por Lidia Vásquez

 

Cuando era adolescente, mandé a imprimir algunas fotos de escritores famosos para que despertarán y mantuvieran viva en mí la flama de la creatividad, el deseo de escribir; rostros que me recordasen que vale la pena vivir, sin temor a la pobreza, ni al olvido, sin temor a padecer aquello que hace del escritor un condenado.

Imprimí algunas fotos de escritores latinoamericanos, de escritoras mujeres, de algunos de los más importantes para la historia de la literatura. Entre esos escritores, destacaba la fotografía de Juan Rulfo, justamente aquella donde se ve al autor cerca de una cruz. Me parecía una bella postal, donde se puede ver al autor, no de saco, sino de suéter, la mirada clavada al horizonte, más que pensando, sintiendo el aire que despeinaba un poco sus cabellos. Su postura en general refleja la inocencia de un niño, sus manos están ocultas entre sus piernas y contrasta ese gesto con la vastedad del cielo que se abre sobre su cabeza, aparecen como accesorios de la imagen, una cruz y un par de hojas, como la punta de un árbol o de una yerba que sorprende la dureza de la cruz y la impasibilidad del escritor. Para mí, esa es la imagen emblemática de Juan Rulfo. Un hombre que cargaba su cruz, justo como nos lo pidió, alguna vez, el mismísimo hijo de Dios, “carguen su cruz y síganme”.

El amor de Rulfo por la escritura era igualmente una carga, un dolor y un sacrificio, no porque fuera un Godínez que debiera atenerse a los temas o los ideales que le impone una editorial, sino porque había de leer el mundo y reescribirlo para sensibilizar a sus lectores de una realidad y de un futuro igualmente atroces, debía enfrentarse a sí mismo, a su autocrítica. He escrito la palabra sacrificio porque, aunque el autor nunca consideró la escritura como un modo de vivir o un trabajo, tampoco un hobbie o un placer, tuvo que escribir con el tiempo libre que goza un funcionario, escribir entre la vida de ser padre, esposo y trabajador. Sacrificio porque uno debe estar sentado durante horas, hacerse a la idea de que cada palabra que escribas puedes ser susceptible de ser llevada a juicio, y a ti a la condena, puedes terminar condenado al olvido o a la burla. El más duro lector de Juan Rulfo era Juan Rulfo mismo. Sacrificio porque él mismo decía que de tanto leer y escribir uno termina por no querer hacer nada, dejarse morir: negar el movimiento, la vida. Juan Rulfo alguna vez comentó en una entrevista que leer podría ser una tortura corporal porque se trata de seguir sentados por horas hasta entrada la noche. Escribir es un poco más aterrador: hay que corregirse. El mismo autor se corrige tanto que nunca termina de corregir ningún manuscrito, sus textos son mutilados una y otra vez, hasta que siente que su publicación es imposible; claro está que después de la publicación de Pedro Páramo parecía imposible igualar su belleza, fama, perfección.  

La cruz de Juan Rulfo fue la escritura precisamente porque sólo a través de ella puede percibirse la ausencia; la ausencia de esperanza, de paz, de silencio, tanto en el mundo que lo rodea, como en su mundo interior. Todos saben de la profunda melancolía que sufrió, aunque los psiquiatras digan que era depresión. Cada lector de Rulfo sabe que su patología era un problema de la imaginación, del intelecto, acaso del alma. Una patología de lectores, una melacholia lectori, no reductible a una serie de procedimientos químicos o un trauma infantil.

Además de esa melancolía, la escritura de Rulfo era profética. Sabemos que sólo el genio, el poeta tiene la visión del futuro y del presente. No en vano el origen de la escritura en general está relacionado con la divinidad. No en vano toda profecía y todo cumplimiento está en la Escritura. Después de la crisis moderna que Marx bellamente describió en el Manifiesto Comunista con la frase: “La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados”, es probable que veamos a Juan Rulfo como un hombre de letras, un obrero de la escritura. Sin embargo, el escritor es ese profeta secularizado que ha perdido su aureola de sacralidad, y vaga entre las calles de las ciudades o entre los pueblos mágicos haciendo hablar a las cosas mismas: un catre, una carreta, una mazorca. Es profeta, porque la literatura lo inmortalizó. Es un profeta vigente, un poeta cuya poesía abrió en su época una incisión al porvenir.

