasiones, con su colorida armonía de voces. ‘¡Cuidado con esa rata! ¡Dejen pasar, culeros!’, cosas por el estilo. En la vida, la mayor parte de las frases de la gente buscan describir un objeto deplorable, muchas veces corregible; y sólo acaban por verse superadas las palabras. Callar es mejor. Es lo que hacemos, es lo que funciona.

Se me vienen a la cabeza las palabras de mi padre: ‘Eres un chingón’, dice desmesuradamente. No sé hasta qué punto lo sea, si todavía lucho por derrocarme a mí mismo: mi indecisión, mi furia, mi ira. Llego al lugar. Está inundado de personas acuñadas bajo el mismo ideal. Somos todos del mismo bando, pero traicionarse aquí está bien. No le debes nada a nadie. Es un equipo de fuerzas individuales que, entre ellas, no se importan; pero, sin ellas, no son nada. Es, entonces, un bien común, un acuerdo taxativo que fomenta nuestro mismo objetivo: obtener un lugar. Busco un hueco atractivo. Casi siempre hay ya cinco personas esperando el llamado donde yo busco mi lugar. El lugar tiene que cumplir, a mi juicio, tres características. Ser visto, y eso no implica estar siempre hasta el frente. Campo amplio de maniobra, aunque he visto que tipos, con menos espacio, hacen maravillas. Tener una salida de emergencia para los que se acobardan; sentir con antelación el impacto no es una sensación fácil de digerir. Es contradictorio cómo un paso hacia atrás guarda varios matices: yo prefiero el de la paciencia. Hoy es un buen día, me hago del mejor lugar para no terminar desfavorecido por el empuje de los otros. Ellos buscan desplazarnos, nosotros buscamos sus lugares. Una acérrima rivalidad representada alegóricamente en la continua fusión de nuestros cuerpos. Un abrazo de dos fuerzas que es un mal incidental. No quiero estragos. He fallado otras veces y el reloj me ha condenado.

Mis nervios reviven las palabras del Uriel: ‘Tú tranquilo, carnal. Todo está en cómo pones los pies. Si pones uno detrás del otro, acá bien chido, ya chingaste, mi buen’, asevera con su chiflido característico. Es natural agarrar ciertas posiciones antes de elegir la certera. Miro, al otro lado del río de los destinos, a los afortunados, los malditos. Los que no tienen que forcejear unos con otros para ir a donde se les antoje. Ellos han luchado antes y ya tienen su lugar asegurado. Veo una chica que me sonríe no sé si burlona o coquetamente. Ignoro y deseo al mismo tiempo el impulso de querer enfrentarme con ella. Su belleza no desconcentra, no debe hacerlo. Pongo mi mochila en el suelo. Sacudo mis pies ya calientes. Me instigo a suspirar lentamente. Saco mis audífonos. Pongo “Blue Jay Way” de Los Beatles. Hermosa voz de Harrison. Veo a mi derecha un señor con una lista extensa de años en su rostro. Sesenta, le calculo. ¿Qué hará todavía un viejo insistiendo en estos lares? Me quedo sin memoria y la verdad no me interesa. Miro el reloj, son ya las ocho y media.

Repiten mis labios el aliento obstinado: ‘Sí llego. Sí llego, cabrón’, en sí tengo razón. Estoy en mi lugar, a mi hora y eso no debe quitarme la seguridad. Es normal sentirse así de rígido cuando ya viene el encargado, el que lo controla todo, al que no le interesa tu vida, tu trayectoria, tus sueños ni tu historia. Él sólo está ahí para hacer su chamba. Viene con una lentitud que da rabia. Su corbata roja, su traje bien acicalado hacen que penetre mi mirada en la dulce manecilla. Ocho treinta y uno. No puede ser esta grosería. Y encima se para. Va con el celular. Y es iluso pensar que sus ojos, de pura casualidad, crucen con los tuyos cuando pase enfrente de nosotros. Siento las caderas de los de atrás. No había reparado en que nos multiplicamos en los últimos dos minutos. Ellos no son tantos: ya es media victoria concebida. Se acelera mi corazón y la cascada en mi espalda no la conozco. Se detiene la bestia, nunca la había visto tan de cerca. Mi mano acaricia su color brillante, naranja y exquisito. Suenan los frenos y sale un humo que al parecer sólo yo veo, como queriendo imitar al de un toro feroz. Se abren las puertas de la oportunidad. Atrás se escuchan los tipos riéndose, los tipos esperando, los tipos que no se atreven a inmiscuirse en el tumulto. Comparten espacio con los azules, los del silbato, los puercos que sólo saben decir: ‘¡Permita la salida! ¡No obstruya la puerta!’ y alguna que otra indicación para moverse por la red si les llegas a preguntar.

