Cuando alguien pregunta para qué sirve la educación literaria, somos especialmente nosotros, las personas que elegimos dedicarnos a la vida de las letras en alguna de sus formas, quienes tenemos el compromiso de responder. De entre varias posibles respuestas (porque es noble, porque es importante o porque nos gusta, por mencionar ejemplos), generalmente recurrimos al argumento de la educación integral. Dejando de lado los aspectos técnicos atractivos para los especialistas, proponemos que se estudia literatura porque es parte de una educación integral. Sin embargo, en tanto que no precisemos qué parte de la educación integral puede desarrollarse con la educación literaria, esta respuesta parece más bien un auto consuelo, especialmente cuando miramos la eminente indiferencia de nuestra sociedad con respecto a las letras. Tenemos por exitosas y felices a muchas personas que dudosamente tuvieron algún tipo de educación literaria. Políticos, artistas de cine, músicos de moda y famosos de internet parecen confirmar por montones que la educación literaria es innecesaria. Para reflexionar sobre este tema me parece importante hablar del viejo conflicto entre filosofía y poesía.

Es dato más o menos conocido que el viejo conflicto entre filosofía y poesía se aborda de manera explícita, quizá por primera vez, en la República de Platón. Conviene rememorar, aunque sea de modo superficial, el argumento socrático con relación al conflicto filosofía-poesía y el exilio de los poetas. Estaban Sócrates y sus amigos filosofando sobre la justicia, se preguntaban qué era mejor, si ser justo o no serlo; Sócrates propone indagar esta cuestión a través de una imagen, a saber, la famosa imagen de la ciudad o polis justa; esto conduce a Sócrates y a sus amigos a empezar a imaginar la ciudad más justa de todas desde su gestación; después de discutir que los ciudadanos de cualquier lugar no serían felices viviendo de manera frugal, sino que desearían ciertos deleites (como casi todos los humanos), llegan al acuerdo de que la ciudad imaginaria justa necesitaría una clase militar para poder expandirse y obtener recursos suficientes para proveer una vida placentera a sus ciudadanos; sin embargo, la necesidad de una clase militar implica un pregunta que parece paradójica: ¿cómo hacerle para que las personas armadas (la clase militar) no sometan a las desarmadas (o sea, su propio pueblo)?; entonces Sócrates propone que la clase militar debe educarse de tal modo que lleguen a ser una especie de perros guardianes, valientes pero fieles. Para llevar a cabo una educación de este tipo, Sócrates dice que deben evitarse todo tipo de discursos que promuevan pasiones violentas en los ánimos de los guerreros, especialmente los discursos poéticos, que por naturaleza son persuasivos. Por eso Sócrates afirma que no queda de otra: en tanto que la poesía muestre a los dioses y a los héroes teniendo deseos obscenos y padeciendo sentimientos vergonzosos, hay que evitarla, tenerla por falsa y prohibirla. Así, aparentemente en nombre de la razón y la verdad, se cuestiona explícitamente quizá por primera vez el sentido de la educación literaria, especialmente la poesía, tal como sugieren las interpretaciones del exilio poético que nos son familiares, como la de María Zambrano en su texto Pensamiento y Poesía.

A lo largo de la historia, la educación literaria se ha cuestionado desde diversas perspectivas y por diferentes razones. Después de los cuestionamientos propuestos por Sócrates en la República, quizá el siguiente más contundente fue el que realizó 2000 años más tarde René Descartes. ¿Por qué es especialmente importante la crítica elaborada por Descartes antes que muchas otras pronunciadas en todo ese tiempo? Precisamente por la relevancia que tiene con relación a nuestra actual postura sobre el conocimiento y la educación. Pero veamos por qué.

En la Primera Parte del Discurso del Método, Descartes realiza una acción doble: por medio de su crítica desaprueba los efectos de la educación tradicional (especialmente en teología, historia y la literatura) mientras que, al mismo tiempo, ensalza las características de la ciencia matemática. Su retórica parece querer convencernos de que también está criticando severamente la ciencia matemática, pero una lectura atenta revela que no hace sino loarla, especialmente porque su crítica se basa en decir que nunca entendió por qué se le ha sacado tan poco provecho a ésta —a la matemática— y que le extrañaba que, teniendo cimientos tan firmes, no se hubiera podido levantar de tal ciencia otra cosa que las artes mecánicas.

