Por César Miguel Calderón Montañez

 

Estaba sentado en una de esas sillas polvientas de aquel salón polviento en aquel edificio hecho polvo. Ese lugar es un polvo endurecido. Repugnante, asqueroso, tan sucio como las asambleas y los oscuros acuerdos que se celebran ahí. Democracia, ¡Já, já, já! Mil veces ¡jájájá! Compañeros, sírvanse levantar la mano los que estén de acuerdo con el acuerdo que aún no acordamos pero que vamos a acordar. Diez, veinte, ochenta, cientos de manos  tiesas apuntando hacia arriba; todas a favor, ¿de qué? ¡Levanta la mano, guey, es para lo del paro! Los votos contabilizados a ojo de buen cubero. El de barbas espesas y sombrero de paja que está en el estrado habla de nuevo: ahora que levante la mano quien no esté de acuerdo con el acuerdo que aún no acordamos pero que vamos a acordar. Dos, tres, cuatro manitas discretas e indecisas se asoman de entre el sombrerío. ¡CHARROS! ¡HIJOS DE LA CHINGADA! ¡TRAIDORES! Mayoría visible, compañeros, sentencia el barbudo, nos vamos a paro. El lunes a Morelia. ¡Mi Morelia! ¿Quién diría que volvería como el hijo pródigo —y revoltoso— seis meses después?

Es mi primera vez. Me siento tan tenso como la otra primera vez. Yo no soy de esto, no pertenezco aquí, me digo mientras veo llegar a toda esa gente; no sé de dónde salen tantos, parece un hervidero de cucarachas alrededor de un plato de comida. Esto es algo pasajero para mí. Vaya que ser profe sin serlo… no va conmigo. Dicen que aquí se tiene la vida asegurada. Quizá, pero enseñar sin más aprendices que las calles y el sol y las lluvias y las mentadas de madre y… no, indiscutible, me iré de aquí en cuanto pueda. Nos forman en hileras. En medio las mujeres y los hombres a las orillas. Me yergo como una estatua mientras veo pasar los coches en el carril de al lado. Pretendo diluirme entre los árboles que hay en el camellón. Algunos vehículos pasan en silencio, sólo se escucha el rugir de sus motores; otros, muy pocos, oprimen el claxon varias veces; esos apoyan, dice el de al lado; metros después bajan sus tripulantes y se unen a la multitud. Otros, muchos otros, casi todos, accionan sus claxon cinco veces repetidas. Es inevitable remontarme al diez de mayo: pipi- pipipi… ¿Acaso es necesario descifrar el significado? Yo también lo hice mientras era estudiante. El Cholo era el más insistente: vamos a mentar madres, o qué. Al Caribe le dolía todo, o casi todo, excepto el claxon. Era un vehículo con más de veinte años en las calles. Pasábamos como a cincuenta por hora (casi la velocidad límite que alcanzaba la carcancha): ¡ora pinches huevones, pónganse a trabajar! Nadie respingaba. Cientos de ojos seguían nuestro trayecto mientras desaparecíamos como una oruga por la avenida… Y ahora estoy de este lado. Quizá tengo el mismo aspecto, el de oruga reprimida. Siempre me pregunté el porqué de esas miradas esquivas y famélicas; supuse que el ser conscientes de ser utilizados por sus líderes incitaba la tristeza de sus ojos. Ahora lo sé: es el hambre, sólo eso.

La marcha iniciaría a las nueve en punto; ya casi son las once y los dirigentes apenas arriban al lugar. Uno de ellos mastica un mondadientes. Nosotros salimos a las cinco de la mañana y logramos llegar justo a tiempo para esperar casi dos horas bajo el sol. ¡Compañeros, hoy es el día! ¡Hoy es el día en que  temblará el mal gobierno!, alguien habla desde una camioneta de redilas donde han improvisado un escenario. Me dice el de al lado que siempre es el mismo discurso, la misma vocecilla, el mismo murmullo generalizado de los miles y miles de manifestantes que repiten lo que mandata el del micrófono. Los carros fluyen en el carril contrario. Me sobresalto al sentir la presencia del Caribe rojo. Son decenas y decenas de Caribes rojos los que pasan por ahí. Nunca había visto tantos Caribes rojos en mi vida. En una de esas pasan aquellos y me reconocen y ¡ora, huevitos!… No lo saben, supongo. ¿En dónde jalas, Paquito? Yo les digo que en el Supremo Tribunal de Jalisco. La vocecilla chilla con rabia: ¡de noooorte-a-suuuur; de-eeeeeste-a-oeste, ganaremos esta lucha, cueste lo que cueste! ¡DE NOOOOORTE-A-SUR, DE-EEEEESTE-A-OESTE, GANAREMOS ESTA LUCHA, CUESTE LO QUE CUESTE! Grita, güey, pareces charro. El codazo me espabila. Los sombreros y sombrillas avanzan como arrastrados por el viento. Caminamos con pasitos cortos, pasitos discretos, pasitos tímidos y avergonzados, como el de reses que van rumbo al matadero.

