Decir que los antiguos griegos eran machistas dice más de nosotros mismos que de ellos. Más que examinar si fueron o no machistas, sería necesario explorar primero por qué tenían una distribución de deberes y roles de género específicos y qué nos ha llevado a nosotros a superar una distribución como esa. Nuestras valoraciones sobre los roles de género determinados en la antigüedad y que conocemos no sólo por estudio histórico de Grecia, sino también por tradición oral (lo que nuestras abuelas y madres nos contaban de sus tiempos y pueblos, por ejemplo) forzosamente son de reprobación. Esto se debe principalmente a que hemos sido educados sobre presupuestos y creencias que entran en directo conflicto con los presupuestos y creencias de casi cualquier sociedad premoderna. Uno de los presupuestos más fuertes de nuestra cultura moderna, y que en buena medida nos dificulta el acceso a la comprensión de las culturas premodernas, es el hecho de suponer que hoy vivimos mejor que antes. Solo este supuesto nos hace ver con una disposición de ánimos específica (es decir, de manera prejuiciada) las características de toda comunidad que no sea semejante a la sociedad occidental moderna. Ésta es, quizá, la razón por la que, desde nuestra perspectiva occidental moderna, los seguidores del islam nos parecen “retrógradas”, y las sociedades que aún conservan cierta distinción entre lo masculino y lo femenino, los rusos (de cristianismo ortodoxo) o los japoneses (de inclinación confucionista), por mencionar ejemplos, nos parecen “machistas”.

Una exploración sobre los roles de género de las antiguas polis griegas es útil en la medida en que nos ayuda a comprender la posibilidad de una sociedad diferente a la nuestra, con valores distintos a los nuestros, y no por ello imposibilitada para acercar a la felicidad a todos sus integrantes. Dicho en otros términos, examinar y entender la distribución de derechos y deberes en las antiguas sociedades griegas nos ayuda a vislumbrar si es posible ser feliz en una sociedad que no comparta nuestras circunstancias ni nuestros ideales progresistas modernos.

Una de las primeras cosas que nos causan sorpresa acerca de las sociedades griegas es la clara diferencia que se tenía entre la virtud del marido y la virtud de la mujer. Tal como queda expuesto en el Económico de Jenofonte, la virtud del marido consistía en obtener afuera los recursos para la manutención del hogar, y la virtud de la mujer consistía en saber ser una buena administradora de esos recursos. Hoy interpretamos esto en el sentido de que el marido es el que debe ir a trabajar y solventar los gastos de la casa, mientras que la mujer debe quedarse a atender los quehaceres del hogar. ¿Era, pues, Jenofonte un machista que argumentaba que sólo el hombre podía realizarse fuera de casa mientras la mujer se quedaba a limpiar los muebles y a criar a los niños? Para contestar esto vale la pena escuchar primeramente lo que Jenofonte tiene que decir y la manera en que justifica que una sea la virtud del marido y otra la de la mujer.

Como ya se mencionó, es en el diálogo Económico donde Jenofonte habla de la virtud del marido y la virtud de la mujer (Xen. Ec. VII-IX). El Económico es un texto donde Jenofonte recoge anécdotas de diálogos sostenidos entre Sócrates y algunos conciudadanos atenienses y amigos suyos. En dicho texto narra Jenofonte el encuentro entre Iscómaco, un ateniense al que le nombraban “el buen hombre” y Sócrates. Mientras dialogaban, Sócrates saca a colación el tema de la virtud de la mujer, y conduce la discusión de tal modo que Iscómaco le explique cómo viven él y su mujer. Iscómaco narra que recibió a su mujer cuando ésta era una jovencita de menos de quince años, edad en la que apenas sabía poco de los deberes del hogar. Iscómaco le explica a su mujer que, dado que la divinidad así lo ha impuesto, el ser humano tiene que vivir en casas pues, a diferencia de muchos animales, éste necesita un lugar donde protegerse del castigo de la intemperie, un lugar dónde resguardar a los hijos y un espacio cerrado dónde almacenar sus bienes. Por eso, es claro que, además del hogar, el humano necesita conseguir recursos de fuera, como alimentos y ropajes, para llevarlos hacia dentro de la casa. A continuación Iscómaco expone que, dada la disposición en que la divinidad y la naturaleza crea a la mujer y al hombre, a ella menuda y menos resistente físicamente y a él robusto y con mejores capacidades para enfrentar el rigor de los trabajos externos y los potenciales peligros, él debe salir a buscar lo necesario para el hogar y ella debe quedarse dentro para cuidar los bienes y los hijos, y por eso debe ser semejante a una abeja reina, administrando con productividad a los trabajadores de la hacienda y vigilando la correcta administración de los bienes.

