Por Ximena Cobos

 

A Rubén Arzaval se le rompió la verga y la sangre le sobrevino como una menstruación inesperada. Subió a su bicicleta y dejó a aquella chica de sexo ocasional tendida en la cama de su departamento de tanta que fue su desesperación. Se le había roto el frenillo, le dijo el médico que lo atendió con tanta tranquilidad que Rubén no entendía. Sólo paró la hemorragia y no hubo necesidad de suturar.

Al volver a casa se desvistió y entró en la ducha. Mientras se lavaba con cuidado su miembro encogido e indefenso, sentía el agua tibia caer por todo su cuerpo pensando en que no podría coger al menos por dos semanas, en lo que aquella pequeña herida se cerraba. Salió del baño, se vistió con algo que no hiciera mucha presión en aquella zona adolorida y tomó su bermuda manchadas de sangre que había arrojado al suelo sin cuidado de regreso de visitar al médico. En aquel momento pensó en Perfume de Violetas. No había tenido hermanas, jamás estuvo con una chica más de dos veces, ni hablar de una relación formal y, por lo que respecta a su madre, nunca pasaron tiempo juntos en casa como para notar ese ritual de dejar las pantaletas colgando de la llave de la regadera todavía con una mínima tonalidad café en el puente. Alguna vez, mientras cogía con una chica en la fiesta de un amigo de la facultad, sintió una lubricación más bien pastosa, una especie de humedad seca que le desagradó enseguida, al salirse de la vagina de la chica notó sangre en su pene y se alejó asqueado. Nunca volvió a verla.

En suma, aquella condición biológica le parecía repulsiva y ajena, pero por alguna extraña razón la mancha en su bermuda le hacía sentir un cosquilleo en el vientre bajo. Pensaba si lavarlas o tirarla a la basura, nunca había quitado una mancha de sangre. Finalmente, se encaminó al lavadero e inició el tallado pensando todavía en Perfume de Violetas. Cómo costaba trabajo deshacerse de una mancha de sangre, qué pedo con las morras que luego manchan sus calzones, se decía. Y todavía peor, qué pedo con tener sangrado cada mes y sentir que las chichis se inflaman y qué te den cólicos y todas esas mamadas que no sé por qué las morras siempre andan contando.

Siguió tallando sin un resultado alentador, así que dejó su ropa botada con un gesto de fastidio, mientras por su cabeza a penas se asomaba la idea de qué chingados se siente tener chichis y que alguien te las bese. Al servirse un vaso con agua y hielos también se cuestionó qué carajos es ese pedo de que alguien se meta en tu vagina.

Intentó dejar de pensar en la menstruación y mejor puso una película. Pero dos días después, cuando fue al súper, vio a una niña con su madre comprando toallas y siguió pensando en qué se siente que te salga sangre cada pinche mes. Cuando la cajera le cobró los 540 pesos de la despensa que había hecho aquel día no la escuchó bien pues se encontraba aún cuestionando cómo se sentirá que poco a poco te vayan creciendo los senos; por esto, la cajera hubo de repetirle dos veces más la cantidad.

Durante poco más de dos semanas no pudo coger, a la tercera lo intentó con una chica que recién había entrado al mismo gimnasio donde solía pasar todos los días de seis a diez. Naturalmente la llevó a su departamento, Rubén pensaba que ir a la casa de una chica era darle demasiada importancia. Luego de un cachondeo su erección se asomaba tímidamente, pero estaba listo para ponerse un condón y arremeter contra aquella mujer de pechos jugosos cuando ella tomó su pene y con un movimiento brusco bajó el prepucio hacia la base y se volvió a abrir. Al ver salir las gotas de sangre Rubén sintió cierto alivio, no era momento de coger, se dijo.

Le explicó a la chica, que se hallaba un tanto asustada, que no sucedía nada grave, no obstante, lo mejor para los dos sería que la acompañara al elevador y llamara un taxi desde la recepción. De regreso, Rubén se quitó el pantalón y su bóxer que, para colmo, era blanco; otra vez tendría que tallar una mancha de sangre de su ropa, se dijo con fastidio. Se sentó en la taza del baño y acarició su pene con cuidado, pensando que en verdad deseaba mucho un orgasmo y la punta mojada de su verga se lo hacía notar, sin embargo, un poco de sangre aún brotaba por la herida que no terminaba por sanar. Con su dedo índice comenzó a esparcirla sobre la cabeza de su pene, por un momento incluso tuvo la intensión de tomar su navaja de afeitar y abrirse nuevamente, no como un hecho masoquista sino como el primer acercamiento de una adolescente con su periodo, incitado sólo por las ganas de jugar son su propia sangre, sangre que no brotaba de una parte cualquiera de su cuerpo.

