por Óscar Schinca

 

Los cuentos de hadas que me contaron en la infancia contienen un significado más profundo que cualquier verdad que me han enseñado en la vida.

–Friedrich Schiller

 

 

Un día el mero mero bajó de su fortaleza, custodiado como el que más, y era de esperarse, pues uno no llega tan alto sin hacerse de enemigos. Era un mediodía de martes a todo dar en Tepotzotlán, el sol pegaba sabroso y el vientecito se dejaba correr fresco cual digno día de invierno agonizante. Había bajado a rondar sus dominios en martes para evitar a la turisteada y así pasearse más a gusto.

Desde lejos se le veía con su chaquetín ranchero decorado con hilo de oro y sus pantalones a juego, era una mezcla entre Elvis Presley y el Charro de Huentitán, tirando rostro y elegancia con cada chasquido que producían sus cadenas de orégano puro al chocar entre sí.

“¡Me lleva la fregada!”, pensó Cleto desde su puesto de michelitros al divisar a aquel partiendo plaza, “Es ahora o nunca”. Le aventó un vistazo a su hija Dorita, la mayor de las cuatro, que estaba fodongueando, enfundada en un conjunto de calzado y pantalones deportivos por ser martes de poco trabajo en la michelería. “No le hace”, se convenció el microempresario, “Si no me fleto ‘orita, me van a madrugar”. Agarró a Dorita del brazo y se la llevó casi a rastras, sin dar explicaciones y a paso redoblado hasta el encuentro con el jefe de jefes.

No estaban ni a cinco metros del capo cuando los guarros bigotudos le frenaron la carrera.

—¿A dónde, cabrón? —preguntó el más alto.

—Aquí nomás a saludar al patrón y a presentarle a mi chamaca.

Los matones vieron de arribabajo a la muchacha, encontrándole en silencio un montón de peros que prefirieron guardarse, evidentes en su semblante cercano al asco. Ya se las veía venir Cleto, pues Dorita estaba medio federal, por decir lo menos.

—Le conviene, hombre, háganme caso —dijo Cleto, todavía cansado por la corredera.

—No sé… No me convence —dijo el menos alto, volviendo a examinar el espécimen.

—Déjenlo que se acerque, chingá —sentenció el mandamás.

Después de presentar reiterada y monótonamente sus respetos, Cleto dio un último jalón a su hija para ponerla frente al capo.

—Mírela, esta es mi hija Dorita. Haría usté’ bien en desposarla.

—¿Me estás diciendo qué hacer, cabrón?

—No, patrón. Yo nomás digo.

Aquel examinó a la ofrendada con el mismo gesto que los matones.

—Pos no creo, eh. No es muy mi tipo. ¿Cuántos años tienes, chamaca?

—Acaba de cumplir los dieciocho, patrón.

—¡Uh, no! Está muy grande para mis gustos. Pero gracias.

—No, permítame, patrón —insistió el michelero—. Esta le conviene porque está muy bien preparada. Estudió leyes en el ITAM y finanzas en la UP —mintió—. Va a ver que nunca le faltarán formas de legalizar su dinero y hasta sacarle jugo al lavado. Esta muchacha vale oro, le digo.

—¿A poco sí?

—Se lo juro, patrón. Si hipotecamos la casa para pagarle la mitá’ de sus estudios.

—¿Y la otra mitá’?

—Sacó beca. Le digo que la muchacha vale oro.

—‘Ta bueno, pues. Y si no, ¿qué te hago?

—Qué pasó, patrón.

—Es en serio. ¿Lo avalas con tu vida?

El michelero lo pensó. Bien valía el sacrificio por que su hija saliera de la casa y ni más ni menos que convertida en una leidi del narco.

—Con mi vida, patrón.

—‘Ale, pues —accedió el mandamás—. ¿Qué quieres a cambio?

—Nomás que me la trate como es debido, jefe.

—De eso no se deje de preocupar. No le va a faltar nada.