La crítica de la educación literaria de Descartes comienza a tejerse cuando él menciona que la actividad poética no es otra cosa que el arte de imaginar agradables invenciones y saberlas expresar con ornato. Hay, pues, una clara diferencia entre razonar y poetizar. Para Descartes, los razonamientos sirven para hablar con claridad, ser persuasivos y convencer con entendimiento a los demás; por el contrario, la poesía tiene como finalidad no convencer, sino deleitar. Por esta misma razón censura la polivocidad de las fábulas de los libros; dice (como quien sugiere un error) que la mayoría de las veces las personas se exponen a creer que lo planteado en las fábulas puede llevarse a cabo, a tal grado que se pretenda imitar lo que en ellas sucede (por eso menciona que uno puede caer en extravagancias de paladines de novela, concibiendo designios que no podrá cumplir).

En nombre de las ideas claras y distintas de las ciencias matemáticas, Descartes señala como ineficaz la educación literaria, pues dada su ambigüedad y su finalidad, sirve para deleitarse, pero no para obtener conocimiento alguno. Esta perspectiva no nos parece ajena a nosotros, pues sobran ejemplos para señalar el convencimiento popular de que la educación matemática (y las llamadas ciencias exactas en general) sirven más que la educación literaria. Baste con ver quién lleva prioridad y apoyos más robustos en el campo de la investigación en México.

Pasaron 400 años para que se volviera a cuestionar de manera crucial el sentido de la educación literaria. Esta nueva embestida fue llevada a cabo por Rudolf Carnap, aunque es probable que dicho ataque haya sido involuntario. Permítaseme explicar por qué.

En cuanto heredero del pensamiento de Descartes, Carnap sostiene la convicción de que el conocimiento sólo puede obtenerse desde un fundamento claro y distinto. Pero si con Descartes esto se obtenía por medio de las ideas matemáticas, con Carnap se propondrá la ciencia de la lógica como vía para obtener conocimiento.

Según señala Carnap en su artículo intitulado Superación de la metafísica por medio del análisis lógico del lenguaje, las palabras pueden derivar en conocimiento sólo cuando parten de proposiciones protocolarias, es decir, de hechos “dados”, “observables” o “verificables”. Él usa como ejemplo de esto la palabra “artrópodo”, la cual significa “animal que tiene un cuerno segmentado, con extremidades articuladas y cubierta de quitina”, todas características perfectamente corroborables. En contraste, hay palabras (o conjuntos de palabras) que no pueden proporcionar significado porque su uso es mitológico o metafísico. Aunque en su uso mitológico (que luego llamará poético) las palabras pueden tener sentido, por ejemplo, “Dios” puede significar “ser entronizado en el Olimpo”, o bien “ser que habita en los cielos o los infiernos”, esto no implica que de tal palabra se derive algún conocimiento, ¿por qué? Porque no es verificable en los hechos. Pero más desafortunada es la situación de las palabras en su uso metafísico, pues éstas ni originan conocimiento ni tienen significado, lo cual ejemplifica Carnap con los textos de Martin Heidegger y con conceptos de la tradición filosófica como “Lo Uno”, “El Espíritu Absoluto”, “La Esencia”, entre otros. Por lo anterior, Carnap propone que al menos el uso mitológico o poético implica una “actitud emotiva ante la vida”, como cuando el hombre de las cavernas nombraba dioses en los fenómenos naturales que lo maravillaban; en cambio, el uso metafísico sólo sirve para engañar, pues pretende proporcionar conocimiento sin hacerlo. Estos razonamientos llevan a Carnap a la conclusión de que, a diferencia de los metafísicos, “los poetas no se engañan, saben que no transmiten nada”.

