por Ángel Cruz

 

–¡Juvencio, Juvencio! No te quedes atrás, ven, ¿puedes observar las luces que resaltan de aquella loma?

–Si ¿Por qué?

–Ahí es donde vamos.

–¿Y cómo se llama?

–Le dicen Corral de Piedras, si tenemos suerte, podremos ver el venado cola azul del que tanto me han platicado. Anda todavía nos queda un buen tramo que recorrer…

–¿Falta mucho, Pedro? ¿O ni siquiera hemos llegado a mitad del camino? ¿Por cierto, tú crees que exista el mentado venado cola azul?

–Nunca he visto alguno, en todas las veces que he venido, ni uno solo, he visto muchas cosas, pero ningún venado con la cola azul, por eso esta vez te traje, dicen que naciste con una torta bajo el brazo y quizá eso ayude en mucho.

–Bueno, la verdad nunca me dieron ni si quiera un poco de la torta, pero eso no interesa ahora y dime Pedro ¿Qué cosas has visto en tus visitas al Corral de Piedras?

–¿Para qué quieres saber?

–Cuéntame, Pedro, todavía nos falta camino.

–Está bien, pero primero es lo primero, lo segundo es después, pásame un poco de mezcal, se me está cerrando la garganta… recuerdo muy bien aquellas vacaciones de semana santa, yo tenía aproximadamente 17 años y era la primera vez que dejaba la ciudad para venir al Corral…

–¡Pedro, Pedro!

–¿Qué te pasó muchacho?

–¡Quítame ésta cosa de encima! ¡Quítamela!  ¡Pedro!

–Jajaja, Juvencio, tranquilo muchacho, solo es un pequeño luchi, es indefenso, al parecer nunca habías visto uno ¿verdad?

–¡No!… Pedro ¿qué es ese crujido debajo de nuestros pies?

–Podría ser huesos de los animales muertos o simplemente son las hojas secas que las hormigas recolectan a las 3 de la mañana.

–¿Huesos?

  –Verás Juvencio, antes de llegar a la entrada del Corral de Piedras tenemos que pasar por la brecha más sórdida que he conocido… en mi primera visita al Corral, caminaba de día, era como la una de la tarde, el sol estaba en todo su resplandor, un señor labraba su milpa a escasos cincuenta metros del camino, lo saludé y respondió inclinando su cabeza, agarrando la punta de su sombrero, masticaba lo que a simple a vista era un pedazo de carne, – vaya uno a saber si en verdad era carne–  dejando atrás al campesino, percibí un olor a podrido que emanaba del suelo, por cierto, era época de lluvia y el lodo abundaba debajo de mis pies, mis zapatos parecían tener doble suela, de pronto, en cuestión de segundos, el lodo comenzaba a tener un tono rojizo así como el color de la sangre y el zumbido de las moscas comenzaba a volverme loco, no pude contener mi asco hacia lo que veía, había dos vacas muertas siendo devoradas por las moscas y un par de aves de plumaje extraño, pero hermoso, los cadáveres parecían verme y guiñarme el ojo, como pude hice reaccionar mis piernas y di la vuelta para regresarme, fue en vano, dos perros dispuestos a atacar se interponían en el camino, ya no sabía qué hacer, me hinqué y comencé a rezar, no sé a quién, pero lo hice, comenzaba a oír el tintineo de pequeñas campanitas, tuve la sensación de que aquello iba a durar para siempre, vi que las aves que devoraban a las vacas se alzaban en vuelo y las moscas cual parvada de pájaros volaban en conjunto alejándose poco a poco de aquel sitio, temblando me puse de píe y regresé la mirada hacia el camino que me llevaría al pueblo, la carne de las vacas había desaparecido por completo, solo quedaba de ellas sus huesos y el tono rojizo del lodo, volvió a su forma original, aquellos perros que en sus fauces se presentía una masacre, ahora movían la cola y jugueteaban entre ellos “¡qué diablos!” grité y continué mi camino todavía con una extraña sensación en mi cabeza…

–Juvencio, espera un poco, alumbra con tu lámpara justo debajo de nuestros pies. ¿Puedes percibir la figura que está en la tierra?

–Si, Pedro, es un perro.

–Coyote

–Bueno eso, pero ¿Qué significa?

–Que hemos llegado al principio, todo lo que te acabo de contar lo volvimos a vivir hace unos instantes solo que no pudimos verlo por la oscuridad, así que si lograste percibir los extraños ruidos u olores, no fue producto de tu imaginación, tampoco es que yo sea tan buen narrador de historias, es meramente realidad.

–¿De qué me estás hablando Pedro? Yo sé que me quieres asustar, ya dime la verdad, sé que siempre te ha gustado contar puros cuentos.

–Mira tu suela muchacho.

–Pero… ¡pero si es lodo Pedro!

