En la República de Platón conocemos la que es, quizá, la primera discusión filosófica entre el poder y la sabiduría, a través del ideal del filósofo rey. Leído en las líneas de Platón, la idea de que un filósofo llegue a ser gobernante puede movernos a la risa y suscitar todo tipo de bromas; ya en la vida fuera de los libros, nos parece no sólo deseable, sino necesario, que el poder y el conocimiento se encuentren en la misma persona. La recurrencia con la que nos burlarnos de la falta de letras de los actores políticos mientras aplaudimos a los que tienen un historial académico robusto, revela que no anhelamos menos la utopía socrática del sabio rey de lo que el propio Sócrates quizá lo hizo. Es como si fuéramos más utopistas que el propio Sócrates, pues al menos Sócrates, en la República, sabía que el filósofo rey era una cuestión mitológica. Una relectura de los textos clásicos que abordan la relación entre el poder y la sabiduría nos enseña a ver con ojos claros los aspectos de este peculiar ideal, al tiempo que nos enseña a vislumbrar por qué la idea del filósofo rey fue durante tanto tiempo una mera utopía (que hoy consideramos plenamente realizable) y, en última instancia, por qué es imposible que exista el sabio gobernante según como lo entendieron los filósofos de la Grecia antigua.

De las Cartas de Platón, específicamente de la Carta VII, podemos aprender la imposibilidad de que los poderosos se dejen aconsejar por los sabios. Esto contrasta con lo que nosotros, la humanidad del siglo XX a la fecha, pensamos sobre los consejeros filósofos. Para Alexandre Köjeve, por ejemplo, según su correspondencia mantenida con Leo Strauss[1], el destino de los filósofos es volverse burócratas, asesores de los políticos en turno, ayudantes del gobierno con la luz de la razón. Y efectivamente, así lo demostró Kojeve al conseguirse un lugar en el Ministerio de Economía de Francia. Donde Köjeve tuvo éxito con el gobierno francés, Platón encontró el fracaso con el gobierno de Siracusa. Como se sabe por su correspondencia, Platón no alcanzó gran influencia en el gobierno del tirano Dionisio. Podríamos decir que de hecho la experiencia de querer aconsejar al rey fue muy amarga para Platón. Alguien podría responder, como precisamente lo hace Köjeve, que esto fue así porque los filósofos griegos estaban elevados en sus reflexiones abstractas sobre lo bueno, lo bello y lo justo y no sabían qué decirle a los gobernantes sobre su situación en un aquí y ahora específico, sobre cómo resolver sus problemas políticos reales (como si las reflexiones sobre lo justo fueran meras fantasías). A esto se podría responder, como efectivamente respondió Leo Strauss gracias a las enseñanzas de los griegos, que independientemente de los problemas políticos en turno, los gobernantes siempre desconfiarán de los sabios y estarán en guardia ante las palabras de estos. Esto podemos aprenderlo del diálogo Hieron de Jenofonte y de la relación entre el tirano Dionisio y Platón. El tirano Hierón, en el diálogo homónimo, siempre está a la defensiva ante el poeta Simónides, lo mismo que Dionisio siempre lo estuvo frente a los consejos de Platón, y esto independientemente del contenido de lo que Simónides y Platón dijeran, independientemente de si hablaban “puras abstracciones” o si hablaban de la situación inmediata. La postura defensiva radica específicamente en que los gobernantes siempre desconfían de los sabios. ¿Por qué desconfían?, por el eterno temor de los gobernantes al derrocamiento. El gobernante siempre se imagina que los demás quieren arrebatarles el poder, y piensa que no hay nadie más capacitado para quitarles el poder que los sabios, pues en cuanto sabios, tienen mayor entendimiento no sólo de cómo mantener estable un régimen político, sino también de cómo derrocarlo. Precisamente desconfían de los sabios porque saben que estos, en cuanto sabios, son la cumbre de la virtud y están rodeados de honores, por lo que siempre tendrán mayor simpatía y apoyo de los demás, incluso más de la que ellos, los gobernantes, pueden alcanzar. Esta enseñanza griega fue tomada muy en cuenta por filósofos de la posteridad, incluso se alcanza a ver en el Príncipe de Nicolás Maquiavelo, donde puede detectarse el esfuerzo del florentino por minimizar su sabiduría, mientras se empeña por hacerle creer a su lector (Lorenzo de Médici) que lo único que desea es ofrecerle un regalo. Parece que sólo hasta hace pocas generaciones esta enseñanza antigua dejó de ser relevante, y ahora nos sorprende que los políticos no se codeen con las personas más cultas del momento; y si lo hacen, no reparamos en que puede ser un acto puramente demagógico, como se sospecha lo es aquella fotografía donde aparece el ex presidente Carlos Salinas de Gortari, acompañado de Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, Gabriel García Márquez, y otro tanto de exponentes de la cultura mexicana.

Sin embargo, todo lo dicho no es suficiente para contestar a Köjeve. De hecho, Köjeve podría decirme que digo estas cosas porque sigo considerando la filosofía como una cosa muy elevada, a la que la gente le puede temer, cuando en realidad es algo tan cotidiano que, como se ve, cualquiera podría ejercerla. Ante esta observación contesto que esto es verdad sólo en la medida en que nuestra idea de la filosofía es distinta a la que tenían los filósofos clásicos, y que sólo volviendo a escuchar qué pensaban los clásicos griegos por filosofía podemos entender la imposibilidad no sólo de que los filósofos sean consejeros de los gobernantes, sino que ellos mismos lleguen al poder.

