Por Miguel Ángel Teposteco Rodríguez

 

Y el tambor gira. GIRA, GIRA, GIRA. Gira el tambor. GIRA, GIRA, GIRA…

Ricardo baja del camión. Hace unos segundos que estaba apretado en su asiento cuando vio las curvas de tierra y cemento de la Ciudad de México. Todas forradas de luces: recuerdan a la Navidad. Ricardo viene desde otra ciudad donde hay mar y menos luces. En vez de luces, silencio. En vez de gente, peces. Y Ricardo huye. Una maleta: cámara, ropa, comida, cepillo de dientes, pasta. Otras cosas. No se acuerda bien qué más. No importa. Por esa noche larga y amarga imagina el tambor girando. GIRA, GIRA, GIRA…

GIRA.

Se rapó la cabeza frente al espejo, en la casa de un amigo. Un lavabo, espuma. Esa noche El Otro llegó a su casa para matarlo. Pero El Otro sólo encontró una televisión encendida, luces apagadas y comida aún caliente y servida. El Otro se encabronó, pateó la mesa y gritó/una explosión de gritos/ una explosión de sangre. Ricardo oía en silencio atrincherado en el edificio de al lado. Se escapó de milagro. El primer milagro, se dijo.Ya debajo del bus, en la primera parada que hacían desde hacía horas, sacó un cigarro y se lo fumó compulsivamente. Sabía por los westerns que ay de aquellos que usen las señas particulares, porque de ellos será el infierno. Se imaginó la indicación funesta: periodista, adicto y vive cerca de la costa. Calle Luces, 613.

“Piso seis, no tiene armas en el departamento”.

Volvió a subir al camión, tiró la colilla tras de sí y viajó unas horas hasta llegar a la estación de autobuses. Un frío y una noche del carajo. Pero era un lugar desconocido, si yo no lo conozco, mucho menos “ellos”, pensó mientras se frotaba las manos y compraba un café, que sabe mal, me cago en Dios.

Llegó como pudo a la colonia, ¿Roma? Sí, allí. El taxi lo dejó en el pórtico. Ricardo pagó y le pareció gracioso que pese a su acento no le hubieran preguntado ¿de dónde es joven? Le hubiera gustado responder De Alemania, para hacer reír al taxista. Tocó el timbre y miró a los lados. Se lo había imaginado: antes de entrar a la seguridad de un edificio, ser apañado a tiros desde una de las esquinas. Pero no, todo tranquilo. Le abrió su amigo Ernesto, el que siempre se reía. Ambos se vieron de frente y no hubo eso, risa. La risa se guarda para cuando uno está seguro, si se está inseguro y se ríe, cuidado, te estás burlando de la muerte. Ricardo abrazó a Ernesto. Subieron al departamento en el tercer piso, se sentaron frente a la mesa y callaron dos minutos (tal vez tres).

Y giraba el maldito tambor. La dureza del metal, la fragilidad de la carne.

Ernesto rompió el hielo y preguntó qué pasó. Ricardo soltó una risita nerviosa y  contó lo del departamento, lo de la mesa, lo de la comida caliente y lo de la rasurada. Y lo del carro, claro. De la gente que lo siguió durante la tarde y de la tarde anterior a esa tarde, cuando iba en un taxi y oyó a dos sicarios que se acercaba por detrás en una moto roja como la sangre. Imaginó durante los segundos en ese taxi que el tirador dibujaría un círculo en la puerta y dispararía como profesional: dos a la cabeza y uno al pecho. Ricardo avisó al conductor y éste aceleró de inmediato, corrió por un pedazo de banqueta, frenó de imprevisto y volvió a acelerar, pasándose un semáforo en rojo y esquivando un Cadillac. Ricardo giró el cuello y vio a la moto zumbando. Los gatilleros aceleraron y él se agachó hasta tocar las rodillas con la cabeza. El taxista vio a los sicarios por el retrovisor y aceleró al máximo a riesgo de quemar el motor, dio un giro que casi lo estampa contra la pared de un local, calculó el momento para frenar y  dio otro acelerón antes de escuchar un estruendo. Los cazadores no lograron la maniobra y los transeúntes se acercaron a ver al sicario prensado y al otro gatillero, vivo e intentando levantar la máquina estropeada. Otro milagro, le dijo Ricardo a Ernesto, el segundo.

A Ernesto le pareció alentador tener a su amigo vivo, pero sintió eso que no andaba bien. El olor de quien no perdona y mata. Tortura. Son los últimos milagros que te pueden quedar.

