por Roberto Cambronero

 

Aunque un profeta pudo ver el sueño del rey Nabucodonosor, de la dinastía caldea, no conseguí una explicación de lo que me pasaba hasta que conseguí al Arcipreste Catalino, sabio del siglo IX que fue olvidado por la academia no por ser acusado de herejía sino por alucinar debido a la sífilis, basándose en su texto La alegoría del hipogrifo, que en una relación al Papa León III aseguró que era un episodio místico que le ocurrió en la huerta del monasterio. Pero eso no me interesó, fueron sus cartas personales a su hermana, la beata Gerónima, piadosa con los leprosos, donde le hablaba no de sus visiones de quimeras de fuego pero de sus estudios prohibidos que lo dejaron caer en la inquisición. En la vigésima octava carta habla del fenómeno de la mente y del tiempo, que tomando los postulados de Parménides de Elea sobre el infinito como la existencia de algo incorruptible pero también, para el Arcipreste Catalino, enmarañado y asfixiante, que no dejaba respirar al pobre concepto de lo lineal. Claro, fue quemado por negar entonces el génesis y el Apocalipsis, el alfa y el omega, pero entendí en sus juegos retóricos que yo vivía en aquella maraña del que él hablaba.

La primera vez que sentí el ahogo y los escalofríos, me dieron leche de magnesia pensando que estaba intoxicado, pero cuando dormí hundido en calenturas musgosas e inapetente de remedios, ocurrió: encima de mis pensamientos otros, como un eco doble que me retumbaba, una horrenda sensación de expansión que pensé era la muerte hasta que en mi azoramiento busqué dejar de sentir el peso de mi cuerpo en la cama y una anciana veía una planicie ensopada por un granizo que se fundía y por qué esta tan preocupada, es que se me cayó el último diente y la ciudad está tan lejos, seguí su —nuestra— existencia solitaria en la casa de madera blanca desordenando cajones para encontrar un dije que yo sabía no estaba ahí, la veía como se ve con una migraña —casi transparente, casi como si al reflejar luz me doliera— y después, machacar papas y frijoles hasta que sentí la comida bajando por la boca sin dientes y cayendo, fría por la distancia, en mi estómago y cuando me desperté acobardado vomité la misma comida. Fue una visita desoladora y la repetí por misericordia, le hilvané pensamientos más dichosos y le inventé memorias de la familia que nunca tuvo. Después, encontré la forma de concentrarme, sentir el cuerpo enfriarse y temblar hasta que cerrando los sentidos del cuerpo la encontraba, hasta que en uno de esos casos soñé que entre los vahos de charcos acaramelados estaba suntuosa y desnuda, sosteniendo con la mano derecha una rama seca de tomillo y la izquierda estaba levantada con el mismo banderín oscuro con una bestia alada del que se habla en la Alegoría del hipogrifo (la cual no había leído en ese momento) pero fue suficiente para entender que estaba muerta.

Después de un luto callado, de ayunos secretos y arraigado a la idea de que debía haberle ayudado, comprendí que podía repetir el milagro. Entonces fui a la biblioteca y busqué el tiempo y los lugares exactos en que vivieron el César, Cleopatra, Cervantes o Constantino (la biblioteca estaba olvidada y solo encontré aquel viejo tomo de la enciclopedia, por supuesto el C). No conocía la maraña del Arcipreste, pensaba que sería suficiente concentrarme en el 55 a.C. y en Egipto, imaginándome a la monarca y quemándome las ganas de verla, y no lo logré, aún encerrado en aquella idea de año sobre otro año, lugares que existen solo si se está y que en mi habitación caía el eje del mundo y no podía estar pasando la peste bubónica en una villa ni las guerras floridas o la exploración espacial en el mismo valle: me sentía resguardado de la avalancha del caos de la existencia.     