Juan Rulfo nos dibujó el futuro en sus páginas, nos alertó de la catástrofe, codificó su música. Su mundo interno expresado en la novela cifró la realidad de México, del universo mismo. De cada objeto, de cada imagen y de cada personaje podemos desplegar un mundo simbólico, o mejor aún: alegórico. Escuchó las cosas y sus secretos. La distinción entre prosa y poesía es banal -académica-; un escritor nunca deja de ser poeta, nunca deja de ser una especie de músico que hace vibrar las palabras, de la misma manera en que el Rey David rasgaba su arpa, el sabio Salomón o algún trovador medieval lo hicieron con la laúd. Rulfo fue ese poeta visual que tenía la sensibilidad para leer su presente y expresar en un universo de metáforas; los sonidos del futuro. Pedro Páramo es una síntesis de suspiros, murmullos y respiraciones que sólo la escritura pueda capturar. Esos murmullos, gemidos y ruidos son la metáfora de la ausencia de mundo y vida en Comala. Por ello, esa novela es una experiencia musical sonora: lluvia, viento, ladridos, gemidos, aullidos; un bosquejo de arte sonoro que nos basta con cerrar los ojos para escuchar ese santo concierto, cuya era función era la expresión del futuro en la configuración de los rastros que deja un cadáver que ha sido arrastrado por el tiempo.

Ese cadáver es Comala. Con el paso de los años, México se convirtió en un Comala, un territorio de ausencias, de muertos, de desaparecidos, de fantasmas; de 43 estudiantes secuestrados, miles de mujeres asesinadas, mujeres jóvenes, maduras o viejas prostituidas a la fuerza, muchos niños prostituidos en las playas de México, mujeres y niños por igual explotados laboralmente. La ficción fue ganando terreno a la realidad, la usurpó. México se pobló de almas en pena que se lloran entre sí.

Por ejemplo, dejó simbolizado de modo alegórico que El Estado es ese Pedro Páramo. Esa piedra infértil, “un rencor vivo” que aniquila a los suyos, a sus vecinos, a sus amigos, a sus enemigos, enamorado eternamente de sí mismo, apoderándose de cada pedazo de tierra como si ésta no tuviera dueño.

Profetizó también de la mudez de muchos. Abundio expresa el mundo de la prensa, como ellos, fue primero un parlanchín enfocado en los chismes del pueblo, después enmudece, muerto vaga con su carreta por las calles desoladas de Comala. Los periodistas, comunicólogos y demás variantes son Abundios, cansados de exigir justicia, ebrios de la decepción, de la impotencia ante los muertos. Esos intelectuales, reporteros, escritores, antes, como Abundio, relataban, narraban y desde ahí nos contaban de la política. no tenían miedo, platicaban del horror y de la injusticia aunque se les fuera la vida en ello; hoy, la presa es un cementerio o un coloquio de mudos. Cada que encendemos el televisor y vemos un noticiero podemos escuchar esa voz que repite: “Abundio ya murió”. En nuestro país solo escuchamos los quejidos de los muertos.

Otra de sus profecías fue demostrar la línea paterna entre el Estado y los grupos delictivos, sus hijos: el narcotráfico, la prostitución infantil y de mujeres, el tráfico de órganos, desde la presidencia se protege a las mafias como hijos, esos grupos están representados por Miguel Páramo, él es su figura y era también su prefiguración. Algún día los veremos morir. Y veremos los rostros de quienes les llevaban a las mujeres y a los niños, de esos cómplices, de quienes vendieron la inocencia de nuestro pueblo, y los veremos caer uno a uno.

Juan Rulfo calló sobre la falsa paternidad del Estado con relación al pueblo, nunca quiso revelarla con claridad, ese silencio tiene una explicación, somos testarudos, nos aferramos al gobierno con la fuerza y la violencia de un niño que quiere ser amado por el padre golpeador y abusivo, nuestra identificación plena con la miseria del niño abusado, por temor a reconocerse huérfano ha hecho que olvidemos que el Estado no es nuestro padre, ya nadie parece recordar que el gobierno es nuestro empleado, un sirviente que llegó y no supimos como echarlo fuera, despedirlo. Ese olvido nos está constando la vida, está llenando de fantasmas, de murmullos, de ausencias a nuestro país. También describe al final de la novela la caída de la imagen del Estado como padre, un montón de piedras que caen, un tambalearse ante las heridas que le propinó Abundio. Esa profecía aún no se cumple.