Surgen, de repente, los chistes de mis amigos: ‘Ahí adentro hasta se han muerto cabrones’, mienten, yo lo sé. Los de enfrente no se paran, ni siquiera nos observan. Reparten brazos, caen zapatos, pisan un sombrero y nos sorprendemos por su dueña voz. Respiran rudos y ya empieza a sonar el final de este duelo. No deja de vomitar gente este paraíso que nos hace llorar a tantos. Ocho treinta y dos. El primer pie adentro es el mío. Siento acercarse a una señora que reclama vía a la puerta: ‘Déjenme pasar, yo bajo en ésta’. Resoplan los que interceden por su capricho, entre ellos yo. Se escucha una seca y cansada voz: ‘Anticipe su bajada, pinche ruca’. La vieja empieza a dar bolsazos. No logra acercarse ni un poco a la bajada. Ahora me encuentro en disyuntiva: es dejar pasar a la señora para complacerla o es aferrarme al tubo de la puntualidad para salvarme. Me acuerdo de los alaridos de mis compatriotas: ‘Ya déjala pasar, cabrón’, ‘Pinche egoísta’. No los considero. Mi sueño me ha dejado muy claro no ceder ante estas circunstancias. ‘¡Joven, deme permiso! Yo bajo en ésta’, repite incesante la voz loca de la mujer distraída. Ya deja de sonar la chicharra, la señora se queda adentro. Me da un codazo cierto al estómago y comienza a culparme de su torpeza. ‘Señora, si ya sabe que todos bajan y todos suben, ¿para qué le hace tanto a la mamada?’, digo soez y callo inmediato. Todos hacen bulla y empiezan a insultar al nuevo villano. Mil ojos me comen. Admirable y capaz, la señora ladra mientras se desplaza a la roja, a la especial, la temida y venerada. Nunca la habían jalado conmigo presente, nunca la habían jalado en mi honor. Antes de que el rey anaranjado sople frenos, la palanca de emergencia es virtuosamente jalada por la mano temblorosa y vetusta. ‘Ahorita va a ver con los policías, niño majadero’, destruye, sin necesidad de altisonancia, de manera magistral mi último comentario. Se abren puertas, la gente abuchea: me abuchea. Los policías me agarran del pescuezo y tiran de mi mochila. Escuchan a la señora y yo dejo de comprender no sólo a su aguda boca, sino a las manos que encima de mí abundan, a los pasos que en conjunto abordamos, al lugar al que nos dirigimos que no es allá, a la vida que hace dos minutos me prometía.

Resuena en mí la voz de la injusticia: ‘Híjole, joven. Su situación está difícil’, me dice el menos capacitado de los pendejos. Me sienta en una banquita, para ver qué se hace con mi situación. La señora desaparece con un presumido grito de victoria; así me parece. Ocho cincuenta y nueve. La zozobra se ha vuelto obra, y esa obra ha llegado a condenarme. Tengo que pagar cargos por insulto a una persona de la tercera edad, ofensa a los oficiales del Sistema de Transporte Colectivo y por vandalismo agravado. Palabras que se asemejan más a una burla que a una consecuencia. Me hago, entonces, cuerpo y alma de la impotencia. ‘O ¿cómo le hacemos, mi joven?’ Incomprendido y con un gramo de esperanza, pienso. Me cae el veinte. Me aprovecho de su descuido. Me enervo con tal fuerza que no evito lo que digo lentamente a continuación: ‘Se van tú y todo el puto sistema a chingar a su reputísima madre, culero’. Agarro mi mochila y abro la puerta. Burlo a los tres policías que resguardan la oficina y los pasos calurosos se hacen del momento. La corretiza es de unos cuatro policías, tres de ellos morenos, todos con bigote, con una panza inmensa que cansa inmediatamente a dos de ellos, por un chavo de veintitrés años, no menos fatigado, pero que busca como nunca nadie lo ha hecho la salida más cercana. Salto el torniquete y subo las primeras escaleras a mí ofrecidas. Salgo y volteo en reconocimiento de la calle, de la situación. Me dirijo a la esquina. Retumban más cercanos los pasos de los dos que no se rinden. Sorprendido y aliviado, se pone el semáforo en verde, y me echa las altas un taxi vacío. Abro la puerta y lo abordo. Me pierden de vista los justos y gana, con esto, el villano de este duelo.

Escucho estupefacto la pregunta más deseada: ‘¿A dónde lo llevo, güerito?’. El carro avanza a la deriva y el capitán soy yo. Veo al interesado hombre manejando, y otro todo sudado compartiendo mi mirada, encerrados en el mismo espejo retrovisor. Comprendo la gravedad de lo que he hecho y estallo en una risa  que me motiva a decir vehemente y fascinado: ‘Lejos de Metro Hidalgo, amigo. Ya me tiene hasta la madre hoy’.

 

 

Sebastián Noches: verdadero nombre Alain Esteban Salomón Burgueño. Sus amigos lo llaman casi siempre Apelso; apodo cuyo origen se remonta a un amor no correspondido de primaria. Le encanta hablar en tercera persona de sí mismo. Tiene dieciocho años, no mala edad para empezar a creerse esto de escribir. Labor de harta osadía y con dos caras, a su parecer, tan opuestas: la conocida (la vulgar, la vaga, la lectura no dejar nada bueno) y la desconocida (la culta, la arrobadora, la lectura sigue sin dejar nada bueno). Estudiante en su segundo semestre de Lengua y Literaturas Hispánicas, o Letras Hispánicas para los cuates, en la Universidad Nacional Autónoma de México. Le gustan las noches estrelladas o, en su defecto, un cielo con un nivel un poco más libre de smog. Y, por supuesto, no cuenta con ningún escrito en ninguna revista, blog o periódico reconocidos. Es un lienzo en blanco en la espera de un rayón que le brinde ese giro en la vida.

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