Hasta que intenté, harto, buscar esas cuatro figuras la misma vez, pensando en el suelo de la prisión morisca, palacios, termas, confundiendo a un emperador con otro, Cleopatra manca y quién fue el que escribió, buscando la mirada seria del augusto y encontrando el Nilo reflejado en un escritor, era una golondrina echando una cuita, la mano sobre una ánfora traída a usted emperador que muestra la escena del mono parlante entre las zarzas mediterráneas, que tengo que fundar, amémonos Amadís en el borde del Nilo sin guerras Galias, una enorme araña entre las ramas más altas tejiendo imperios de moscas verdes, con este singo vencerás caballero, reverendo emperador, que signo y encuentro el borde de una mente, los senadores están inquietos y piden la ínsula de sus deseos, una mente que no se deja vencer y encuentro armonía en los racimos de unos pensamientos que se desgajan uno sobre el otro en la quietud de la meditación, flotando en una tina caliente, es la mente más hermosa que jamás haya visto pero cuando me despierto asfixiándome, la mano me tiembla y la pongo en la mesa de noche y empujo la lámpara para que vengan los sirvientes y el doctor, es una hemorragia, no, fiebre de Malta, sí, eso es y no le digo que no porque no hay más remedio.   

Entré de lleno a ese arte por inspiración, sin nada de técnica y sin entenderlo iba aprendiendo de los postulado del Arcipreste. Estudiando a los estoicos una tarde polvorienta y árida, me recosté en mis antebrazos y así llegué a aquel lugar, la tumba sacra se imponía sólida entre los matorrales, los bananos que caían como cataratas de pieles verdes con el apéndice morado turgente, las hojas que pesaban por aguas y aceites hediondos. Para llegar había tenido que caminar por la maleza de verde oscuro, que crecían como vástagos de una neblina chorreada, afuera soplaban los vientos estériles y ahora sentía la humedad de una montaña fecunda. Supe que cruzábamos las tierras del caníbal, sin necesidad de preguntarle a la segunda conciencia que me absorbía y bravíos pasamos por la cueva malandrina donde solo podían cruzar los oráculos en busca de profecías malditas. Vio —o vimos— el enorme abismo que se abría en medio del monte, de donde salían bandadas de pájaros de una fauna desconocida y sentí miedo de sus rugidos  de desplante, el tropel iba desordenado y nos iban empujando, sentí la ansiedad –sin distinguir si ese sentimiento tan puro era de uno o de la otra- de estar rodeado de la muchedumbre que la bañaban en chicha hasta que no sentía la piel, en tintura roja y después la lavaban con agua para empezar otra vez. Un hombre iba al frente, con un penacho de ave voraz, que sangraba por la nariz en el pináculo de delirio y la muchedumbre se arrojó a la oscuridad vegetal, mientras alguien agarraba a la pobre muchacha que iba a desmayarse y decapitaron a un perezoso y la sangre se mezcló con chicha y se embarraron entre todos y la primera vos audible susurró, eso es para ahuyentar a los antropófagos que nos venían buscando por oler vivo y nuestra piel con sangre cuajada los va a despistar creyendo que somos carroña, aterrados le rogamos al dios de láudano su dulce adormecimiento pero no lo encontrábamos porque las flautas de cerámica silbaban y las jícaras de