Lo primero que uno puede señalar como evidente machismo es la entrega de la mujer como esposa a tan corta edad y muy probablemente sin su consentimiento. Como explica el propio Jenofonte, son ambos padres (y no sólo el marido) quienes entregan a la hija al que consideren el mejor candidato para ser el compañero de vida de la mujer. A diferencia de nosotros, que tenemos como primer causa del matrimonio el amor de pareja, muchas sociedades premodernas, incluidas las comunidades griegas, velaban primero que nada por la piedad, es decir, por el amor a lo divino. Es cierto que las jovencitas eran entregadas como esposas sin sentir amor de pareja por la persona a quien la entregaban, pero tampoco el varón lo sentía cuando la recibía. Tan piadoso era el sentimiento de los padres y la sociedad en general que no se detenían por la particularidad del amor de pareja.

Ahora bien, ¿en qué consistía ese sentimiento de piedad que llevaba a la gente a unirse sin amor? Es probable que la responsabilidad de continuar el culto de los antepasados fuera mayor que cualquier otro sentimiento o preocupación. Los griegos sentían un profundo respeto por la memoria de sus familiares difuntos, es por ello que todo hogar tenía un altar a los ancestros, altar donde se prendía el fuego hogareño y donde se hacían las plegarias que propiciaran la buena cosecha. Una vez muerto, uno mismo pasaba a formar parte del panteón familiar del altar, y, en ese sentido, en vida uno debía preocuparse por la manera en que se continuarían las ofrendas y cultos hacia dicho altar. Después de todo, uno iba a formar parte de ese altar algún día (COULANGES, Fustel; La ciudad Antigua).

Hoy la educación occidental moderna nos cría sobre la idea de que es preferible ser laico que religioso, de modo que nos es muy difícil imaginarnos hacer cualquier cosa por amor piadoso. Podemos tener una comprensión aproximada de este enorme sacrificio que hacían los griegos con respecto a sus difuntos y a sus altares religiosos acercándonos a la gente que hoy por hoy profesa alguna fe y también ejerce ciertos sacrificios con respecto al amor de pareja en miras de salvaguardar el amor a lo divino. En el islam, por ejemplo, no existe el noviazgo (basta con buscar “El noviazgo en el Islam” en Google para explorar este asunto); un hombre sólo puede cortejar a una mujer porque está decidido a casarse con ella. En el judeocristianismo es pecado tener relaciones sexuales antes del matrimonio (hay suficiente información en Google sobre el tema buscando “sexo premarital según la Biblia”). Incluso también las personas educadas sobre los ideales del progreso moderno laico también realizan sacrificios para llevar a cabo lo que más aman, por ejemplo, en su amor a la libertad trabajan arduamente para viajar por el mundo, o bien se arriesgan a una vejez sin nadie que vele por ellos con la decisión de no tener hijos que puedan coartar su libertad. Es difícil hacernos una idea de este sentimiento religioso, y la mayor causa de esto es que los sentimientos se sienten, difícilmente se imaginan.

Volviendo a las relaciones maritales en la antigua Grecia, uno podría preguntarse por qué la mujer tenía que irse a la casa del marido y no éste a la casa de aquélla. La respuesta varía dependiendo de la sociedad griega que estemos explorando. Específicamente en el caso de los atenienses, la tradición era que la mujer pasara a formar parte del hogar del marido, pero sabemos gracias a los estudios de la historia que había sociedades donde había más flexibilidad de tránsito para la mujer, como en Esparta, donde ésta podía ir y venir con mayor soltura entre sus dos domicilios y podía andar libremente por las plazas y mercados sin causar la menor sorpresa (MOSSÉ, Claudia; La mujer en la Grecia clásica). En contraste, las mujeres atenienses eran moralmente mal vistas si se la pasaban afuera de su hogar, pues como atestigua Jenofonte, propio era de la mujer ateniense virtuosa administrar bien su casa. Una ateniense fuera de su hogar era vista como una mujer que no estaba atendiendo bien los bienes de su vivienda, una mujer que estaba desempeñando mal el rol que le correspondía.

