Por Jhair Rosadio

—para Angela Padilla

 

Hoy, veinte de mayo, es el quincentenario de la publicación de un libro que cambió, para siempre, el mundo de las letras: Versos huérfanos. La historia de este libro se entrevera entre el mito y la realidad. Poco o nada se sabe de su autor. Probablemente, se haya escrito más o menos cien o ciento cincuenta años antes de su publicación, según los últimos estudios filológicos.

Inclusive la historia de su descubrimiento, en estos últimos años, se ha puesto en duda. Fry Lorenzo Villena Maceda, el descubridor, contó que halló el libro “…en ese pequeño recoveco olvidado por Dios y aún más por los hombres. Me bastaron una pequeña silla, un minuto de suciedad y mi inmensa curiosidad […] pero allí estaba: casi en la ruina, bajo capa tras capa de polvo en la que los injustos años la escondieron […]. La abrí casi inmediatamente y me bastó leer los dos primeros poemas para saber que había descubierto una excelente obra de arte”.[1]

Martín detuvo su pluma. Detuvo sus ojos sobre la estantería de libros que estaba frente a él. Miró la cubertura robusta y dura de sus libros más apreciados: literatura francesa, inglesa, japonesa, chilena, historia del Perú, del mundo y del Universo entero, filosofía alemana, filosofía escolástica y filosofía para idiotas que se sientan a escribir un artículo en vez de estar en las calles, investigando noticias, haciendo preguntas incómodas, recorriendo las callejuelas oscuras de la ciudad más triste del mundo. Ese era él. ¿Qué podía hacer? Seguir escribiendo. Seguir citando un libro que se le deshacía en las manos de lo viejo que estaba. Era periodista, pero le hubiera gustado tener una vida diferente. La idea era estudiar periodismo, trabajar y con eso poder costear la segunda especialidad: literatura. Pero pasaron los veinticinco, llegaron los treinta y seguía en lo primero.

Ese original, encontrado supuestamente en una vieja biblioteca de un desaparecido monasterio de Normandía (¿Qué hacía un manuscrito escrito en castellano en Normandía?) nunca ha sido visto ni mencionado por nadie más que por el descubridor hasta la fecha. Arqueólogos e historiadores como Saul Smith-Rowe y Milan Valdivieso han intentado de ubicar las ruinas de tal monasterio siguiendo las referencias que menciona Fry Lorenzo Villena Maceda en el prólogo del libro. Sin embargo, los resultados han sido decepcionantes en comparación con los obtenidos en casos similares (la ciudad de Troya y La Iliada de Homero, por ejemplo). Algunos, últimamente, se han animado a esbozar disparatadas teorías sobre el origen del libro e incluso sobre alguna clase de conspiración para que no se descubriese la verdad (el libro de Anton Jussieu, Los poemas perdidos de Versos Huérfanos, recientemente traducido al español, sigue esa línea).

Cuando Martín leyó Versos Huérfanos a los quince años, no entendió ninguno de sus poemas. Es más: le parecieron bastante feos, burdos e incluso confusos. Luego de eso, ocultó el libro entre los demás que poseía. Algunas noches, regresó a él con la esperanza de que le gustase. Nunca lo consiguió. Después, cuando cumplió los veintiséis años, con los estudios universitarios terminados y con decenas de lecturas sobre los hombros, pensó que podría entenderlo. Fue inútil. Los resultados fueron los mismos. Cada vez que bebía con los amigos del club de lectura o con los amigos de su esposa y escuchaba que ellos hablaban de la armonía, la destreza en el juego de palabras, la sonoridad hermosa de esos versos añejos, de esos versos tan declamados, se sentía un completo idiota. ¿Qué tenía ese libro que lo hiciera tan interesante? Nada. Nunca le encontró sentido a esas líneas de castellano antiguo. En el fondo, estaba convencido de que el problema era él. Tenía la seguridad, adquirida con los años y luego de inútiles esfuerzos, de que ese libro excedía sus capacidades intelectuales. Saber esto, aunque de forma inconsciente, le producía extremada vergüenza. Nunca se atrevió a compartir sus dudas con nadie. Nunca se atrevió a contradecir a nadie. Nunca. Una vez le preguntaron cuál era su poema favorito de todo el libro. Se quedó callado, sorbió la última gota de vino de su copa y dijo: el veintitrés. Sus amigos lo miraron con sorpresa. El libro solo tenía veintidós poemas. Esa fue la última vez que lo invitaron a una de esas tertulias literarias. 

