Por Ana de Anda Martínez

 

The Lobster (Yorgos Lanthimos, 2015) se sitúa en una sociedad distópica en la que no está permitido quedarse solo. Frente al abandono o ausencia del ser amado, los habitantes deben recluirse en un hotel para encontrar una nueva pareja. Si al cabo de 45 días a partir de su ingreso los huéspedes no se han enamorado, serán convertidos en el animal de su preferencia con el objetivo de continuar la búsqueda amorosa y de esta forma, quizá, tener éxito. Tal es la premisa del filme más reciente de Lanthimos, que por primera vez graba fuera de Grecia, en inglés y con actores internacionales, abriendo las puertas a una crítica más amplia y al mercado global, o al menos al de este lado del Atlántico.

En esta sociedad alterna, la vida en pareja se reduce a un intercambio de seguridades, junto a una serie de beneficios y ventajas recíprocas. Uniformados desde su ingreso al hotel, los huéspedes son despersonalizados y homologados en una gran masa de solteros, y al espectador sólo le queda conocerlos por su rasgos más distintivos, del mismo modo que distinguiríamos a un lobo en una manada. Así sabemos que al protagonista, David, un hombre corto de vista (Colin Farrell), lo acompañan una mujer con hemorragia nasal, la mejor amiga de la mujer con hemorragia nasal, un hombre cojo, un hombre que cecea, una mujer a la que le gustan las galletas y una mujer sin corazón.

En contra de la noción de diferencia, la cual impone una confrontación de dos figuras, dos posturas con representaciones disímiles y a la que el filósofo Alain Badiou ha definido como una de las premisas fundamentales del amor [1], quienes logran enamorarse lo hacen por sus características en común; así se forman parejas como la pareja con hemorragias nasales o la pareja de bella voz. Además, el hotel otorga una serie de facilidades para minimizar el riesgo de quedar solo de nuevo, lo que Badiou nombró como “amor riesgo cero”[2], es decir, un amor aséptico, un amor sin los riesgos del amor, sin la experiencia de la alteridad, más cercano al hedonismo y a las distintas formas del goce.

Quienes al término de su estancia siguen tan solos como llegaron son llevados al cuarto de transformaciones, no sin antes gozar de un último día de humanos, a semejanza de los condenados a muerte. A estos pobres sentenciados se les aconseja invertir su tiempo en actividades que no podrán hacer como animales –lea un libro, vea una película, disfrute un concierto de ópera, en cambio no tenga sexo, no dé un paseo– lo que cuestiona hasta dónde trazamos la línea de la animalidad y lo humano. En la hojalatería visceral que los convertirá en la bestia elegida se conservan la mayor cantidad de piezas originales posibles y la personalidad, según varios fragmentos de conversaciones que escuchamos a lo largo de la película. Resulta interesante que frente al fracaso de la especie humana por mantenerse unida, cada huésped elige un animal afín a su persona, como promesa de ser amado por lo que es.

Frente a esta sociedad que reprime cualquier rasgo de soledad, incluso la masturbación, surge una rebelión de loners (solitarios), a quienes los habitantes del hotel deben cazar a cambio de un día más como humanos. Después de varios fracasos, David, el hombre corto de vista, se une a este grupo de rebeldes para encontrar que aquí cualquier manifestación amorosa es severamente castigada. Esto no representa un problema hasta que entre los solitarios conoce a la mujer corta de vista (Rachel Weisz), de quien por supuesto se enamora, mostrando que el amor no es un acontecimiento previsible o calculable, aún cuando lo administre un Estado que prometa lo contrario.

Exiliados del hotel y la ciudad con parejas, el hombre y la mujer cortos de vista deben idear un sistema de comunicación secreto para no ser descubiertos en el grupo que defiende el derecho a la soledad a diestra y siniestra. Al mismo tiempo, con el resto de los solitarios participan en una guerrilla que busca desestabilizar la sociedad establecida.

Este filme exhibe lo absurdo de las luchas entre gobiernos totalitarios que fundamentan sus respectivas acciones en nombre del bien común, propugnándolas como algo normal y deseable. De manera análoga al régimen que hace obligatoria la compañía y en función de ello muestra al amor como un contrato de aseguración y comodidad, lo que nace como un movimiento de resistencia pronto se convierte en una nueva sociedad prohibicionista que en nombre de la libertad del solitario sanciona el coqueteo, las caricias, los besos, el sexo y hasta las miradas cómplices.

La idea de un otro que no entendemos o no buscamos entender ha estado presente desde Próspero y Calibán, o la civilización y la barbarie en el Facundo del argentino Domingo Sarmiento, hasta series muy recientes como los otros en Lost o los salvajes al otro lado del muro en Game of Thrones. The Lobster explora la otredad en distintos niveles, no solamente dentro del hotel donde el amor se concibe a partir de la identidad y no de la diferencia, sino también la que está presente entre los huéspedes y los solitarios que deben cazar en beneficio propio, como un recordatorio que dice “tú también estás solo, pero no deseas estarlo”.

 

Bibliografía citada:

Alain Badiou y Nicolas Truong, Elogio del amor, trad. Ana Ojeda, Buenos Aires: Paidós, 2012.

 

[1] Para Alain Badiou, que se apoya en las ideas de muchos otros filósofos, la diferencia es la condición del amor, el cual felizmente, lejos de agotarse, sigue siendo un tema de discusión. Cf. Alain Badiou y Nicolas Truong, Elogio del amor, trad. Ana Ojeda, Buenos Aires: Paidós, 2012, p. 33.

[2] Alain Badiou, op. cit., p. 12.

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Ilustrado por Eric Esparza.

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