Cuando digo “mujeres atenienses” me estoy refiriendo específicamente a las femeninas esposas de ciudadanos. En general, la impresión que las mujeres no-hogareñas causaban en los hombres varía dependiendo de la clase a la que perteneciera la mujer y al lugar de la Grecia clásica del que estemos hablando. En Atenas, paradójicamente las esclavas, extranjeras y mujeres solteras no tenían ningún problema con mostrarse públicamente, o sea, no estaban moralmente obligadas a estar la mayoría del tiempo al interior de su hogar. Sólo las mujeres casadas tenían el deber moral de ser en su hogar. Las solteras atenienses, por ejemplo, podían ir a presenciar los juegos olímpicos sin causar la menor molestia en los demás. Hay otros ejemplos de mujeres griegas que fueron libres de incidir en la cultura y la política, como el caso de Hiparquía de Tracia, quien fue filósofa de la escuela cínica (muy al pesar de su familia, seguramente por el tipo de vida que vivían los filósofos cínicos y porque, una vez entregada su vida a la filosofía, la mujer ponía en duda que fuera a tener hijos, lo que se traducía en la interrupción del culto a los ancestros), así como el caso de Aspasia de Mileto, que fue pareja (que no esposa) del líder político ateniense Pericles y tuvo gran relevancia en la política de Atenas. Se ve, pues, que el  problema moral de no ser una mujer de casa atañía únicamente a las mujeres casadas. Con las demás mujeres no había inmoralidad alguna. Se le veía a este tipo de mujeres más o menos como se le ve hoy en día un hombre soltero, que no tiene mayor problema por vivir en casa sin trabajar, a menos que sea casado, tenga hijos, responsabilidades y no trabaje, y sea por ello tildado de “mantenido”.

Otro reparo que podríamos ponerle a Jenofonte es por qué apoyaba que sólo el hombre pudiera salir y, en cambio, la mujer tuviera que quedarse relegada en casa. La respuesta ya la dio Jenofonte en su propia explicación en boca de Iscómaco: la disposición fisiológica natural de los sexos propicia la distribución de deberes que el humano y sus sociedades determinan. Lo regular es que el hombre tenga mejor disposición para trabajar fuera; la mujer, aunque con menos aptitudes para soportar las inclemencias del exterior, no por eso es menos capaz de ser una buena administradora de los bienes al interior del hogar. Hoy nos es difícil coincidir con Jenofonte respecto a la distribución de las labores con relación al hogar, pero esto se debe mayormente a que en la vida moderna las personas introducen bienes a sus hogares no directamente como en las antiguas polis griegas, sino a través de la compra con moneda. En la occidentalidad moderna, es indiferente si eres hombre o mujer, los trabajos hoy son de tal índole que, sin importar el género, hombres y mujeres pueden aportar para la economía doméstica. Sin embargo, es necesario percatarnos de que esto es posible sólo en la medida en la que la tecnología lo permite, es decir, sólo mientras los trabajos implican labores mediadas por la tecnología es indiferente si los realiza un varón o una mujer. En la vida premoderna griega no existían las condiciones tecnológicas necesarias como para que fuera indiferente el sexo de la persona que saliera a laborar. Había una conexión directa entre los recursos que uno obtenía de fuera, la manera en que estos se agenciaban y el sexo de las personas. Aunque suponemos que precisamente por eso es superior la vida occidental moderna, no por eso quiere decir que ésta está al alcance de todos.