Llegó la mañana y Ernesto y él salieron a la calle, después de mirar por varios minutos  los huecos de las cortinas de la ventana. No había carros sospechosos, no había Hombres de negro buscando al extraterrestre, bromeó Ernesto. Sacaron el carro y salieron hacia Reforma usando como estrategia un conducir azaroso por las calles de la colonia, sin patrones. Para que de mínimo no nos sigan, ¿va?

Llegaron a la Esquina de la Información, entraron de incógnitos a un estacionamiento y subieron por el elevador gris, mirándose al espejo y pensando en lo sencillos que son los rasgos faciales humanos. Se abrieron las puertas, pasaron por los pasillos de la redacción y llegaron a la oficina del jefe, quien reaccionó a los pocos segundos. Cerraron la puerta y contaron los pormenores. Es que no te reconocí pelón, dijo el editor, luego miró al techo unos segundos y le dijo a Ricardo que tenía todo su apoyo. Tal vez dinero adelantado. Un lugar más seguro dónde quedarse. Algo para prolongar la vida, y en el mejor de los casos, salvarla (todos lo pensaban, nadie lo decía). Todo es así, pensó Ricardo, cuando los demás te quieren salvar de irte.

En el trayecto de vuelta al departamento Ricardo sintió cierta magia por haber salvado la vida dos veces y que Dios podría ser sádico si decidía matarlo a la tercera. Jugar con tu comida, hijo de puta, se dijo Ricardo. Ernesto le sonrió y le preguntó que si para calmarse no sería mejor ir con “las amigas”. Ambos soltaron una carcajada, la primera en algún tiempo, y aceptaron la propuesta. Aunque Ricardo reanimó su preocupación cuando recordó el video de YouTube donde una de esas “chicas”, Elizabeth, decía que responsabilizaba al jefe de El Otro de cualquier agresión hacia ella. Por eso me quieres llevar con ella, pensó Ricardo, porque ando igual que la paisana. Y se imaginó al jefe de El Otro, obeso y con los ojos saltones, rodeado de pilas y pilas de billetes. MORETONES, CIRCO, ABOMINACIÓN.

¿Y Elizabeth y él sobre un charco de sangre?

Elizabeth se burló de Ricardo cuando vio su cabeza calva. La otra chica, Irina, se apiadó más rápido, dio un paso al frente, le apuntó a Ricardo con sus ojos avellana y le soltó un beso en el cachete, cerca de la frontera de los labios. Lo hacía para animarlo. Años de coqueteos estériles y por fin una respuesta. Ricardo el tonto. Chistoso, gracioso.

Como si te fueras a ir a la cárcel, bro.

Elizabeth se veía más chaparrita fuera de la pantalla de YouTube, más seria y mesurada, aunque al reír sacaba una carcajada estruendosa oculta en el interior de su diafragma. Se metieron a la casa y comieron quesadillas y bebieron cerveza. Rieron y al acabar la comida llegó el silencio, no sepulcral pero casi. El Ernesto preguntó lo necesario: ¿Cómo te sientes?, Ricardo vio la respuesta flotar unos segundos frente a sí e intentó decir algo articulado sobre esa serie de sensaciones desconocidas que le recorrían el cuerpo: una nueva adolescencia antes de sus prontos 28.  Bien, creo. Ricardo pensaba en la esquina, en la parte lateral de los autos, en las copas de los árboles, en los techos, en las coladeras, en el más mínimo indicio de alguien oculto, con un gatillo listo para ser presionado por la rosada yema de un dedo.

Irina lo observó, lo tomó de la mano y lo llevó al baño. Todos observaron. Se acercó a él, le agarró el rostro y le sostuvo la respiración en su cara hasta que sintió un nerviosismo bien hervido en su interior, como si entre los dedos que sostenían esas mejillas se deslizara y derritiera un líquido espeso, supuración más pura y auténtica del sufrimiento y de la cercanía a un fin del que ninguno de nosotros nos vamos a poder escapar. Ella le dijo algo, pero él estaba perdido en la temperatura cálida de esos dedos; no llegó a escuchar nada. No hubo comunicación directa, por eso ella soltó un beso rápido, como una mordida certera para capturar un trozo de un bombón.

EL TAMBOR GIRA EN TU INTERIOR, bro.

