Por Gilberto Nava Rosales

 

Encender la consola. Pantalla en negro: Logo //Nintendo 64// que se desvanece tenuemente. Ocarina de fondo: melodía de cuna. Presionar Start.

 

Fiesta de cumpleaños. Medio día. Un grupo de geeks parlotean sentados en el suelo mientras castean hechizos desde sus manos. Todo muy sano, miopemente sano. Accediste a ir por no tener nada más que hacer. Ocupas tu lugar en el círculo y observas.

 

Seleccionar partida. Tres minutos para llegar al único lago en el mapa de bits. Calzas tus botas de acero y cambias de indumentaria: una linda túnica azul que combina con el detalle de tus ojos.

Saltas al lago. Puerta cerrada. Switch activado. Las rejas ceden. Entras.

//Water Temple//

 

Noche. Ya se fueron dos insuficientes caguamas.

“Hay que salir por más”. Agrada la frase pero no la voz. Giras la cabeza para ver al enunciador. Recuerdas. Llegó a la mitad de la tarde. Llegó con ella. Llegó por ella. Alguien mencionó que aún había cerveza. Otras dos botellas que no alcanzan.

 

Te enteraste de ese calabozo por una revista y muchos comentarios emocionados y enfurecidos de tu primo.

Subir el nivel del agua. Bajar el nivel del agua//

Emplear una ocarina (también azul) con una canción de cuna para manipular el líquido.

 

Te enteraste de que esos dos ya salían juntos por los comentarios emocionados y enfurecidos de los amigos. Procuraste no encontrarlos. Evitaste sistemáticamente todo para no escuchar el archisabido comentario sobre un supuesto parentesco que les adjudicaron a ti y al (no tan) recién llegado.

La sala toma una consistencia más espesa trago a trago.

Nuevamente sin alcohol. Añadir la falta de dinero.

“Un mezcal”

//Presionar Botón A: Aceptar//

 

Calabozo infinito. Faltan llaves. Sobran llaves. Los corazones no aguantan, laten apresurados y un beep en tu cabeza resuena.

Cuando por fin resuelves un par de puzles y una batalla de pacotilla, llegas a una cascada con escalones descendentes (bajan por fuerza de la corriente y caen a un precipicio). Consigues subirlos, (piensas que se debe) más por un error en la programación que por pericia con el mando.

//Menú de pausa: Botella de poción roja a la mitad: sabe a sangre: sangre que recuperas//

 

Te acomodas en la silla y te ves preparar las bebidas. Una voz ajena (y tan parecida a la tuya) explica que el refresco de naranja, que un Tang, que salud, que otra, que la chingada…

 

La siguiente habitación tiene un espejo de agua. No sabes qué tan profundo es. Avanzas. Las botas de piel apenas se hunden: un charco-espejo de agua cubre todo el suelo salvo una islita en medio del destello blanco cegador que abarrota la pantalla. Tu reflejo sigue tus pasos en perfecta sincronía. Tocas tierra: sólo el espejo acuoso se interpone entre la puerta y tú. Avanzas.

 

A partir del quinto vaso de mezcal (a treinta pesos en un Seven-Eleven), pierdes la cuenta. La jarra nuevamente está llena y esa voz ajena (y propia) entona un brindis más por cualquier estupidez.

 

Si miras bien la pantalla, verás que tu reflejo se fugó.  «Bug» (piensas). Puerta cerrada: debes indagar, en ese cuarto vacío, por un interruptor. Das media vuelta y colocas la cámara detrás de ti.

“¿Otro vasito? Salud, wey, salud”. En la isla hay otra silueta. Corres hacia allá. Sorbes el mezcal –antes dulce, ahora amargo– «ya valió madres». Terminar de un trago el resto del fluido.

 

Tu sombra te confronta: ojos en rojo encendido y su cuerpo, una silueta ceniza. Viste como tú, se mueve como tú. Desenvainas la espada/desenvaina la espada. Golpeas/golpea: choque metálico.

Está(s) en el baño. Vas a buscar(lo). De espaldas a la puerta, frente a la superficie reflejante, quizá lavándose las manos mientras observa las pupilas de sus ojos. Charlando con aquel del cristal.

“No hay bronca, pásale”

Tomas asiento en el frío azulejo y confiesas que tienen una charla pendiente. Accede.

//¿Por qué?//

“¿Por qué qué?”