Me tiembla todo el cuerpo, no puedo repetir las consignas, tengo que escupirlas como si éstas fueran pedazos de papel endurecidos. Sólo pienso en las frases de antes, las de nosotros, las del Caribe rojo: ora pinches huevones…, ora pinches huevones…

El Cholo ha puesto su despacho, me lo dijo por teléfono la última vez que hablé con él. Me dijo, además, que Rano comenzó su especialidad en derecho penal. ¿Y yo?, bah, estaré aquí un año en lo que pago los trámites de mi titulación. Bueno, un año más, dos pues, así podré juntar una lana para el despacho y…, mejor cuatro, sí, en una de esas me compro la Tacoma y ay pinche Paquito, te va bien en el tribunal, ¿eh?, por eso no venía, güeyes, por la cantidad enorme de trabajo y… ¡Basta, yo no soy de aquí!

Llegamos a casa de gobierno. La vocecilla berrea con más coraje: ¡gobierno corrupto, vende-patrias, neoliberal! El enorme cancel es resguardado por decenas y decenas de granaderos. Muchos de los nuestros apuntan sus celulares hacia ellos, parece que quisieran archivar el recuerdo de esos robocops dispuestos a golpearnos. Luego empiezan las rechiflas, las mentadas de madre y el repertorio de consignas especialmente diseñadas: esos del casquito, también ganan poquito… ESOS DEL CASQUITO, TAMBIÉN GANAN POQUITO. Yo no grito… aún; quizá soy de los pocos que no lo hacen. ¿Y si yo fuera uno de ellos? ¿Y si ellos fueran de los nuestros? ¡Represión, represión!, gritan los de acá; ¡vándalos, hijos de la chingada!, nos gritan desde allá. Vaya numerito: unos jodidos que golpean a otros jodidos por defender a quienes nos tienen a todos sumidos en la jodidez.

El mitin exprés ha concluido. La vocecilla ordena continuar. La caminata se prolonga por más de cuatro horas. Mis piernas están destrozadas. Los ojos me arden, la piel me punza por el constante ataque del sol. Tengo la garganta reseca, los labios agrietados y la lengua quebradiza. Enfilamos por la calle Abasolo rumbo al Centro Histórico. El eco de las voces rebota en las canteras de los edificios coloniales: De Chiapas a Sonora, con la Tras-qui-la-do-ra; DE CHIAPAS A SONORA, CON LA TRAS-QUI-LA-DO-RA… El contagio es inevitable. Me resulta imposible guardar el decoro que exige la primera vez. Comienzo a gritar poseído por el fraterno espíritu sindical. Me estremezco al escuchar  la potencia de las miles y miles de gargantas. Siento ganas de llorar, no sé, quizá de la emoción, o tal vez por lo preciso de la consigna que parece brotar directo desde el alma: ¡URGENTE!, ¡URGENTE!, ¡EVALUAR AL PRESIDENTE!

La gente que pasa por la calle nos mira, no sé, yo creo que con desprecio pues mueven su cabeza hacia un lado y hacia el otro. De pronto el valiente que arremete: ¡pónganse a trabajar, ya estamos hasta la madre de ustedes, pinches huevones! Casi todos lo ignoran; todos, menos yo. El demonio de la izquierda me domina; me abalanzo como perro tras su presa. El de al lado me detiene: no tiene caso, profe, tranquilo. Me dice que dos o tres marchas más me harán inmune a los insultos. Un grupo de turistas nos contempla desde su balcón en el hotel del Virreinato; nos apuntan con sus dedos europeos mientras ríen y mueven sus cabecillas ovaladas hacia arriba y hacia abajo; somos para ellos el exótico espectáculo de un país exótico donde las manifestaciones en sí son tan exóticas como la corrupción. Poco a poco llenamos cada recoveco del Centro Histórico; el aluvión humano parece no tener fin.

