Por Saúl F. Borel

 

A la sombra de las encinas cuando era de día o a la luz del fuego cuando era de noche, oyendo el bajar del Tormes cuando era verano o el crepitar de la chimenea cuando era invierno, el mesonero Medeiros ponía unos vasos de vino que, si no era el mejor, era el mejor que se podía encontrar por  ese precio, y lo bebían los sedientos y lo bebían los borrachos y nunca el mesonero Medeiros se apenó de haber comenzado a venderlo.

Llevaba cuatro años viendo pasar a los mismos parroquianos, que cada día dejaban sus reales y se iban, cuando entraron los estudiantes de la Universidad. Al principio eran dos teólogos que se dejaban caer de vez en cuando. Se sentaban, si el sol brillaba, en la mesa de fuera, y si no, en la mesa de dentro junto a la chimenea, y Medeiros, respetuoso de los siervos de Dios, no dudaba en vaciar la mesa si alguno de sus borrachos se la estaba ocupando. Leían sus libros y hablaban entre ellos, a veces en latín y a veces en castellano, y Medeiros se ocupaba de sus asuntos y no atendía los de los estudiantes, si no fuera para tomar sus reales y ponerles delante el vino tibio que le había hecho famoso.

De dos pasaron a ser ocho y de ocho pasaron a ser doce y un día el mesonero Medeiros decidió que era mejor juntar tres mesas junto a la chimenea. Nadie hablaba con los teólogos,  enfrascados siempre en discusiones de índole espiritual que al viejo Medeiros, que sólo sabía de fermentación de la uva y de precios del vino y de dar vueltas al pollo para que no se chamuscara la piel, le resultaban a la vez inquietantes y ajenas.

Le inquirió un día uno de los estudiosos, necesitado de conocimiento popular, si él iba al teatro. Medeiros dijo que sí. Le preguntó entonces el estudioso: “¿Habéis reparado, buen mesonero, en que las maravillosas obras que se interpretan a veces presentan una naturaleza cíclica, y que varios personajes sin conexión tienen las mismas motivaciones a lo largo de la obra, como una suerte de simetría en el concepto?”

El mesonero Medeiros no entendió muy bien la pregunta, pero permitió que el estudiante continuara: “Estaba discutiendo con mis colegas si tal simetría conceptual se limita a las artes o si la vida, bien por la naturaleza predecible del ser humano, bien por inescrutables designios divinos, presenta continuamente estos ciclos, a lo largo de generaciones o a lo largo de jornadas. En el teatro, observamos a veces que la trama no se resuelve debidamente hasta que el ciclo no es roto, y en cambio otras veces reside, en la reiteración, la propia esencia del arte. ¿Es así en la vida?”.

No contestó porque no supo qué contestar. Nunca llegaría a saber el viejo Medeiros si se estaban burlando de él, pero no cesó de pensar en aquella pregunta, aun años después de que ese grupo de estudiantes dejasen de frecuentar la taberna, algunos cuando terminaron sus estudios y partieron en busca de conocimiento, otros cuando en lugar de unirse al clero se casaron, otros después del año en que el vino avinagrara.

Tenía el mesonero Medeiros setenta años cuando el vino volvió a ser bueno y los universitarios volvieron a llenar sus mesas. No eran los mismos universitarios que veinte años atrás, pero diríase que nada había cambiado. Conversaban en voz alta sobre las maravillas que habían aprendido ese día y después conversaban en voz baja sobre alguna mujer que habían visto y después reían a voces si alguno de los estudiantes había dicho algo jocoso sobre las confidencias que estaban compartiendo. Tenía setenta años Medeiros y entendió, por primera vez, la pregunta que el estudiante le había hecho tanto tiempo atrás.

Empero, no todo era igual. Uno de los estudiantes que había empezado a venir era un muchachito pelirrojo que no tendría más que unos dieciocho o diecinueve años, y todos los días ocupaba el mismo sitio, y todos los días bromeaba con los demás teólogos, y el mesonero Medeiros lo observaba sonreír, con aquella gracia perfecta, y apartaba los ojos cuando la mirada del joven se cruzaba con la suya. Nunca se acercó al muchacho y nunca intercambió palabra con él  si no fueran las palabras necesarias para ponerle un vaso de vino o un pollo delante. Pero todos los días lo observaba sentarse en la misma silla estando sobrio, levantarse estando bebido y salir fuera a orinar e, incluso estando perjudicado por el maravilloso vino del mesón, sus movimientos eran majestuosos y sus caderas danzaban al salir por la puerta a la nieve y al entrar de nuevo, aliviado. Y sucedía que el mesonero Medeiros no era capaz de dejar de observar esas caderas del grácil universitario, y tan viejo como era, tan hastiado de misterios desde que dejara de pensar en las palabras que el estudioso le había regalado veinte años atrás, volvían las preguntas a su vida. Se preguntaba qué significaba su fijación por el joven teólogo. Y se preguntaba si era normal sentir por él algo en la punta de su barriga que hasta entonces sólo había sentido mirando mujeres. Y se preguntaba si el joven teólogo lo sabría, y qué opinaría de ello.

