por D. Arce García

 

I

A pesar de que me dedico a las letras, en realidad nunca he sido muy adepto a leer cuentos. Sin embargo, por el mero oficio, sé que uno de los trucos usuales del narrador, sobre todo cuando busca crear suspenso desde el principio, es el de la prolepsis descarada. “Muchos años después recordaría…”, comienzan, o bien, “No fue sino hasta el final que comprendí…”, y completan la oración con alguna fruslería cualquiera. Los zapatos, el color de pelo, la cantidad extraña de pájaros en pleno invierno. Algún detalle menor, en fin, todo en aras de que el lector se enganche, intrigado por la sutileza del enigma: ¿cómo es que toda una historia de dolor, de sangre, de rencor, de histeria, de humanidad a fin de cuentas, se ha disparado por semejante tontería?

Les digo esto en parte para pedir disculpas por lo formulista del principio de mi historia, ya que para un tipo como yo —con mi profesión, quiero decir— caer en el cliché de escritor principiante es un incordio eterno, como tirar la sal o romper un espejo pero a la mayor potencia.

Mas hay otra razón: ahora comprendo de dónde viene esa fórmula. Viene de la verdad. No son los cuentos los que se disparan a partir de pequeñeces ni los cuentistas mañosos quienes eligen la imagen más insignificante como soporte para su rueca de hilandero en aras de verse muy listos al final. Digo, no dudo que pase a veces, pero no es una imperativa ni una norma. Más bien es la vida la que se urde con delgadísimas hebras transparentes: acciones, objetos y palabras por las que uno pasa sin reflexionar y que sólo regresan en el momento justo, el decisivo, cuando es demasiado tarde, entonces sí engrandecidas, hechas obvias por la retrospectiva y convertidas de inmediato en latigazos de comprensión y arrepentimiento.

Para mí, todo comienza con la tercera vez que fui al departamento de S. y con la caja de botellas de vino que nos puso de humor para hacer confesiones. O no: puede ser que para entonces ya estuviera yo juzgado y condenado, simplemente un cuello en el patíbulo esperando el golpe del verdugo. En ese caso todo empezó antes. Es imposible saber cuándo.

Hacía unos meses que me había mudado al edificio Tezcatlipoca, un mastodonte antiguo de seis pisos hacia el poniente de la ciudad. La renta del lugar era bastante baja considerando lo céntrico de la zona; me imagino que a la administración le daban pena las descaradas telarañas y los “puto el q lo lea” en el elevador. O puede, quizá, que cobrar de menos haya sido siempre una política deliberada del edificio, una especie de caridad, esto considerando que los inquilinos eran —desde hacía ya décadas— casi todos artistas, dizque-artistas, intelectuales, pseudointelectuales, en fin, la usual calaña de bohemios con la que uno suele convivir cuando se dedica a las humanidades. La teoría de la caridad tiene más sentido que la de la vergüenza, porque en el año y medio que viví allí nunca noté que a los administradores del edificio les importara gran cosa si vivíamos o moríamos.

En un ambiente tan relajado uno se encuentra muchos dolores de cabeza: violinistas ensayando desde temprano, perros chihuahua que ladran con el ruido, humo de dudosa procedencia en el cubo de las escaleras. Pero también hay pequeñas bendiciones que uno no suele hallar en otros apartamentos de la ciudad, todas ellas derivadas de la aceptación casi total del otro que reinaba en el Tezcatlipoca: la libertad de poner la música fuerte, de mudarte con todo y dos gatos, de apilar cajas de libros en el pasillo sin que nadie se incomode ni te los robe, y eso sólo por nombrar lo que yo hice. Era un poco como vivir en la Edad Media, o al menos en ese sitio readornado que nuestra imaginación narrativa desde Tennyson hasta Corazón de caballero suele llamar Edad Media: un sitio sucio, con suelo de paja y constantes plagas, donde la amenaza del vicio sexual y narcótico siempre acecha a la vuelta de la esquina, pero que es de algún modo alegre y se sirve del ocasional banquete o concierto de laúd para nutrir una atmósfera vecinal nunca negada al trueque y a la ayuda entre hermanos cósmicos.