chicha vacías se golpeaban entre ellas y solo entonces se dio la vuelta y vimos a tres hombres sosteniendo un cadáver conservado en pedrería, escamas de topacio, tapones dorados en la nariz y una placa de jaspe en la boca. Ya en frente de la tumba sacra, el sacerdote lívido dio la señal y empezaron a quemar los árboles alrededor de la tumba, la voz audible: es para espantar los demonios de la neblina y a los caníbales para que no profanen la tumba y, y te encuentren a vos. La conciencia de su mente palpitante me golpeó hasta sentir que me hundía en la locura: el cadáver la elegía y se celebraba con una hecatombe de maizales, con chicha y rapé hasta que quedaron tumbados, entre helechos bestiales estaba él, el de la voz audible, durmieron en el lecho turgente de matas vivas hasta que la madrugada de neblinas fatales trajo a su hermano con una daga, nos interpusimos —no pude comprender, si la encarnaba en el viaje a la tumba sacra ahora en la memoria sentía la existencia más viscosa—, el hermano prometió no decir nada si no volvía a pasar otro encuentro y lo prometieron. Ese día, o muchos después, pero es lo mismo, ocurrió la ceremonia, plumas verdes en la trenza, el olor de incienso, una enorme guacamaya, una casa ventilada por cuatro arcos de piedra en el poniente con espejos de agua en el patio y un biombo de caña separa los aposentos de las concubinas con el del sacerdote mayor, macerar maíz en el pilón, transcribir códices que hablan de mundos infinitos, recolectar flor de itabo en la parcela personal, cambiar el agua del espejo porque lo estancado atrae súcubos. Cuando dormía en el lecho con el anciano, no tenía mayores inconvenientes porque nunca la tocó. Le decía que su belleza lo alimentaba y se quedaba dormido, masticando lento los pétalos blancos. Pero las concubinas no la dejaban dormir en los camastros y le aullaban hasta que se arrinconaba a llorar. Al acusarlas, el sacerdote solo rió y respondió que no hay pájaro más odiado que el quetzal. El día de su muerte la llamó a su recámara y le dio la noticia. Contuvo las lágrimas para que el anciano no entendiera que aquel honor le causaba un enorme tormento. Llegó al cuarto de las concubinas a decirles que había fallecido y la miraron con miedo hasta que les mostró que era ella a quien eligió como compañera de muerte. La tomaron por los brazos, a empujones y dando alaridos de luto caminaron por entre las chozas. Las mujeres se desposaban de sus atavíos y pieles de felinos para ponérselas encima, le besaban la mano entre lágrimas mientras los hombres se encargaban de embalsamar el cuerpo con polvos amargos, que ahora ponían en su cama de hojas secas y le dieron una jícara, la última, repleta de chicha que en el éxtasis del momento crucial le resbaló por el cuello y dando un traspié entró a la tumba y la sellaron con cal viva. El silencio de la selva, escuchamos el crujir de las hojas que se quemaban, el cadáver parecía entrar en la atmósfera y su piel mineral cubría el aire, buscó debajo de las hojas y encontró una daga terrible y agradeció la misericordia de su amante que antes de desearle el ablandamiento de los huesos por el hambre y la locura del encierro, prefirió la cuchillada tajante en el pecho que de un golpe certero nos mató.