Y se dejó de hacer estas preguntas el día que se desplomó muerto en la barra cuando se le paró el corazón admirando la sonrisa del muchacho.

 

Cincuenta años más tarde, el mayor de los bisnietos del viejo Medeiros había heredado el apellido y el título de mesonero y daba de beber a los sedientos.

Había nacido en el mesón y había visto borrachos crecer y morir y dedicaba la mitad de su jornada a bromear con sus clientes y la mayor parte de la otra mitad en preocuparse de que el vino que se bebía en el mesón, en la barra donde el molinero Antón se quejaba de su mujer, y que se bebía en la esquina donde el borracho Figueroa llenaba papeles de manchas de culo de vaso y de versos para mujeres que no existían,  y que se bebía junto a la chimenea en la mesa grande de nogal que, desde tiempos de su bisabuelo, se reservaba exclusivamente a los universitarios, fuese, si no el mejor de Salamanca, el mejor por ese precio. Cuando acababa la jornada iba a la cama y descansaba como un bendito.

Esto fue hasta un día que un universitario trajo un laúd. El borracho Figueroa lo vio y se ofreció a cantar algunos de sus romances si alguien tocaba. Y el muchacho que había traído el laúd pensó que era buena idea y dejó que el borracho Figueroa se subiese a la mesa junto a la chimenea y él empezó a rasgar las cuerdas. Resultó que Figueroa tenía la voz de un ángel y todos los parroquianos observaban la escena regocijados, y aplaudían entre canciones y reían los versos más lascivos que Figueroa nunca osaría publicar.

Pero el mesonero Medeiros se regocijaba de otra cosa al ver todo este espectáculo. El mesonero no miraba la figura inestable de Figueroa declamando sobre la mesa, sino la finura del estudiante que tocaba el laúd. Y miraba sus dedos finos rascar las cuerdas y miraba la cara de ausente que ponía al tocar, y todo en el muchacho le parecía más bello que el más bello de los versos que el borracho pudiese cantar con su magnífica garganta.

Y después de ese día el estudiante traía el laúd de vez en cuando y a veces cantaba con Figueroa y a veces tocaba él solo, y Medeiros siempre le miraba. Pero desde que el joven arrancara la primera nota de su laúd aquel día, y hasta el día de su muerte, el mesonero Medeiros no volvió a dormir una noche de seguido.

 

Habían pasado años, bastantes más de un ciento, y el mesonero Medeiros no comprendía por qué la mesa junto a la chimenea era solo para universitarios, pero su padre lo hacía así y si su padre supo hacer algo en vida fue atender el burdel, y no sería él quien contradijera los designios de su padre.

Llegaban todos los días ya entrada la tarde, algo antes de que el sol se escondiera entre los montes y hablaban y reían y Medeiros no los soportaba.

Se daban casi exclusivamente al vino, que era horrendo,  y a las tapas, que Medeiros hacía por minimizarles lo justo, lo suficiente para que no se quejaran pero que tampoco se diesen por saciados. Rara vez se iban con alguna de las muchachas, y nunca delante de sus compañeros, aunque casi todos lo habían hecho alguna vez, llegando cuando los demás no había llegado, o quedándose cuando los demás ya se habían ido, y mirando al mesonero Medeiros con cara de súplica en la que él entendía sus intenciones y entendía que se le pedía discreción frente a los demás estudiantes. Medeiros les daba a elegir una de las muchachas y les tomaba los reales y siempre callaba, porque no le gustaba hablar con esa gente, pero pensaba “si supiéseis…” y reía para sí.

