Vinimos a la Marabunta porque nos dijeron que acá hablarían de nuestro padre literario, un tal Juan Rulfo.
 
Después de tantas horas de caminar sin encontrar la sombra de algún árbol, llegamos a las tierras más áridas de la literatura: las del llano eternamente en llamas que nombramos México.
 
México es una tierra complicada y paradójica. Si bien es cierto que somos muy pobres, también solemos estar entre los más felices según dicen las encuestas. Quizá es porque, cuando queremos, podemos ser un hatajo de despreocupados, de desarraigados; podemos cabalmente ser representantes terrenales del absurdo y la resignación cósmica, podemos aceptar como pocos pueblos de este mundo la verdad inerme de las cosas: que todo es una farsa, que (como dice la canción) la vida no vale nada.
 
Pero también sabemos ser solemnes, melodramáticos. El mexicano está en contacto constante con su sufrimiento, a pesar de que haya aprendido a no tomárselo demasiado en serio. El mexicano afronta la vida como consciente de que su trama es invariablemente una tragedia, pero dispuesto, pese a todo, a cumplir su papel dentro de la obra; dispuesto a entregarse y a sufrir como se debe. El mexicano sabe morir con el grito en la garganta, desgañitado, rogando que no lo maten, y también sabe desmoronarse poco a poco, en silencio ritual y oscuridad y olvido, como si fuera un montón de piedras. Ambos polos pudieran resumirse en un carácter: lo rulfiano.
 
En términos biológicos, la nuestra es una tierra floreciente, diversa y colorida. Pero así como la vegetación y la fauna disfrazan los vastos desiertos del paisaje, hay algo medio escondido en el pensar mexicano que es puro dolor, que es infierno irresoluble. Una mirada como de héroe estoico ante su destino sellado. Sin nada por expresar más que un escueto ya ni modo. Un fuero interno acre donde las cosas se secan en el viento negro. No en vano nuestro mejor narrador literario, que este 2017 cumpliría 100 años, sólo escribió dos libros y pasó el resto de su vida pidiéndole a la gente que lo dejara en paz. No es cosa fácil ver a México a los ojos.
 
Y, sin embargo, nos negamos a dejar a Rulfo en paz. Las letras de Rulfo le pertenecen a todos aquellos que las leen. De modo que en este número verán frases, estilos, temas y motivos de la obra rulfiana sampleados, versionados o intervenidos por escritores actuales no sólo de México, sino también de muchos otros territorios del idioma, que son tan ricos en sus propias maneras de sufrir.
 
¡Que viva la Marabunta y el olor podrido de las saponarias!*
 
*Mensaje no aprobado por la Fundación Rulfo. Díganles que no nos demanden; que nuestra cuenta bancaria está más desolada que Luvina.
 
 
Imagen de portada: La trampa de Luvina de Vriel Lara. Tinta sobre papel.
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