Por Andrés Guerrero Barraz

 

Fuimos felices…                                  [Quizá no del todo]

Fuimos muy felices…                         [Casi no recuerdo cuándo]

La veo enorme en su casa pequeña,

en la hornilla soplando

la braza ardiente como una estrella

en el corazón de la noche.

No hubo ocasión en que se quebrantaran sus intenciones.

En ningún invierno la llama de la hornilla se vio flagelada por el frío;

tuve por pensamiento que el alma

de mi madre….mi madre…

se encontraba entre las brazas

y no en su cuerpo.

Era como aquellas figuras de los gigantes griegos

sosteniendo en el puño un martillo de hierro,

perpetuos en su labor de orfebrería.

Su martillo era un ramo de varitas y hojarasca

que alguna vez estuvo cubierto de flores.

Todo era alegría, nada nos era afrenta.     [¿Éramos felices?]

Hasta que un día desafortunado

me di cuenta que el quehacer la reducía en figura;  [Tan pequeña]

era una víctima más de la metamorfosis paulatina

que se acoge en la miseria.

En mi inocencia,                            [En aquella primera infancia]

creí que nosotros estábamos exentos de tal desgracia,

pero no.                                  [Éramos tan pobres]

Cuando murió mi madre y el fuego de la hornilla

por fin se vio malherido,

no me sorprendió el hecho              [Fantástico quizá para otros]

de que su cuerpo cupiera en una caja de zapatos,

y aún dentro

sobrara espacio para poner un ramillete de azucenas.

—Así que se te murió tu madre —dijo mi padre.

                                              [Una vez fue hombre y menos bestia]

—Hace diez días —contesté.

—Quise llevar flores a la sepultura.

—No la he enterrado, aquí la traigo conmigo.

—¿Contigo?

Y saqué de mi morral la caja de zapatos envuelta en un pañuelo.                               

                                                               [Fue como mostrarle a Dios entre las manos]

En casa cabe un hoyo bajo un naranjo

y encontré los restos de un perro reinado por gusanos.

Le lloré tanto a mi madre que la noche cayo de golpe sobre nosotros.

                                                                      [La noche cayó de pronto]

Callaron los pájaros y las bestias.

No pude dejarla en la soledad de la tierra.

                                                                     [Oímos los cantos del fuego]

Eché a mi madre a las brasas donde antes fue la casa de su alma;

se consumió la totalitaria oscuridad de la noche y creció tanto la llamarada.                                                         

Aquel tiempo,

 en aquella voraz e iluminada estadía

momentánea,

la paz nos arropó sobre los hombros.            [Fuimos felices, ahora lo recuerdo]

Comenzamos a escuchar nuestras voces

 entre los arboles sin viento.

 

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