Los estudiantes hacían lo imposible por mantener la apariencia de castidad. Fingían que no sabían que las muchachas eran putas pero a la vez, buscando una complicidad con sus camaradas, miraban con reprobación cada vez que un cliente subía al cuarto con una, y en ese mirar se buscaban los ojos, como queriendo ver quién lo reprobaba más. Y los clientes también los miraban a ellos con desdén, como preguntándose quién iba al mesón Medeiros a usarlo como si fuese en verdad un mesón. Pero a la larga todos fueron cayendo. Menos uno.

El que no cayó era un joven estudiante de filosofía que Medeiros supo que se llamaba García. Tenía García la piel más blanca que la nieve, si no fuese por sus mejillas, que eran rojas, y que junto al fuego brillaban como un reducto del sol después del anochecer. Y brillaba y bebía y reía y lo hacía todo irradiando una inocencia que cualquiera que lo viese sabría que no era sino un reflejo de la inocencia en su corazón.

A ese universitario lo odiaba Medeiros más que a ninguno. Lo odiaba porque bebía poco y comía poco. Lo odiaba porque se figuraba el mesonero que si nunca había ni mirado a las putas, no sería hombre suficiente. Lo odiaba, más que nada, porque no podía dejar de mirar el blanco de su tez y el fulgor de sus mejillas. Y porque el mesonero se sorprendía, a veces llenando los toneles de dos partes de vino y una de agua, otras limpiando las habitaciones después de que las usaran los clientes, e incluso a veces yaciendo con su esposa o con alguna de sus muchachas, pensando cómo le gustaría que aquellas mejillas se pusiesen más rojas.

Un día, después de que uno de los universitarios volviese al mesón tras haberlo abandonado con sus amigos media hora antes y le mirase con complicidad y señalase a una de las mujeres, le invadió el pensamiento de que quizá un día García quisiese una puta. Este pensamiento le colmó de angustia y varios meses estuvo irascible en su negocio e intratable en su casa y lo único que le aliviaba la angustia, si bien momentáneamente, era la visión de lo mismo que se la causaba.

Sucedió que una noche compartía el colchón con una de sus muchachas y llevaban un rato oyéndose respirar cuando la mujer le confesó que llevaba un tiempo reparando en su conducta con García, y que ella lo entendía, y que no le iba a juzgar. El mesonero Medeiros no contestó a la que hasta ese momento había sido su mejor amiga, si no para decirle “ sal y llama a las demás”.

Fue a su casa y abrió con llave el armario sin despertar a su mujer y volvió al mesón para darles a las putas todo el dinero que había recaudado ese mes. Les dijo que el mesón Medeiros desde ese momento era un mesón y que se tenían que ir inmediatamente con lo puesto.

El sol salió de entre los montes y los primeros clientes de esa mañana entraron en el mesón y encontraron a Medeiros colgado de una viga por el pescuezo, con las piernas a tres palmos del suelo. Corrieron a avisar a su familia. Su último pensamiento habían sido unas mejillas coloradas.

 

Muchos años más tarde un tal Medeiros limpiaba botas en Madrid cuando le llegó una misiva que le comunicaba que su padre desgraciadamente había fallecido y que había manifestado su perdón para su hijo mayor y sus deseos de que asistiera al entierro y de que, si podía ser, se encargase de volver a abrir el mesón de la familia. Medeiros pensó “por qué no” y se gastó lo último que tenía ahorrado en que un amigo con automóvil le llevase a Salamanca.

Después de las ceremonias y las lágrimas forzadas le dieron una llave oxidada y le pusieron en la puerta del mesón. Le dijeron: “Tu padre ya dejó pagado para tapar los balazos de la fachada, así que habla con los albañiles”, y le dieron la mano, floja, como si el rojismo se contagiara, y se fueron. Entró a una estancia que se mantenía igual que en su memoria pero con sábanas encima del mobiliario y algo más de polvo en el suelo y la melancolía en la atmósfera de haber pasado una guerra.

Se le había olvidado lo que pasaba con la estufa, pero los recuerdos le florecieron igual que florecieron las llamas al encenderla. Como había sospechado que volvería a pasar, la mesa junto a la estufa se llenó de estudiantes de la Universidad en cuanto el mesón abrió las puertas, hasta el punto que al cabo de unas semanas se había desarrollado una especie de acuerdo tácito entre los parroquianos de que esa mesa era para los universitarios. En cierto modo era justo, porque poco negocio habría de no ser por ellos.