S. vivía en el departamento frente al mío, que era el 619, y aunque decía ser pintor yo nunca lo vi vender un lienzo. Más bien se sostenía dando talleres de dibujo y manualidades en Coyoacán y vendiendo a 20 pesos ilustraciones que cargaba en una carpeta. A veces las cortaba en forma de separador y cazaba estudiantes de literatura. Era una de esas personas vívidas, a quienes un día ves del otro lado del edificio y sabes de inmediato que serán algo en tu vida —amigos o no—. Llevaba el pelo largo y en rastas, una barba tupida y algo que aparentaba ser un cigarro en la boca, pero que en realidad, supe después, eran paletas de miel de abeja o eucalipto. Los días que tenía taller regresaba siempre sin haberse quitado el delantal de hule oscuro manchado invariablemente de un amarillo ocre, agresivo, que lo hacía visible desde una milla de distancia. Fuera de eso no salía de casa más que para comprar comida y el periódico. Tenía unos 25 años.

Un simple hippie, pensarías si lo ves de lejos, pero les digo: era una persona vívida, a la que uno terminaba viendo de cerca de un modo u otro como por mandato o magnetismo; entonces uno se daba cuenta de algo en su mirada que no iba con el simple estereotipo, algo que no era precisamente inteligencia, pero sí una sensibilidad despierta y serena que ponía cómodo e invitaba a la conversación. Un día nos encontramos en el elevador y al momento de salir él tiro una ilustración de su carpeta: dos figuras largas delineadas con aquel amarillo tan característico y reflejadas en la plata nebulosa de un espejo sucio, o bien una piscina circular. La recogí y le dije que me recordaba aquella pintura de Van Eyck donde se ve una pareja agarrada de la mano y reflejada en un espejito a sus espaldas. Me regaló la ilustración. Congeniamos de inmediato.

Pasé por su departamento un par de veces, tomamos una cerveza y hablamos de pintura, sobre todo, porque él no solía leer mucho. ‘No soy muy de palabras’, decía. Su voz era baja, unos días hasta ronca.

El departamento era un desastre pintoresco , todo en él manchas de pintura y pinceles desperdigados. Y plantas, al menos treinta plantas diferentes en pequeñas jardineras de madera. No eran plantas de ornato. Había una plantita de marihuana en un rincón y una de salvia, pero se notaba que la droga tampoco no era la razón de ser de aquel jardín. Identifiqué, más que nada, plantas medicinales de esas que usan las abuelas para el mal de ojo y cosas por el estilo. Había un atrapasueños colgado del techo. Cuando fui a usar el baño en una ocasión encontré botellitas de medicina sobre el lavabo, pero eran ungüentos y pastillas de árnica, de esas azucaradas que venden en las tiendas naturistas. El tipo no ha probado una aspirina en su vida, pensé.

La tercera vez que fui a su departamento era un sábado, el día que impartía su taller, y recuerdo que pasó a invitarme en la mañana antes de irse a Coyoacán, cosa que era inusitada —normalmente sólo nos encontrábamos en el elevador o en la puerta y nos quedábamos charlando—. Me dijo que pasara como a las 7, pero llegó hasta las 7:30 vistiendo su mandil de hule y haciendo malabares con la carpeta de ilustraciones y una caja de ese vino chileno que sale como a 60 pesos por botella.

Al principio hicimos la plática usual; me enseñó unas de sus ilustraciones nuevas, superficies planas con juegos lúgubres y distorsionados a dos colores que me recordaron a Rothko y al Turner más tardío. Se lo dije, pero, como siempre, no parecía tan interesado en mi historia del arte y mi esnobismo libresco. No es que se lo tomara a insulto ni mucho menos, sino que parecía sinceramente ser de esa raza artística —tan extraña hoy en día— cuya obra existe porque cumple con una necesidad visceral, cruda e inevitable, y no porque el autor quiera imitar a alguien o colgarse de algún discurso de moda. Siempre que yo hacía un comentario de ese estilo, él sólo sonreía —no con satisfacción, sino por no saber qué decir— y luego se soltaba a hablar sobre el artista con quien yo le había comparado. ‘Turner pintaba como un hombre lobo atacando el lienzo’, me dijo aquella vez y continuamos hablando de las acuarelas y los óleos históricos de aquel maestro sin que S. reconociera o al menos pareciese recordar mi comparación.

Mas al paso de las copas, la charla se fue transfigurando. Yo nunca había preguntado gran cosa sobre su vida, en parte porque sabía que los artistas suelen tener pasados duros y complejos, los cuales tornan las conversaciones tristes, pero también porque S. parecía existir, sobre todo, en y para su arte. No sé si me explico. No era pura carne y hueso. O quizá sólo le estoy imaginando un aura de beato ahora que ya pasó todo. No lo sé.