 

***

 

Más tarde, encerrada en un cuarto amplio de la mansión desde el cual solo se alcanzaba a ver una casita de madera cercana a la barda, Dora recordó el último apresurado beso que le dio a su papá en la mejilla, antes de que la llevaran a donde vería el fin de sus días.

—Ahistá lo que se gana con las nenas y los popers —dijo el mero mero, mientras la introducía a un cuartucho lleno de archiveros—. A ver si lo que dice su papá es cierto. Mañana en la mañana quiero que me tenga resuelto cómo lavar esta lana. Si no, la mato a usté, le mato a su mamá, a su papá, a su abuela y si su abuela ya está muerta, la desentierro y la vuelvo a matar.

—¿Y a ellas por qué, oiga? —era la primera vez que se escuchaba un pío de la boca de la muchacha.

—¿Está rezongando?

—Pues si ellas no tienen vela en el entierro, nomás yo.

—‘Ta bueno, pues. Nomás lo mato a su papá y a usted. Hasta mañana.

La muchacha lloró a chorros. Primero bajito, con pudor. Después ya le valió que la oyeran y empezó a desatar los berridos. El escándalo era una mezcla estremecedora entre becerro sin madre y ambulancia avejentada.

—¿Por qué lloras, reina? —dijo una voz entre las penumbras del cuarto.

Aquella tardó un rato en sacarse la sal de los ojos hinchados hasta que por fin pudo topar una silueta flaca, chaparra, andando cual pirinola entre los archiveros.

—Te vale madres, ¿no?

—Mírala, tranquila. Si no me quieres decir ahí muere. Eso me pasa por andar de acomedido.

Otro rato estuvo viendo al chaparrito registrar archivos y cajones. A lo mejor por la soledad, se convenció de adoptar el papel de beata en confesionario.

Le soltó toda la historia con lujo de detalles, algunos inventados para exaltar su calidad de víctima, otros reales.

—Pues llégale y sanseacabó. ¿Cuál es el pedo?

—¿Estás tarugo? Y que se quiebren a mi papá…

—No pues sí está cabrón…

Entonces el chaparro vio la esclava que pendía de la muñeca derecha de la niña.

—Cámara, te ayudo si me das tu esclava. ¿Es plata nueve veinticinco?

La muchacha asintió, mientras se la pensaba. La esclava había sido regalo de su madrina de presentación. Ya tenía quince años con ella, tres lustros de pulir, cuidar y agregar eslabones, ni modo de soltarla así nada más.

—¿Y tú cómo me vas a ayudar?

—Te voy a armar tu plan de negocios, al puro pedo.

—¿A poco tú sabes?

—Simón —dijo el chaparrito después de soltar un chiflido—. Yo anduve un rato en el jale de guarura con el asesor financiero del Chapo, algo le aprendí.

—Pues vas, rífate —decidió la muchacha al tiempo que le extendía la joya tan querida.

Toda la noche el chaparro anduvo dándole a la computadora. Se veía inspirado. Apenas iluminado por la luz del monitor, Dorita pudo distinguirle un tatuaje en el cuello, la marca que usaban los maras wannabe de Edomex para identificarse. Se hacían llamar “Los Charlis”.

—Ya estufas, reina —dijo el malandrín mientras le extendía las hojas todavía calientes de impresora.

—Gracias.

—No, gracias a ti.

El integrante de Los Charlis se escurrió por la ventana y se perdió echando carreras por el pasto, hasta saltar la barda cerca de donde pesaba la casucha de madera.

Faltaba un poco para el amanecer.

 

***

 

—A ver, despiértenla. Suavecito, cabrones, que no es perro.

La muchacha se levantó y limpió la baba de su rostro con un poco de vergüenza.

—¿’Tons qué pues? ¿Onstá mi encargo?

Dorita le alcanzó el bonche de hojas ya frío.

Aquel leyó.

Y releyó.

—No, pues está a todo dar. ¿Y cómo se le ocurrió lo de los teibols biaipi?