–¿Ahora me crees? ¿Todavía queda un poco de mezcal? Pásamelo… siéntate Juvencio, ahorita te sigo contando, por lo mientras, mira allá arriba, el cielo, es como una enorme rueda de la fortuna, es como vivir en una fiesta constante, es como, si pareciera que te aplastara de una forma tan amable. He visto demasiados cielos nocturnos, pero ninguno deshace mis pulmones como el del Corral de Piedras, ¿ves? van y vienen aquellas hermosas hojas que el otoño no se llevó antes del invierno, no les queda más que bailar en una primavera ajena a ellas, fíjate al lado izquierdo, las aves parecieran que nos presumen su elegante plumaje azul metálico, ese zorro de allá mastica un pedazo del frágil tronco de la esperanza, los encinos son como gigantes, que han decidido enterrar sus más preciados secretos entre sus raíces, podrás observar que el río lleva en su cauce las palabras que perdí mientras caminaba en el color pálido de algunas ciudades sin jardineras ¿llueve? Si, ahora llueve, siente como ronronean las gotas a través de tus oídos, es similar a tener una charla con una mujer hermosa –claro que tenga algo que contar– es música para almas sin sonido ¡ve todo Juvencio! Somos nada frente a ésta inmensa roca con grietas… ¿Qué tienes Juvencio? No te he oído pronunciar ni una sola palabra ¿Acaso estás cansado?

–No, es solo que…

–¿Piensas que nos hizo mal comer aquellos jitomates silvestres?

–No, es solo que tengo hambre.

–¿Te has comido todo el pan que trajimos?

–Si, me lo comí todo…

–Ay Juvencio, ahora nos tenemos que esperar hasta que anochezca de nuevo, ya casi amanece y  así no podemos ir con Porfirio que hace  los panes más ricos de la región, tiene una receta especial  –dice él­– aunque pensándolo bien siempre he tenido la curiosidad acerca de lo ingredientes de su pan, una vez que lo has probado, enserio, necesitas cada vez más.

–¿Por qué debemos esperar hasta que anochezca de nuevo?

 –Espera, a eso voy. Una vez que pasé lo de las vacas muertas llegué casi atardeciendo al centro del pueblo, era extraño, pareciera como si el pueblo entero hubiera desaparecido, no había ni una sola persona, era un pueblo fantasma, pensé por un momento que hubiera sido mejor quedarme en la ciudad a ir un lugar donde no había nada, resignado, me senté en una banca de la plaza a observar el atardecer y escasos segundos después de que se ocultó el sol por completo como por arte de magia o lo que fuere, comenzó a salir la gente a hacer lo que normalmente se hace en el día, ahí sentado es donde conocí a Porfirio, se había sentado junto a mí con su canasto de panes y yo, que moría de hambre le pregunté el precio de alguno de ellos, alzó la mirada y me dijo: “¿No eres de aquí verdad? Supongo que es la primera vez que vienes, se te nota a simple vista, se te empiezan a notar los ojos de sueño y el pueblo apenas despertó, te invito a mi casa, está cerca de aquí, puedes dormir un poco si quieres”. Llegamos a su casa, bonita por cierto, era una pequeña casa de adobe con techo de palma, me ofreció una silla y unos de sus deliciosos panes, mientras comía me contaba acerca del pueblo, me decía que él había nacido allí y que era un lugar dónde se puede vivir bien, que cada año iban extranjeros en busca de historias, pero por alguna razón nunca volvieron a ir, quizá no se acostumbraban vivir de noche… se me había quitado el sueño, le pedí que me siguiera contando, fue en ese instante que me empezó a hablar del venado cola azul… Durante todo el tiempo que llevo de vida, solo una cosa se me ha vuelto obsesión, encontrar aquel venado con la cola azul, dicen que estoy loco, que no existe tal animal, pero te aseguro que es verdad, lo he visto en mis sueños, mi abuelo me lo contaba , él se cansó de buscarlo, pero yo no lo haré, lo encontraré así sea lo último que haga… espero que vengas cada año, o cada vez que puedas, a veces me aburro de no tener con quién platicar, sabes, eres el primero que no se le va en risa al contar lo del venado, si algún día llegas a mi casa y no me encuentras aquí, estará una canasta de panes y un petate para que duermas tranquilo…

Son innumerables las historias que me contó del pueblo esa noche, cuando nos dimos cuenta el sol comenzaba a salir, tendió su petate en suelo y se acostó a dormir, hice lo mismo, afuera no había nada y me sentía un poco cansado…

Apenas se ocultó el sol, nos levantamos y me propuso ir con él a buscar una vez más al venado cola azul, decía que tal vez le traería un poco de suerte, atravesamos un río dónde en el fondo brillaban monedas, quise agarrar una, pero me dijo que era el oro el pueblo, que existieron personas que intentaron robarlo y nunca se volvió a saber de ellas.