Mis recuerdos de aquella noche son vagos gracias al vino y al tiempo, pero podría jurar que no pregunté nada personal. El caso es que terminó por contarme. Venía de Veracruz, me dijo, de una familia que había hecho algo de dinero en el petróleo pero cuyas verdaderas raíces eran como curanderos. Él había aprendido de su abuela varias cosas sobre ese arte y ella le regaló los artefactos que poblaban el apartamento —piedras, plumas y cristales reflejantes—, así como la inclinación a la herbolaria. Sin embargo, una noche su abuela, en trance, le reveló algo que no debió, algo sobre su persona que lo perturbó al punto de hacerlo escapar a la ciudad para borrar la plana. No me dijo, en ese momento, cuál era la revelación. No me dijo tampoco si su abuela seguía viva; tal vez ni siquiera lo sabía. Yo también le conté mi historia, pero la verdad no es nada interesante junto a la suya.

Me fui poco antes de la media noche porque dijo que necesitaba prepararse una infusión y unas compresas para la tos.

Ya fuera de su departamento, antes de que cerrara la puerta, entonces sí le pregunté: ‘Y a todo esto, ¿qué estamos celebrando?’ Él miró hacia abajo por un momento, como deliberando qué debería decirme. O cuánto.

‘Digamos que es un cumpleaños doble’, respondió al fin.

 

II

Al año siguiente, me preguntaba si S. tenía pensado invitarme a tomar algo de nuevo. Poco había cambiado. Yo había conseguido un trabajo dando clases al norte de la ciudad y ya no pasaba tanto tiempo en el edificio como antes, pero S. seguía dando su taller y llegando por la tarde con el delantal manchado. Al menos eso creí ver. Seguíamos platicando, pero era menos frecuente y con más prisas y hubo cosas que no noté o cuyo sentido no supe discernir. No me culpo: eran cosas menores, pequeñeces que nadie hubiera tomado por lo que eran. Eran otras de esas tonterías que luego se convierten en semillas para los cuentos.

Primero, el amarillo chillón que manchaba su delantal se fue deslavando de a poco y fue recubierto por azules oscuros, grises, incluso negros. La textura de sus ilustraciones también se hizo, en esos meses, mucho más lisa y sintética. Por momentos ya no me recordaba tanto a Turner, sino a una versión fúnebre de Mondrian. Su tos también se fue poniendo peor, más rasposa, y recuerdo haberle dicho una vez, en un impulso natural, que fuera al doctor, pero se me quedó viendo como si hubiera escupido en su ensalada y de inmediato sentí el peso de mi error. Ese día me echó un sermón sobre las veintisiete cualidades curativas del propóleo y me dije, Bueno, por lo menos está de buen humor.

Al final, cuando llegó la fecha, no me invitó a ningún lado. De hecho no lo vi salir en todo el día. Pero es claro que salió por el periódico la mañana siguiente, porque llegó a mi departamento a eso de las 9, casi tumbando la puerta a golpes. Ya no estaba de buen humor.

Entró sin pedir permiso, antes de que le preguntara qué tenía, y se tropezó en la entrada con una pila de libros que casi le cae encima a mi gata gris, Reneé. Tenía el periódico apretujado en el puño derecho, luego lo aventó encima de la mesa de mi sala y se tiró en el sillón con la mirada catatónica. Supe que no iba a conseguir que me explicara la situación en esas condiciones, así que dirigí mi atención al periódico primero.

Lo tenía abierto en la sección de cultura, lo cual no me decía mucho. Daban reseñas de una exposición en Bellas Artes, de un concierto en la Ollin Yoliztli y otras cosas de costumbre, pero hasta abajo de la página, en un recuadro pequeño y sin ilustraciones, encontré la única noticia remotamente traumática. Unas semanas antes de montar su primera exposición fuera del estado, rezaba el texto, había muerto en Veracruz una joven escultora, de nombre Z. ‘Un paro fulminante’, rezaba sin más el texto sobre su muerte, como si la vida fuera un impulso absurdo que te jala hacia adelante, visceral y ciego, para estrellarte un día de bruces contra un muro. Y después nada. Punto. El resto del articulillo eran declaraciones de parte de voceros de Cultura del estado, lamentando la pérdida de una persona con quién seguramente no pasaron de un apretón de manos hipócrita en alguna ceremonia. Las cosas que le hacen a uno de muerto. Le preparé un té de boldo a S. y unos minutos después comenzó a volver en sí.

