por Rafael Ochoa

 

Se lo digo, señor, que por mi impura madrecita aquello no era de esta tierra. Me acuerdo como si hubiera sido mi niña enferma. Me acuerdo perfecto cuando Fitipo me contó su historia, ¡su letanía! Me cae: un día caminaba por Tacuba y escuchó aquella voz que lo invitaba a irse por otro lado. Si Fitipo no fuera juguetón, si no le hubiera gustado jugar con su locura de vez en cuando, no le hace caso y ahí hubiera quedado. Me lo dijo así: si hubiera seguido mi camino y no hubiera hecho caso a la voz esa, ese culero me filetea con su cuchillo de cocina, ¡porque no traía ni un diez para darle! Así fue como se enteró de que una mujer murió a manos de un asaltante que le hubiera puesto el ojo a Fitipo si se hubiera ido por donde siempre. Pero no, porque le hizo caso a esa voz. Yo al principio ni le tiraba dos panes, porque historias así de teporochos que escuchan y ven y sienten cosas que no se ven ni se sienten hay por montones. Y le hubiera seguido sin creer si no lo hubiera acompañado aquel día raro, a esa cantina de Donceles que ahora está de moda entre trajeados… Si no le hubiera aceptado esa chela, entonces no hubiera visto cambiar sus ojos a dos hoyos llenos de terror, como si el vacío se volviera cosa y se pudiera palpar con nuestros mismísimos dedos. Me contaba sus anécdotas de siempre cuando un frío escapulario nos pegó como estatuas de Juárez, de veras que nos congelamos, y me dijo que la voz de la otra vez le estaba diciendo que no se comiera sus tacos de suadero. Pinche mamón, le dije, pero qué bueno que es codo y sólo me invitó la cebada porque a los dos días salió en el Metro que los comensales agarraron cisticerco por la carne mal habida del congal. Mire usted que yo también salí airado por el fantasma de Fitipo. Y así fue también cómo Fitipo se volvió famoso, y hasta puso su negocio de médium.  La gente iba a pedirle que hablara con sus muertos, que si la comadre se robó la tanda, que si iba a tener suerte con su tienda, que si el fantasma de Beltrán, de Félix, de Garcés, que si el fantasma de Juana Meralgo de no sé quién… Pura melcocha, a veces no sabía si en verdad el fantasma cooperaba o más bien Fitipo se pasaba de mamón. Pero lo bueno es que en este país no necesitas la verdad si te ves bien en la televisión. O más bien, no necesitas la verdad siempre y cuando sepas mantener la mentira. En todo caso, ese cabrón empezó a salir en programas de televisión. No en telenovelas, sino en esos programas mañaneros para público con cáscara de bolillo… perdone usted. Uno se da cuenta que para triunfar en el medio del espectáculo basta con ser un hombre de mediana edad que hable cándido y bonito y que aparezca en esos programas para esposas y muchachas haciendo cosas que las encante. Porque de ellas y de muchos otros es el reitin. Si los que buscan chingar al Dinosaurio se dieran cuenta que sus seguidores no tienen Feisbuc y sólo tele, la historia sería otra cosa. Los babosos no son los que votan por el Dinosaurio sino los que piensan que los pobres escuchamos en el canal de la abundancia. Yo me acuerdo cuando trabajaba de mesero en Garibaldi cómo unos diputados se reían de esa formula mágica, y llegaron a mencionar a Fitipo y decir que ni mandado a hacer… un mariachi reconoce al maguey. Pero en el caso de Fitipo, la verdad bailaba duranguense con la mentira. Así era la cosa. Uno no sabía o distinguía cuando hacía o decía esas cosas por obra de la mentira o por la verdad del testimonio fantasmal. Había veces que en sus ojos se notaba el cristal de la verdad, transparentes y bien grandes, y otras que la verdad te daba coraje de verlo con esa sonrisa que tenía para talonear en los tiempos de pobreza. Como que hubo un momento que empecé a sospechar que el fantasma no le hacía caso a Fitipo porque la mayoría de las veces el aviso llegaba como mensaje de teléfono sin pedirlo, así nomás. Ya sabrá que Fitipo, llegado el momento, tuvo que empezar a pedir por el futuro en lugar de esperar por su adelanto. Jamás me dijo si el fantasma le respondía o si lo aplacaba, sólo sé que hubo gente que le rezaba sus santos y gente que le maldecía su farsa. Una vez le dijo a un infeliz que había sido engañado y que la persona que le aceptó el enganche de una casita era un ruin estafador. Así, sin premonición, y fue cierto. Y otra vez le dijo a otro que su esposa no lo engañaba hasta que nos enteramos en el Metro que la pobre murió ahorcada cuando el señor la cachó con su primo…

