Hace mucho tiempo que no se propone que lo bueno y lo malo sean un problema. Probablemente nuestro problema con los conceptos de bueno y malo es precisamente que ya no nos parece problemática la situación de dichos conceptos. Hoy por hoy, pareciera que todos estamos convencidos de que no existe problema con lo bueno o lo malo porque suponemos que no existe lo bueno o lo malo en sí mismo. Lo común es escuchar que “intentar definir lo bueno y lo malo es imposible porque nunca se llega a nada”, pues “en gustos se rompen géneros”, y por eso mejor “que cada quién elija qué es lo bueno y lo malo para sí mismo, siempre y cuando no afecte a los demás”. Esta actitud hacia las valoraciones “bueno” y “malo” se derrama sobre diferentes aspectos de vida diaria. En el arte, por ejemplo, se dice que no hay en sí mismo arte “bueno” o arte “malo”, sino que “todo depende del cristal con que se mire” (el discurso es más largo, pues, entre otras cosas, propone que las valoraciones hacia el arte dependen de muchos factores, como el nivel académico y cultural de las personas, la edad, la posición social… Pero el argumento de fondo es uno y el mismo). En el manejo de las satisfacciones personales, se dice, tampoco hay nada bueno ni malo en sí mismo; consumir drogas o practicar poligamia, por ejemplo, no es ni bueno ni malo, sino que es decisión de cada quién y lo importante es no dañar a terceros (por eso, se dice, el consumo de drogas debe ser consciente, igual que la poligamia, donde todos deben ser conscientes y responsables).  Y en aquellos aspectos de la vida donde parecen necesarias las distinciones del tipo bueno/malo, se ha optado por valoraciones del tipo legal/ilegal, políticamente correcto/incorrecto, u otras de tal modo que, en suma, el problema de la valoración bueno/malo parece haber sido superado.

Debería llamar la atención que esta actitud hacia los valores es bastante joven. Un breve vistazo por la historia universal muestra cómo, hasta hace un par de siglos, la humanidad guio sus pasos por valores establecidos o bien por la política o bien por la religión. Ahora suponemos que en plena introducción al siglo XXI ya no deberíamos vivir así. Nuestros presupuestos políticos, científicos y sociales no permitirían que un presidente o una horda de políticos violaran las garantías individuales y los derechos humanos, mucho menos que un montón de presupuesto religiosos (“ya refutados por la ciencia”, se dice) dictaminaran qué es lo bueno y lo malo para todos.

Y, sin embargo, no parece que esta actitud frente a las valoraciones nos convenza siempre y a todos, y esto se comprueba por lo largas y cansadas que puedan ser las discusiones sobre la gente que se mata por sobredosis o sobre los artistas de pacotilla. Tampoco parece que con dicha actitud vivamos más felices que en la antigüedad. Que el problema de las valoraciones sobre lo bueno y malo no es una cuestión de gustos personales (o de retórica) y que podría tener una solución definitiva Nietzsche lo ensayó, por allá en el año de 1887, en su obra titulada Genealogía de la moral. Para Nietzsche, lo que hoy por hoy consideramos la actitud más adecuada (porque es la más común) respecto los valores no es otra cosa que una moral de esclavo. Para Nietzsche, proponer que “lo bueno y lo malo es imposible de definir porque nunca se llega a nada, pues en gustos se rompen géneros, y por eso mejor que cada quién elija qué es lo bueno y lo malo para sí mismo, siempre y cuando no afecte a los demás” no es otra cosa que delatar cuán ruines, bajos, pobres, indefensos y resentidos somos. Pero, ¿por qué Nietzsche dice eso y cómo llegó a esa conclusión?

Básicamente, Nietzsche propone que las reflexiones sobre las valoraciones morales bueno y malo no llegan a nada, o llegan a errores, en la medida en que se hacen sin ponerle atención a las verdades ocultas del lenguaje y a las pruebas históricas definitivas. Para Nietzsche, pensar el tema de las valoraciones sin apelar a la etimología y a la historia nos lleva a pensar las valoraciones sobre lo bueno y lo malo de modo equivocado. Pensar el tema de las valoraciones sin hacerlo como él indica nos lleva, según su Genealogía, a la moral del perezoso esclavo.