El líder estatal habla montado desde una tarima que han montado frente a la catedral. No deseo escuchar la perorata, presiento que será tan tediosa como las asambleas. Además no tengo tiempo de perder el tiempo pues debo hacer algunas compras. A las cinco en punto nos vamos, me advierte el de al lado. Me escabullo entre la gente. Quince cuadras adelante encuentro un taxi. A Las Américas, ordeno. El centro comercial está plagado de granaderos. Muy cerca de ahí se hospeda un alto funcionario. El gobierno teme más a nuestro gremio que a los narcos. ¡Increíble! ¡Ridículo! Soy maestro; no güey, mejor di que eres narco, es menos peligroso. Me abordan tres agentes: ¿a qué se dedica, joven? Les digo que soy abogado. Es maestro, murmura alguien. Tiemblo. El oficial más gordo me exige una identificación. Le extiendo la licencia. ¡Es maestro, es maestro!, grita el gordinflón afeminado que está al lado del más gordo. Por su forma de hablar, se asemeja a una señorita que ha sido sorprendida por un ratón entre sus pies. Me sujetan las muñecas y me estampan contra el cofre de una de las patrullas. Casi de inmediato me rodean media docena de robocops. ¡A la comandancia!, ordena gordinflas. Me empujan de un lado a otro en medio de dos hileras que han formado con sus cuerpos. Soy como Jesús en el Vía Crucis: me escupen, me patean. Muy de huevos, ¿eh?, ¡cabrón! ¡Ora sí, ya te cargó la chingada! A ver, qué decías, ¿esos del casquito qué? Intento incorporarme pero un golpe bajo me enrolla en el asfalto. Las risas y las burlas se incrementan. Que maestra tan chula, grita el afeminado. De pronto alguien dice: ¡él no es maestro, él no es maestro, lo conozco! ¡Tú no te metas, Mendoza!, grita gordinflas. ¡Cabrones, insiste el de la voz, entiendan que él no es maestro, es amigo de mi hijo!

El tremendo puntapié en el estómago ha extraído casi todo el oxígeno de mis pulmones. Por las dudas, dice gordinflas. Me levantan entre dos. Cómo estás muchacho, dice el que está frente a mí, tanto tiempo. Sonrío, es don Armando, el papá del Cholo. Te reconocí por la virgencita en el brazo, me dice. Percibo un guiño en su ojo izquierdo. El Cholo y yo nos hicimos el mismo tatuaje un doce de diciembre, después de una borrachera de tres días. Solo así podré apaciguar un poco a mi jefe, me dijo el Cholo en aquella ocasión.

Don Armando me conduce del brazo. Un cafecito te hará bien para que se te olvide el mal rato que te han hecho pasar los muchachos. Acepto. Entramos al centro comercial. Le pregunto por el Cholo, quiero saber dónde se encuentra su despacho pues tengo la intención de ir a saludarlo. Él ríe. Da un sorbo y me dice que su hijo ha entrado a la corporación. Intenta convencerlo de que abra su despacho, Francisco, a mí no me hace caso, dice que para él es más fácil recibir una quincena segura que arriesgarse a los vaivenes del negocio. Aquí pagan poco, lo otro lo consigue uno a como pueda, ya sabes cómo es esto… ¡Já! Así que el pinche Cholo es de la chota, y yo que lo hacía entrajetado en su oficina del quinto o sexto piso en algún edificio allá por Altozano, a lo pipiris nais el muy cabrón. Le prometo a don Armando que hablaré con su hijo. Nos despedimos. Me dice que cambie mi aspecto porque sí tienes la facha de profe, Francisco, con ese sombrero y esa barba y la camisa desteñida le das un aire a esos revoltosos que nomás se la pasan a grita y grita quién sabe qué tantas tarugadas; ya nos tienen hasta la madre, por su culpa trabajamos horas extras…, y sin paga que es lo peor.

Me olvido de las compras. Con la paliza de los polis lo único que quiero es un buen trago de tequila. Marco el número del Cholo.

—Ora huevitos, qué milagro, dónde andas.

—Aquí en Morelia —le digo. El silencio del otro lado de la línea es casi eterno.

—Me hubieras avisado con tiempo que ibas a la ciudad —su voz es opaca, casi temblorosa—, yo ando fuera, atendiendo un caso importante, llego mañana por la noche.

Sí, claro, pienso. Observo el vaso de café que ha dejado don Armando frente a mí: está casi lleno. Le digo al Cholo que acabo de hablar con su padre. De pronto se corta la llamada. Veo la pantalla del celular: cuatro y veinte. Cuelgo.