Un día le pregunté “¿Oye, Fitipo, qué no el fantasma sólo te protege a ti?”. ¿Verdad?, pues cómo le hacía el canijo para acertar el futuro de otros si él era el único beneficiario. Y le juro que su respuesta me sigue rompiendo la madre: «No, compadre, aprendí a preguntarle como si fuera yo el involucrado». Eres mamón, Fitipo, más que el demonio del mismo nombre. Que si quería saber si alguien tendría éxito con su negocio, le preguntaba al fantasma si le convenía ser socio del susodicho. Entonces repetía la misma respuesta al afligido. Si quería saber si la mujer de su cliente estaba de cabrona, le preguntaba si la mencionada se acostaría con él y le repetía la respuesta al despechado, aunque ahí sí le tuve que decir que las disolutas no cogen necesariamente con los feos. Y él me decía que se tenía que conformar con ese supuesto. De ahí mis sospechas. No es que el conformismo sea mentiroso, más bien te orilla a esconder la verdad, más cuando el conforme llega a creerse sus excusas. Y aunque por lo menos su servilleta sabía de ese claroscuro de Fitipo, llegó el momento en que las herejías de mi compadre no tenían distinción entre el invento y la epifanía.

Hasta que dejó de hablar del fantasma. No sé si aquél lo había abandonado o pasó a ser un adorno en las memorias de Fitipo. Si antes podías sospechar de mi compadre para después ni saber qué pensar, al final se veía desde lejos que por lo menos el fantasma ya no le pasaba recados. Antes decía “y me dijo que por ahí no me fuera”. Ahora era “y supe que no era posible”. Si se es observador en la manera de decir de las personas, puedes saber las causas de sus monsergas. No es lo mismo que te digan “mi mujer anda de cabrona” a “mi mujer anda con otro cabrón”. La primera es sospecha y la segunda es resignación. No es lo mismo decir “te la mamas” a “se la mama a sí mismo”.  La primera es pasarse de la raya y la otra es independencia sexual. Y así era con Fitipo. Podías escarbar en su habla y darte cuenta de su creatividad para esconder sus chingaderas. En serio que a mi compadrito no le faltaba el ingenio, pero como buen paisa se conformaba con saber que lo tenía. Y pasó lo mismo con su fortuna, o bueno, pasó lo mismo que pasa con cualquiera que se vuelve pudiente de la noche al medio día: dejó la gratitud para jactarse. Se dio cuenta de su fortuna y la abandonó en mezcal y tragaderas. Dicen que lo mejor que tenemos es la conciencia, no la religiosa mamalona, sino la conciencia de lo que somos y tenemos. Pero nomás nos damos cuenta de que disponemos de algo y es como si ahuyentáramos la luz con la oscuridad de la lucidez. Y ahí sí, perdemos nuestra fortuna y hasta pensamos que San Pantaleón la tuvo barata… 

Así pasó el tiempo hasta que perdió su oficio. Déjese de que ya no acertaba en nada, porque más bien se le notaba a leguas la mentira bífida. Empezó a perder clientela y oportunidades televisivas. Hasta se metió con agiotistas por su situación desconómica. Ya no sabía ni cómo hacer alcancía. Porque el fantasma lo había abandonado. No supimos el porqué ni el cómo hasta que platicamos. Lo platicamos una noche en la cantina de Donceles. Me dijo: Compa, de veras que el Señor nos da y nos quita como un político sadista. Pero no es el caso, el nuestro. ¿Te acuerdas cuando hablábamos del Susto? No dejaba de pasarme sus susurros. Y ahí, compadre, me di cuenta de la clave, ¡el Susto era como un libro!… Fíjese usted. Justo cuando encontraron a mi compadre con el plomazo en la frente, me di cuenta de aquello: lo único que quería el espíritu era seguir vivo en las conversaciones de la gente. Así era como cumplía con su compromiso. “Habla de mí  y yo te hablaré de lo demás”. No sé si castigó a Fitipo al no avisarle de las intenciones de su agiotista, y no sé si provocó que sus acreedores me heredaran su deuda. Yo sólo sé que sigo vivo porque le fantasma me sigue leyendo y yo le sigo contando…   

 

Ilustración de Odilon Redon.

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