Me han llamado monstruo, me dicen que no he sido capaz de corresponder a las virtudes que la providencia me ha brindado.

A la gente le horrorizan los crímenes que he cometido, tal vez no tanto la sangre que se ha derramado sino el móvil detrás de cada uno de ellos.

Y claro, ¿Cómo ese vulgo dispuesto a juzgar con la mayor ligereza podría comprender la naturaleza de mis acciones?

La diferencia entre el ayer y el hoy casi se nulificaría de no ser por este poco de papel y tinta que me han permitido utilizar con el objeto de entretener mis últimas horas en esta pequeña celda desprovista de espacio hasta para un piojo más.

Mañana por la tarde habré dejado de existir así que quiero hacer un esfuerzo por rememorar con cierta precisión las corrientes secretas que confluyeron en el río metafísico de mi existencia.

¡Memoria, tráeme esta noche el mayor número posible de recuerdos!

Probablemente la primera imagen, la más importante, es la de aquel viejo tomo descabalado de Tito Livio y el Atlas morado de Cellarius que encontré siendo niño en la habitación oscura y enmohecida en la que murió mi abuelo.

El anciano al morir me enseñó la transitoriedad, lo vacío de la existencia. Los dibujos del Atlas me mostraron a este planeta como una gran prisión circular, tal vez debido a eso no me ha pesado el caminar de una cárcel a otra.

Después de ese encuentro aún me tomaría un par de años descifrar el contenido del “Ab Urbe condita” de Tito.

No fue hasta los 11 años que descubrí el misterio de las letras y sus combinaciones, sin embargo, crecí junto a ese grueso volumen ilustrado en cuero. Pasaba días enteros observando las pocas imágenes dispersas aquí y allá que me aclaraban el sentido de la historia. Abrirlo era alejarme por instantes del mundo reducido y provinciano al que pertenecía mi familia.

Tarde fui enviado con el pastor de la comunidad para ayudarle en labores insignificantes: llenar los tinteros, sacar punta a las plumas o extraer agua del pozo. A cambio, él me instruyó en el latín y el griego para comprender la doctrina de los evangelios.

La escuela poseía algunos libros gruesos que el maestro me permitió consultar a pesar de considerarlos de lectura harto difícil. Allí había un Ptolomeo, un volumen de Arístides Quintiliano, un ejemplar en mal estado de la Odisea y unos cuantos libros más destinados para el catecismo.

Pude leer gracias a un grupo de amigos algunas obras en lengua latina de lo que los sabios insisten en llamar Edad de Oro, pero comparadas con los grandes poemas griegos apenas si tenían algún atractivo para mí.

Me resultaban faltas de originalidad, sin colorido, carentes de flexibilidad sintáctica. No soportaba a Virgilio, con sus pastores afeminados de versos sentenciosos, me irritaban sus palabras pesadas medidas según unas leyes absurdas de prosodia pedante y rancia.

Tampoco podía con Catulo y sus versos rígidos eternamente sometidos a inalterables reglas gramaticales, su prosodia exenta de belleza, imaginación y repleta de frases de difícil digestión, de colores deslavados y carentes de toda originalidad.

Disfrutaba las frases aromáticas de Petronio o Lucano y fue Dante quien igual que un brebaje de bruja aceleró la enfermedad que habría de perderme.

Fue al terminar mis estudios que pude emplearme como preceptor en una familia acomodada, fue en esa casa en donde se manifestaría por primera vez mi locura, mi pasión devoradora por los libros: Poseían una habitación repleta con las grandes obras de los filósofos griegos, de los grandes maestros renacentistas, de los poetas italianos.

Para apoderarme de esa colección tomé por esposa a Marguerite, la hija menor, una muchacha pálida de aspecto enfermizo, de noble corazón pero poco apta para labores del intelecto.

Para satisfacer una pasión como la mía hace falta mucho dinero y la pequeña dote de mi primer matrimonio no duraría mucho. Mi obsesión por los libros crecía cada vez más, fue un verdadero alivio para mí cuando mi querida Marguerite murió al dar a luz a nuestra única hija.

No pasó mucho tiempo para que volviese a casarme, fue un matrimonio modesto y nuevamente la dote de mi esposa no fue suficiente para proveerme de los libros que yo quería.

No lograba aplacar mi sed, me atormentaba la avidez de la lectura, pero nada me ha embriagado tanto como el contacto con todo aquello que estuviese impreso: cualquier libro me producía euforia, excitación, aturdimiento.

Por el aroma puedo adivinar el origen y editor, por el tacto puedo descifrar su antigüedad, nunca me parecería excesivo el contacto que he tenido con mis libros.

Cuando me enteré de la venta de una importante colección privada no dudé para asesinar al comerciante Schmidt y proveerme del dinero suficiente para realizar la compra.

Después volví a matar a otro banquero e incluso a un pobre hombre cuyo único pecado fue llevar un volumen de Platón bajo el brazo.

De no haberme capturado seguiría matando para conseguir más libros, no podría evitarlo.

En el juicio todos se han sorprendido de mi falta de arrepentimiento. Me alegra haber empleado mi vida en la perpetua embriaguez de las palabras, en invocar a los muertos que susurran frases pasadas de moda. Lo mejor de cuanto tuvo mi existencia fueron esas noches de invierno abrigado por las grandes ideas de los sabios de antaño.

No, no me arrepiento de nada. Comprendo que esta obsesión es la que ha cavado mi tumba, pero también es la responsable de que mi vida haya sido digna de haber sido vivida.

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