‘Es esto, ¿verdad?’, pregunté señalando el artículo.

Asintió.

‘¿Qué onda? ¿Era… tu prima o algo?’ Pregunta estúpida, pero no veo cómo hubiera podido pensar otra cosa.

S. se recogió sobre sí mismo y bajó la mirada al suelo con un suspiro, como preguntándose de nuevo, y esta vez con mucha mayor profundidad, qué habría de contarme. Cuánto. Supongo que decidió en ese momento que dada la gravedad de las circunstancias —el apremio del tiempo, pensé después— lo mejor sería contarme todo. Lo hizo de manera fragmentaria, sin embargo: su voz muy ronca y apagada del espanto.

‘No. Es… Cuando mi abuela… ¿Te acuerdas que mi abuela me dijo algo malo?’

‘Sí’.

‘Es sobre ella. Estamos unidos. Dobles. Caminos paralelos, dijo. No la conozco, pero así es. Un conjuro entre familias viejas de Veracruz’.

No sabía muy bien qué decir. Una parte de mí quería reírse. No era una tragedia familiar o privada después de todo: la escultora era una desconocida que había muerto y que sólo importaba en este instante porque S. y sus ancestros estaban locos. Pero también sé que la superstición no es, para la gente que ha crecido moldeada por ella, el mismo abrigo removible que para los cínicos agnósticos y enemigos de la creencia que hay en la ciudad (los tipos como yo). Para gente como S., la superstición es más bien una condición de vida así como el aire, la lluvia o los temblores, o como aquél sujeto tácito que, según Paul Auster, abarca omnipresente a toda la existencia en frases como “hace frío” o “hace calor”. Decidí que burlarme de sus raíces no era adecuado, pero que debía mostrarle racionalmente, con pruebas y suavidad, su error.

‘No, pero a ver, aquí dice que ella iba a tener su primera exposición y tú…’

‘¿Y yo no hago nada?’

‘No, pero no me has dicho de ninguna exposición’.

‘Eso no importa. Es superficie. Es como el que ella sea escultora y yo no. Lo que importa es que somos artistas, nacimos a un día de distancia y así nos vamos a ir’.

Callé.

‘Y aparte…’, no pudo continuar porque lo acosó la tos, pero sacó un trozo de cartoncillo doblado del pantalón. Tenía un nombre y un teléfono. Esperé a que pudiera hablar un poco.

‘Un tipo que fue a verme al taller. Dizque quería poner mis cosas en una galería que tiene por la Roma’. Era escabroso escucharle hablar en pasado sobre sí mismo.

La tos no se calmaba, y entre convulsiones me dijo que tenía remedios en su casa, que lo llevara por ellos y regresáramos a mi departamento porque no se sentía seguro él solo con los artefactos de su abuela. Ya veníamos de regreso con una tetera y unas compresas herbales cuando una de las lámparas del pasillo, uno de esos tubos de fluorescencia amarillenta, se desprendió justo encima de nosotros y le golpeó la cabeza, tirando al suelo, además, la infusión de propóleo. Como pude lo cargué dentro; su herida no era grave; estaba consciente, asustadísimo; balbuceó algo sobre un ungüento para los golpes que también tenía en su departamento. Después de irlo a buscar y dárselo, con él recostado en mi sillón, bajé hecho una furia a discutir con el administrador del edificio. ‘Fue al Oxxo’, me dijo apática su hija, una malcriada de trece años, sin levantar apenas la vista de su tablet. Las cosas que le hacen a uno de vivo.

Habré esperado al administrador unos diez minutos. Llegó con unos cigarros y un sidral y puso una cara escandalizada, como incrédula, cuando se dio cuenta de que yo no estaba allí para admirar el paisaje, sino para hablar con él. Un inquilino, qué horror, osando invadir su privacidad, interrumpiéndole antes de que abriera su refresco y revisara si ya había empezado el partido. En un edificio tan liberal y barato como el Tezcatlipoca, no es usual que los inquilinos se quejen; de hecho casi se le considera de mal gusto. Pero una cosa es encontrar un nido de arañas en el cuarto de lavado y otra que las mismas instalaciones casi te descalabren, o peor aún, que casi descalabren a tu amigo justo cuando piensa que está condenado a muerte por un conjuro.