—Pues algo se aprende en la escuela.

—Ah, que mi Dorita esta —dijo el capo, ya bonachón—. Váyase a bañar y desayúnese algo, que ya casi es medio día. Yo ya me voy a trabajar. Aquí la veo en la noche.

Hizo una seña de “¡arre!” a los matones y todos se fueron.

Así pasó el día. Largo y fresco, disfrutando de aquella mansión inacabable.

A la noche, el patrón la mandó a llamar.

—Mira, niña. Acá está la lana que se hace con la mota —dijo el mandamás, señalando un cuarto idéntico al de la noche anterior—. El mismo trato que anoche, ¿estamos?

“Ya me cargó el payaso”, pensaba la interpelada.

—¿¡Estamos!?

Revolviéndose de miedo, Dorita asintió.

Apenas salieron, aquella volvió a darle rienda suelta al llanto torturador de tímpanos.

Al poco rato llegó el chaparrito.

—¿Otra vez, reinita? ¿No aprendes o qué chingados?

—Ayúdame, manito. Porfa.

—Nel, esto es un chingo.

—Haz paro.

Pero el enano duro y dale que no. Hasta que vio algo penduleando en el cuello de la rogona.

—¿Qué traes en el pescuezo?

—Es mi crucifijo de bautismo.

—Ah, pues hubieras empezado porai. ¿Es orégano puro?

—Simón —dijo Dorita mientras le daba el collar.

—¡Veinticuatro quilis!, ya chingaste, reina.

Aquella vez Dora se durmió viéndolo trabajar.

 

***

 

—Esto te quedó todavía más fregón, Dora. ¡Cómo nunca pensé en meter lana en la pornografía nacional, chingado!

—Gracias, patrón.

—Dime Filomeno, Dorita. Si vamos a ser más que amigos.

Dora prefirió no hablar. Ya le tenía el agua medida al mentado jefe de jefes.

—Ahí le dejé ropa nueva en la recámara. Se baña, se desayuna y nos vemos en la noche. Estás en tu casa, mija.

El día pasó igual de ligero pero sin sentirse tan sabroso. Ya sabía qué esperar del desgraciado esclavista.

—La última, mija. Esta es la lana que se hace con la cois. Me la limpias y ya chingamos. Mismo trato que ayer y antier, ¿estamos?

—Sí.

—Sale pues. Ahí se queda.

Y se quedó, ya casi sin llorar. A ver si su chaparro malandrín iba a ayudarla.

—No me chinges, reinta, ¿otra vez?

—Ayúdame, carnalito, no seas bajo.

—Nel, ya no tienes con qué pagarme.

—Te regalo mi pureza.

El malandrín le echó un ojo repitiendo la mueca primera de los matones al verla.

—La neta paso, reina, sin ofender.

Entonces sí que se soltó el llanto. Parecía alarma de bombardeo mezclada con berridos de gata sobajada. El chaparro, inconmovible, pensaba.

—¡Cámara, ya estuvo suave con tus lloriqueos!

—¿Me vas a ayudar?

—Simón.

—Muchas gra…

—Si me das a tu primer chamaco.

—No mames. ¿Para qué quieres a un chamaco? ¿Eres tratante de blancas, cabrón?

—Nel. Es que mi domadora al chile no quiere tener hijos. Le digo y le digo pero sale con el rollo de que es una mujer liberada y que no quiere perder su libertad con un chamaco. Pero si un día le llego con el chilpayate pos no se puede negar, ¿verdad? Ni modo que lo saque a la calle.

Dorita lo meditó un rato. “Al cabo que todavía no sé si quiero tener hijos”, se convenció.

—Ya estás.

—Cámara, reina. No te vas a arrepentir.

Cuando el capo leyó el plan de negocios se puso tan contento que hasta daba gusto verlo. Llenó de besos a Dorita y la sacó a pasear. Ese mismo día consumaron la unión y unos meses después se casaron.

