por Andrés Felipe Valencia

 

Nacido, aparentemente[1], el 17 de julio de 1917 en Sayula, México, Juan Rulfo es de los más grandes escritores en las letras hispanas. No necesitó escribir cantidad de obras para ser reconocido, bastaron dos: El llano en llamas (cuentos) y Pedro Páramo (novela). De manera dedicada, en un día podría uno decir que ya ha leído toda la obra de Rulfo y de ahí derivar una conclusión sobre de su calidad literaria. Rulfo no cayó en la desesperación por publicar y tampoco en la trampa de la crítica, que a veces no hace más que esperar un libro malo de un autor: él fue contundente.

La idea en este texto será hablar de Pedro Páramo, que, como algún día dijo Borges, “es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de toda la literatura”. En específico, se hablará de la forma en cómo se toca la religiosidad en todo el relato.  Como par de ejemplos, nos serviremos de la sátira a los representantes de Dios y a la idea de tres dimensiones sobrenaturales: edénica e infernal, separado esto de lo real. Así, pienso que Pedro Páramo es una manifestación que acepta la concepción cristiana apartando lo tangible de lo intangible.

La obra narra cómo Juan Preciado ha llegado a Comala buscando a su padre, Pedro Páramo, por petición de su madre antes de morir. Aquel sitio está deshabitado, en él solo quedan lamentos, murmullos y las ánimas de los muertos que ahí vivieron. Por medio de los muertos es que Juan Preciado se va enterando de lo sucedido en Comala y de quién fue, en realidad, su padre. En gran parte, la obra queda reducida  a diálogos y escenas en donde los personajes siempre son seres que han muertes y por alguna razón no han trascendido o ascendido[2] a un lugar mejor.

Los primeros tintes que pudiéramos llamar satíricos aparecen en el momento cuando el Padre Rentería, luego de aceptar una “limosna” que, se podría deducir, debió ser mucho dinero por el poder que tenía Pedro Páramo, le habla a Dios diciéndole que por él condene a Miguel Páramo, pero que en sus manos está si ese dinero habrá sido suficiente para comprar su salvación:

Puso sobre el reclinatorio un puño de monedas de oro y se levantó:
—Reciba eso como una limosna para su iglesia.
El padre Rentería recogió las monedas una por una y se acercó al altar.
 —Son tuyas —dijo—. Él puede comprar la salvación. Tú sabes si éste es el precio. En cuanto a mí, Señor, me pongo ante tus plantas para pedirte lo justo o lo injusto, que todo nos es dado pedir… Por mí, condénalo, Señor. (1973, p. 26)

Esta fue la acción por parte del sacerdote. Antes Pedro Páramo le había llorado para que, de cualquier manera, perdonara a su hijo. Y cómo un sacerdote se iba a negar a recibir un puñado de monedas de oro por parte de Pedro Páramo. El trabajo era simple, solo era “aceptar” a Miguel Páramo, a última hora, en el buen camino. Representantes de Dios vulnerables a otros “poderes terrenales” sin oponer resistencia, a ese punto vamos. La idea de la religión aquí no se ve de manera institucional ni enraizada en las escrituras, sino reducida al temor de la condena eterna. Y es tal vez así como podemos deducir que se nos educa en Latinoamérica: no se nos muestra a Dios, en un primer plano, como un ser capaz y poderoso para el bien, sino como aquel capaz de condenar si no se le ama. Infundiendo el temor es que se entiende a la deidad por estos lares.

Miguel Ángel Elorza, maestro en filosofía en la Universidad Veracruzana, dice que en Pedro Páramo, la religión no puede ser un camino de salvación y, la religiosidad, se convierte en la imposibilidad de salvación, acaso en una condena”. Tiene razón, puesto que luego de tanta guerra, por ejemplo, al padre Rentería no le queda otra opción más que tomar armas y unirse (p. 104). Ya está claro, pues, que un representante de Dios en Comala no sirvió de mucho, así que decidió alejarse de lo que realmente hacía para irse a algo que probablemente le disguste a su Padre. Sin poder quedó la religión en Comala porque hasta de hambre murieron.

Ahora, como segundo punto, está la idea judeocristiana del cielo y el infierno. El bueno está arriba, el malo está abajo, condenado. Y desde que Juan Preciado llega a Comala el lector se va dando cuenta de ese cambio:

Después de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más. Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar como en espera de algo.
 —Hace calor aquí —dije.
 —Sí, y esto no es nada —me contestó el otro—. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija (p. 9)

Se puede, entonces, considerar esto como la forma de descender al infierno al llegar a Comala. Las descripciones dadas son como las ideas que nos brindan desde pequeños acerca del infierno: un lugar de fuego, de mucho calor, rojo, sin esperanzas, etc. Hay quienes también, y se puede aceptar, relacionan esta escena con la que planteó Dante en La divina comedia cuando llegó al infierno e iba bajando de círculo en círculo. La madre de Juan Preciado describió Comala de manera edénica, como un paraíso, y es por eso que se hace esa relación a las dos dimensiones. Entonces, al llegar Juan Preciado, puede el lector pensar que este llega ahí por algún pecado, llega condenado y es por eso también que muere y ahí queda.

Almas en pena, murmullos, el calor asfixiante, el control absoluto de un poderoso que, extravagante comparación, podríamos incluso decir que es El diablo (Pedro Páramo), costumbres religiosas, inmoralidad, etc. Estos y más aspectos llevan a asimilar el relato de Juan Rulfo como un reflejo de una idea occidental judeocristiana en donde nos dividimos en tres dimensiones: edénica, infernal y real (siento esta la terrenal que refiere a la Comala que sí tenía habitantes, que sí vivía).

Para concluir, en el relato es evidente la presencia religiosa y la importancia que le brindan al perdón antes de morir; sin embargo, no se encuentra una devoción o siquiera a personajes rezándole a Dios. Aunque la religión siempre estuvo ahí, el lector se da cuenta que no cumplió su propósito, puesto que todo personaje quedó en Comala, se supone, sin trascender a un mejor estado. El sacerdote, en nombre de la religión, sirvió más como una forma de corrupción en Comala y en la sociedad. Más que como creencia, la religión se quedó en el plano de la costumbre. El padre Rentería nunca salvó a nadie, nunca perdonó a nadie. La religión de nada sirvió. Por ende, la religión rulfiana es una sátira de sí misma.

 

Notas:

[1] Son varias las fechas y lugares que se mencionan al hablar de Juan Rulfo.

[2] Estos dos conceptos aceptando la idea de Comala como una forma de ver el infierno y quienes están ahí son quienes están condenados.

 

Referencias bibliográficas:

ELORZA, Miguel Ángel, (2011). La religiosidad como eje del mundo de Pedro Páramo: la imposibilidad de la salvación. Universidad Complutense de Madrid: Espéculo. Revista de estudios literarios. Recuperado de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero47/relippar.html

LYON, Thomas. Juan Rulfo, o no hay salvación ni en la vida ni en la muerte. Chile: Revista chilena de Literatura No. 39, 1992. Recuperado de: http://www.letras.s5.com/rulfo070902.htm

 

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