por Daniel Aguilar Camacho

 

“Sentí la muerte. Le vi cómo se le hacían cada vez de a menos sus ojos. Tantito que se le descoloraban como si un nubarrón gris entrara para cubrirle los ojos.

Ora toda la comitiva me veía, con esos ojos suyos, cristalinos; todos embriagados. Tambaleando me eche a correr: pélate, Eusebio, que onde te agarren, te andan chingando aquí merito, me dije a mi mismo pa convencerme de ir colina abajo”.

 

Se escucha el gorgoreo de los gallos desmañanados cantando en la madrugada. Una espesa masa de niebla gris desciende con gases hasta encontrarse sobre las casas de obra negra. El ladrar de los perros flacos hace hueco eco en la noche fría en que la gente descansa.

Por la entrada del pueblo tragado por la ciudad, viene caminando Eusebio evitando la oscuridad que producen las lumbreras ladeadas a la calle. Regresa al poblado de Tláhuac, después del sol a sol en la construcción en el Toreo: desde antes de que aparezca en el horizonte, hasta que lo ilumina el último resquicio del crepúsculo.

 

“Ya no quiero vivir. No me gusta vivir así. Ora que sabes lo que te digo: ‘amonos de donde estamos, deja ya al amante ese, al esposo; arreguntémonos ora, que es lo mejor, ándale, gorda”, pensaba Eusebio en la plática que tuvo no hace mucho con la gorda, que contrariamente a su apodo, es de un tronco flaco sin relieve en los pechos, aunque, eso sí, lo compensan sus piernas gruesas y bien formadas. Le dicen la gorda por tragona, tragona de hombres, es la fama que se carga Lula Regules.

 

Traspasando el umbral, Eusebio avanza movido por el deseo; el frío que provoca los ladrillos pelones que dejan pasar el rumor de la noche provoca que ande en ancas de buscar el calor de la cama, de la gorda. Se desfaja la camisa y desabrocha el cinturón, hasta abrir la puerta del único cuarto de la casa.

La carne morada, sudada, revolcándose en las sábanas de animales, de entre las que salen los muslos gruesos de la gorda; los dedos del pie apretados, queriendo cerrar un puño imposible; las caderas apretadas contra el cuerpo, jugueteando con todo el cuerpo de Erasmo, amigo de Eusebio.

Inmóviles los tres sin una palabra en la boca, Erasmo y la gorda voltean a ver a Eusebio, con furia frenética se lanza sobre de su amigo,

“Ven acá, hijo de la rechingada madre”.

“Déjalo, Euse, no le hagas daño, no le perjudiques”.

“Como chingados no le voy a hacer nada”.

“Hazle caso, solo fueron unas… solo fue esta vez”.

Erasmo sale desnudo de la casa, sintiendo como el frío le va cortando la piel aún caliente. Eusebio sacaba la fusca del cajón. De ésta si no te escapas, pensaba después de salir a la calle tras de él. La gorda cubriéndose los pechos, gritaba para nadie: “¡Déjalo en paz! ¡No lo mates!”

Llegando al centro del pueblo, a la plaza, detrás de la iglesia de San Francisco, Erasmo estuvo por tropezarse con uno de los borrachos de las celebraciones del santo, aunque con un segundo no tuvo la misma suerte.

Se encontraba en el suelo, enlodado por el sudor y lo terregoso del suelo cuando hasta él llegó Eusebio. “Comprende, la-la carne, ésta carne que ves, es dé-débil”, decía con un chorro de sangre que le brotaba de un agujero en el pecho, justo en el que da calor, enfriándose poco a poco.

“Sentí la muerte”.

 

 

Ilustración: “Duelo a garrotazos” de Francisco de Goya

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