Choque metálico simultáneo. Tratas de rodearlo inútilmente: emula tu carrera. Estocada/estocada. Choque de aceros: gemido propio, mano herida. El oscuro doble: intacto.

«¿Por qué ella? ¿por qué ahora? ¿por qué tú?»

Tres golpes seguidos que fallas pero el reflejo, a fuerza de evasión y silencio, encaja.

“Por algo te eligió”

 

Zoom-in al inodoro: ruido gutural: oscuridad: ardor: flush.

//Dos corazones para aguantar//

//Ce izquierdo para un ítem: arco con flecha: tiro fallido. Ce izquierdo otra vez: lo mismo//

Estocada. La figura negra: equilibrista sobre tu espada. Mira hacia abajo: estás completamente indefenso:

“Lo estás haciendo bien, wey. Todo lo estás tirando en el excusado, no estás haciendo batidero, muy decente. Tú sácalo”.

Recompones posición. Lo miras a sus ojos rubí.

«No entiendo, ¿por qué? ¿para qué? ¿cómo?»

//Presionar Start para poner pausa//

Cambias de utensilios: el arco, la ocarina y el gancho quedan resguardados y tomas el fuego de Din, las bombas y un martillo enorme. Sigues el consejo que algunos años atrás leíste en la misma pantalla, pero con imágenes en dos dimensiones y de menor calidad: Si todo lo demás falla, usa fuego.

//Presionar Start para reanudar//

//Fuego de Din// La cúpula de fuego que te rodea y se expande no toca al oponente. «Idiota».

Tu sombra ya no te emula, ahora lucha libremente. Aprovecha cualquier descuido para clavar su espada en tu cuerpo. “Por algo te eligió/Por algo te eligió/Por algo te eligió”. Medio corazón y ese beep intermitente.

Lanzas la última llamarada que te permite tu barra de magia. Aciertas. La silueta se va y regresa más lista, más rápida, más hábil. Medio corazón de resistencia.

«Bombas». Quedan apenas cinco (según indica el subíndice de la imagen). Las desperdicias todas torpemente.

//«No basta y lo sabés. Esas respuestas de manual no bastan, lo sabés. No las necesito, no me sirven. ¿Por qué, mierda, por qué?»//

Sacas el martillo dispuesto a destrozar. No podrás usar el escudo. No importa: a estas alturas, la muerte está más cerca y sólo queda atacar, ir al frente, aunque la cara siga pegada a la cerámica y esos grumos de ardor, provenientes de tus entrañas, no hayan terminado su evacuación.

 

Golpes acrobáticos. Ahora tú imitas al esgrimista circense, pero no puedes. Cada giro/brinco/voltereta te coloca en una posición de blanco fácil. Apenas esquivas el asesinato.

Martillazo

«Imbécil». Tu cuerpo queda completamente expuesto. Nuevamente lo miras desde abajo.

“Esto es por tu bien”. Los ojos encendidos te dicen que no estás listo, te falta entrenamiento, recursos, aguante para la bebida y las nostalgias. Un par de dedos se encajan hasta tu campanilla para provocarte las arcadas necesarias que te quiten lo pálido y el alcohol inmetabolizable. Es inútil. Los músculos de la garganta, el abdomen, etcétera, ya están demasiado agotados (lo sabrás al día siguiente, cuando intentes reír y duela).

 

El algoritmo designa que, al morir, caigas de rodillas emitiendo un quejido. Así te desplomas en medio de la sala. Te desmayas sobre tu pecho y cara. Suelo frío y líquido.

La pantalla se oscurece.

//Game Over//

shadow-link

Ilustrado por Daniel Carrillo. Conoce más de su trabajo en sus perfiles de Instagram o Facebook.

La Marabunta

La Marabunta

Revista Marabunta es un espacio web para la publicación e intercambio de contenido literario y artístico. Somos una organización sin fines de lucro (por ahora) y autogestionamos nuestro trabajo para acercar al público una experiencia cultural diferente. Las opiniones vertidas en cada artículo y los comentarios que le retroalimentan son responsabilidad del autor o persona que los emite, así como el material visual (expcepto las ilustraciones de uso libre y de arte universal). Para cualquier comentario, duda, queja o donación (de cualquier tipo) contacte a la mano que mese la cuna en contacto@revistamarabunta.com

Otros textos

Comentarios

comments