Pero el hecho de que su origen no esté claro, no hace que el libro sea menos glorioso. Sus sobrecogedores versos, la armonía entre ellos, las metáforas hermosas, todo eso que fascina a los críticos y captura a los lectores. ¿Qué palabras les faltan a todos los análisis que se han escrito para ensalzar el libro? Pocas. Tal vez ninguna. Sin embargo, no podía dejar pasar la ocasión. ¿Qué clase de columna cultural sería esta si no le dedicara unas palabras a un libro de la más alta literatura?

Escribir sobre Versos huérfanos era una pérdida de tiempo. Martín lo sabía. ¿Qué más se puede decir si ya se ha dicho todo? Los escritos sobre el libro se podían contar por centenas. Algunos ahondaban en la historia del descubridor. Otros se enfrascaban en un análisis riguroso de la métrica y, en general, de la técnica empleada en cada uno de los poemas. También se le atribuía el don de la adivinación. Martín leyó, ya no recuerda dónde, que se había podido establecer una correlación entre el número de vocales, diptongos y palabras agudas con las fechas de acontecimientos históricos transcendentales.

Su columna no era más que un exceso de palabras: un artículo más que se iba a apilar junto con los demás libros que, desde muchos años antes, ya habían dicho todo lo que podía decirse. Sin embargo, el director del periódico pensaba distinto. “No hay de otra. Él habla y yo obedezco”. Mientras pensaba qué otras palabras superfluas podía agregar, alguien tocó la puerta.

—Pase.

—Hola, ¿qué tal?

—Bien, gracias.

—Estoy yendo al frente a comprar comida. ¿No quieres que te traiga algo?

—Sólo un café.

—Ok.

—Espera, no te vayas… ¿ya llegó Gisela?

—Sí, ¿quieres que le dé un encargo?

—Sí, por favor, dile que venga. Dile que es sobre el libro.

—Ok, yo le aviso.

Cerrada la puerta, giró su silla y miró por la ventana. Con la mano derecha acarició suavemente sus cabellos. Se quedó pensando, mirando a la ciudad más triste del mundo desprenderse de sus colores, desparramándose entre la suciedad y la humedad, el sonido del tráfico angustiante, los gritos de siempre, la gente caminando sin rumbo y sin destino. De pronto, tocaron otra vez la puerta.

—Martín, ¿puedo pasar? —escuchó que decía esa voz aguda que él tan bien conocía.

A Gisela la conoció en una fiesta. Era amiga de su esposa. Habían ido juntas al colegio. Lo primero que le llamó la atención era su cabello rubio. Acostumbrado a tonalidades más oscuras, ese cabello brillante y claro lo cautivó. Se quedó prendado de sus ojos verdes, su sonrisa divina, su cuerpo esbelto y frágil, a punto de quebrarse cada vez que Martín lo hacía derrumbarse de placer.

Se saludaron, hablaron, se conocieron y se unieron bajo las sábanas marrones de su apartamento de la Avenida Larco. La hubiera querido recibir con un beso, pero sabía que los podían ver, que los rumores podían correr, que su esposa lo podía abandonar… Además, ¿para qué hacerle eso al esposo de Gisela? El escándalo lo destruiría. Él de verdad la quería.

—…este es el esposo de Gisela. También es periodista.

—¿Cómo le va, colega?

—Ah, qué interesante-dijo Martín sonriendo.

—¿En qué sección trabaja usted?

—Tengo una columna y a veces ayudo con las notas políticas.

—Macanudo…macanudo —repitió el esposo de Gisela mientras se sentaba.

—¿Usted?

—Sección económica, aunque también tengo una columna… medio cultural la cosa, digamos. A veces comento libros o cosas por el estilo. Sobre todo, cuando no se me ocurre qué poner en la columna —dijo, soltando una breve carcajada que Martín imitó.

—¿Qué va a publicar esta semana?

—Estoy escribiendo sobre El Quijote. Un libro buenísimo, usted sabe… importantísimo, una obra maestra.

—¿Por qué?

—Es el aniversario, ya sabe…

—No, no me refiero a eso. Quiero decir, ¿por qué dice que es muy bueno?

El esposo de Gisela lo miró extrañado. Volteó un instante rascándose la cabeza.

—¿Cómo que por qué? Usted sabe, es un libro cumbre de la literatura occidental, de lo mejor que ha producido la lengua castellana. Excelente… bueno, ya sabe. ¿No lo ha leído? Se lo recomiendo. Muy bueno, muy bueno…

—Sí, claro… —articuló Martín, con un tono de franca duda.

—Los diálogos, la forma en cómo está escrito… es lo máximo… ya entenderá cuando lo lea —dijo sonriendo—. ¿Más bien me disculpa un rato?… tengo que buscar a mi esposa

“Vive siempre pegado a ella”, piensa Martín.