Días después, cuando salió de ducharse sin toalla en la cintura, pasó por el espejo de gran formato que tenía a la entrada de su cuarto cubriendo su miembro con una mano, este detalle lo dejó pensativo y antes de terminar de secarse el cabello decidió pararse frente al espejo y volver a cubrir su pene, puso especial atención en su pelvis y el nacimiento de sus bellos, rozó su entrepierna con un dedo y metió las rodillas para que su cadera se abriera, observándose a detalle hasta retirar la mano de su verga y hacerla hacia atrás en un movimiento que la ocultara junto con los testículos. Entonces se vio casi de perfil buscando que se notaran sus caderas, pero la alarma de su celular sonó indicando que era hora de ir a trabajar.

Rubén pensó toda la mañana en las caderas, pero no en las de todas las mujeres con las que había tenido sexo alguna vez, sino en las suyas. Por la noche fue al súper y antes de ir a la caja se dio un paseo por el área de lencería, miró cuidadosamente las pantaletas hasta tomar una de su agrado. Al llegar a casa tenía una especie de nervios que no recordaba alguna vez haber padecido, una ansiedad y una emoción que, no obstante, le daban algo de miedo. Tomó un vaso de leche, pacientemente, mientras se observaba en el espejo con su traje de corte recto y su corbata azul. Cuando hubo terminado su leche, se aflojó la corbata y la tiró al suelo, luego desabotonó su camisa y apresuradamente se quitó el pantalón, estaba desnudo nuevamente, sólo, libre, frente al espejo admirando la plenitud de un cuerpo de gimnasio, pasó su mano por sus pezones y deseó sentirlos tan erectos como los de una mujer, dos pitones que apuntaban el deseo en lugar de los pequeños botoncitos que le habían tocado. Tomó la ropa interior que comprara en el supermercado y se la puso, se miró al espejo apretadito, con el culo parado y perfecto, se metió la mano e hizo su pene hacia atrás, se miró al espejo intrigado pero satisfecho. Esa noche, Rubén se masturbó pensando en su propia figura sin nada ostensible al frente, fue su mejor eyaculación en años.

Una semana después, escuchó a unas chicas en el elevador de la oficina hablando en voz baja sobre la falta de periodo en una de ellas y los nervios que esto le provocaba, Rubén no sabía si tenían la misma sensación que él, pero algo le punzaba en la barriga cada que pensaba en la sangre que esparció por su pene, sentía como si le faltara un orificio donde meterse un dedo y hallar cierta sensación. No es que no deseara ya a las mujeres, simplemente que la idea de meter su verga en algún sitio había pasado a segundo plano. Ahora, Rubén deseaba sentir de otra forma, más adentro de su ser; anhelaba con cierto temor que le acariciaran el pecho unas manos que dibujaran una forma redondita; que le tocaran las nalgas y desde atrás sintieran su humedad brotando de una ausencia que cada vez se le hacía más necesaria.

Se depiló las piernas y dejó de ir al gimnasio. Su trabajo no le dejaba opción para el cabello largo, pero compró una peluca, sencilla, de color muy parecido a su cabello, a la altura del hombro y con un ligero fleco del lado izquierdo. No quiso probar con el maquillaje, temía parecer un adefesio, pero poco a poco comenzó con el rímel y un ligero brillo en los labios, unas semanas después, Rubén se pararía frente al espejo y se aplicaría por primera vez un rubor de tono rosado que no le desagradó. Quizá sabía que jamás tendría caderas, por eso no gustaba de usar prendas tan ajustadas en las noches en que comenzó a salir a los antros gays. Alguien en aquel lugar le recomendó a un cirujano, Rubén quería probar si había algo que le hiciera crecer senos propios y no unos saquitos de silicona que no sabía si lo dejarían sentir cuando unos labios y una lengua húmeda rozaran sus pezones.

Rubí renunció a su trabajo, busca un nuevo empleo e inició los trámites para cambiarse el nombre legalmente. Toma pastillas que la hacen sentir como una niña de secundaria viendo sus senos como florecer, no deja de tocárselos cada que puede y se siente muy feliz. Sabe que jamás va usar una toalla femenina, que nunca podrá sentir algo creciendo en su interior, pero sueña con poder pagarse su vagina y sentir por primera vez cómo se siente un dedo al interior

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.Ilustrado por Eunice Maldonado. Conoce más de su trabajo en su página de Facebook.

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