por Larry Montenegro Baena

 

No sé cómo empezó todo, pero un día desperté con la idea justo en la punta de mi lengua. Después de mucho tiempo sopesándola, decidí cultivarla. Elegí el bosque que queda a pocos metros del patio trasero de mi casa. Encontré el lugar ideal contiguo a un sendero que rodea la laguna, entre hierbas, hojas secas y bajo los frondosos sauces procurando que nadie sospeche. La sembré con delirio, la regué, le puse abono natural, le construí un poderoso cerco y al séptimo día, como había pronosticado, comenzó a brotar. La cuidé ávidamente como un desvariado inventor y pacientemente esperé.

Pasaron largos meses, todas las estaciones del año sucumbieron sobre el preciado retoño. Poco a poco la vi salir tímidamente del cascarón de la semilla y me deleitaba con su sinuoso desenvolvimiento en cámara lenta, en una sublime cadencia pocas veces captada por el ojo humano.

Lentamente crecía, todos los días era un clímax reverdeciendo su anatomía. Al principio destilaba pronunciadas formas y texturas de piel y hierba amalgamadas de una forma inusual, otras veces amanecían extremidades féminas; dedos, dorso, pelvis, un vértice de rodilla, nariz, una fracción de un seno, tobillo, muñeca, codo, etc. en suave consistencia fetal finamente tejida en vegetativa dermis.

Crecía finísima, delicadamente tallada por suerte de quien sabe qué fuerza. Mi fascinación era tal que no cuestionaba una naturaleza ajena a los principios de la formación biológica humana y del origen de la vida en todo su crisol. Sólo me interesaba verla crecer sin importar el costo ni la ética de déspota forjador de quimeras.

El proceso de gestación de semilla a retoño equivalía poco más que el de un ser humano, y la duración de su crecimiento equivalía al de un cogollo de almendra hasta la edad en que debutan sus primeras verdes hojas translúcidas.

Para mi dicha creció exquisitamente esculpida, como labrada por manos de algún genio de la misteriosa naturaleza dual flora-humana, satisfaciendo los frenéticos caprichos de este servidor.

Crecía con una increíble rapidez, se alargaba nítido su rostro, se estiraban sus extremidades simétricamente con sus proporciones, se desarrollaban sus senos de acuerdo al volumen de su dorso y hombros, se ensanchaban sus caderas, sus piernas se alargaban, brazos, manos y se dejaba entrever una cintura bien distribuida en su centro y órbita. A pesar de poseer un cuerpo esbelto y frágil, su particular forma de convivir con el medio le daba los frutos necesarios sin esfuerzos agregados que marchiten su fina constitución.

No fue necesario enseñarle trucos para asumir la naturaleza, pues, la criatura ya traía una predisposición genética tan versátil para desplegarse y habituarse con una fantástica facilidad al agreste hábitat. Disponía de algún código natural que la hacía mimetizarse con las plantas cuando creía necesario e incluso se condicionaba ágilmente a la naturaleza bruta del ser humano para ejercer técnicas de sobrevivencia como preparar fuego con rocas, bucear bajo el agua a respiración moderada, afilar piedras, cortar y usar hiedras para cazar, seleccionar instintivamente ciertas plantas, bayas y semillas para uso alimenticio, cosmético y terapéutico.

Fue estimulante encontrar entre la maleza, contiguo a una quebrada; vestigios de hollín, huesos de pequeños animales del monte, hierbas quemadas y espinazos de peces distribuidos en rústicos altares de piedra. Nunca le pregunté de su nueva condición cosmogónica, pero reafirmé mis sospechas en su lenguaje, ya que articulaba nociones místicas e inusuales elucubraciones terrenales. Un día me habló de la importancia de tallar rocas y piezas de madera para representar las energías de la montaña y de la vital importancia de la recolección para ciertas prácticas rituales que había revelado en los meditabundos peregrinajes que acostumbraba realizar en los recónditos senderos de aquel bosque.

Una tarde al anunciarse el crepúsculo detrás de las arboledas, luego que regresaba desnuda de la laguna como de costumbre, con los mechones de su sedosa melena empapada destilando gotas de agua sobre sus voluptuosos senos, y con tres peces atravesados en su favorita lanza de madero de guayabo; le dije que el bosque era su hogar, que el mundo podía enseñarle mucho pero debía aprender a elegir libre pero sabiamente, y que el único fruto prohibido de la naturaleza era su naturaleza misma y que por su propio bien y del bosque, esta hechizante simbiosis no debía ser revelada.

Esa noche frente a la fogata, mientras comíamos salmón asado, me miró fijamente con sus grandes ojos brillantes. Era evidente que algo había detonado en su ser; era una mirada que vaticinaba un episodio colmado de ansias, curiosidad e inciertas pero osadas experiencias.

Regresé al día siguiente, recorrí el sendero plagado de rosas, mariposas y colibríes donde ella acostumbraba acostarse de bruces sobre las flores al atardecer y desde ahí con autoritaria inocencia, le ponía nombres a todos los animales del bosque; la busqué entre los sauces, el arroyo, la laguna, en su casa en el árbol y no la encontré.

Sin decir nada, súbitamente se echó a volar.

Luego de muchos amaneceres y de circulares veranos e inviernos en que muchos animales cambian de piel, unos anidan por largas temporadas en cuevas, otros migran, regresan; algunas flores desaparecen, se cristalizan, otros estallan y se recrean continuamente. Generaciones nuevas que eran nominadas por ella con nombres distintos. Después de muchos soles y muchos vientos cardinales supuse que ella estaría aprendiendo más de lo debido, y yo mismo me sonreía con desenfadada soltura. Lo que no sabía era cuando regresaría, ¿Y si decide quedarse con los humanos? – me preguntaba yo mismo. ¿Y si descubre que por su exótica naturaleza, ella supera la capacidad de digerir conocimiento, experiencia y placeres más que los mismos humanos?. Por tal razón, ¿Qué tal que prefiera descubrirlo todo y revele lo superficial, miserable y vacío del mundo?.

Temía que ella descubriera eso, porque omití hablarle de ese delicado punto de la degradación humana, ya que ella podría ser víctima de una bíblica expulsión y ser confinada para siempre a este bosque.

La busqué y esperé religiosamente en todas las intimidades silvestres del bosque, en quebradas y viejos senderos poblados de maleza, y un día de primavera, regresando de entre la espesura, una tarde templada en que la bruma apenas pellizca el atardecer, la encontré cantando feliz entre unos árboles de sauces, curiosamente cubierta con efímeras prendas que ocultaban sus bien dibujados atributos de criatura de bosque.

No les diré detalles de su olímpico viaje por aquellos lugares alucinantes del mundo; entre ciudades cosmopolitas, urbes rebosantes de contrastes e imaginarios diversos, también pueblos místicos y culturas excéntricas como ella. Pero puedo resumirles que conoció todas las delicias paganas, profanas, mundanas y saboreó lo inimaginable sin salpicar su orgullo. Regresó iluminada, el rictus dibujado en su boca y la cadencia voluptuosa en su caminar revelaban su apoteósica experiencia terrenal.

Nunca supe sus verdaderas razones, pero desde su regreso ella misma eligió no salir de este bosque. Tampoco sé por qué, en su afán de ponerle nombre a los seres vivos del mismo, a mí me ha bautizado con el nombre Adán.

 

 

Fotografía de Sasha Gusov

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