 

***

 

Dos años más tarde Dorita ya andaba producida, cuidando al primer chamaco y de encargo con el segundo. El jefe de jefes le había arreglado todo lo arreglable y la traía como reina. Dora no se quejaba, ni le molestaban los amoríos del patrón. “A mí nada me falta”, decía a sus amigas, “mejor que me lo tengan ocupado”.

Como cada que el capo salía de viaje, Dorita se fue a dormir a la recámara del niño, que todavía estaba de brazos. Ya se había tomado su calcio, su ácido fólico y se había untado la crema de colágeno para las estrías, cuando escuchó una risa familiar.

—No me chingues, reina. Así sí tomaba tu inocencia. Te pusiste chichis y todo.

—¿Tú qué chingados haces acá?

—Mírala, tranquila. Nomás vengo por lo mío.

—Ni madres, cabrón.

El chaparro se le quedó viendo con ojos de animal prehistórico.

—Quedamos en algo, mija.

—Te doy otra cosa. Nomás pide.

—No quiero otra cosa.

Otra vez se desataron los berridos de Dora, interrumpiendo las jaladas de mocos con intermitentes “no te lo lleves” y “por favor”.

—Cámara, reina. Te voy a dar una chance nomás. Si adivinas cómo me llamo, ahí muere. Te quedas a tu chamaco y si te vi ni me acuerdo, ¿cómo ves?

—Sí, sí, gracias.

Así empezó Dora a aventar una colección de nombres vulgares y mundanos. “José”, “Kevin”, “Santiago”, “Mario”, “Brayan”, sonaron entre la balacera de nombres propios.

—Aguanta, hija. Al chile estás diciendo puras babosadas. Te voy a dar tres días para que encuentres tres nombres chingones y bien pensados. Si no le atinas, ya te la pellizcaste.

Y desapareció entre la penumbra, echando carreras sobre el pasto hasta que saltó la barda muy cerca de la casucha de madera.

Dora era otra, pues, y no solo físicamente. Lo primero que hizo al despertar fue llamar a cuatro matones de su marido.

—¿Conocen a los Charlis?

—Sí, señora —respondió uno que quería subir rápido de puesto.

—Pues hay uno chaparro, flaco y medio loco.

—¿Le traemos el cuerpo o nomás lo tiramos porai?

—No. Nomás consíganme su nombre.

Dora quería ganarle a la buena, que el chaparro malora se retorciera de coraje e impotencia.

Ese mismo día regresaron los matones, por separado pero con el mismo nombre.

 

***

 

Al anochecer del tercer día Dorita ya estaba lista junto a la cuna de su niño. Así esperó, sin pegar ojo ni hacerle caso al chamaco hasta que una figura breve y tambaleante se arrastró por la ventana.

—¿Qué tranza, reini…?

—Teodorico.

El condenado chaparro no se la creía.

—Te-o-do-ri-co —repitió la ya no tan chamaca, nomás para hacer cabrear al malandrín.

Teodorico empezó a hacer un berrinche descomunal. Tiró trancazos al aire y a las paredes. Se estampó la cabeza contra la pared y rompió la ventana a patadas.

—¡¿Qué chingados significa esto?! —preguntó el capo, que ya había regresado de sus viajes.

La muchacha soltó los detalles de la extorsión, omitiendo los pormenores de sus tranzas.

Más tardó Dorita en contarle que el mandamás en dar la orden.

Lo llevaron a la casa de madera, para que la mujer no viera. Entre cuatro lo agarraron y dos más lo partieron a la mitad a puros machetazos. Los torturadores le inyectaron un químico especial de la CIA para que no se desmayara. El chaparro aguantó vivo y despierto casi hasta el final del procedimiento.

Más tarde fueron a aventar las dos mitades tasajeadas a la conocida casa de seguridad de los Charlis, como advertencia, para que se estuvieran en paz.

 

 

Ilustración: “El enano Gregorio el botero” de Ignacio Zuloaga

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