Tomamos el elevador sin cruzar palabra y antes de llegar a mi puerta, a cuyo pie yacía la lámpara rota, él comenzó a caminar rápido, como si justo ahora, después de todo el numerito, quisiera pretender profesionalismo y alarma. A lo mejor quería unos segundos a solas para encontrar una excusa con la cual culparme del desperfecto y cobrarme la lámpara. El caso es que se me adelantó unos pasos y cuando llegué ya no estaba inspeccionando los restos de vidrio en el suelo, sino mi puerta.

‘¿Qué te traes adentro? Algo suena raro’.

Escuché. Era un sonido rítmico, siseante, como uñas en un pizarrón. Abrí.

S. no estaba en el sillón, sino en el suelo detrás de la puerta, tratando en vano de alcanzar el cerrojo. No podía respirar, comenzaba a ponerse gris. En contra de la disciplina naturista de mi amigo, le grité al administrador que le hablara a una ambulancia mientras yo trataba de reanimarlo, pero todavía no terminábamos de pedir ayuda por teléfono cuando supe, inexorablemente, así como se debe saber la muerte propia en el momento dado, que la megalópolis inmensa y cruel en que vivimos —ese pulpo amorfo e ingente con su tráfico infinito y su bondad nula— nos iba a jugar una de sus trastadas usuales; como siempre, en el peor momento posible. La ambulancia terminó siendo un Godot que nos quedamos esperando y S. ya no llegó a ver. Recuerdo su estertor; su piel opaca.

Ataque fatal de asma, dijeron los paramédicos al final, agravado por una fuerte alergia. Lo había dejado a solas con mis dos gatas en un departamento cerrado. Ahora ellas miraban con curiosidad a todos los extraños congregados en la puerta, las dos impávidas y sin sospechar, probablemente con un poco de hambre. La blanca, Emily, siempre muy tranquila, se fue a dormir incluso antes de que se llevaran el cuerpo.

Esto lo había dicho antes: la vida son millones y millones de delgadísimas hebras transparentes; acciones, objetos y palabras por las que uno pasa sin reflexionar y que sólo regresan en el momento justo, el decisivo, cuando es demasiado tarde, entonces sí engrandecidas, hechas obvias por la retrospectiva y convertidas de inmediato en latigazos de comprensión y arrepentimiento. Esto no lo he dicho: no es culpa nuestra. Es una trampa irresoluble. Quiero pensar. Y quiero pensar también que nadie sería tan despiadado como para juzgarnos desde los cielos o cualquier otro lugar por las debacles que causamos de buena fe, cual idiotas trágicos, ciegos manoteando en un laberinto de cristal. Como si la vida fuera un impulso absurdo que te jala hacia adelante…

La sola idea de vivir en el edificio me pareció repugnante desde entonces y comencé a buscar otro lugar poco después. Una parte de mí no volvió a tomar aire sino hasta el momento en que entregué la llave del departamento al idiota del administrador y me largué para siempre. La familia de S. se llevó el cuerpo a su pueblo y de ellos nunca supe nada. Trabajo como editor fuera de la ciudad y a las gatas les agrada el aire limpio. Pero todavía hay algo más que me preocupa.

Todavía me tomó unos cuantos meses tras la mudanza, pero un día me armé de valor y googleé a Z., la escultora veracruzana. Como era de esperarse, un blog local había reportado su muerte con mucho más detalle que el periódico nacional que S. compró en su último día: el infarto fulminante sobre el que leímos la alcanzó tras sentirse mal saliendo del gimnasio, a donde iba en compañía de su vecina, quien apenas pudo regresarla por un vaso de agua a su departamento —el 916—antes de que el episodio cardiaco se saliera de control. La nota iba acompañada de una fotografía de la chica, probablemente tomada en aquella ceremonia donde estrechó las manos de los burócratas que a la postre lamentarían su muerte en el periódico. Vestido negro, ojos avellanados, cabello más bien corto y asimétrico. Mucho más refinada que S., uno diría. Su doble no era. ¿Caminos paralelos? No sé.

Por más que lo lamente, no puedo sentirme mal ni pensar mucho en ella. La verdad es que ha llegado un punto, horriblemente, en que ni siquiera mi amigo S. representa para mí el mayor punto de interés en esta historia.

Soy yo. Es la vecina de Z.

¿Quién es esa cuarta persona? ¿Qué somos uno del otro? ¿Hasta dónde llega el espejo?

espejo-red

D. Arce García (1993), qué tal, mucho gusto. Bien, ¿y usted?

Ilustrado por Idu Zshugost. Conoce más de su trabajo en su página de Facebook o su perfil de Instagram.

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