Justo como podemos aprenderlo de la Ética de Aristóteles, especialmente en el Libro X de tal obra, la filosofía es un modo de vida, de hecho el único modo de vida para ser libres, y en esa medida, de ser felices. Para Aristóteles, la filosofía no es una profesión más con la cual ganarse la vida, es el modo con el que confrontamos a la vida misma de manera que siempre conozcamos por nosotros mismos la realidad y la verdad. Es el modo en el que dejamos de ser esclavos de las ideas de los demás y nos esforzamos por conocer por nosotros mismos, de ser dueños de lo que pensamos. Sin embargo, y como podemos comprobarlo, la vida depende de ideas más o menos generales que cohesionen a los individuos y hagan posibles las comunidades. Nuestras ideas colectivas: cómo hablar, cómo vestir, sobre lo bello, lo justo y lo bueno, por mencionar ejemplos, heredadas y adquiridas mediante la convivencia con los demás, son ideas que están en la base de lo que forma nuestra sociedad. No elegimos creer esas ideas, ya estaban aquí cuando llegamos, nos servimos de ellas para vivir. Estas ideas conforman lo que Aristóteles llama, apenas comenzando su Política, la idea de bien, esa idea casi inefable pero perceptible en la convivencia cotidiana a través de aquellas ideas menores. Podríamos decir que de hecho esas ideas son prejuicios de los que depende la sociedad para formar una unidad, porque sin estas ideas compartidas la sociedad se derrumbaría. Si no existieran esas ideas “inconscientes”, y en cierto modo automáticas, subrepticias, la maquinaria de la sociedad simplemente no funcionaría, todos nos mantendríamos en un quietismo constante reflexionando por qué pensamos aquello que pensamos. En este detalle se encuentra la peculiaridad del filósofo, él es la única persona que toma distancia de estas ideas populares y las somete a la reflexión, las cuestiona y las pone en jaque. De cara a lo políticamente establecido, esto es claramente subversivo, y un filósofo que quiera mantenerse a salvo debe cuidarse de ser descubierto en su rebeldía. Luego, con justa razón, el filósofo se mantendrá alejado de la cólera de los políticos, donde no pueda ser juzgado de subversivo y no repita el destino socrático.

Además, el carácter utópico del filósofo rey radica en que, para ser sinceros, ningún filósofo quisiera gobernar a los demás, y nadie quisiera llegar a ser gobernado por un filósofo. Para llegar a ser gobernante, el filósofo tendría que renunciar a un modo de vida que exige de nosotros afiliación los 365 días del año. A pesar de que el filósofo es el ser ocioso por antonomasia, no por ello significa que le gusta invertir su tiempo en la primer actividad que le pongan en frente. Para el filósofo radical no hay horas de descanso; aunque él no lo quiera, sus inclinaciones filosóficas lo hacen examinar las ideas políticas no sólo de los demás, sino las de él mismo. El filósofo es el ser que encuentra problemas, el político el que busca soluciones. Colocar a un filósofo en el trono del gobernante redundaría en la paradoja de un cierto decisionismo político, pues el filósofo, aquella persona que constantemente está sometiendo a la razón las opiniones de lo justo y lo injusto, se vería forzado a determinar sus propias opiniones en aras de solucionar problemáticas políticas momentáneas. En el gobierno del filósofo rey, la persona más insatisfecha con el régimen sería el filósofo mismo. Aunado a esto, considérese que, si bien el filósofo sabe que vive la vida más feliz posible, se percata de que su modo de vida no es democratizable, y esto por la sencilla razón de que no todas las personas (y nos vemos tentados a decir que son pocas) están dispuestas a vivir la constante tensión de la vida filosófica, que es de suyo laboriosa. El modo de vida filosófico tal como lo entendieron Sócrates y sus discípulos (o por lo menos Platón, Jenofonte y Aristóteles), implica que la vida feliz está lejos de ser la vida dedicada a la acumulación de riquezas y de placeres sensuales; es decir, justo lo contrario de lo que la mayoría de las personas desean. De este modo, el filósofo tiene una doble revelación con relación a la vida dedicada a la filosofía: es el único modo en que el ser humano puede encontrar plenitud y felicidad en la vida, al tiempo que descubre que es un modo de vida completamente aborrecible para los demás. Y si el filósofo entiende que el modo de vida filosófico es el único que nos ayuda a comprender mejor los aspectos políticos de la vida, si llegara a ser gobernante, con justa razón se persuadiría de intentar difundir tal modo de vivir. Pero, ¿de qué manera tomarían las personas no filosóficas esta decisión del rey filósofo? Por lo menos les resultaría una decisión tiránica, de suerte que el filósofo, en una decisión prudente, evitaría confrontar a sus parientes, amigos y a su pueblo, por mor de la conservación de la tranquilidad de su vida, y se guardaría no sólo de llegar a ser filósofo rey, sino de cualquier participación peligrosa en la vida política de su comunidad.

 

[1] KOJEVE Alexandre, STRAUSS Leo. Tiranía y sabiduría en Sobre la Tiranía. Ed. Encuentro. Madrid, 2005.

Foto: Cuartoscuro

Mifune

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Licenciado en Filosofía por la UNAM, certificado en gestión de contenido para plataformas e-learning, editor, ensayista y frecuente lector de filosofía antigua.

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