«Sócrates: […] Si, ciertamente, según ahora decía, fueran a reírse de mí, como tú dices que se ríen de ti, no sería desagradable pasar el tiempo en el tribunal bromeando y riendo.»

Platón – Eutifrón o sobre la piedad.

 

Podría decirse que la comedia está menospreciada, basta entrar a una librería para notar que se le dedica menos tinta que a otros géneros literarios. Podría decirse también que la comedia es un pasatiempo cualquiera para pasar un rato carcajeándose a gusto, pero nada más. Con excepción de notables esfuerzos (como el de Henri Bergson en su libro La risa), hoy casi nadie examina el fenómeno del humor, la comedia y la risa. Es difícil encontrar a alguien que apueste por la comedia y la risa como algo valioso. Especialmente a nosotros, acostumbrados a entender la educación como algo que se hace con “datos duros” y en salones de clase, nos sorprendería mucho que alguien argumentara que la comedia y la risa sirven para educarse. Creeríamos que nos está bromeando con una afirmación como ésta. Los antiguos tenían más apertura con respecto a este asunto. Sabemos que Aristóteles le dedicó una parte de su Poética a la comedia, aunque dicha parte se nos perdió. También Platón le dedicó una que otra reflexión de paso, pero, al parecer, su opinión no era favorable con respecto a la risa. Sin embargo, hay una fuente imprescindible con relación al valor de la comedia y la risa en la vida cotidiana, y esa fuente son las comedias de Aristófanes. Precisamente una aproximación a las comedias de Aristófanes nos muestra que lo que el comediógrafo quería probar era que la comedia y la risa no son sólo alternativas educativas, sino que son la pedagogía por excelencia. Aristófanes fue el único poeta antiguo que sugirió que la filosofía es inferior a la comedia cuando de educar al humano se trata.

La demostración de Aristófanes por probar que la filosofía es pedagógicamente inferior a la comedia se encuentra especialmente cifrada en su obra Las Nubes. Esta comprensión de la supremacía pedagógica de la comedia depende, a su vez, de una concepción crucialmente racional de la filosofía. Para entender todo esto, hay que recordar primero, aunque sea brevemente, el viejo conflicto entre filosofía y poesía.

El conflicto entre filosofía y poesía es un conflicto pedagógico, es decir, una lucha por saber cuál es el mejor camino para educar a las personas, si la filosofía (la razón) o la poesía (el sentimiento). Hasta aproximadamente el siglo V a.C., en la antigua Grecia la educación era eminentemente poética, esto quiere decir que la gente se educaba escuchando narraciones míticas. Obtenía las enseñanzas necesarias para desenvolverse en las circunstancias del día a día de los mitos sobre los dioses y los héroes (Prometeo, Aquiles, Odiseo, entre otros). Sin embargo, en el siglo V a.C., con la aparición de filósofos como Tales de Mileto, la educación poética encuentra competencia, a saber, la educación filosófica. Si la educación poética consistía en la imitación de las acciones y las decisiones de los héroes y los dioses, la educación filosófica consiste en la toma de decisiones producidas por el razonamiento. Hasta aquí nosotros podríamos decir que, en efecto, es mejor la educación filosófica que la educación poética porque es mejor decir y hacer las cosas a partir de la razón que de la imitación. Pero esto se debe, en parte, a que desde la ilustración (aproximadamente el siglo XVII d.C.) nuestra opinión con respecto a la educación es que ésta debe ser plenamente racional. O para decirlo de otro modo, creemos que la educación racional es superior a la educación poética porque vivimos inmerso en el dogma de que el único modo de educarse es por vía del razonamiento claro y distinto, sin dar alternativa a otro tipo de pedagogías. Precisamente Aristófanes en su obra Las Nubes intenta probar no sólo que esto es prejuicioso, sino que de hecho es ineficaz para aprender a sobrellevar las cosas de la vida cotidiana.