Visto con atención, la postura de Carnap es muy similar a la de Descartes con respecto a la educación literaria. Pero, a diferencia de Descartes, Carnap nos es profundamente relevante por, cuando menos, dos motivos; 1) aunque quiere defender que la literatura y las artes en general sirven para expresar actitudes emotivas ante la vida, sólo está usando eufemismos para decir que son actividades de segunda importancia con relación al aprendizaje; para Carnap, las artes (incluyendo la literatura) apenas se distinguen de una actividad terapéutica para que la gente se desahogue, por lo cual puede ser fácilmente remplazada por otros “pasatiempos”, y 2) aunque dice casi lo mismo que Descartes, a saber, que la literatura es una actividad para deleitarse (o para deleitar a otros), apenas nos separan 70 años de él, mientras que de Descartes poco menos de 400, lo cual denota que la desconfianza ante la educación literaria sigue vigente y casi por la misma razón, es decir, porque es inferior a la educación en las ciencias exactas. Si llevamos esta postura hasta sus últimas consecuencias, se colige que la educación literaria es mero esparcimiento, un hobbie más del mundo moderno, quehacer de vagos o soñadores, diría la opinión hoy más o menos común.

Nos vemos forzados a concluir que la educación literaria no es necesaria. Pero es posible reivindicar esta actitud si se examinan con más detalle sus orígenes, es decir, el exilio de los poetas en la República, y si se formula con más precisión cuál es el error hermenéutico implicado en esa crítica de la educación literaria. El problema de interpretación en el pasaje del exilio de los poetas se hace evidente si recordamos las intenciones últimas de Sócrates en la República. Contrario a la interpretación ortodoxa (como la de Zambrano), hay que tener presente que la República no es un manual para hacer ciudades, sino una reflexión teorética para saber qué es mejor, si ser justo o no serlo. En este tenor, no hay que perder de vista que Sócrates expulsó de la ciudad a los poetas porque buscaba la educación más justa posible para la ciudad más justa imaginable. Además, hay que recordar que esta educación se propuso para hacer lo más justa posible a la clase militar, y que la clase militar era necesaria en la ciudad siempre que los ciudadanos tuvieran deseos de deleites. Si invertimos la idea podemos formular lo anterior de una manera reveladora, a saber, que mientras la ciudad esté conformada por ciudadanos que no aspiren sino a dormir en camas cutres, a comer vegetales asados y a no desear ninguna clase de placer corpóreo injustificado, no necesitaría expandirse ni requeriría una clase militar. Esta sería, pues, la ciudad más justa posible porque tendría los ciudadanos más racionales imaginables.

En la ciudad más racional posible no se necesitarían poetas, mitos ni cuentos, porque sus ciudadanos podrían llegar a vislumbrar, por medio de la razón y argumentos claros y distintos, las verdades necesarias para vivir felices (siempre que la justicia sea inseparable de la felicidad). Los ciudadanos de esta ciudad no anhelarían ir a la playa, no buscarían platillos gourmet ni desearían ropa de diseñador porque, en última instancia, les daría igual vestirse todos con el mismo tipo de ropa (como pasa en Corea del Norte) o usar Emporio Armani. Es necesario compararnos con la ciudad más justa posible, pues con base en ello podremos vislumbrar el carácter elevadamente utópico de una ciudad como esa, y al mismo podremos encontrar argumentos para justificar la educación literaria.

Mientras más parecidos seamos a los ciudadanos racionales de la ciudad más justa, menos manera hay de defender la educación literaria. ¿Para qué querríamos fábulas, mitos, poemas, si todo lo que necesitamos saber lo podemos entender con razonamientos? Si nuestra naturaleza se inclinara mayormente a aprender por medio de la razón, por medio de ideas claras y distintas, entonces no necesitamos otra cosa que lógica, matemáticas y ciencias exactas afines. O como dice nuestra Constitución[1], no necesitaríamos otra cosa que educación basada en el progreso científico. Por el contrario, si no somos eminentemente racionales, sino que en nuestra naturaleza está padecer constantes episodios de deseos injustificados y pasiones irracionales, entonces requerimos la educación literaria porque, tal como señalaba Sócrates, los discursos de carácter literario no son racionales, pero igual afectan nuestros ánimos por medio de una evidente persuasión.