En la medida en que los avances tecnológicos no alcancen a la totalidad de la sociedad moderna, y en la misma medida en que no todas las personas sean capaces de relacionarse con dichos avances de la ciencia y la tecnología, en ese mismo grado la distribución de deberes con respecto al hogar comprometerá nuestra disposición fisiológica y nuestras posibilidades de obtener recursos. Por ejemplo, una familia de zona marginal, a la que todavía no le llegan los avances de la ciencia y la tecnología, se ve obligada a distribuir sus deberes hogareños apenas con cierta diferencia con respecto a la repartición de deberes premodernos griegos. Una familia prematura, por mucho que viva en la supuesta abundancia de la ciudad, si carece de las credenciales académicas necesarias para validar sus competencias en el manejo de ciencias y tecnologías específicas, redundará en una distribución de trabajo donde uno de los dos deba salir a ganarse el pan por medio de trabajos donde se comprometan más la destreza y fortaleza física que las capacidades intelectuales, de carga-bultos o de mesera, por mencionar ejemplos; la mayoría de las veces esta clase de familias preferiría que la mujer se quede en el hogar viendo por la crianza de los hijos y que el varón salga a obtener recursos. Podríamos decir que esto es hoy precisamente así pura y sencillamente por costumbre, pero que no habría ningún problema con que fuera al revés (el hombre en casa y la mujer en el trabajo). Sí, sí podría ser así, pero dadas las necesidades de la vida moderna, lo común en una familia promedio es que ambos salgan a trabajar, y se esperaría que igualmente ambos distribuyeran parejamente las labores del hogar (no es común que les alcance para pagar servidumbre, de hecho precisamente por eso ambos salen a trabajar, porque los ingresos de uno solo no serían suficientes), pero es muy recurrente que la mujer moderna, aunque salga a trabajar, al llegar al hogar le esperen las labores hogareñas. Es paradójico, pero la supuesta libertad de los avances científicos y tecnológicos sólo benefician a pocas mujeres, pues la mayoría de éstas viven una vida multifuncional: empleada afuera de la casa, criadora de niños y administradora del hogar. Paradójicamente, las mujeres antiguas no conocían una vida así de ajetreada: si eran esclavas, no tenían que salir a trabajar, bastaba con atender las labores dentro del hogar; si eran esposas, no tenían que salir a trabajar, bastaba con que se dedicaran a la correcta administración de los recursos y a la crianza de los niños; si no eran esposas, no tenían ni que salir a trabajar ni qué criar hijos. Es como si en realidad los machistas fuéramos nosotros hoy y no tanto los griegos premodernos.

El supuesto machismo de los griegos antiguos también tiene que ver con la negación de muchas comunidades griegas premodernas respecto al voto político de la mujer. Sin embargo, no hay que perder de vista que no sólo las mujeres por ser mujeres estaban imposibilitadas de participar en las decisiones políticas de la polis, también los extranjeros y los esclavos (sin importar si eran varones o mujeres) tenían vetada la participación (ARISTÓTELES; Política). Afirmar que esta era una artimaña del patriarcado para perpetuar en el poder a un puñado de varones es ver la sociedad con los lentes del progreso moderno, es olvidar que la guerra colocaba a los varones en las primeras filas de los ejércitos, y al poder obtenido (o perdido) en ellas en las manos de éstos.

El tema es complejo y difícilmente podría considerarse aclarado en estas breves líneas. Sin embargo, es útil aproximarnos a él intentando minimizar nuestra disposición alimentada por presupuestos modernos que nos persuaden a entender con anacronismos otros tipos de vida diferentes al occidental moderno. La cuestión es acercarse a los textos y esforzarse por hacer un ejercicio de interpretación original, original en el sentido de leerlos como si fuera la primera vez que alguien los lee y los interpreta, poniendo entre paréntesis lo que los demás han dicho de él o la manera en que nos han dicho que es correcto pensar. La palabra de Jenofonte está ahí a la espera, es cuestión de leerlo y entenderlo como él quería que se le entendiera, no como nosotros hayamos decidido leerlo y entenderlo.

 

Imagen de fineartamerica.com.

Mifune

Mifune

Licenciado en Filosofía por la UNAM, certificado en gestión de contenido para plataformas e-learning, editor, ensayista y frecuente lector de filosofía antigua.

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