I

Un hombre naufraga en una isla desierta. El equipaje que ha logrado salvar contiene mudas de ropa y un libro. ¿Será suficiente una pieza literaria para que el hombre no se mate de la desesperación?

II

He escuchado que la literatura lo es todo, que la literatura es un milagro. Hay una fe del libro, una religión. Lo que se busca son las respuestas y no los enigmas. Por eso se suele preguntar cuál es el mensaje de la obra. Tengo la esperanza de que un lector astuto sabe que no hay mensaje o que si existe es difuso y problemático.

Aún así una y otra vez he visto que se defienda una obra porque “trata temas importantes”. Estos temas suelen ser desgracias. La madurez está asociada a la dificultad o a lo terrible. De manera errónea se considera que porque un libro habla de un suceso difícil se desliga de lo cursi, una forma degradada del amor y la ternura. Me parece que es un problema de educación.

Todo empieza con los griegos. La idea de la literatura como una forma de pedagogía moral surge con la catarsis, que ha perseguido a la literatura como una sombra desde Aristóteles: experimentar la compasión y el miedo a través de la tragedia y gracias a esto purificarnos. Pero se trata de un diálogo, de una cooperación entre el público y el artista que no está exenta del cuestionamiento y que surge de un conflicto real. No es la sumisión de recibir lecciones como reglas inquebrantables, es experimentar el problema como si fuéramos los protagonistas. El cambio se da en la Ilustración, que impone que el arte sea bueno, bello y educativo. La idea sigue a lo largo de los años, se degrada en la moraleja transparente. Cuando se habla de desgracias, el enfoque no está en el dolor. Su fin es decir qué está bien y qué está mal; quién es el villano y quién el héroe. Y aquí aparece la cursilería.

Como se cree que lo que importa es el mensaje, como se idolatra la idea de conocimiento seguro sobre la experiencia problemática, la obra se debe simplificar al punto de que el lector no tenga dudas de que ha aprendido la moraleja. Los protagonistas de las desgracias se vuelven modelos de pureza y bondad. Son ridículos en su fortaleza, pero no lo saben. Un niño que había permanecido cautivo durante varios años junto a su madre le ofrece a ésta la cola de caballo que se había dejado crecer durante el tiempo que estuvieron encerrados para que le dé fuerza y pueda superar su crisis. Como si él mismo no hubiera estado cautivo, como si el trastorno por estrés postraumático no lo afectara, como si su historia no fuera la del dolor de la pérdida de años sino la de superación personal. “¡El valor, chicos, nunca pierdan el valor!”, parecen gritarnos, una estrategia tan efectiva como decirle a alguien que sufre de depresión que simplemente lo supere. Pero la búsqueda del efecto no termina ahí.

Para que queden más claras sus intenciones, los protagonistas son personas vulnerables, de las que tenemos que compadecernos porque sí, o mejor dicho, tenemos que tenerles lástima, pues la compasión requiere un esfuerzo por parte del público que aquí no existe porque todo se le arroja groseramente; ahora sólo se trata de lástima. Incurren en el error de reducir a los personajes a sus desgracias, pero no estamos ante un afán de mirar al abismo de sus sufrimientos, sino ante una manera fácil de conseguir el llanto. El dolor humano no interesa. Como adentrarse en el sufrimiento escuece, lo dulcifican. Regresan a lo cursi: que necesariamente aprendamos algo del dolor, que sea una lección moral, que sea algo blando y dulce, que la vida siga siendo color de rosa, aunque estemos en el infierno. En estos espectáculos no hay espacio para el luto, la tristeza, el pesimismo o la desgracia genuina. Es puro chantaje.

El equívoco de buscar sólo el chantaje o el efecto es que esas obras, más que ponernos en conflicto, sirven como comodidades sentimentales. El verdadero sufrimiento nos hace sentir incómodos e incluso cómplices del mal o del dolor. Entonces, ¿por qué dulcificar la amargura? ¿Por qué hacer de la tragedia una historia de superación? Acaso es que se teme a esa amargura y a esa tragedia. Se desea que el dolor sea soportable, aunque al hacerlo pierda su significado. En realidad es como darle la espalda a la desgracia de la humanidad. Pero el arte debería amenazar nuestra vida.

III

El problema del dolor es el problema de la practicidad del arte. Se dice que el arte debe enseñar, no sólo ser. Sin embargo, el dolor puede no tener un fin o serlo en sí mismo; no es una coreografía digna de una medalla de oro o de una placa por su labor social: es una preocupación, una pregunta. Se ha dicho: “quédate con el mensaje”, y entonces vamos tirando por el camino las palabras, los gestos, esa delicadeza de los detalles que el autor ha puesto en la obra para darle vida. Porque lo jugoso es el mensaje y no la forma.

Cuando se opta por el mensaje sobre la completitud del libro se descarta la zona de dudas y titubeos que conforma a la literatura, se vuelve a un esquema de bien y mal, blanco y negro, ahí donde el arte había borrado los límites evidentes. No estoy negando la importancia de los mensajes. Un náufrago podría destinar su salvación a un mensaje de auxilio en una botella. Y, sin embargo, la literatura puede ser una isla desde donde otro náufrago nos responde, desesperado y confuso, sin saber bien cómo salvarse de la soledad.

Alberto Puebla

Alberto Puebla

Alberto Puebla. México. 1990. Never gonna give you up, never gonna let you down, never gonna run around and desert you. Never gonna make you cry, never gonna say goodbye, never gonna tell a lie and hurt you. Twitter: @Blau_Oblit

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