Desperté temblando con el pecho cruzado por el metal que no me dejaba respirar, hasta que me levanté y fui desempolvándome de lo absurdo y sentí el pecho libre, pensé en los estigmatizados, hasta que solo temblaba y vomité, sentí el ardor de la chicha fermentada. Que curioso: al final el remache que ata la sublime infinidad no es más que el vómito. 

Esta vez no me cuestioné si tenía que ayudarla porque estaba condenada a una práctica que ya conocía, pero mientras lo repasaba me daba cuenta de anacronismos. Había dagas, o sea había hierro, un dios de láudano, incienso y solo llegué a la conclusión que la cultura en que ella existía no era precolombina como pensé al principio, ni de ningún tiempo sino la mezcolanza de lo imperecedero y que existía cerca del núcleo de la maraña. Pensé en enfermedades de la mente, estudié las encíclicas de las desgracias humanas y no encontré ni un solo caso parecido al mío, así que encontré paz en arreglar la biblioteca con lo que quedaba en las arcas familiares. Estudié a San Francisco de Asís, a la Enéada —si me permiten en mi angustia un juego—: nada.     

Caí en vidas con más desapego, agarrando mi propia conciencia y protegiéndola de las demás. Estuve en el Congo belga con un pobre obrero que fue amante de Roger Casement, que fue cortés contrario a los delirios de sus diarios y me sorprendió encontrarlo más lúcido que justo. Picaba el sol en la nuca, la llanura olía a sed. Después lo soñé junto a la muchacha de la daga, cerca de un mar sucio que arrastraba levadura, ella con un labrador blanco en los pies y él sosteniendo el colmillo de una fiera y entendí que murió azotado por un colono y que la lengua de los muertos se habla en la mala imitación del dormir. Me sentí tan desconsolado que fui perdiendo el hambre y se me venían escalofríos por pura manía. Si sigo así me muero, pensé. Llegué, casi suicida, a un parisino burgués, que contaba obsesivo las monedas que le quedaban y —tan desapegado estaba— pensé en mis propias finanzas y como iba en camino a la quiebra, hasta que tosió sangre y sin mucha tendencia cronológico porque todo ocurrió en una sola visita, conocí a un galeno al que no le di importancia que nos entregó unos folios bajo el nombre de Alcofribas Nasier. No le hice caso y regresé al conciencia mientras el burgués se moría de tos y yo tosiendo en mi cuarto me di cuenta del anagrama y de la oportunidad que había perdido.     

Llegaron los libros nuevos y de nuevo convencido que me iba a morir, tomé una descanso de aquel arte. Me dediqué a escribir un tratado pragmático sobre esto fenómeno al que no se me ocurría nombres (Efluvios Espirituales sonaba a metafísica y Una conciencia errante a la corriente idealista), quería acertar a entender esto pero me fui dando cuenta que para hacer eso, ocupaba entenderlo todo. Me reservé a ser un cronista sincero, aunque fuera repetir los textos del Arcipreste que lo condenaron al olvido y las difamaciones de su cordura, pero si algo ya no me extrañaba es que el tiempo jugara así. Le mandé una carta a Eugenio Horacio, teósofo y gran lector que me dio una lista de libros, que por supuesto incluía a Madame Blavastky, espiritistas y al Arcipreste. 

Fueron días de mala marea que arrastraba algas espinosas a la arena, traía olor a pescado y por las corrientes algunos camarones que no son de aquí, cafés y sucios que se envolvían en la arena con gusanos planos y sedientos. Como casi no había gente, me dio por pasear después de ir leyendo la lista que me mandó Eugenio, me gustaba lo ruinosa que estaba la playa, desolada y con troncos que se destruían sin misericordia en los eructos del mar, pestilentes y exuberantes con sus caracoles que se pegaban a las ramas que después el mismo mar se tragaba en las noches cuando subía la marea y cenando podía ver como las manos de espumas los jalaba sin misericordia y en la mañana estaba limpia la playa hasta que volvían la marejada que en los peores días traía la tumefacción del manglar.