El argumento de Las Nubes es sencillo: un viejo ateniense llamado Estrepsíades está al borde de la ruina porque su hijo Fidípides se la pasa gastando dinero en las competencias de caballos. Estrepsíades decide mandar a Fidípides a estudiar con Sócrates, pues tiene la esperanza de que, gracias a la educación filosófica, Fidípides pueda aprender a defender argumentos injustos ante el tribunal, y de este modo pueda librarse de las demandas de sus acreedores. Fidípides se niega a ir a estudiar con Sócrates, por lo que el viejo Estrepsíades decide ir a estudiar él mismo. Cuando llega a la escuela de Sócrates, el frontisterium, habla primero de matemáticas y geometría con un discípulo de Sócrates y luego habla de los dioses con el propio Sócrates, quien se encontraba suspendido en las alturas dentro de una cesta, filosofando sobre cosas elevadas. Destaca el hecho de que el viejo Estrepsíades interpreta mal todo lo que le decían el discípulo de Sócrates y Sócrates mismo, pero termina aceptándolo sin mucho reparo. Una de las aseveraciones de Sócrates afirma que no existen mayores dioses del cosmos que las nubes. Sócrates, afirma, pues, que los Dioses del Olimpo son falsos, cosa que Estrepsíades acepta con tal de que lo inicien pronto en el arte de defender injusticias. Sin embargo, como no aprende nada, Estrepsíades es expulsado del frontisterium, por lo que, en busca de librarse de sus demandas, fuerza a su hijo Fidípides a estudiar con Sócrates. Al poco tiempo Fidípides egresa del frontisterium y Estrepsíades gana la discusión con sus acreedores. Sin embargo, Fidípides también aprendió a argumentar que es justo que los hijos les peguen a los padres, por lo que agarra a golpes a al viejo Estrepsíades. Triste y enfurecido por los efectos de la enseñanza filosófica, Estrepsíades decide quemar el frontisterium, motivo por el cual al final vemos a un Sócrates corriendo despavorido porque se le incendia la escuela.

Como se ve, la primera prueba de Aristófanes de que la razón es insuficiente para aprender es la experiencia cotidiana de las diferentes aptitudes de las personas. La misma experiencia personal y de cada uno nos informa que las personas tenemos diferentes capacidades de razonamiento. Ante la conocida frase de Descartes “la razón es la propiedad mejor repartida entre los humanos”, Aristófanes colocaría a su Estrepsíades para hacernos dudar. La filosofía, al menos como la entiende Aristófanes, es decir, como razonamiento, sólo sería superior que la poesía si fuera pedagógicamente más accesible a la mayoría de las personas que la poesía misma. El razonamiento sería pedagógicamente superior que la poesía si, sin importar la persona, todos pudiéramos alcanzar el conocimiento por el uso de la razón propia, sin otra guía que la razón y la propia voluntad de razonar. Pero como prueba la tontera de Estrepsíades, la filosofía no es democratizable porque depende de ciertas aptitudes específicas en la persona que la practica. Si las personas carecen de las aptitudes necesarias, la actividad de razonar les resulta inaccesible. En contraste, la poesía depende de la afectación de los sentimientos, y al parecer estos están mejor distribuidos en la humanidad que la capacidad de razonar.

Siguiendo uno de los presupuestos básicos de la ilustración, alguien podría decir que, en potencia, todos los humanos tenemos la capacidad de razonar y alcanzar el conocimiento por nuestras propias luces, y que si a alguien le pasa lo que le pasó a Estrepsíades es porque el proyecto del progreso no le ha dado las herramientas suficientes (los medios fácticos, la tecnología) para que pueda razonar por sí mismo. Sin embargo, y como evidencia el caso de Estrepsíades, las herramientas que uno puede obtener para razonar mejor siempre están relacionadas con conocimientos técnicos, los cuales no nos sirven para salir avante de todas las circunstancias de la vida, especialmente cuando nos encontramos frente a problemas éticos o morales. Esto se ve, como mencionaba, en el caso de Estrepsíades precisamente en que los discípulos de Sócrates le hablan de geometría y matemáticas, y le muestran utensilios para estudiar dichas disciplinas (mapas, modelos celestes, cómputos, etc.), pero esto no le sirve a Estrepsíades para lo que él quiere aprender. Como recordaremos, el dilema por el que Estrepsíades decide estudiar con Sócrates es de carácter moral, quiere aprender a defender como justo el acto injusto de no tener que pagar sus deudas. Por más herramientas que los discípulos de Sócrates le ofrezcan para estudiar disciplinas científicas como la geometría o las matemáticas, Estrepsíades no puede aprender nada sobre el problema moral que le atañe. Nosotros padecemos una situación parecida a la de Estrepsíades: por mucha “ciencia exacta” y mucha herramienta tecnológica de que dispongamos (calculadoras, computadoras, estadísticas, gadgets), no podemos aprender, a partir de ellas, a resolver nuestros dilemas morales. Dicho de otro modo: saber matemáticas o computación no nos enseñará ética ni moral.

