Por Schava Flores

 

Echando desmadre entre el lobby y la calle, una abuela gritó porque la mordieron. Luego luego chilló la patrulla. Segurito era un cuatro para limpiarnos. Aguantamos vara de pie.

“A como tocara”

Bajando los puercos y que una piedra les revienta el parabrisas. Ninguno de nosotros la tiró.

Se nos cortaba la peda…

Veníamos de un putero de muy mala muerte, y es decir, ya que aquí la muerte es mala, la que sea. Mareadones entramos cantando, sin susto, como en casa.

A lo mucho fueron tres cuartos de hora ahí, porque terminando la tercera ronda tocó el turno de bailar a la más culera. Resistimos los asientos pegajosos, el humo de tabaco barato, la alfombra apestosa. Puto Burlesque era una burla, vacío, albergaba puras vulvas decrépitas y como dos culitos sabrosos. Pero el colmo de la aversión tenía cara. Era esta mierda argenta, cadencia de marrano drogado, narigona nalgas de galgo parado. Que, para colmo, se puso a declamar:

“La luz iba cambiando del verde,

Al purpura y el ros…”

Insoportable. Sorrajándole lo que tuvimos enfrente, la injuriamos con odio, al empezar a escupir la pista arribaron los guarros.

Recibir putazos cuando buscas por cualquier medio esquivarlos es ojete. Además éramos buenos para los madrazos… Nos entraban todos. Pero en ese momento, quién sabe por qué, quisimos, es más, exigimos chingadazos. Suena pendejo, mas esa noche no nos aputangabamos. Nel.

Fue una sorpresa que los encargados del congal se creyeran un cuento sobre nuestra condición de cobijados por algún jefe policía. Sin tiempo para armar gresca, nos sacaron del lugar de la manera más atenta.

“No queremos problemas

Pinche gente imbécil.

Saliendo, todavía con la cabeza caliente, nos abordó un trio de golfillas gachas, de esas amarillentas, acabadas. Sin embargo, las vetarras arribaron sabiéndose vender, empezaron los arrimones, besuqueos, sobadas. Antes, había que negociar. No te pueden cobrar las perlas de la virgen por tirarte una vieja gorda y chimuela. Aunque la promesa de montarlas a pesar de contraer alguna madre se hizo atractiva… doscientos pesos y el cuarto, una oferta que no se puede rechazar.

Entre empujones y tropezones, nos llevaron hacia un costado del Blanquita, encontrando una calle muda que parecía envuelta en cerveza ámbar. Nidos de ratas, unidades habitacionales roídas, edificios reconstruidos adornados con basura amontonada. El pronóstico a favor era pésimo, empeorando cuando orinamos unas rejas oxidadas, estrellamos botellas en el concreto mugroso y retamos a los vecinos clamando leperadas sobre sus ventanas apagadas.

“¿Quién es el más cabrón?”

Se escuchó el grito entre las carcajadas de las damiselas.

Nuestra estupidez albergaba, como mínimo, la esperanza de un asalto chacal a la vuelta de la esquina. Cualquiera del rumbo podría reventarnos fácil, con la zurda. Eso ya significaba una salida épica, digna en nuestra embriaguez si no se iba limpio. La única condición era no abrirse.

Pero no, no hubo replica, el barrio dormía tranquilo, salimos sin rasguño.

Entonces se brincó la Guerrero, buscando el legendario Savoy. Hotel albergue de proxenetas, pederastas y malandros. Barato, sobre todo barato. También entonces se me antojo morderle una teta a la viejita.

El parabrisas lo quebró un ladrillo venido de un montón de vestidas tacón en mano. Vergas, ahora sí valía madres. Estos tipos son duros, correosos. So pretexto de hacer paro a las colegas también querían darnos baje, o madrear tiras, igual ya se las debían, quién sabe.

La pensamos dos veces antes de contestar las agresiones, pero al ver descalabrados a los patrulleros, tomamos la decisión correcta. Corrimos rápido, con miedo, mucho, cada quién por su lado. Alcancé a mirar un marica que repartía leña con un bat. Otro con una cadena.

Nos abrimos ante los putos, no sé cómo nos dejaba parados esto. Ni me importa, no le jugaría al verga con un trans, ni siquiera esa noche, ni pedo, están cabrones.

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Ilustrado por Eduardo Salvatori. Conoce más de su trabajo en su página de Facebook.

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