Pedían vasos de cerveza, que él cobraba a media peseta, y discutían animados sobre las nuevas ciencias. Hablaban mucho sobre las células, que entendía Medeiros que eran unos animales pequeños que vivían en los intestinos de uno y no comprendía por qué despertaban tanto interés. A veces hablaban de mujeres y decían quiénes estaban solteras y quiénes estaban dispuestas y Medeiros los escuchaba divertido. Otras veces hablaban de literatura y a Medeiros aquello no le interesaba demasiado, no siendo que sacaran a colación el nombre de algún autor que denostasen, y cuanto más le atacaban más hacía Medeiros por oír, y a veces se procuraba un ejemplar del autor maldito y lo leía de noche en su habitación, en el ático. Le frustraba lo poco que le interesaba el texto, porque verdaderamente quería leerlo con gusto. Acabó desistiendo y dedicándose de pleno a los negocios.

De lo que más hablaban era de la guerra, de la que solo habían sido testigos, pero hablaban de ella como si hubiesen luchado y Medeiros hacía por no oír. Y de España, y de la gloria que le quedaba por delante a la nación. Y Medeiros hacía por no oír. Y Medeiros hacía por no hablar.

Uno de los estudiantes era más enérgico que los otros y hablaba en voz más alta y ensalzaba España con más amor. A los demás Medeiros los despreciaba y también los entendía. A este Medeiros no era capaz de despreciarlo y no era capaz de entenderlo y no habían pasado tres meses desde que abrió el mesón cuando se dio cuenta de que se había enamorado de él.

Un día lo tuvo a solas. Varias veces habían hablado, porque Medeiros era camarero y el joven era parlanchín, y ese día el chaval se quedó en la barra bebiendo cerveza tras cerveza y cortejando a mujer tras mujer y cuando todos se hubieron ido, el chaval miró al mesonero y le dijo “Oyes, Medeiros, te ayudo a cerrar”.

Estaba el chaval recogiendo un mantel y Medeiros se acercó a su espalda y después de maravillarse de nuevo de lo ancha que era, extendió una mano y la dejó suspendida a la altura de su hombro. Dijo “Oye…”. Y el chaval sin volverse dijo “¿Qué?”.

Medeiros retiró la mano y dijo “Nada”.

La semana siguiente su hermano menor cumplió dieciocho años y Medeiros le legó el mesón y volvió a Madrid sin dar explicaciones. Murió muchos años después, viejo y feliz, mirando las lágrimas en la cara de su novio. Pero en sus últimos instantes de vida tan sólo fue capaz de pensar en una espalda ancha que no recordaba dónde había visto.

 

Era 2014, era Salamanca, era un lunes de febrero y eran las siete y media.

Había un bar.

Fuera hacía frío y dentro había radiadores en todas las paredes, que calentaban la estancia hasta el punto de que la diferencia térmica se hacía un poco molesta. Las mesas estaban llenas de abrigos y las sillas estaban llenas de gente y la gente hablaba de grupos de Galois y de Juego de Tronos y del ciclo de Krebs y de Rabelais y de solipsismo y del baño del Rockola el viernes por la noche y de desamor y de mesones y otros bosones y de Neutral Milk Hotel y del maldito frío que hace en invierno en Castilla  y de Mariano Rajoy y de reconstrucción de la amnesia festiva y de Nora Helmer como arquetipo de la heroína trágica feminista y de Nora Helmer como ejemplo de antihéroe egoísta al que la historia ha sobrevalorado y de Ucrania y de aminoácidos y de modelos socioeconómicos y del asesinato de Calígula.

Atendiendo en la barra había un chaval y, cuando ningún cliente se acercaba a pedir algo, hablaba con su amiga.  Ella decía: “No sé si me estás entendiendo, Mede”. Él decía: “Perfectamente, Laura. Pero es lo que te digo: en el momento que lo metes, te sales del realismo. Entras en la fantasía, o si quieres en la ciencia ficción, pero te sales completamente del realismo. O sea, tú dices que se puede escribir un tema cíclico sin usar recursos ajenos a lo realista. Vale, no, explícamelo”.

“A ver. Hay maneras de hacer una historia cíclica. Hasta donde yo sé, tres. Primero tienes los ciclos donde es el propio ciclo el propósito de la obra. Y así puedes decir algo sobre la inefabilidad o la predecibilidad o lo que sea. El ejemplo más paradigmático que se me ocurre igual es Cien Años de Soledad”.

“En ese libro salen curas levitando”.