 

 

—Martín, ¿estás?

—Sí, sí, pasa.

—Ya tengo tu libro. Me debes una. Usé el carné de mi esposo… aquí tienes.

—Genial. Muchas gracias.

—¿Sobre qué es? El bibliotecario no sabía ni que existía. Y cuando me lo dieron, ¡ni hablar! Casi me muero por la alergia… todo empolvado… sucio… viejo…

—Hace años que lo busco y ha llegado en el momento preciso. Gracias. Te pasaste.

—¿Así nomás? Dame un besito al menos.

—No, espera, ¿qué haces? Gisela… no, espera… nos pueden ver.

—¿Quién? ¿Los pájaros? No seas paranoico. Ni que estuviéramos en la calle…

Sin duda, una fecha tan especial se merecía toda mi atención. En un momento así, me permitiré recordar mi adolescencia, cuando leí por primera vez este bello libro: era un viejo ejemplar de hace cincuenta o sesenta años, heredado de mi abuelo a mi padre y de él a mí. Todavía puedo sentir la emoción que me embargó saborear esos versos delicados que, contradictoriamente, tenían una fuerza increíble. Como a muchos les pasa, el primer poema es mi favorito. Aunque escritores como Borges y Stevenson han afirmado hasta el cansancio que el sexto es el mejor. No solo impactó mi adolescencia, sino que impactó la vida de miles de personas. Allí está Flaubert que aprendió el castellano solo para poder leer Versos huérfanos en su idioma original, Sábato que decía que solo la primera estrofa del segundo poema era más relevante que todo lo que había escrito en su vida (incluido todo lo que había quemado), o Vargas Llosa que le dedicó trescientas páginas de uno de sus ensayos más famosos. Tampoco hay que olvidar que fue él, en una reciente entrevista publicada en este diario, quien dijo que escribir ese ensayo le había demando “un arduo trabajo de investigación”, en el que, en algunos momentos, se había sentido abrumado al descubrir que habían más de ciento cincuenta mil ejemplares que analizaban el poemario tan solo en la Biblioteca Nacional. 

¿Por qué Vargas Llosa lo entendió y yo no? ¿Por qué estos tipos festejan el libro mientras que yo lo aborrezco? Mejor pensar en otra cosa. No necesitaba ver el reloj para saber que los minutos se le agotaban: tenía que entregar la columna.

Había reunido entre diez y veinte libros. Biografías del descubridor, análisis, ensayos, comentarios. El que le había traído Gisela era un viejo libro que había sido citado en el pie de página de otro libro bastante antiguo. Pensó que le podría servir recurrir a la fuente original. Se sentía estresado. Solo pensar en la frustración que le producía escribir sobre algo que no entendía lo mortificaba. Aun así, todavía le quedaba un consuelo: en sus labios retenía el último beso que le había dado Gisela, tan solo diez minutos atrás, antes de irse de su oficina. Intentó recordar la última vez que se desconocieron de sus responsabilidades, el día en que negaron tres veces sus compromisos, sus hijos y sus vidas enteras para poder zacear esa pasión casi animal, esa fuerza descomunal que los atraía y que siempre terminaba con ellos dos, uno sobre el otro, en una cama, sacudiendo los cuerpos, estrechando las vísceras. “Lo único que nos une es el sexo. No la quiero realmente”, pensaba Martín. Al final siempre volvían a la normalidad. A sus vidas de siempre. Él tenía que escribir sus columnas. Ella, hacer sus entrevistas. Miró el reloj. En dos horas tenía que entregar su escrito. Con pesar, tomó la pluma.

Efectivamente, como menciona el autor, existen miles de libros que han elegido a Versos Huérfanos como tema principal. Libros que, desde múltiples disciplinas, se deshacen en elogios ante tan magnífica obra. Todos estos estudios nos han acercado de manera sesuda y maravillosa hacia el poemario, sin embargo, es probable que tan solo hayamos entendido parte del gran mensaje que nos quiso dejar su anónimo autor. Algunas obras como Las lenguas en y para la literatura de Rigoberto Jaramillo hacen un recorrido por las lenguas más importantes del Mundo, analizándolas para determinar cuál es la más adecuada para escribir. Jaramillo utiliza Versos Huérfanos para demostrar que el español, aunque tiende al barroquismo, según él, es la “[…] clara muestra de la más grandiosa obra, de este y demás tiempos. Con un uso correcto y bello del lenguaje, sobrecogedor, demostrando sin lugar a duda la superioridad de la lengua castellana por encima de las demás lenguas europeas y dialectos extranjeros”. Desde otro campo, Raffaello Saccente, en su obra maestra Edad Media y Renacimiento, afirma que el poemario es un excelente testimonio sobre los paradigmas de belleza en la sociedad medieval de finales del siglo XVI y de los temas que interesaban a nuestros congéneres de aquellos años. Aún más lejos ha llegado Soledad Felices que en su gran Síntesis de los procesos sociales europeos, afirma que Versos Huérfanos provee una visión precisa de la sociedad de su época, mostrándonos la deconstrucción de los valores cristianos, la asunción de una nueva forma de entender la vida y la formación de las grandes clases sociales y sus diferencias que nos llevarían, más tarde, a las teorías marxistas, el materialismo histórico e incluso a la lucha por los derechos humanos.