El octavo día del mes no pude dormir escuchando los embates bestiales del mar y tenía miedo de que durmiéndome, me fuera a caer en el centro de aquella maraña o solo volver a cualquier otra mente y que mi cuerpo o mi cordura ya no aguantara. Caminé por la sala, en el ventanal se podía ver mejor la marejada y llegué con una achacosa duermevela a la mañana y encontré el jardín burbujeando en charcos sucios, una estrella de mar negra y con patas delgadas a una roca, un chipirón nadando entre las raíces del patio inundado y salí a la playa, donde entre  ramas y troncos estaban camas translúcidas de aguamalas pudriéndose entre moscas y pensé que había arena oscura flotando pero eran camadas de pulgas, pensé, se jodió la naturaleza, ya no hay ni tiempo ni leyes, lo único que se queda igual es la naturaleza humana porque hierba mala. Adefesios como anguilas, una alianza dorada coronando una anémona y una gaviota destazada contra un arrecife. Como a los cien metros de la casa estaba el agua viscosa del pantano y en un promontorio había una caimán que quería parece vigilante pero solo estaba confundido viendo la inmensidad del horizonte. Un tajo de arena se había abierto y se deslizaba adentro una mantarraya, que de un salto voló cerca del caimán y regresó al mar, pero encontré la mitad de la cara de una ídolo y no me impresionara que alguna antigüedad llegara a la superficie, pero me fui fijando en los rasgos aindiados, pero el ojo era una cápsula de vidrio con un azulejo que revoloteaba adentro y abstracto en su primitivismo mesopotámico y su técnica de vanguardia, de donde salió esto, me dice ella detrás del monstruo de piedra, de la mente de un enfermo, le respondí y ella, ah, o de alguien sin mente, o debería decir algo y le reclamé que la consciencia es lo mismo que la mente, no, respondió, es mucho más complejo, ese caimán no tiene mente por ejemplo y algo está pensando, le dije, un cerebro, los sentidos no es lo mismo que la mente y dijo algo que me estremeció, o no dijo nada más pero yo lo concluí, como que en los disparates de todo existiendo en una maraña que se revuelve lo único que se mantiene íntegro es la mente y que a veces dos se pueden acompañar en este remolino. Vamos, quiero ver más de esto, la acompaño hasta que encontramos unas aguas negras y viscosas, nos tenemos que devolver, ella dice que sí, podemos comer en mi casa, ella: sí. Entonces la conversación se fue degradando a un juego, ella jugaba conmigo y en el momento no lo sospeché, solo me reía cuando soltaba una incoherencia, cuando se le ocurrió salir y buscamos ostras y quería echarles limón, sin importarle de donde habían salido o cuando le quería jalar la cola a un cocodrilo del Nilo –pensé, en Cleopatra, en Cervantes y después, derrotado, en el infeliz Cid que por alguna razón no estaba en esa enciclopedia-, después comió desaforada contándome historias que no tenían final y a veces no empezaban, pero eran como historias de diosa, una diosa de la narración y de la epopeya y de los gestos histriónicos, que empezaba sin principios y entré frenético con una pluma a escribir lo que me decía y apenas empecé se calló. Pidió dormir, con un capricho de una Circe, y yo, vamos, vamos y cambié mi ropa de cama para que durmiera impoluta, me dio un beso de borracha y se durmió.

Fui a la biblioteca por mientras oscurecía. Leí el único de los cuentos que logré transcribir, no lo entendía, no había ningún orden pero tenía una lógica humorística y fue acordándome de la mente más bella del mundo que conocí en mis episodios. Claro, era ella. Entonces leí al Arcipreste Catalino, la maraña, lo fui entendiendo y descompuesto, temblando me recosté sobre el codo y entre cráteres que expulsaban vapores la vi a ella y se revolcaba con los ojos cerrados entre los vapores, me acerqué y se retorció en su pesadilla y entendí de verdad. Salí corriendo a verla y tiré al suelo las teorías del Arcipreste y cuando la encontré estaba inquieta y me habló en la lengua de sus tiempos y yo lloraba detrás de ella diciéndole: yo no he aprendido todavía, apenas hablo español, estoy condenado a esta gramática arcaica y le reconocía algunas palabras como se entiende a alguien que habla latín sin saberlo, pero corrió a la puerta la seguí por la playa que estaba vacía, por las arenas limpias mientras subía la marea y escuché como rugió y la marejada dio un embiste seco contra la arena, sentí el agua en los pies y la espuma levantó un salitre denso que me ardió en los ojos y se oyó el fragor de la ventana del comedor despedazándose y para cuando la espuma ya estaba cubriendo la playa y entraba a revolver el jardín y se retiraba lento dejando un chipirón entre las raíces del árbol y majé las aguamalas que estarían llenas moscas cuando deje de ser ayer y sea el día en que ya no la conoceré, porque ya no estaba y solo entonces comprendí que jamás nos habíamos conocido y que faltarían mil quinientos once años, dos meses y ochos días para que ella fuera fecundada en el mar de su perdición, como una segunda castración de Urano y algún día en sus veinte años se despertara con el sinsabor de aquella pesadilla donde yo la encerraba en una habitación antigua, hablándole un dialecto perdido y después las olas se la quisieran tragar, a los siguientes días se olvidara de ese detalle insignificante: que me soñó.

 

 

Ilustración: «Mar tormentoso con naufragio en llamas» de J. M. W. Turner.

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