por Sol Girón

 

En el pueblo existe la idea de que cuando alguien fallece, por ninguna razón hay que ver al muertito a los ojos. Dicen que el cuerpo, al perder su alma, se vuelve muy sensible a recibir cualquier tipo de energía: desde el frío y el calor, hasta el alma de la primera persona que lo mire a los ojos, debido a que éstos son las cavidades por las que el alma se evapora y eleva para irse derechito al cielo (o al infierno, ai cada quién).

Cuando apá murió, pese a su edad y dolencias, jamás imaginamos que se iría cuando se fue. Todavía le dio tiempo de vigilar que se trabajara la tierra, saludó a la yunta, inspeccionó que la cosecha se hiciera en orden, que la cerca estuviera perfectamente pintada y delimitara las tierras del vecino. Todo pasó cuando ya estábamos en paz. Comíamos a la luz de las velas cuando amá le preguntó cómo quería su atole; él no contestó. Cuando volví a preguntar, ocurrió: observé sus ojos mientras me miraban y sé que justo en ese momento, él seguía con vida; sin embargo, al hablarle no tuvo aliento para contestar, sólo dirigía su vista hacia mí y ahí comprendí la enorme responsabilidad que había en mis manos: mi silueta fue la última imagen que distinguió entre la nebulosidad que no pudo ser tentada por la luz. ¿Alguna vez has visto morir a alguien?, ¿lo has visto a los ojos, justo en la transición entre “existir” y “no existir”? Pese a que un cuerpo es la representación de lo que realmente somos, al irse, su esencia crea una sensación catártica, pues evoca sentimientos encontrados: una tristeza infinita al tratarse de un ser querido, de una muerte inesperada, incluso impotencia al haberse presentado la oportunidad de haberla evitado; sin embargo también hay un pequeño haz de felicidad y quizá envidia, pues inmediatamente uno sabe que ese ya-no-ser se ha librado del incómodo lastre que representa su propia existencia. Ahora, ¿realmente has visto morir a alguien? Algo pasó, sin saber describir exactamente qué. Era como si no me sintiera parte de este mundo, como una sensación de extrañamiento donde ni siquiera me interesaba saber quién era, sólo podía pensar de manera obsesiva en todo lo que deseaba y me faltaba hacer.

 —Hasta marro fue el Melitón—dijo doña Mela. —Se muere después de gastarse todo en viejas y alcohol.

—Pobre Gertruditas. Tener que amarrarse los calzones para recibir a todas las viejas del Melitón.

—Pobrecito Juan. Tan chamaco y ya se quedó con el paquete de ser el hombrecito de la casa…

Después de algún tiempo, algunas dudas me abrumaron, principalmente dos: ¿los muertos sentirán que ha llegado el final de su vida?, ¿cómo será saber que se ha llegado al fin? Y así, estos pensamientos crecieron hasta que la sola idea podía causar las más extrañas sensaciones que había podido experimentar: un poco de temor combinado de un increíble placer que, acompañado del más intenso de los dolores, resultaba en el más frenético de los orgasmos, ya sea tras el acto sexual o simplemente tras una vigorosa masturbación. Empezaba a acostumbrarme al miedo y eso no era bueno: cada vez era más difícil provocarlo y para ello fue necesario recurrir a técnicas quizá poco usuales. Primero me masturbé donde pudiera (ya saben, por eso de que mi amá me devolviera al rancho a punta de chanclazos), incluso de pedirle su humilde colaboración a quien me encontrara solito; pero cuando surgía algún voluntario, las ganas de ser acariciado desaparecían y así tuve que obligarlos a que ya no quisieran. Algunas veces los golpeaba y ya inconscientes, usaba su mano para masturbarme; otras veces los dejaba lo suficientemente conscientes para que pudieran defenderse un poco, lo que resultaba en una gozosa lucha; unas veces interminable, las otras tan cortas que me sobraba energía para satisfacer todo tipo de fantasías.

Un día fui a la cantina, donde mi apá era una leyenda. Me eché dos mezcales y un tequila “pa´ que amarrara”. Me puse hasta el diablo y el Flavio me encontró:

—¿Qué carajo te pasa? Te hemos buscado por todas partes. En el rancho están preocupados y los dejaste solos con el paquete de los rosarios.

—Mi apá está en el meritito infierno por chapuza.

—Ni lo invoques, o te va a jalar las patas en la noche.

—Vámonos. Aquí hay puro maricón chillón.

Salimos del bar. Flavio era mi mejor amigo, pero de un tiempo para acá, había algo en él que me llamaba. Le agarré una nalga porque creí que se enojaría y no fue así: sólo se desconcertó y se le puso la cara roja, roja… No debió… Y no debimos. Yo sólo sentía que vivía una vida que no me correspondía, sin saber explicar por qué de repente el Flavio, ese chamaquito con quien corría por el rancho, con quien me eché mi primer tequila, casi mi hermano, de repente se me antojó; pero lo peor fue que, no entendí cómo fue capaz de corresponderme el beso que le di… y tuve que darle un trancazo por joto. Creo que a veces causa más placer aquello a lo que tememos que obtener eso a lo que nos aferramos. Corrí (o al menos me fui del lugar) sin entender ni madres. Estaba tan oscuro que sólo vi siluetas. Ni siquiera las estrellas tuvieron los pantalones de presenciar mi desvergüenza. Corrí hasta que, de repente, caí al barranco. El golpe en la cabeza me mostró una sarta de recuerdos que ni eran míos, y reinó la oscuridad total.

 

 —Es que no hay justicia—, decía doña Mela. —La Gertruditas no acaba una para  empezar otra. Apenitas había enterrado al viejo, cuando se le muere la criatura, y todo por arrear la yunta. Fíjese que el muchacho estaba tan cansado por estar trabaje y trabaje, que se quedó bien jetón arriba del buey; el animal que ve una rata, se asusta, tumbó al muchacho y… ¡que le pasa la carreta encima! Al más chamaquito le tocó encontrar los pedazos del hermano.

Ay Juanito: no valió la pena morir joven, y menos por pagar cuentas ajenas.

 

 

Ilustración: “Cristo crucificado” de El Greco (detalle)

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