El hambre es insoportable. Esculco en mis bolsillos; sólo traigo el efectivo necesario para regresar a mi ciudad. Volteo hacia todos lados. Entro a uno de esos lugares fufurufus pues ahí aceptan tarjeta de crédito. Un par de viejas respingadas cuchichean entre sí. Siento su mirada fufurufa en mis espaldas. Volteo. Veo su pelaje postizo, sus pestañas postizas, sus tetas  postizas y su expresión postiza; todo en ellas parece ser postizo. Sonrío. Me acerco a  la caja y pido la orden. Observo al cajero. ¡Caray! ¿Será él? Con esa barba hipsteriana me resulta difícil reconocerlo pero… ¡Sí, es él! Golpeteo con mi mano en el mostrador para llamar su atención. Él finge teclear algo en la computadora. Creo que también me ha reconocido. Sonrío de nuevo. Ordeno un par de huevos rancheros con sopa y un refresco de Cola, como en los viejos tiempos, mi buen. Él ignora mi comentario, se limita a pedirme la tarjeta sin apartar su vista de la pantalla. Pinche Rano, le digo, conque la especialidad, ¿eh? Él me mira, advierto una ligera dilatación en sus pupilas. Luego enrojece. Las viejas se alejan hacia la salida del restaurant, parecen escandalizadas, quizá por lo inaudito de mi orden en un lugar así: ¡HUEVOS! Veo sus piernas postizas, sus culos postizos, quizá lo único natural en ellas es la mierda que sale por ahí. La carcajada es inevitable. Rano está pálido. Ven acá cabrón, le digo, dame un abrazo, ¡qué gustazo verte! ¿No me reconoces, o qué? Lo jalo de la corbata. Mis labios casi tocan su oído: ¡Soy yo, Panchito! De pronto siento algo pesado sobre mi hombro. La inmensidad humana está detrás de mí; su gordura es del doble o triple que la de los polizontes que me patearon en el estacionamiento. Parece tener la piel atizada con carbón y los dientes tan blancos como el marfil. Lleva puesta una camisa negra y un pantalón del mismo color; es un verdadero gorilón. ¿Todo bien, señor?, pregunta don gorila. Claro, le digo. ¡Usted cállese! Me grita. Las viejas se resguardan detrás de él, me ven como si yo fuera un verdadero terrorista. Tal vez traigo impreso en la frente las siglas de la T.E.N.T.E. Dicen que con el tiempo —y con las marchas— uno queda marcado, como estigmatizado. El muy cabrón de Rano me dice que no pasa la tarjeta de crédito y que además no me conoce, que nunca me ha visto en su vida y que si insisto en acosarlo se verá en la pena de pedirle a gorilez que me dé una patada en el fundillo y… No quise indagar la veracidad de la amenaza. Salgo sin probar bocado, al fin de cuentas a mí no se me dan esos lugares tan alzados. Tal vez la comida me iba a provocar una diarrea de antología.  

He llegado a mi casa un poco menos que muerto.  El reloj marca las doce de la noche. Voy directo a la cocina. En el refri sólo hay caguamas, cervezas y un traste de comida fermentada. No me importa el hambre, tampoco los moretes que traigo en todo el cuerpo; esto no es nada comparado con la sensación de perro apaleado que me persigue desde que salí rumbo a Morelia. Destapo una cerveza y me siento en la única silla que hay en la cocina. Cierro los ojos: mi primera vez. Sospecho que no será la última. Esto es tan común como un resfriado en el invierno, o como una diarrea después de comer en el mercado de San Juan. Destapo cerveza tras cerveza. Pienso en el Cholo; pienso en Rano. ¡Cabronazos! Me negaron igual que Pedro lo hiciera con Jesús.

Después de varias rondas me llegan los mareos, el gorgoreo en el estómago y las ganas de orinar. Necesito un chapuzón antes de ir a la cama y tumbarme en ella hasta que se me hinchen los ojos y la espalda y todo el cuerpo. Hoy no trabajo, ni mañana ni pasado ni toda la semana. No he de trabajar hasta que resuelvan todo esto; hasta que los de arriba terminen su jueguito y les lleguen a su precio; hasta que el gobierno deje de hacerse el pichicato y reparta a manos llenas lo que le cae de sus bolsillos.

Ahora que recuerdo, no podré dormir más allá de medio día. Debo ir a la supervisión antes de la una de la tarde. Hoy es quincena —papelito azul rectangular—, con buena suerte quizá también nos llegue un bono por ahí.

 

Ilustrado por Gustavo Coronel. Conoce más de su trabajo en su perfil de Facebook.

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