“… pero en ese libro salen curas levitando. Déjame acabar. The Wire. The Wire es lo más realista que te puedes encontrar en el arte contemporáneo y está hecha alrededor de lo inefable y el esto-nunca-cambia. Vale. Segundo, el costumbrismo. Haz costumbrismo que se expanda a lo largo de varias generaciones y empiezas a ver las mismas historias con distinto disfraz. Luego hay otro tipo de ciclo, que es la historia que se repite ad infinitum y siempre queda inconclusa hasta que el ciclo se rompe por alguna costura suelta y la historia puede por fin acabar. Ahí si que te doy la razón en que no se puede escribir algo así sin entrar en la fantasía”.

Medeiros se quedó pensando.

“Espera, espera. ¿Qué es eso que dices del costumbrismo?”

“Digo que si te pones a retratar a personas y extiendes la historia lo suficiente te acaba saliendo una especie de simetría conceptual entre personajes que se alejan en siglos pero que tienen, como, las mismas motivaciones y cometen los mismos errores. Así es la vida y así es la Historia humana”.

“Anda, no me seas mística. No me seas inca”.

“¡Ja! Creo que eran los mayas los de los calendarios redondos, Medeiros. Y no es misticismo, tío. Es por lo predecible que somos los humanos. ¿O no me vas a decir que la vida no es exactamente las mismas historias y los mismos dramas extendidos a lo largo de generaciones?”.

El camarero Medeiros no contestó porque no supo qué contestar.

Laura también calló. Al cabo de un rato dijo: “Oye, ¿tú acabas este año la carrera, no? ¿Sabes qué vas a hacer con el bar?”

“Ni idea, tía. Tal y como está el panorama laboral ahora mismo, lo más sabio es quedarme con él, claro. Estoy bien de clientela. Y es lo que habría querido mi padre. Pero…”

“Hasta las narices, ¿no?”

“Hasta las mismísimas narices. Y ya tuve alguna oferta más que decente por el local. Que, oye, aunque no encuentre trabajo inmediato, solo por venderlo, dos o tres años viviré bien. No sé qué hacer. Lo tendré que decidir en unos meses”.

Ella dijo: “Ya”, y de nuevo se hizo el silencio.

Lo volvió a romper la chica después de unos minutos:

“Oye, Mede… No sé si te tendría que preguntar esto. Me dijo Mamen una cosa de tí”.

“Ah. Ya”.

“¿Entonces, te gustan los hombres ahora?”

“Calla. No, no es ahora. Y no son los hombres. Me gusta un tipo. No sé cómo me empecé a fijar en él pero sinceramente noto que estoy un poco obsesionado. Y calla”.

“Ay, Dios, está aquí en el bar, ¿no?”

“Cállate. Te lo estoy señalando con el pulgar. Mira disimulada. Y cállate”.

“Oye, pues es bien guapo. ¿Y sabes si es gay?”

“No lo sé, pero creo que sí. Calla”.

“Le tendrás que decir algo”.

“En algún momento. Cállate”.

Medeiros pensó unos días en las palabras de su amiga Laura sobre la predecibilidad humana y sobre The Wire y los calendarios redondos y le siguieron pareciendo una tontería.

El  sábado por la noche el chaval que Medeiros no podía dejar de mirar entró en el bar y Laura se ofreció a sustituirle en la barra a condición de que fuese a hablar con él. Y Medeiros aceptó la oferta y nunca supo si aquel coraje fue producto de las cañas que se llevaba poniendo a sí mismo toda la tarde o si fue alguna lisergia maya. Pero seguramente fuese la cerveza.

Y le saludó y hablaron y bailaron, y hablaron un poco más y bailaron un poco más y al cabo de un rato se dirigían a la trastienda del bar y, mientras cruzaban el bar, Medeiros pudo ver a Laura desde la barra esconder una sonrisa de celestina satisfecha.

Y en la trastienda Medeiros continuó el baile con el muchacho, con su espalda robusta y sus dedos finos y sus caderas danzantes y sus mejillas cada vez más del color de sus rizos.

Y acabada la danza horizontal, tumbado entre barriles de cerveza y sobre ropa, escuchando respirar al muchacho, sintió el camarero Medeiros que algo muy grande se descosía.

 

Unos meses más tarde, el último de los mesoneros vendió el Bar Medeiros y pusieron allí un Starbucks. Algunos universitarios siguieron yendo. Se quejaban del precio del café y se peleaban por sentarse junto a las estufas.

 

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Este relato resultó ganador del XLII certamen literario María Agustina en la ciudad de Lorca (Murcia).

Ilustrado por Diego Maqueda Vilchis.

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