Por Ivette Pradel

 

Este excitante moderno no puede faltar en ninguna reunión con los amigos, o con quien sea, ¡no puede faltar! La presentación que los bares de Coyoacán le atribuyeron es la de un vasito, pequeño pero lleno, acompañado de un plato con gajos de naranja y chile piquín que puede o no tener algún chapulín triturado. El tequila y su limón y sal quedaron marginados. Hoy en día, todo personaje es un alto conocedor de esta bebida, claro ejemplo está en que en las disputas literarias no puede faltar el debate entre si el mezcal oaxaqueño o el zacatecano es mejor. “Entre más transparente sea está mejor destilado”, dicen, aunque no tengan idea de cuál sea el proceso. A veces dicen y dicen pero poco beben: esto se debe a que el mezcal se ha convertido en una bebida de culto, un mito del siglo XXI; la muestra está en que en las presentaciones culturales hay más mezcal que vino de honor, o lo que es lo mismo, más gente ebria que cultura.

Los productores nacionales le rezan a todos los santos para que los nuevos intelectuales no quieran sacar su propia marca con nombres espirituosos. Lo que para unos es una moda para otros es el trabajo de toda una vida. La competencia en el mercado repercute en un alza de precios (y de hipsters), pero, por fortuna, “para todo mal, mezcal”, por si la venta va mal. 

La popularidad de esta bebida se enfoca en un público no tan joven, más o menos maduro, aunque se presentan casos de tuiteros afamados que desencadenan los mejores 140 caracteres en compañía del genio creador y el mezcal, por supuesto; o de infinitas fotos en Instagram con los filtros más variados, donde el vasito permanece lleno en una serie de diez imágenes durante un periodo de una hora. Y no dejemos atrás a todos los aspirantes de las becas literarias en el país, estos muchachos se esfuerzan para sobrevivir de café durante cinco días para poder llevar la vida bohemia que se merecen el fin de semana. Nadie sabe cómo se enteraron de la flâneur que ejerció Baudeaire en las calles parisinas, pero ellos van exhibiendo su Ser por las calles del Centro de la Ciudad, donde probablemente también compran su kit de primeros escritores Mi Alegría.

¿Dónde están los artistas que aseguran en cada borrachera que ya van a terminar su novela o la tesis? ¿O las Auctoritas que, después de ser elegidos como Jóvenes Creadores bajo no sé qué proyectos, desaparecen después de haber cobrado? Una de dos, o están en las redes sociales, forjando la obra de nuestra generación en Memes Literarios, o están publicando libros de dudosa calidad para engrosar el currículum que ningún logro escolar ha podido. No tiene caso detenernos a buscarlos. La verdad es que sólo bebemos porque sí, en realidad lo que importa no es el mezcal sino el performance que envuelve a este ritual moderno llamado vida.

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Ivette Pradel (Ciudad de México, 1989) no bebió mezcal al escribir este relato. Todo mal. Twitter: @ivettepradel

Ilustrado por Eduardo Salvatori. Conoce más de su trabajo en su página de Facebook.

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