por Guido Macari

 

Íbamos llegando a una cancha de fútbol por el camino de tierra que pasaba al lado de ella. Había algunas bancas descascaradas al borde de ese campo de juego; aunque no las encontraba muy útiles porque rara vez las vi ocupadas. Pocos jugaban ahí. No se me ocurren muchas razones para que estuviera vacía casi todo el tiempo, pues siempre estaba en buen estado gracias a un señor pelado que, una vez a la semana, cortaba el pasto y marcaba las líneas con tiza. Desde lejos se podía ver cómo pasaba toda la mañana trabajando en ella, y era más fácil todavía en los días de sol porque le brillaba tanto la cabeza que casi se podía dudar de quién iluminaba a quién. Por eso no creo que la cancha en sí fuera el problema; quizá el mal estado del camino no dejaba que muchos la usaran y avanzaran hasta ver la cancha; quizás los pastos duros y malezas que la rodeaban, desde lejos, hacían parecer que solo había dos arcos parados en medio de un terreno olvidado. Por eso seguramente pocos iban a jugar, y siempre eran los mismos equipos.

Eso aprovechábamos con Miguel casi todas las tardes al salir de clases, para ir a jugar a patear penales al arco que estaba más al fondo.

Caminábamos lo suficientemente rápido para llegar antes de que comenzara a oscurecer, pero no tanto como para cansarnos. Nos turnábamos. A él le gustaba partir al arco por cábala y a mí no me interesaban mucho esas creencias, así que él partió para atajar el primer tiro. Era uno y uno; el que pateaba después atajaba y viceversa. Ninguno de los dos usaba guantes cuando le tocaba al arco. El juego era el mismo cada vez, aunque generalmente cambiaba el ganador de cada tanda. Ahora, se me hacen tan idénticas casi todas esas tardes.

Ese día ya estábamos terminado la última tanda de penales de la tarde. Metía el penal y le ganaba. Así que partí, seguro, a poner la pelota al punto del área grande. Miguel se puso entre los tres postes, con los zapatos manchados de tiza. Me puse muy lejos de la pelota, más de lo que se acostumbra. Levanté la vista hacia el cielo como pidiéndole que se acordara de mí. Al bajarla, apenas arriba del travesaño (aunque a mucha distancia), los pastizales de los dos cerros siameses del fondo que empezaban a desteñirse; solo sus espinos y cactus tenían algo de verde. Estaban bastante lejos para notarlo. Pero varias veces fuimos hasta allá y lo subimos; recuerdo cómo estaban esos cerros en cada tiempo del año.

Seguro por eso le pegué terrible, de puro distraído. Pasó por arriba del horizontal. No cayó tan lejos de la cancha, pero en ese entonces me parecieron unos metros bastante grandes.

Desde la malla para atrás empezaban unos pastos abandonados y malezas con sus flores ácimas; parecía una media luna. Ahí entre las plantas me metí. No veía mis pies y debajo de mis rodillas sentía cosquillas. No lejos se escuchaban los chillidos de los queltehues y a medida que me acercaba a la pelota los gritos más se desesperaban. Mi presencia los incomodaba, pero seguí; solo quería entrar a su espacio para irme. Tomé la pelota y me empecé a devolver. Habré dado dos o tres pasos de vuelta a la cancha cuando escuché un ruido debajo del talón y, cuando terminé de pisar, otro casi idéntico en la parte de la suela que cubre los dedos. Me detuve y le busqué otro lugar del suelo para pisar con ese pie. Eran dos huevos dorados y con pintas negras. Estaban aplastados. Los dos crujidos quebraron ambos cascarones, como huesos. Los pájaros ya no sabían cómo gritar más fuerte; hacían que el aire se quedara como tambaleando.

Miguel, una vez, cuando veníamos caminando por la cancha hacia el arco, me contó que su papá le había dicho que los queltehues tenían espolones. Yo no sabía qué eran los espolones. Y él me explicó, me dijo que eran una especie de cuchillos que tenían debajo de las alas. Desde ahí que les tomé respeto, y le propuse a mi amigo que pusiéramos  la regla de que el pateador tuviera que ir a buscar la pelota si la mandaba fuera del arco, por lo tanto, sólo me quedaba a mí pegarle con precisión o no muy fuerte para evitar tener que ir hasta lo profundo de esos pastos. Ese día me sentía con confianza por estar a punto de ganar. Le pegué fuerte y tratando de esquinarla arriba en el arco. Pero la pelota se fue para allá, lejos.

