por Francisco Pérez Caballero

A mi padre

 

Me decían “no vayas pa’ allá” pero yo tenía que ir; les decía, no recuerdo porque, quizá a echar pulque con José porque era septiembre, me acuerdo, a José siempre le gustaba emborracharse en el mes patrio (aunque él se la vivía embrutecido de tanto alcohol siempre pero ese mes creía tener una excusa) yo lo acompañe nomás por un litro de pulque porque no traía dinero pero ellos me decían “nomás espérate un ratito, luego te vas” pero ya ve como es un que más le dicen que no y más ganas de ir le dan.

Pa’ Atotonilco nomás iba a ver a Clarita o a vender los borregos de mi abuelo, pero no era jueves ni domingo entonces no fui a vender los animalitos aparte ya no había sol, ya estaba la luna ahí arribita y yo nunca había visto a Clarita bajo la luz de la luna, porque las paredes oyen y las ventanas ven, y después empieza la gente murmura y lo ven feo a uno, como si fuera malo, eran por ahí de las ocho, me acuerdo, porque veía bien el sendero de tierra dura, de esa que no sirve para arar por lo maltratada de tanto pisarla.

Ya cuando iba por “La palma” escuché los cuetes, no los vi porque estaba la chiclosa la tierra y luego cuesta quitarla de la ropa cuando se seca, por eso no los vi, tenía que ver donde ponía el pie.

Eso le dije al señor de traje que desde que me vio, me veía como una persona sin la capacidad de pensar algo coherente, eso no me lo dijo, pero uno se da cuenta, como le hablan a uno, con palabras que suenan bonito, pero uno que es bruto no entiende, y por eso lo hacía, para marcar la diferencia, y yo le trataba de explicar que no me acordaba bien, pero eso no lo apuntó, nomás apuntaba que estaba con José esa noche.

Iba caminando por la alameda y los niños echaban cuetes, sonreían, traían la ropa llena de bujeros, pero sonreían y veían las luces, cada que tronaba uno de sus cuetes se les olvidaba el hambre por un ratito (lo mismo que duraba la explosión o menos, pero se les olvidaba). Ya que llegué a la taberna ahí estaba José esperándome, y yo le decía que me tenía que echar temprano pero el pedía y pedía tarros y nomas me decía “esta y nos ‘amos” y así me traía con el cuento toda la noche, y yo los veía, mucho señor ahí gritando “Viva México hijos de aquella” y sonreían, se les olvidaba el hambre de sus hijos por un ratito y cuando se acordaban le daban otro trago al tarro que cada uno sostenía, y yo los veía, me acuerdo.

Cuando iba saliendo del rancho de mi abuelo —»El Pastor»— me gritaban desde la casa “espérate un ratito nomás” pero iba pensando en el frío que hacía, me acuerdo, cuando uno piensa en sus desgracias como que se le olvidan a uno, o al menos se acostumbra a estar así, jodido.

Pero el inspector no entendía del hambre ni del frio, él venia de la ciudad y siempre tenía el estómago lleno y el cuerpo abrigado, me decía que le explicara qué hice aquella noche, y yo le decía que tenía que ir pa’ Atotonilco pero me decían “no vayas” y él se enojaba y me gritaba, que le hablara claro, pero yo le volvía a explicar que no me acordaba bien, solo me acordaba que me acordaba de Clarita a cada rato, pero eso no lo anotaba.

Cuando se asomaba el sol por la ventana y me apuñalo los parpados hiriéndome las pupilas con sus desgarradores rayos de luz me desperté y ya no había nadie, sólo Pedro, y le pregunte por José pero no me contesto porque estaba dormido y me fui.

Ya que iba caminando para el rancho de mi abuelo vi un desgraciado ahí tirado, alado de los nopales, yo le iba a ofrecer ayuda, pero no me hacía caso cuando le hablaba, le patee las costillas para que se despertara, no muy fuerte, nomás lo necesario pa’ que reaccionara, pero no se movió, fue allí cuando llego el inspector con una señora grande —la mamá de José.

—Señora, necesito que identifique el cadáver para saber si es su hijo—, venía diciéndole el inspector a la señora antes de verme a mí.

Ambos me dijeron que yo lo había matado, pero nadie se muere por unas pataditas. Eso no lo apunto el inspector.

Y yo iba pensando en el frio y luego en Clarita. “¿Tendrá frio?”, me pregunte, pero nada podía hacer porque era muy pobre y aunque quisiera comprarle una manta no podría, y ellos me gritaban “espérate tantito nomás, los chilolos andan buscando a José que les robo la hermana”, pero yo no los escuche, tenía la mente ocupada en Clara y el frio.

Y yo le decía al inspector que no sabía que el desgraciado ahí tirado era José y mucho menos sabía que ya había estirado la pata, le decía que habían sido los chilolos, nomás que ellos si se acordaban bien que no estaban allí y por eso no los apuntaba el inspector en su libreta.

Ya después me acorde que José estaba jurado y que quien me decía “Hay que darle gusto al gusto” era Pedro, pero eso ya no lo apuntó el inspector porque ya estaba yo aquí, tras los barrotes.

 

 

*

Francisco Pérez Caballero: Este cuento lo dedico a mi padre que esta enfrentando un constante juicio en el cual es acusado de haber golpeado a cierto sujeto, lo curioso es que no estuvo ahí, y con pruebas en mano aun así no lo dejan de molestar hasta que de dinero.

En cuanto a mi, joven de 18 años, acabo de hacer mi examen para la UNAM en la carrera de Letras Hispanicas, no me considero buen escritor y creo que nadie lo hace, disfruto la lectura a mas no poder, disfruto la política mexicana, disfruto al mexicano en sí,  me llena de placer escribir homenajeando a Rulfo, incontables veces he metido a la lectura a mis “amigos de pueblo” usando cuentos de Rulfo, donde su simple lectura es un placer, y explicándoles un poco de lo poco/mucho que yo entiendo de sus textos.

He sido publicado en dos libros, uno por parte de mi escuela (del cual no me siento orgulloso pues publicaban a cualquier persona con cualquier texto) y otro en el cual me siento un poco mas orgulloso pues era un encuentro literario entre todas las escuelas literarias del país, en aquel solo aceptaban un cuento, un ensayo y un poema por escuela, en tal libro gane mi publicación con cuento.

Ilustración: «Fuegos artificiales en Nápoles» de Oswald Achenbach.

 

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