por Joel Eduardo Manzano Rivera

 

Mataron a Don Regaciano. Justo atrás de la iglesia frente a psicología. Ya ves cómo siempre sí era peligroso el camino tras la colina, y además ni te ahorras tramo que recorrer, ni para atajo sirve y sólo terminas manchado de lodo o de tierra o de ambas. Ningún atajo es seguro, en el de Lomas Verdes a cada rato están asaltando a los chavos de la secundaría y de la prepa y está aun más lodoso que este, bueno, dependiendo el clima. Pero es Xalapa, aquí nunca se sabe como será. Hay veces que la ventisca es helada, como si un norte no detectado saliera de la nada  atiborrando e imponiéndose, haciendo volar la ropa de los tendederos e incluso armando mini tornados para que en la tarde un Sol quemoso digno de Tabasco se pose sobre nosotros. Algunas veces ocurre que el día y las nubes pintan para ser calurosos, pero pintorescos. Sólo para darte cuenta que te llueve hasta por los lados con vientos descontrolados y terminas enojado por la bipolaridad de la ciudad. Pronostico del clima mis polainas.  Bueno, me estoy alejando del tema. Lo mataron, lo mataron quesque unos cholos, pero yo sé que fue alguien más,  lo mataron la gente de «Los malos», ya sabe esa gente mala, como los que agarró la policía en una persecución de la avenida Xalapa al museo de transporte. No sabe nada de eso porque esas noticias no salen en el periódico, y de nada serviría que salieran, ya nadie lee el periódico, ya ni los boleros compran el bendito periódico más que pa’ limpiarse las manos de esa grasa negra que usan para sacar brillo. Ah, pues don Regaciano fue bolero de chavito, fue amigo de mi abuelo. Recuerdo que contaban que su niñez no fue tan mala, se tuvieron que ir a la capital, porque en el campo na’mas no daba. Luego de la escuela se preparaban para ponerse a trabajar, se ponían ropa vieja de esas playeras que todos tenemos esas que tienen   agujeros y manchas de cloro o de algo que no se quite ni lavándolo. Vivían en Venustiano Carranza, por Chabacano. Se iban hasta; Bellas Artes; al Zócalo y a veces a Tepito a sacar brillo, ya ves que por esa zona siempre se mueve toda la banda y que al menos hace 60 años hasta los chavos traían sus zapatos bien boleados, no esas madres de convers naik y demás chingaderas que ni duran. Bueno, sé que eran boleros porque mi abuelo me lo contó y el me enseñó a bolear zapatos. Recuerdo bien que siempre me decía que usara media tapa de alcohol y le diluyera la grasa, que según así se rellenaban las fisuras que se le hacían al nylon o al cuero cuando se raspaban. Mi abuelo, él me crió, recuerdo que mi padre me dejó con él un día, así porque sí. «Vamos a ver a tu abuelo  el fin de semana», me dijo. Pero nunca lo volví a ver a él. Siempre creí que me había abandonado, para al final venirme a enterar que se había ido para el otro lado, según nunca llego con el señor que le iba a dar chamba, dicen que se murió en el camino, para mí que el viejo ese se fue a Oregón a cultivar manzanas, él siempre me dijo que le encantaban las manzanas y mi tío se lo quería llevar allí, seguro se hizo de una familia nueva, gringa, al fin y a cabo nunca nos llegó su cuerpo o supimos algo de él. En aquel entonces era más fácil, sólo le pagabas a un pollero y te dejaba en el desierto ya con un buen tramo recorrido, pero eso sí, no faltaban los gringos hijos de la chingada que cazaban mexicanos por temporadas, algo así leí en un periódico, bueno lo leí cuando aún se leían esas cosas. Bueno, me estoy desviando, Aline, ubícame o dame un codazo cuando me esté extendiendo de más. Bueno, digo que lo mato gente «De la mala» porque su hijo Jonás andaba en malos pasos, ¿y quién lo hubiera pensado? , ya vez que el chamaco era bien educado y aplicado. Cuando me toco ir a ver a mi niña «que en paz descanse y Dios la tenga en su reino», siempre veía a ese chiquillo de abanderado y peinado de a Benito Juárez. Hasta en la prepa se veía buen chamaco, siempre lo veía en su casa o leyendo en el parqué. Nunca lo vi de briago como los de su edad. Sabrá Dios o el diablo que le pasó, pero bueno. Una vez llegando a media noche, Jonás estaba afuera hablando con un señor que tenía un camionetón de aquellas Lobo 4×4. «Así o más narco», pensé, pero como la verdad la cosa ya está pesada, me hice el ciego mejor, no fuera la de malas y yo amanecía todo agujereado. Y sí, no tengo prueba de eso, pero no he visto al Jonás en dos semanas. Bueno, eso es todo por esta semana. Sigo tomando mi medicina a mis horas y saco a pasear al perro 4 veces al día, como a ti te gustaba que corriera y se oreara un rato… Cuando mi hija desapareció yo supe que ya estaba muerta, siempre me apoyaste hasta el día que me lo confirmaron, lástima que no te quisiste casar conmigo, eras bien hereje, pero sólo por ti viviría sin estar casado y por eso te quiero, pero tú no crees en Dios y me da miedo que no nos veamos cuando me muera, tú ya te moriste y te moriste sin creer. Y por fumar, fumabas más que yo, parecías una locomotora. Me entristeció saber de tu cáncer, pero sinceramente me sorprende que no te haya dado antes. Tus labios siempre sabían a carbón o a pan quemado, ni parecías señorita  por la ceniza y groserías que salían de tu boca. Pero ni así me pude enojar contigo, hasta me dan ganas de no creer para irme a la nada contigo, pero también me acuerdo que tengo que ver a mi hija en el cielo, pero igual ella allá tiene a su mami y creo que no me extrañaría, ellas se querían mucho. A Eloida, si bien la amaba, no la amo tanto como a ti, era una buena mujer, lástima que la golpeo una patrulla o eso es lo que dicen los vecinos, que una patrulla la atropelló, que el oficial iba tomado y que cuando la atropello na’mas se freno tantito y se siguió derecho, nunca lo creí. Sabían del odio que le tengo a los azules, pero había mucho borracho por donde vivía y nadie me supo decir el número de la patrulla y la descripción del oficial era la de cualquier cristiano de México. Ya no investigué cómo pasó el accidente, el resultado no cambiaría y ella estaba muerta. Recuerdo que cuando me acerqué a verla había una bola de chismosos alrededor de Eloida, parecía una muñeca de trapos toda tirada en el suelo. Fue cuando me dijeron lo de la patrulla, ellos estaban en plan de inventar lo que fuera y yo en plan de organizar un entierro. Bueno, me da ganas de dejar de existir a tu lado, prometí ponerte al día mientras siguiera vivo y las cosas cada vez son más raras. Hay chicos con pantalones de vieja, celulares con cámara, los mexicanos se la pasan quejándose de un muro, o de una cifra, o de algo y las feministas que sólo quieren abortar por un motivo que desconozco… El mundo tiene ganas de ponerse de cabeza y aún no le dan ganas de matarme. La última vez que te vi no tenías maquillaje, siempre te lo dije: te amaba desnuda y sin nada puesto. Mi bella Aline, eras un lienzo sin pintar y yo un frasco de óleo. «Voy por unos cigarrillos al final de cuentas ya mero me muero», eso decía la nota que encontré, yo ya no te dejaba fumar. Lo último que te dije fue «Te amo, voy a recoger el auto del taller, vuelvo en la noche, pórtate bien», me alegra al menos decirte que te amaba y probar tus labios de alquitrán una última vez… «Una bala perdida», dijeron, una bala tan perdida como yo fue lo que te mató. Fue instantáneo, dijeron los doctores, no me creí que estuvieras muerta, parecía que ibas a despertar en cualquier momento. Parecías una de esas muñecas de porcelana. Con la cara fina y sin expresión alguna, sólo tranquilidad, la misma cara que cuando fuimos al cañón del sumidero, estabas sumergida en la vista a tal grado que te creí en otro mundo tuve que gritarte tres veces para que me escucharas, siempre me voy del tema… a pesar de cómo moriste, al menos te fuiste con paz. No te moriste riendo, pero si con los ojos abiertos, y eso quiere decir que aunque me decías lo contrario, sí querías vivir, por eso no cerraste los ojos… En fin, eso pasó está semana. Mataron a un viejo ayer, hace frío, hubo 712 estrellas en el cielo anoche y el café sigue amargo.