Y si se hubieran levantado del suelo para empezar a perseguirme por el aire. Casi podía verme tirándome al piso, mientras ellos daban vueltas lentas en el aire, como jotes, esperando a que me levantara. Pero trataba de calmarme y avanzar rápido pero con tranquilidad, para no parecer asustado. A medida que me alejaba chillaban menos. Trataba de mirar solo hacia adelante, porque si me ponía a girar la cabeza para buscarlos me preocupaba, pues a ratos los perdía de vista entre tanta maleza. Sus cabezas se movían tan rápido de un lado a otro, buscándome. No quería hacerles tan fáciles las cosas.

Cuando cruce la línea de tiza ya no se escuchaban. Se habían callado. Entré a la cancha y todo estaba bien, aunque respiraba algo agitado. Miguel me preguntó si me pasaba algo. Le dije que había pisado unos huevos de pájaro. Con razón gritaban tanto, me respondió. Levanté el pie y le mostré la parte de abajo de mi zapato. Nos callamos para mirarla: estaba aún un poco mojada y con pedacitos de pasto seco pegados. Creí que me preguntaría algo, pero me recordó que le tocaba patear a él, aunque a mí me pareció que ya estaba oscureciendo. Me puse en el arco, él detrás de la pelota. Le pegó y fue gol. No supe qué hacer, me quedé parado al medio. La situación había cambiado y si fallaba ganaba él.

Si se te va, gano yo; me dijo para ponerme presión.

No tomé mucho vuelo, pero me propuse pegarle fuerte al centro, esperando engañarlo. Supuse que se tiraría a alguno de los lados. Vi la pelota que ya empezaba a brillar entre la oscuridad que iba apareciendo; lo mismo pasó con los postes del arco. Escuché a los queltehues detrás de la cancha: primero un chillido y luego el otro, como si se hubiera dicho algo. Me parecieron más cerca que antes, al menos eso oí. Le pegué y Miguel la atajó y la hizo revotar hasta mis pies. Eso sería todo, dijo al aire, y se rio un poco. No me frustró tanto perder, de hecho creo que tenía ganas de que se oscureciera rápido.

Tomé la pelota y nos fuimos juntos para el camino, pues él vivía a solo dos casas de la mía. Estuvo peliao, comentó. Me pareció lo mismo. Miré para atrás y escuché otro chillido, que no tuvo respuesta. O si la tuvo no la escuché porque intenté silbar algo más menos melodioso, algo menos desagradable que esos pájaros. Miguel me dijo que parara. Seguí haciéndolo y de a poco fui consiguiendo subir el volumen. Trató de ignorarme. Pero llegó un punto en que se le escapó la paciencia y me pegó en la espalda con fuerza. El viento que salía de mi boca perdió el ritmo, y no intenté retomarlo. Seguimos caminando callados, de espaldas a los dos cerros. Miguel se puso a arrastrar un poco los pies; seguro que de puro molesto. Supuse que se le pasaría, y me despreocupé. Me puse a darle botes a la pelota. Retumbaba en el suelo cada golpe. Se veía tan blanca en lo oscuro, casi hacia brillar el polvo que levantaba cuando tocaba la tierra.

Cuando ya estábamos más o menos lejos de la cancha, Miguel volvió a hablar con un “pucha que hace frío”. Tenía razón. Justo después de eso pasó una brisa bien helada. La sentí en todos los pelos del brazo, que hace no mucho habían empezado a hacerse evidentes, a engordar y multiplicarse. Se me puso la piel de gallina, y él me lo hizo notar.

Llegamos a la parte asfaltada —a la calle— y dejé de darle botes a la pelota. El alumbrado nos hacía ver naranjos, al igual que al asfalto; mezclándonos. Nuestras pisadas ya no hacían tanto ruido y había que afinar el oído para escucharlas. Las primeras casas tenían pocas ventanas iluminadas, aunque de ellas salían algunas voces. Todo estaba muy quieto, como siempre pasaba si hacía frío en una tarde primaveral. Curiosamente, a medida que avanzábamos, veía menos vidrios encendidos, menos murmullos. Evitaba concentrarme en mis oídos, aunque tampoco quería que los zapatos dejaran de sonar. Pude haber pisado más fuerte, pero Miguel se veía muy cansado como para que le interrumpieran la calma del trayecto final. Encontré más natural volver a darle botes a la pelota. Lo hice una vez y luego dos más, pero no tenía sentido seguir con eso.

Así que seguimos caminando en un silencio casi total que sólo se interrumpió por un momento, casi al llegar, con el estallido — ya algo debilitado por la distancia— de un disparo que llegó por detrás de nosotros, desde muy lejos como para llamar nuestra atención por demasiado tiempo, por más de lo que duró en el aire.

Lo que sí, por un rato, nuestros pasos quedaron enmudecidos en el eco del estruendo. Era como si hasta las cosas que no hacen ruido se hubieran ido a esconder.

 

 

Ilustración de Hurvin Anderson

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