Por Juventino Sevilla Pineda

 

Las piedras nunca olvidan,

los hombres sí.

 

A las seis de la mañana se alumbró el mundo: todo era como un sol opaco pasado por agua. Despertó con la sensación de haberse quedado unos minutos dormido, sin darle tiempo para soñar con nada. Un frío gélido y la sed de alcohol incontrolable lo hicieron abrir los ojos. Bajo cartones y periódicos viejos, tierra suelta, que le servía de cobija, la sintió como ya en otras ocasiones le había acontecido. Fue una mordida de rabia. Aventando todo a un lado, con un poderoso movimiento de cuerpo se levantó: ¡y allí estaba! Tiernamente acurrucada sobre su pecho, como si durmiera el sueño de los justos; la pinche piedra atascada de barro.

Aquiles la cargó con ambas manos. Dándole vueltas en el aire la arrojó con todas sus fuerzas al arrollo vehicular; casi golpea un auto que a esas horas pasaba por ahí. La hija de su puta madre cayó sobre el camellón de enfrente, en medio de un gran charco de lodo, sin siquiera inmutarse. Echando espuma por la boca, telarañas de maldiciones, su mirada furibunda giraba en vendavales; a diestra y siniestra, sin encontrar al culero cabrón culpable de aquel sucio e imperdonable atropello.

—¡Hijoeputa ya sé quien eres weon, nomás te agarró y te mato cabrón!, ya estoy hasta la madre que a diario me pongas esta cochinada pinche de sucia piedra en mi pecho. ¡Maldito trúan cara de simio!

Hacía un mes que Aquiles pasaba las noches echado bajo el puente de río Churubusco, esquina con el eje seis sur, asomado en el precipicio de la incertidumbre. Sólo abandonaba su refugio para ir a comprar alcohol de farmacia al centro de Iztapalapa. Esa mañana el frío estaba helando hasta el tuétano, su sombrero apenas podía disimularlo: se había convertido en un sucio teporocho al que su familia había abandonado a su suerte.

Trastabillando y tembloroso por la resaca, arrastraba los pies y caminaba tanteando las paredes. Como pudo atravesó la peligrosa gran avenida, internándose por los callejones del lugar: De la Cruz, San Ignacio, Ticomac, Pachicalco, Tierra bendita de María Santísima y señor San José, hasta llegar a la avenida Cinco de Mayo; ahí encontró la farmacia. Una vez hecha la compra se aplastó en el jardín Cuitláhuac del centro de Iztapalapa. Un enjambre de teporochos, compañeros de su mismo dolor, lo rodeó al instante. Entre mujeres, niños y viejos, la botella de un litro del mortal veneno se desvanecía ante sus embotados ojos.

La noche llegó sin avisar. El frío lo hizo desamodorrarse apenas, echando sus pasos perdidos a andar. Caminaba obnubilado en sentido contrario por las calles, solamente su instinto lo guiaba hacia la guarida. Elevó la mirada como si buscara un sitio para dormirse, una o dos veces lo asustó el claxon de un auto a punto de arrollarlo; era entonces cuando mentaba madres por los aires sin voltear siquiera a ver.

A pocos metros del puente, sobre el camellón anegado de lodo, vio relumbrar lo que a él le pareció una preciosa piedra. En cuanto la miró la reconoció en el acto: le había llevado mucho tiempo, casi hasta secársele la mollera, pero al fin había dado con la piedra filosofal. Agachándose, con suma ternura la arropó entre sus viejos harapos, hablándole cariñosamente:

—Venga acá mijita, ¿por qué tan solita, a ti también te abandonaron? No te preocupes; no seas tontita, que yo cuidaré de ti. Pero ya está haciendo un chingo de frío, mejor nos vamos a dormir.

 

El crudo frío de la madrugada despertó a Aquiles otra vez. Aventando los cartones a un lado se levantó bruscamente: y ahí estaba la piedra negra lodosa hijaeputa, descansando en su pecho por enésima vez, con una pesantez que le impedía respirar.

—Otra vez, ¡maldita sea mi suerte!, ¿quién carajos me hace esto?

Volteaba vertiginosamente la cabeza en todas direcciones, buscando al culpable de la maldita broma, y poniendo ambas manos a manera de altavoz sobre su boca, desesperado le gritaba:

—¡Ya sé quién eres cabrón, sigue chingando y te voy a partir tu madre!, nomás deja que te encuentre; no te la vas a acabar.

 


Dr. Juventino Sevilla Pineda

Semblanza biográfica: Estudió la carrera de Médico Cirujano en la Universidad Nacional Autónoma de México y realizó una estancia de posgrado en Cirugía General en el Hospital Central Norte de PEMEX; ha colaborado en las revistas Trajín, Hysterias, Marabunta, Destiempos, Al margen, y ha publicado los libros Cuentos para dormir con un ojo abierto, Cuentitos caseros para alimentar demonios y Cuentos que me contaron los muertos.

Algo de su trabajo puede ser consultado en el blog:

Alimentoparademonios.blogspot.mx

 

Ilustración por Moedano Chaneke (Gabriela Moedano #gamo)
instagram: @gamogian.

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