por León de Dios

 

El viento del sur llegó imperioso derribando árboles y llevándose los techos de las casas desamparadas, llegó a media noche y todos supieron que no había remedio. Don Ramiro sintió que ese viento traía algo más que destrucción y noches bellísimas; al fin tendría la oportunidad de hablar con Dios, de verlo de frente y contarle todo lo que ya había planeado e incluso ensayado para cuando llegara la hora de la hora. Sólo necesitaba el momento idóneo de la noche, el más alto, el más puro en el que las estrellas explotaban al mismo tiempo que la luna emergía del cerro, ese momento podía llegar sin avisar y durar sólo un instante, o quedarse para toda la eternidad y permitirles al fin a los humanos una correspondencia más fluida con Dios; don Ramiro no esperó más y la misma noche de la llegada se plantó en la azotea de su casa a esperar el momento indicado, estaba tan preparado, tan seguro de que ahora sí podría, que incluso preparó provisiones para el viaje y dejó una carta para su familia diciendo que si no regresaba la mañana siguiente ya no regresaría hasta la hora del Juicio Final. Como en otras ocasiones don Ramiro había creído que el momento había llegado, ya sabía el procedimiento y la metodología que el momento demandaba; simplemente sentarse en su silla y dejar la mirada fija en el cielo, sin importar el punto. Había hecho esto tantas veces que llegó a conocer el manto celeste mejor que muchos astrólogos, sabía cuántas estrellas había las noches de julio e incluso había adquirido la extraña capacidad de saber quién veía las estrellas desde el otro lado del mundo. En una ocasión, don Ramiro construyó un par de alas dignas de un arcángel, que funcionaban con un motor a diesel, pero su experimento sólo pudo llevarlo al poblado vecino, donde todos creyeron que el demonio había regresado; desde ese momento supo don Ramiro que la única manera para llegar a la presencia Divina era por medio del viento. Incluso escribió un tratado sobre por qué no había sido eficaz construir la torre de Babel para llegar al Paraíso en Babilonia, y argumentaba que si lo hubiesen hecho los aztecas o incluso los incas habrían tenido un resultado diferente, pues el viento de este lado del mundo les hubiera permitido concluir su hazaña. Envió su tratado al vaticano pero no recibió respuesta alguna. Así, don Ramiro asumió que la cosa sólo era entre él y El Creador. La noche era única e irrepetible, la profunda oscuridad del cielo no  tenía algún color existente, era sólo un enorme vacío, porque las estrellas ya no significaban nada a partir de esa noche. Las montañas parecían sombras de gigantes que custodiaban la noche de don Ramiro, y el halo blanco que las cubría desaparecía a medida que la noche avanzaba. Y de pronto, como llega la hora del parto, le llegó la hora a don Ramiro, la luna apareció y el viento soplaba con tenaz y cortés fuerza que lo elevó primero por encima de las casas, después por encima de la ciudad, y más tarde don Ramiro se encontraba arriba de todo lo que el hombre había creado. La dimensión en la que Dios vivía era, para don Ramiro, la más próxima a la dimensión de la realidad de la Tierra, así que creyó que en algún punto de la atmósfera encontraría el portal hacía ella, pero se preocupó cuando el viento dejó de transportarlo y comenzó a violentarlo llevándolo a cualquier parte. Don Ramiro vio entre todo ese vaivén a muchas personas que se dejaban llevar por el viento sin esperanzas, rendidos ante el fallido encuentro con Dios; entonces reunió todas las fuerzas que le quedaban e intentó regresar. Después de fallidos intentos al fin regresó dando enormes brazadas a su casa. Tardó horas en llegar, pero pudo apreciar todavía la parte más sincera de la noche: cuando termina. El amanecer que aún era acompañado por el viento del sur era visto por don Ramiro desde el mismo cielo; ya no intentaría ir a la presencia de Dios nunca más, ahora sólo se dedicaría a volar sobre la humanidad.

 

 

Ilustración: “La luna levantándose entre nubes de niebla” de Elliott Daingerfield

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