Los demás se acabaron la bebida y pensaron en lo que harían después. Ernesto, más relajado, pensó que la capital era segura como para que Ricardo dejara de preocuparse de aquel gobernador que se ufanaba de terminar con la vida de tal o cual hocicón; para Ernesto, el periodista podía salir esa misma noche de fiesta sin que le pasara nada. Sabía que Irina no haría el amor con Ricardo hasta más tarde, cuando se encontraran más solos e íntimos (porque como amigos conocían sus ritmos sexuales). Ernesto se levantó, estiró el cuerpo y se dirigió a la escalera. Tocó la puerta del baño y esperó a que sus amigos salieran. Tomó a Ricardo y le dijo al oído sus conjeturas. Ricardo pensó en el fondo que era mejor estar en movimiento que cautivo en una ideal y peligrosa ratonera.

Elizabeth escuchó la propuesta, la odió y se los gritó, Nos van a quebrar pendejos. Propuso ir a su departamento provisional, si de variar la ubicación se trataba. Subieron al auto de Irina y salieron hasta Coyoacán, cerca de Ciudad Universitaria. En el camino platicaron sobre cosas graciosas. El periodista reía en automático y revisaba su celular. Eran casi las 9:00 PM. A las diez había prometido llamar a su madre.

Llegaron al departamento. El periodista sonrió por lo desordenado del lugar, la falta de muebles y el olor a perfume echado para disimular humedad. Estaba bien. Se sentó en la cama de Elizabeth y se preguntó dónde ella guardaba su ropa interior. Los demás entraron, con excepción de la anfitriona, que esperó a que una amiga subiera para pedirle un favor, A esta hora siempre llegas, linda, ¿no? Se recargó en el arco de la puerta y sacó un cigarro que no se dejó prender. Giraba con el dedo el metal para sacar la chisma, COMO GIRA EL TAMBOR, GIRA, GIRA, GIRA.

Una cabellera negra se asomó por el cubo de la escalera y por la cabeza de Elizabeth pasó la apariencia de su amiga, así que avanzó y soltó un hola que después le pareció imprudente. El saludo rebotó en las paredes del pasillo, y luego otro sonido seco que coincidió con un dolor punzantísimo en la pierna. Un hueso atravesado. Ella se desplomó sobre sus espaldas mientras un hombre robusto daba indicaciones a otros dos que habían cerrado la contraparte del pasillo.Ella vio su empeine perforado y una mancha roja que crecía sobre la loseta blanca, pocos segundos antes de que la metieran de los cabellos al departamento. 

GIRA…GIRA…GIRA

Pasaron dos minutos en los que por el pasillo se oyó subir a más personas. Una señora de delantal, pateada hasta llegar al cuarto. Otro hombre, cojo. Elizabeth intentó levantarse pero recibió un golpe en las costillas. Alguien sacó una cinta y todos quedaron amarrados. La puerta se cerró e inició todo. Elizabeth, Ernesto, Irina y Ricardo. Y otros cuatro. Un departamento pequeño, 10 de la noche del fin del mundo.

– ¿Ricardo Rojas Rodríguez? ¡Ricardo Rojas Rodríguez! Tú, pendejo, ¿Ricardo Rojas Rodríguez?

Nadie respondió.

¿Ricardo Rojas Rodríguez?

Un balbuceo.

Ricardo no pudo ver quién. El Otro se inclinó para oír mejor, Ricardo no vio hacia quién. El Otro no entendió el sonido pero le sonó a insulto, observó un segundo a la chica, la alzó del cuello, sacó una navaja y le dio un tajo en el costado de la cabeza. Cayó un cacho de carne y luego ella, retorciéndose en un gemido. 

quién es, quién es, quién es, quién

Alguien se bajó los pantalones. Irina fue tirada sobre la cama, le desgarraron los mallones, agitó sus piernas, la encañonaron. Se quedó quieta. El hombre se bajó los pantalones sin dejar de apuntar. Se sacó la verga e Irina se quedó congelada. Ricardo también sentía el brazo de la pistola sobre su ojo izquierdo. Pudo ver el primer zarpazo, el segundo y el tercero, hasta que la sangre se le comenzó a concentrar en la cabeza. Irina gritó un sonido que se desgarraba y frenaba. El Otro se reía. Chiquita, chiquita, quiquita. Ricardo oía esto, pero no lo que El Otro le preguntaba. Otra vez..Ricardo sintió un golpe en las cosquillas. Unas patadas lo llevaron al rincón, luchó, tensó el diurex de su muñecas, de sus tobillos. Lo golpearon otra vez. Se le quebró algo en el pie, se le quebró algo en el abdomen. Volvieron a preguntarle, pero en un túnel Ricardo sólo veía a Irina con las piernas levantadas; las otras figuras eran pinturas grumosas que lo mordían en el tránsito hacia donde estaba ella. Pero no podía moverse, ni cuando sacaron las pinzas ni cuando oyó el primer disparo.