Martín seguía intrigado. Estaba fascinado por la cantidad de interpretaciones que se le daba al poemario desde distintas disciplinas. Le costaba creer que un libro pudiera significar tantas cosas a la vez.

Había revisado casi todos los libros que tenía a su alcance, los cuáles había obtenido luego de varios viajes a bibliotecas públicas y privadas. Quedaba uno por revisar: el que le había traído Gisela. Dudó por un segundo en tomar el libro. Estaba exhausto y toda la información que había añadido en su artículo era más que suficiente. “Demasiado esfuerzo para una columna que casi nadie lee”, se dijo a sí mismo. Pero la curiosidad le ganó. Cogió el libro y comenzó a revisarlo con sumo cuidado. El título era Interpretación Única sobre Versos Huérfanos. Lo primero que notó es que los datos del libro eran distintos a los que había leído en el pie de página que lo llevó a él: no tenía editorial ni año y el nombre del autor había desaparecido. Pero estaba tan cansado que no le dio demasiada importancia. Buscó el índice y fue directamente hacia las conclusiones. En el último párrafo, pudo ver que estaba escrito: “La evidencia que nosotros recopilamos en este libro es sólida: los poemas de Versos Huérfanos son en realidad antiguas recetas alquímicas escritas en clave. Si se cambian las palabras de los versos por las que sugerimos en el Glosario, los poemas cobrarán sentido y dejarán de ser un montón de palabras que suenan bien. Así, el primer poema es una receta para mutar cobre en hierro y, el último poema, una fórmula para convertir determinados compuestos en oro blanco”.

De pronto, todo el cansancio y pesadez desaparecieron. Toda la delicadeza con la que había trato a ese libro se esfumó: rápidamente, buscó el Glosario, casi a la mitad del libro. En él pudo ver cómo la palabra rojo significaba agua, pálido significaba fuego, amarillo perpetuo era oro blanco y así sucesivamente. Releyó los poemas siguiendo la pauta dada. Con horror descubrió que todos los poemas, todos los versos, todas esas palabras que antes le resultaban burdas e incomprensibles, se transformaban en oraciones coherentes con instrucciones muy claras.

Pensó en alguna clase de timo, en una mala broma o incluso en algún renegado que solo buscaba manchar el nombre del Gran Libro, pero la coherencia de esas pautas era demasiada como para ser simple casualidad. Se retorcía las manos. Dudaba. Todo cobraba sentido ante sus ojos: su falta de comprensión, la inutilidad de todas esas horas que había pasado intentando comprender esos versos, todo ese tiempo invertido para luego descubrir que… No, imposible, imposible, imposible.

Martín quitó sus ojos del papel. Miraba fijamente la pared que tenía enfrente. “No, no puede ser. Debo haberme equivocado otra vez”, pensó. Bebió lo último que quedaba de café en su tasa. Por unos minutos, estuvo rascándose la barbilla y jugando con sus cabellos. Al final, se decidió: guardó el libro en el cajón de su escritorio y lo cerró con llave. A continuación, escribió:

Es probable que el lector se haya cansado con tantas referencias. El ánimo de este artículo no ha sido aturdir al lector, sino introducirlo hacia el libro de más alta literatura en lengua castellana: Versos Huérfanos. Simplemente, lo mejor que he leído. De esta forma, invito a todos a celebrar este aniversario leyendo, aunque sea, uno o dos poemas de esta obra maestra. A fin de cuentas, tengan la seguridad, nadie podrá dudar o cuestionar la grandeza de este gran libro. Ni siquiera su autor.

 

[1] VILLENA MACEDA, Fry Lorenzo. Memorias de un desmemoriado. Barcelona: Essfor, 1897.

 

Lima, 2014 – 4 de enero 2016

 

Ilustración de David Hockney.

 

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