En este momento es forzoso preguntarnos cómo podría alguien convencernos con otra cosa que no fueran razonamientos, pues, hasta donde suponemos, sólo se puede convencer a las personas con argumentos plenamente claros, racionales. Podemos responder a esto otra vez gracias a Sócrates, pues tal como él lo demuestra allí en la República, es posible persuadir a alguien por medio de invenciones literarias. En la República, Sócrates persuade a sus jóvenes amigos de que la mejor manera de explorar el problema de la justicia es por medio del cuento de la ciudad más justa (él dice claramente en 376d que “les va a contar un mito”) por no mencionar otros recursos literarios que usa en otros diálogos para explicar otros temas (el mito de la caverna, el mito del carro alado o la alegoría de la línea dividida son ejemplos de invenciones mitológicas que Sócrates realiza para poder educar a sus amigos). Es verdad que Sócrates pudo haber intentado explicar muchas cosas a sus amigos sin el uso de mitos, pero por alguna razón prefirió recurrir a fábulas, cuentos y demás invenciones literarias.

Quizá podemos encontrar los motivos de Sócrates para preferir a veces el uso de invenciones literarias antes que de razonamientos si ponemos atención en la diferencia de lo que experimentamos cuando nos acercamos por una parte a la filosofía y por otra a literatura, aun sobre un mismo tema. El Hierón es un texto filosófico escrito por Jenofonte donde, por medio de razonamientos, el personaje Simónides le muestra al personaje Hierón las desventajas de llegar a ser un tirano. En cierto modo, el tema es el mismo en la tragedia Macbeth de Shakespeare. Sin embargo, la diferencia radica en que, aun tratándose del mismo tema y teniendo una intención similar, una y otra obra proceden de distinto modo. Lo que en el Hierón se logra por medio de razonamientos claros pero difíciles de seguir, en Macbeth se obtiene por medio de cierta afección en nuestro interior. El Hierón nos convence con la claridad de sus argumentos de las desgracias que vive aquel que llega a ser tirano, pero Macbeth nos hace padecer al interior de nuestro ser esas desventajas. En la medida en que uno siente como si fuera suyo el dolor de Macbeth en su famoso soliloquio “Apágate, breve llama, la vida es una sombra que camina…” ha obtenido la enseñanza poética de Shakespeare que, en última instancia, es igual a la de Jenofonte, pero de diferente modo y con diferente uso del discurso.

Probablemente en esto consista la necesidad de la educación literaria, es decir, en que activa en nosotros aquello que, en ciertas ocasiones, se niega o no puede despertar por medio del discurso racional. Muchas personas quisieran creer que la naturaleza humana es tan racional que no necesita sino palabras claras y números para entender las cosas y vivir feliz. Hay gente que no puede dialogar si no se le dan definiciones claras. Sin embargo, los que nos inclinamos a creer que somos por principio imperfectos, más bien propensos a ser irracionales, buscamos en la educación literaria un camino no sólo más agradable, sino accesible para aprender sobre nuestra propia naturaleza. Esto también lo podemos hacer con otras disciplinas artísticas, pero la educación literaria ofrece facilidades que parecen insuperables. Para leer fábulas, cuentos, mitos, novelas o poemas no necesitamos asistir a galerías, disponer de un horario, vestir de gala o comprar boleto de entrada, un libro basta; en cambio, todo acercamiento a la literatura exige de nosotros algo crucial: que impliquemos la totalidad de nuestro ser de tal modo que las ideas y las pasiones de sus líneas nos afecten, se hagan nuestras y nos permitan construir nuevos horizontes desde los que podamos ver al mundo con nuevos ojos.

Título de la pintura: Macbeth and Banquo meeting the witches on the heath

Autor: Théodore Chassériau

 

Bibliografía

  • PLATÓN; Diálogos IV – República, Editorial Gredos; 1988.
  • CARNAP, Rudolf; La superación de la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje en El positivismo lógico, Editorial FCE; Madrid; 1993.
  • DESCARTES, René: Discurso del método, Editorial Tecnos; Madrid, 2003.
  • INEGI, “Módulo sobre lectura (MOLEC) Febrero de 2015”, Boletín de prensa No. 148/15 [En línea] en http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/boletines/2015/especiales/especiales2015_04_3.pdf consultado el 30/12/2015.

[1] Artículo 3. II. El criterio que orientará a esa educación [la que el Estado debe proveer] se basará en los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios.

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Mifune

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Licenciado en Filosofía por la UNAM, certificado en gestión de contenido para plataformas e-learning, editor, ensayista y frecuente lector de filosofía antigua.

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