En algún momento recordamos las anécdotas de las abuelas y madres, representadas en la imagen colectiva de Dolores Preciado, como ella queremos convertirnos en un zopilote y volar lejos a una ciudad sin pasado ni futuro. Las madres nos relatan un tiempo de bonanza, son ellas quienes recuerdan un México diferente, un país pleno de bondad y misericordia, a pesar de su pobreza y su mendicidad. Hoy, en cambio, México tiene poca luz, es el hogar oscuro de infinitos Juan Preciado que van y vienen por las ciudades o los pueblos. Caminamos muertos de miedo, de espanto, escuchando los murmullos, las quejas, los suspiros de aquellos que ya no están. Somos replicas de un ser sin padre ni destino buscando justicia en un país de muertos, de ausencias, escuchando la frases en nuestra memoria de cientos de madres que cada día nos repiten: “exígele lo nuestro”, “el olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”.

La fotografía de Juan Rulfo sigue colgada en mi pared de recuerdos, a lado de Borges y Gabriel García Márquez, encima de Kafka y debajo de Melville, lejos de Virginia Woolf, Rosa Luxemburgo y Marguerite Yourcenar; desde ahí me mira, me mira de frente queriendo hacer su última declaración, una última profecía. En sus facciones contemplo la certeza que siempre tuvo, escribir es darle la oportunidad al mismo Dios de manifestarse en el mundo.

A veces lo miro como esta tarde, con el amor de un cómplice que ha visto el futuro y su oscuridad inminente de un mundo informativo banal y cursi, del mismo modo he visto la luz que nace desde una escritura que es capaz de comunicar, de transmitir la injusticia, pero, principalmente de una escritura que sabe vivir el imperativo de la denuncia. En el rostro que veo hay una ancha frente que se arruga, se llena de pliegues, una boca muda y una mirada que evade el presente. Miro su fotografía, le sonrió, recuerdo algunas líneas, algunas imágenes, a Susana San Juan jugando con los papalotes, las manos muertas de una madre apretando, con la última fuerza de vida, las manos de su hijo, una mujer que arrulla una mazorca, un par de incestuosos desnudos que piden clemencia y olvido.

Sonrío, siento la complicidad con el escritor, he visto esas imágenes también con sus variaciones, las he contemplado desde la ventana de mi cuarto que da a un edificio de interés social, cada departamento cifra alguna historia que quiere ser narrada como fruto de la desolación y de la desesperanza. Frente a esa inmoralidad y decadencia, el trabajo del escritor es fraguar una historia sin juicios ni prejuicios, sino, como tú Juan, dar vida a una historia donde la belleza de este mundo y la vida misma, que no es sino pecado, pueda convertirse en una obra de arte ante la imposibilidad de un redención. La llegada del Mesías nos parece cada vez más lejana. Acaso justo se retarda su llegada para que nosotros hagamos el trabajo que hemos postergado, el trabajo de construir un porvenir, la lucha para conseguir nosotros mismos nuestra liberación. Es hora de escribir como tú, desde una resistencia vital e íntima que permita, un día de estos, ver caer hasta al Estado mismo. 

Miro tu foto, tu serenidad y tu inocencia me reconfortan, tu rostro me recuerda que escribir puede ser un modo de profetizar, de meditar, de hacer que Jesucristo cumpla su promesa: “Dios mediante, cuando uno quiera y no cuando Él lo disponga”. Soy cobarde para tomar una cruz y seguir tus pasos Juan, me duele cuando escribo; me duele la espalda, me duele el corazón. Quisiera tener el valor de leerme, corregirme y dejar que otros me lean, pero me conformo con esta secreta charla entre tu fotografía y yo. Creo escucharte murmurando a mí oído algo sobre este país: “lo quiero por ti; pero lo odio por todo lo demás, hasta por haber nacido en él”. Sonrío otra vez, y me alegra pensar, me reconforta que cada que escribías tus profecías pensabas en algún lector que pudiera quizá aprehenderlas, aunque no supieras mi nombre ni pudieras imaginar los contornos de mi cara.

Desconozco si alcanzaste, querido Juan, la eternidad celestial, pero al menos alcanzaste la literaria y un poco de la temporal mientras pervivas en mi memoria, mi memoria que se dispara cada vez que te veo con tu mirada perdida y tu frente en esa fotografía vieja colgada en la pared de mi cuarto o cuando escucho tus murmullos que brotan de entre las grafías y las espacios en blanco de tus libros.

 

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