 

—¿Qué le pasa a ése señor?

—Viene una vez a la semana y se pone a platicar con esa puerta de varias cosas que ocurren en la semana, o eso entiendo por lo que oigo, siempre le cuenta varias cosas de su vida, «cosas que nunca le pudo compartir», tiene 21 años que murió en esa puerta, ni siquiera había tanto bandido cuando le dispararon, fue una bala perdida, nunca se supo de donde vino. Su difunta fue incinerada y esparcida por Chiapa de Corzo, él no tiene lugar en dónde verla. Por ello viene dónde ella murió, ahí se veían cada semana. La mujer era tan rara que ya le había dicho dónde ir a hablarle si se moría antes. La desgraciada tenía razón: «El cigarro no me va a matar», se la pasaba diciendo.

—¿Y tú quién eres y cómo lo sabes?

—¿Realmente importa?

—No.

 

 

Joel Eduardo Manzano Rivera: «Nací en Altotonga, Veracruz, el 23 de febrero de 1996. Comencé a escribir a los 17 años al entrar a el AJEF, donde fomentaron y me exhortaron a escribir luego de presentarles un cuento. Realmente no tengo una carrera escribiendo más que algunos poemas y breves cuentos. Inspirado por la narrativa de Juan Rulfo surgió esta historia.»

Ilustración de Francisco Toledo.

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