Por Juan Carlos Espinosa Cuock

 

Nació deforme, producto de la relación forzada entre un hombre senil y una muchacha. Abandonado por su madre y dejado a la suerte, sobrevivió y creció solo. La gente se lo atribuyó a muchas cosas, todas especulaciones; ya fuera el desproporcionado tamaño de su corazón, presunciones tan vagas como decir que el niño tenía unas tremendas ganas de vivir, o bien la extraña simpatía que despertaba entre los perros callejeros que lo asistían. Pero nunca escuché que fuera un milagro, aunque ciertamente poseía una contumaz resistencia al dolor y una sobrenatural capacidad para quedarse inmóvil, como si estuviera muerto.

Cuentan también que las hormigas se le subían a la cara como si fuera una estatua y que las moscas se le metían en la boca. Yo mismo le vi alguna caminando en esos ojos exageradamente abiertos e impasibles que nunca se cerraban. Tenían una siniestra expresión de sorpresa permanente; ojos demasiado ávidos de este mundo y sus impresiones, como si no quisieran cerrarse nunca. Su malformación también le impedía hablar con claridad. Jamás lo escuche emitir palabras, pero tenía un balbuceo articulado que ciertamente causaba miedo y también misericordia. Un sonido agudo y penetrante, que tenía un tono tanto de reclamo como de plegaria.

Sobrevivía de la caridad de la gente en aquella esquina de la plaza principal del pueblo. Los quince años que vivió en este mundo siempre estuvo allí, postrado en ese mismo lugar. Nadie supo exactamente a qué vino a esta vida, pero todos supimos cómo se fue. Encontraron una mañana su cuerpo, despojado de órganos y vaciado sin recato, abandonado una vez mas en la basura. Los perros —respetuosamente— no se lo comieron, y sólo las moscas y las hormigas asistieron a ese entierro secreto.

Mientras tanto, en algún lujoso quirófano, un hombre recuperaba de nuevo la vista. Al principio, el mundo lo arrolló con su fulgurante luz y detalles aumentados, que el médico juzgó normales por su condición convaleciente. Una vez estabilizada su renovada visión, aquél hombre sólo era capaz de ver las pequeñas grietas y detalles de una infinita plaza en la que nunca había estado; rojas y sinuosas líneas que se extendían hasta sus bordes la dividían en pedazos informes, la delimitaban. Estas líneas se movían y también se acercaban lentamente hacia él. Con horror, miró que eran hormigas. Al gritar, de su boca salió una bola negra y brillante de sabor metálico, que emitía un zumbido atroz. Vomitó y escupió cuanto pudo, hasta no sentir nada más que el regusto ácido y peludo del ultraje. El Doctor le hablaba, poniendo un reflector ante sus ojos y observando cómo sus pupilas dilatadas no se contraían en lo absoluto. Intentó abrirle la boca con las manos para mirar adentro, pero el hombre apretó los labios con fuerza y comenzó a llorar.

Las moscas en la boca eran intolerables.

 

traspaso-red

Juan Carlos Espinosa Cuock es arquitecto por vocación, investigador por necesidad y escritor de ocasión. Alterna su residencia entre Montreal y Nueva York y tiene un gusto especial por lo grotesco, lo distorsionado y lo misterioso. Su trabajo reciente se enfoca en temas urbanos y ficciones arquitectónicas.

Ilustrado por Paola Avendaño. Conoce más de su trabajo en su página de Pinterest.

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