Cuando atravesamos el río, alcanzamos a ver las patas traseras de un animal, corrimos detrás de él y alcanzamos a ver que se metió dentro de una especie de cueva, lo seguimos, pero no encontramos ninguna entrada, regresamos las noches siguientes pero nunca dimos con algún rastro del animal, la última noche antes de regresarme, volvimos a ir, está vez nos fuimos antes de que se ocultara el sol, ahí permanecimos hasta que la oscuridad volvió a cubrir el monte, percibimos un olor a humo que emanaba dentro de una peña y un pequeño agujero de dónde salía un rayo de luz, nos asomamos por éste, pero solo alcanzamos ver la sombra de una criatura que devoraba su comida, tenía al parecer, una cabeza con cuernos de venado, pero sus manos, eran las de una persona normal, estaba sentada, así que no logramos ver sus pies, de repente se apagó el fuego y comenzó a oírse el sonido de un arpa, mientras que a lo lejos pudimos ver de nuevo, que las patas traseras de un animal que se alejaban con prisa…

 

Cada vez que regresaba al pueblo,  llegaba a la casa de Porfirio y comíamos pan, con un agua que sale de los árboles durante la madrugada, volvimos un centenar de veces a aquella peña dónde habíamos visto a esa extraña criatura, había noches, que tenía la compañía de una mujer, ésta se soltaba los cabellos y bailaba desnuda alrededor del fuego mientras la criatura devoraba su comida haciendo ademanes de satisfacción, nunca les pudimos ver el rostro y siempre que se apagaba el fuego, comenzaba sonar el arpa.

Un día decidimos ir en la mañana, aunque tuviéramos mucho sueño, a explorar a aquel lugar y esperar a que se ocultara la luz para poder ver la llegada de aquella criatura. Una vez qué llegamos a donde se suponía que debía estar la peña, encontramos solo las cenizas del fuego, dimos vuelta a todo el monte pensando que pudimos perdernos y la peña se encontraba en otro lugar, pero no, llegada la noche nos encontrábamos del otro lado del cerro y notamos que de lejos emanaba de nuevo el humo, corrimos lo más rápido posible, pero llegamos cuando la melodía del arpa, una vez más, comenzaba a sonar…

 

–Juvencio, muchacho, hemos llegado al centro del pueblo, bienvenido al centro del Corral.

–Pedro, tengo demasiada hambre.

–Ya casi comienza a atardecer, una vez acabado podremos ir a ver a Porfirio ahí podrás comer y descansar.

–¿Está muy lejos su casa?

–No mucho, solo a diez minutos de aquí, caminemos mientras se va ocultando el sol.

–¿Me llevarás a buscar al venado?

–Sí, hace rato te dije que por eso te traje, ahora ya seremos tres en busca de uno, quizá sea más fácil dar con él. Mira, aquí es su casa… ¡Porfirio! ¡Porfirio! ¡Ya estoy aquí una vez más!

–Mira, Pedro, ahí viene una señora.

–Tal vez ella sepa algo.

–Hola señora, buenas tardes ¿Sabe dónde se encuentra Porfirio? Vengo a comprarle panes.

–Hace meses que no sabemos de él, la última vez que lo vimos iba en camino hacia las montañas, llevaba solo un cántaro de agua y una bolsa de sus panes. Y como no hablaba con nadie del pueblo nunca le preguntamos si iba a regresar. Lo extraño es que se le notaba en la mirada una especie de locura, quizá se obsesionó demasiado con su leyenda de su “venado cola azul”. Siempre le dijimos que no era cierto pero él seguía de necio, figúrate que decía que tenía un amigo que cada año venía a visitarlo y que juntos iban a buscarlo en las montañas, ese Porfirio a veces nos hacía reír. Si tienes hambre puedes venir a mi casa, tendré fiesta mañana y ahora estamos matando los animales que se cocinarán mañana.

–Gracias señora, pero prefiero esperar un poco, tal vez regrese… Vaya, ¿qué habrá pasado Juvencio?

–Pedro, hay una nota en la puerta, ten léela.

Mi querido amigo, sabía que vendrías este año… quizá no volvamos a vernos, pero te dejé dentro de la casa una canasta de panes y mi petate para que duermas tranquilo…”

 

–Anda, Juvencio pasa, descansemos un poco.

­–Primero tengo que ir al baño…

­–Anda ve, mientras busco la canasta de panes.

–¡Pedro! ¡Pedro!

–¿Ahora qué te pasa muchacho?

–¿Qué es eso, que se escondió debajo del pretil? ¡Mira, allá va corriendo!

–¡Vamos Juvencio, agarra unos panes, tenemos que seguirlo, puede ser el venado cola azul!

 

 

Ilustración: “Venado” de Eugen Krüger

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