Hoy, después de lavar los pinceles ha vuelto a mi memoria el rostro grosero y seco de mi madre, el primero que retraté y del que no fui capaz de capturar sus gestos más simples, los más banales, aquellos que se encuentran dotados de un menor grado de heroísmo pero que transmiten las emociones sutiles que surgen del refinamiento de un alma.

Reconozco que los filósofos tienen razón cuando dicen que las cosas vienen a nosotros deseosas de transformarse en símbolos: Mi madre me ha arrojado al mundo dotado con el sable afilado del genio y ahora, incluso muerta, es lo suficientemente sabia como para proveerme de la resolución de matarme una vez que haya dado los últimos trazos a mi obra maestra.

Tal vez sea justamente por ello que hoy te percibo más hermoso de lo que realmente te he hecho, puesto que estás destinado a llenar mis ojos y mi espíritu en los momentos finales.

No necesito decirte que empecé a pintar para poder aprehender el mundo de luz, de paseos matinales, de amistad y de juegos que se me había negado debido al mal estado de mi salud.

Y sin embargo cada día descubro que le debo a mi debilidad física el haber comprendido que todos los hombres están moribundos como yo.

Siempre me han conmovido la delgadez, las expresiones de dolor, la notable fragilidad con la que te han representado los artistas de todas las épocas.

Pero quizás sea esa la razón del por qué nunca antes albergué un gran amor por ti.

Sí, te percibía demasiado parecido a mi pobre yo mismo, no me habías transmitido jamás la sensación de impotencia y temor que debiesen inspirar a los hombres los dioses.

Te imaginaba a ti, miserable, con el rostro embadurnado en la mezcla del barro del camino y tu propia sangre.

Cuando el canónigo me encargó una pintura cuyo motivo es tu lento y doloroso viacrucis estuve a punto de rechazar el ofrecimiento, imaginaba que desde el momento en que lo divino es una esfera cuyo centro está en todas partes, como afirman los entendidos, basta con buscar en el lado más próximo para poder obtener un dios y por lo tanto cualquier pintor sin talento podría proveerle de un Cristo para adornar los muros de su capilla.

Finalmente fueron el invierno y el hambre los que me obligaron a aceptar su petición.

Imaginé al principio que tu belleza, no muy alejada de la mía, alojada en la carne y no ya en formas más sutiles del espíritu sería acaso una expresión nula, muerta incluso antes de nacer.

Así que me propuse hacerte diferente a todas las representaciones que de ti circulan por las catedrales y las calles, obtener aspectos abstractos que neutralizaran, por decirlo así, la poderosa corrosión de lo humano.

Esa ha sido mi primera condena como pintor: Querer reducir lo infinito de la divinidad a una imagen.

Deseaba que las heridas y las lágrimas que vertiste durante tu calvario pudiesen ser capaces de enseñarme algo, una nueva escala de belleza, un espasmo inédito que recorriese todo el cuerpo.

Lo más difícil fue imaginar tu rostro, dejarlo desprovisto de los rasgos débiles que erróneamente se te han conferido durante siglos.

He pasado en vela tantas noches para dotarte de una cara, de un cuerpo particular, y sin embargo, tengo la impresión de no haber hecho nada sino recibir órdenes y que ya previamente tú te habías dado forma a ti mismo, mucho antes de que intentara las primeras pinceladas.

Me he acostumbrado demasiado a estar enfermo como para darle importancia a las ligeras aflicciones, a los casi imperceptibles dolores de un cuerpo que pierde horas de sueño por utilizar las noches y las escasas velas en la expresión de arte que le sobrepasa.

Y ahora al mirarte no puedo evitar sonreírme o ruborizarme, estoy tan lleno de ti que comprendo la gravedad de toda tu belleza.

Del mismo modo que un alquimista refinando metales impuros hasta tornarlos en oro, siento que en mí mismo se ha ido produciendo un cambio de estado que opera a diferentes niveles.

Ya no dudo, yo sé, te siento en mi cuerpo, te siento en mis piernas, en mi pecho, pero al mismo tiempo te me escapas, no te puedo retener.

Descubrí a cada trazo la fascinación erótica que ibas ejerciendo sobre todos mis sentidos y debido a eso durante algunas semanas he tenido la impresión de haber inventado un pecado de incesto sacro.

Es cierto, me has hecho nacer en mi mismo, pero también es a través de mis manos que te has manifestado, no puedo ignorar cuanto es que me perteneces, que no eres producto de una combinación de carnes, de fluidos, sino que simplemente eres mío, obedeces a la imagen que yo te he asignado, a la sustancia que he podido configurarte, solamente mío, sin que otro ser mortal haya intervenido en la elaboración de tu forma.

Ya no es lo humano lo que me excita, si la divinidad me exalta ahora es porque el horror al que siempre la he vinculado se me ha ido transformando, digiriendo lentamente para convertirse en expresión erótica.

Incluso alguna noche mientras te observaba me he procurado directamente un orgasmo, un orgasmo sagrado que me brindó la certeza de que la sustancia existe, que la exultación es provocada por una realidad superior, que mi esperma mezclado con los colores que he preparado para pintarte es un producto secreto de la transmutación.

Antes de ponerte esas ropas te he pintado desnudo como para imaginar tu alma, tu cuerpo es hermoso y es precisamente por eso que me ha resultado tan difícil cubrirlo.

Los trazos surgen de un abismo, se fijan las líneas que dan paso a tu divina geometría, el universo se destruye para recrearse en un instante, imperceptible, fugitivo, pero eterno.

Ya no sé si existo verdaderamente. Mis sueños, mis placeres, la sucesión de mis días, son un fundido de irrealidad onírica.

¿Dónde está lo real? Toda apariencia es engañosa, lo visible en la superficie no es más que un señuelo. Miro mi mano que ya ha producido tanta belleza. Es un conjunto de nervios, músculos, huesos. Hurguemos: son moléculas y ácidos. Todavía un poco más lejos: es un vals impalpable de electrones y neutrones. Más lejos aún: una invisible nube, la sombra de una ola, una inmaterial nebulosa. ¿Quién me probará que mi mano existe? Para un artista del renacimiento la materia era continua. Para mí no solo es discontinua, sino también ilusoria.  Cuanto más contiene un alma de instinto divino, más se encuentra en disparidad con el mundo.

Y aquí estás ahora, con tu belleza imprecisa. Le he conferido a tu rostro el conmovedor encanto de un sueño. Mi imaginación te ha recreado tan bien que la otra noche, cuando se apagó mi lámpara creí verte entrar en mi taller, pálido y cansado, perfecto en tu dolor, tal como debías estar en el Gólgota crucificado, con la esperanza aún de que los pérfidos se compadeciesen de ti, ellos que susurraban: “Basta ya de dioses mortales”.

Termino de trazar las últimas líneas de tu rostro y me dispongo a partir yo mismo hacía lo desconocido, puesto que te he poseído ya no veo de qué riqueza suplementaria pueda proveerme el universo.

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