Quizá Aristófanes diría que en esto radica la superioridad de la poesía por sobre la filosofía, y especialmente la poesía cómica, en que la risa es suficiente para educar moralmente a las personas. Esto no quiere decir que Aristófanes insinuara que los conocimientos matemáticos o geométricos no sirvieran. Lo que quiere decir es que, de todos los conocimientos posibles, la sabiduría moral es superior porque es la única vía con la que podemos aprender sobre lo bueno y malo, y de este modo vivir en sociedad; este tipo de sabiduría dudosamente podría obtenerse de los conocimientos de las llamadas “ciencias duras”.

Alguien podría decir que esto es falso porque depende del uso que cada quién le dé al conocimiento. Podría opinarse que sí podemos aprender a ser morales puramente con geometría, matemáticas y lógica, o sea, con “ciencias exactas”. Curiosamente, los primeros en poner esto en tela de juicio son los hombres de ciencia y los políticos científicos. Los hombres de ciencia afirman que sus investigaciones y los productos derivados de ellas están más allá de toda valoración moral. Dicen, por ejemplo, que la bomba atómica no es ni buena ni mala, sino que depende del uso que los humanos le den. Max weber ya indicaba antes algo parecido: si las ciencias sociales quieren ser realmente ciencias, deben prescindir de toda valoración moral.

No hay, pues, contacto entre la moral y las “ciencias duras”, mucho menos hay enseñanzas morales a partir de esta clase de ciencias o de los productos derivados de ellas. Saber qué hacer con los conocimientos científicos y las invenciones tecnológicas ya implica en sí un problema moral que no se puede saldar con los conocimientos meramente científicos y los productos tecnológicos. ¿Cómo enseñarle a un adolescente que es mejor que use su tablet para estudiar física o historia nacional que para ver pornografía? ¿Cómo decidir, a partir de meros conocimientos geométricos y matemáticos, por quién es mejor votar en las elecciones presidenciales? Aristófanes diría que con poesía cómica.

A diferencia del razonamiento, la poesía cómica y el humor en general disponen del elemento de la risa como autoexamen de conocimiento. Cuando un maestro acaba de ofrecernos un razonamiento y nos pregunta “¿entendieron?”, uno puede asentir y fingir que entendió, nadie se dará cuenta de ello. Incluso en un examen escrito, uno puede limitarse a memorizar la guía de estudio sin haber comprendido ni la mitad de lo que le preguntaron, pero eso sí, sacando la mejor nota del grupo. A diferencia de ello, nadie puede fingir una sincera carcajada (o lo puede intentar, pero a riesgo de ser descubierto en esa acartonada risa propia del que finge). Incluso uno puede fingir tristeza ante la más sublime tragedia. Se vale sentirse triste sin derramar una sola lágrima, quedándose meditabundo y mirando hacia el vacío. Pero nadie puede fingir que la está pasando en grande sin reírse a carcajadas. Aristófanes lleva así el mandato délfico “conócete a ti mismo” a un terreno hasta entonces y hasta ahora poco laborado: el del humor y la risa.

La risa tiene algo de complicidad, uno sólo se ríe hasta que realmente entendió el chiste. Y tal vez, cómo decía Leo Strauss, la filosofía (al menos como la entendía Platón) está más cerca de la risa que lo que lo está de la tragedia, pues, a diferencia de la tragedia, que es solemne en esencia, la risa implica apertura, implica una franca aceptación de que lo que está pasando es ridículo, y sobre todo, aceptación de que uno puede ser el que está haciendo el ridículo. La risa señala una sincera disposición para evaluar si no es uno realmente risible. Reírse de uno mismo implica aceptar la posibilidad de que lo que uno está haciendo o está diciendo es tonto, es decir, nada solemne, y por lo tanto, probablemente falso, y esta apertura para aceptar que uno está diciendo falsedades y haciendo tonterías es mucho más filosófico que aquella actitud propia del que cree que tiene los suficientes “datos duros” como para aceptar que lo que dice es verdad, aunque esté diciendo una tontería.

 

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