Por Javier Bautista Muñoz

 

[Disertación sobre unos versos poco o nada relacionados con el mar]

Y entre puente y puente
avanza el olvido.
Lo profundo busca
su máscara nativa.
—JUAN BAÑUELOS

Los sexos buscan su máscara nativa,
el sempiterno lugar de los cerezos.
             Se abren los muslos de la niña en septiembre;
             el petirrojo busca la semilla en la conserva,
             pero mi corazón perdura acariciando mi mano.

Algo corrompe al polvo:
la macerada piel y su gabazo,
las pústulas del insomnio,
pero no la desnudez del hueso.

Algo corrompe al mar:
tras la erección del sol en los corales,
la segregación de la sal en la mesa de siempre:
un ácido de fosa encierra lo mortal.

Buscan la máscara nativa;
             los espejos de barro desconocen
             un rostro cegado por células del mar:
             la costumbre del mar por devorar al polvo,
             la seducción del polvo por humedecerse al mar.

El ave de piel muerta modela cuerpos femeninos,
pero mi corazón en desahucie persiste acariciando mi mano.

 

 

Memorial

Anuda águilas eternas a tus párpados.
—MARCELO RIOSECO

Ata el corazón del cielo en medio de tus ojos
para que haya alas cuando mires,
entonces tus ojos volarán lejanos;
viajarán ansiosos recorriendo los mapas.

Ata el corazón del cielo en medio de tus ojos;
habrá alas de pájaro sobre tus pupilas,
un cerco de arcoíris se tatuarán tus párpados
y picos de palomas recogerán tus lágrimas.

Así cuando estés lista para admirar al mundo
no habrá riña ni rabia para cerrar la luz;
habrá corazón de cielo perpetuando tu vista,
y aun cuando no estés no existirá oscuridad.

Memoriza las alas del vuelo de las aves,
memoriza el nombre que has visto en tus ojos.

 

 

Premoniciones y presagios

 

Algo sé de nunca haber conocido el mar.
Los presagios de una voz, de acciones —tal vez del dios de los mil ojos— 
me dieron la respuesta y el boleto para salir de casa.
No pretendo pasar por un profeta que lee milagros en las huellas de arena holladas por los “sueños” —sin                          “sueños” por favor (que anticuada palabra en la poesía)—;
sin embargo la digresión obliga a mirar los contornos de esos pre, siempre presentes,
que llegan de repente y dejan claros estigmas que es casi imposible enumerar.
Algo sé de haber nunca conocido el mar y la memoria
—no del amor, qué palabra tan gastada, digo—.
La memoria me dice que nunca he conocido el mar aun cuando antes el cristal del bar, el desayuno con                             desconocidos, algunos cuadros en el último piso de algún edificio circundante empalmaban con el                     beso de una mujer ahogada al lado de mi cama.
No creo en el mar de la premonición y del presagio, no a los oráculos;
mas postergo el deseo de hallarme de nuevo con los pies sobre la huella en la arena herida por la ola de una                     mujer de clase media alta habitante del oeste.
Algo sé de nunca haber conocido nunca el mar, de la memoria. No es un engaño.
El único presagio definible es la muerte.

 

Posdata a las once de la noche

Numai mie noaptea un-i frumoasă.
—TRISTAN TZARA

Cuando observo los labios de la noche
descubro sus dientes de mujer,
y en esa abertura veo los míos:
hace frío, tiemblo, la ropa no me cubre.

Sonrió, palpó la voluntad del viento
y pienso en desnudar la noche,
acariciar sus nalgas y elevarlas
como nuevos soles que los peces
se esforzarían en besar.

Estoy a punto de dormir,
no hay luna que sostenga mis manos;
estoy a punto de caerme:
algo sacude a la noche, jala sus cabellos.
Estoy a punto de caer de mi escalera:
caigo la luz entre unos labios a punto de cerrarse.

 

Chapulín

 

Hace días maté un chapulín
en la entrada de mi casa,
desde entonces no he barrido.

Sus restos quedaron en el suelo,
sus patas aplastadas, sus antenas,
el resto de su cuerpo en una mancha
diminuta de mierda.

A veces paso por la entrada
y me detengo en un milisegundo
a observar el cadáver;
apuesto que organismos invisibles
lo estarán devorando.

También, a veces, siento una espina
que me punza en los pies.
Sigo mi camino, me aparto.

No quiero seguir mirando
cada vez que me detengo.
Mañana, sin demora,
barro ese cadáver.

 

Javier Bautista Muñoz (San Bernardino Contla, Tlaxcala, 1991). Estudiante de Lingüística y Literatura Hispánica en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Escribe poesía. Su trabajo ha sido publicado en varias revistas,entre las que destacan: Los idus de Marzo, Enchiridion, Círculo de Poesía, Golfa, Rio Grande Review y Digo Palabra. Ha participado en diversos encuentros de literatura y lingüística. Ha ganado el ‘XVI Premio Filosofía y Letras 2015’de la FFyL BUAP en la categoría de poesía y el segundo lugar del ‘Concurso de Poesía El Reclamo Poético’ que organizó la Alianza Francesa de Puebla, A.C. en 2016.

Ilustrado por Jesús Palacios. Conoce más de su trabajo en su perfil de Instagram.

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