por Miguel Ángel Real

 

Fósforo y fósforo en la oscuridad,
lágrima y lágrima en la polvareda.

—César Vallejo

 

Ven conmigo.

Que ni un alma se atreve a cobijarte, desheredado.

No creas en quien te dice que mi generosidad de patriota será tu desdicha.

Sólo te pido a cambio que protejas

las raíces sagradas de mi tierra,

que te aferres a ellas y no gimas

diciendo que a un árbol sus raíces le ahogan

porque le impiden ver otro horizonte.

Aquí tienes mis páramos.

No te quejes.

Al fin y al cabo un tal Borges

también le concedió un desierto a un rey.

Estas colinas mías son tan yermas como tuyas

y tu peso en el estómago es tan solo la falta de costumbre:

te acostumbrarás a tragar polvo, no te apures,

y te acunará el vaivén de círculos perfectos de los zopilotes.

Soñarás con un coro de mujeres rubias

perfectamente erguidas sobre mi sexo de cacto.

Olvidé darte la bienvenida.

Alégrate. Te llegará pronto mi calor, o en su defecto

el del sol invariable sobre la arena a mediodía;

es el alivio seco y sereno que te deseo

a ti que cruzaste muros y mares

dejando atrás la humedad natal que te produjo.

Esta es tu casa hoy, aquí te acogen los huesos de mis antepasados

y estoy seguro de que los fantasmas

de tus hermanos ahogados en la travesía

serán también tus anfitriones.

Lástima tan sólo que ellos no sepan arar las lomas que te damos.

Los necesitarías para salir adelante.

Pero sé paciente. Cuando de nuevo te crezcan las uñas

volverás a intentar apartar todas las rocas

que mordieron las raídas semillas que sembraste.

Mis perros te protegerán:

ellos son hoy día los únicos que me velan

y (fieles a su amo como de costumbre) velarán por ti, no lo dudes.

Y no temas: cuando nazcan tus hijos

las colinas generosas te ofrecerán sus tolvaneras

y ellos heredarán, como dicen los sabios,

el derecho a morir que tanto se merecen.

Un aviso: llorar no sirve,

tus harapos empapados de lágrimas no serán nunca un buen abono.

Mejor pasa tu tiempo

aguardando ranas junto a las alcantarillas.

Son una buena comida, yo lo digo,

y aprenderás que mi palabra aquí es yunque que el viento no desgarra.

Ya me despido.

Cejaste en llegar a mi tierra.

Te admiro, soy sincero.

Pero guarda una última advertencia:

incluso cuando te llegue el crepúsculo de las hormigas

mis muertos pesarán más que tus vivos.

 

—6 de febrero de 2017

 

Ilustración: “En el desierto” de Carl Haag.

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