Despertó. Le habían volado la quijada a Ernesto. Oyó el segundo. Estaba vez fue al cráneo. En la inverosímil esperanza heroica no pudo salvar a su amigo.

El primer diente salió de su boca dejando una carne suave. Y más gritos. Primero era la pinza que entraba, tomaba el pedacito blanco, lo aflojaba,  y si no cedía lo arrancaba, luego se soltaba un puñetazo que sonaba seco. Una mejilla triturada. La madre de los sonidos agudos, de los taladros, dentro de la boca. Ricardo intentaba soltar patadas, pero El Otro lo tomaba por la frente, si cerraba su boca, se volvía a abrir con un puñetazo, entraban las pinzas y sacaban más. Sobre la loseta líneas de sangre desigual y saliva. Oyó el tercer disparo casi contorsionándose para tomarse la boca y reducir el dolor y los espasmos. La señora estaba en el piso con un agujero en la espalda a la altura de la columna. Cuarto disparo y la primera mujer se iba. El cadáver del delantal empezó a liberar su sangre y Ricardo pudo verlo antes de que El Otro ordenara que se envolvieran los cuerpos en el colchón. ¡Los demás después, abajo de la cama! Cargaron a la doña sin pantalones y con las piernas moreteadas.

Cuatro millones de tambores girando en el espacio. Billones de balas para matarlos a todos, para matarlos a todos. A todos sin excepción.

Quinto disparo.

Sexto.

Séptimo.

El colchón está doblado. Dos cuerpos están envueltos. Un tercero, Irina, desnuda, arriba. Las piernas dobladas. Agujeros en el abdomen. Un rostro hecho puré. ¡No quedó nada, carnal! Elizabeth estaba en el baño, recibiendo golpes secos. Venga, venga, venga, decía la voz del hombre. Ya, ya, ya. El octavo disparo y el sonido del azulejo partido. Ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya

Quedó Ricardo: su boca lo intentaba, pero los nervios le paralizaban la cara. Nervios salidos. Cables, electricidad, carne. Elizabeth salió cargada, sin pantalones, con un calcetín. No, no pendejo, déjala allá, dijo El Otro. Se obedeció y el cuerpo se dejó acomodado debajo de la regadera. Uno de los hombres abrió el agua. Así Ricardo recordó sus últimos momentos: con el sonido de la regadera. De las gotas cayendo.

Los cuatro se fueron contra él. Lo levantaron y lo pusieron en el centro del cuarto. Ya no le preguntes wey, ¿no ves cómo está? Ricardo los observaba. El humano frente al humano deja de tener forma, es masa, pensamiento, acción. Ricardo no cerró los ojos cuando lo encañonaron. Porque tuvo la esperanza: un milagro que pasaría, una bala que no apagaría su vida, un hospital dónde poder despertar, dónde recoger los fragmentos del cuerpo, dónde seguir respirando. Pero el tambor giró por última vez en la noche, la bala se alineó en el camino, El Otro jaló el gatillo y explotó el disparo: entró por la frente, cruzó aquellos puentes suaves y húmedos que armaban los recuerdos, los anhelos, interrumpió los razonamientos, rompió, rasgó, mató y salió por la nuca, dejando tras de sí la nube de pensamientos que desaparecían y el mar de pulsaciones eléctricas que se apagaban.

 

 

Se incrustó en la pared. Se atoró en el cemento.

Un casquillo cayó. El cuerpo se vaciaba.

Y conforme esto ocurría, conforme la sangre abandonaba los tejidos, las arterias, los vecinos se cubrían en sus casas, incapaces de moverse. Ellos esperaron una detonación más que nunca ocurrió. No oyeron cuántos fueron. ¿Doce? ¿15? Una balacera en el piso de abajo. Un ajuste de cuentas.

Los hombres bajaron por el pasillo y sus voces rebotaron por las paredes fuera de los departamentos. Por las ventanas algunos los observaron salir por la calle, arrancar el carro y dejar el chillido de los neumáticos.

Cuando acabó todo dieron las 11:42.

 

 

Miguel Ángel Teposteco Rodríguez (@Ciudadelblues): Nací en la Ciudad de México (1993). Estudié Ciencias de la Comunicación, especialidad en periodismo en Ciudad Universitaria. Soy colaborador del suplemento Cultural Confabulario y del blog PonteYolo, ambos del periódico El Universal. Parte de la revista ContratiempoMX y colaborador de la editorial Costa-Amic. He publicado en revistas en España, Chile, Colombia y Estados Unidos.

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