El primer modo erróneo de entender la moral y las valoraciones del que Nietzsche habla es el de pensar al ser humano de plano sin control sobre las valoraciones morales, error propio de la ciencia y, especialmente, según Nietzsche, del darwinismo. El modo científico de pensar la moral es, para decirlo en pocas líneas, el modo mecánico, el modo causa-efecto, el modo “todo consiste en acciones y reacciones de la materia”, es decir, causas y efectos donde no cabe la bondad o la maldad. Según Nietzsche, los científicos —y en este sentido, Nietzsche se refiere a Paul Rée, a Darwin y, en general, al empirismo inglés (NIETZSCHE, Genealogía de la moral, “Bueno y malo, bueno y malvado”, Alianza p31.)— piensan que originariamente lo útil antecedió a lo bueno, es decir, que primero se le llamó bueno a lo útil, o sencillamente que lo útil y lo bueno originariamente fueron lo mismo. Pero en eso consiste, según Nietzsche, el modo equivocado de pensar el origen de las valoraciones morales, pues lo bueno y lo útil son de naturaleza distinta (casi antitética, dice Nietzsche), porque lo útil depende sólo de prudencia calculadora, o sea, de saber distinguir si me sirve o no algo (una cosa) para tal o cual fin (del modo en que un lápiz o una roca son útiles para escribir o para defenderse y eso no significa que sean cosas buenas, y si se dice de uno u otro que es algo bueno, es sólo en sentido metafórico, alejado de su realidad inmediata) mientras que la valoración sobre lo bueno, lo realmente bueno, surge esencialmente por un sentimiento propio que aparece súbitamente en la persona que valora; el concepto de bueno, dice Nietzsche, no es algo que se vea en las cosas o en su utilidad, sino que es algo que un humano sabe, siente y ve sobre sí mismo. “Yo soy bueno” es el origen del concepto.

Para fundamentar lo antes dicho, Nietzsche proporciona una indicación: hay que ver todo esto con especial atención en los aspectos etimológicos, pues estos muestran que fue un tipo de persona la que originó la valoración de lo bueno, y de manera accesoria, lo malo. Haciendo gala de sus profundos conocimientos sobre historia griega y filología, Nietzsche remite al lector a los poemas de Teognis (ídem, p35) pues en sus textos podrá encontrar testimonio de que, en un momento no viciado del lenguaje, la raza griega denominaba bueno, noble, y feliz a un tipo de hombre que se distinguía con mucha claridad, del hombre rudo, plebe, esclavo, sometido a diversos rigores. En ese momento no viciado del lenguaje, no había usos metafóricos, sino que se nombraba a las cosas como se mostraban en su aparecer en la vida cotidiana. El término puro, por ejemplo, no estaba contaminado de ningún sentido imaginario, se le llamaba puro sencillamente a la persona que se mantenía aseada, que se abstenía de alimentos sucios (propios de la gente baja) y que no se metía con prostitutas; puro era el hombre que se distinguía claramente de los esclavos (Idem, p37). También de la lengua alemana Nietzsche menciona lo que según él son evidencias de cómo el lenguaje revela el origen de las valoraciones, pues el término malo (schlecht) suena idéntico a simple (schlicht), es decir, el hombre que no sobresale, que es uno más del pueblo. Otro ejemplo es el de la palabra latina bonus que, según Nietzsche, tiene una fuerte relación con duonnus, es decir, el hombre que vive peleando (“dueleando”), que es un guerrero, y no en sentido metafórico. Con argumentos de este tipo, Nietzsche busca recalcar algo específico: “en una medida apenas imaginable para nosotros, los conceptos de la humanidad primitiva fueron entendidos en su origen de un modo inmediato, tosco, casi grosero, no-simbólico” (Idem), y con esto nos quiere decir una cosa específica; el lenguaje primitivo, como se usó en sus tiempos primarios, revela qué quería decir originalmente hombre bueno: el que mandaba, el que tenía fuerza para hacerse notar, el que se distinguía del hombre de pueblo (pobre, feo, cobarde y ruin), ése era el bueno.

Según las observaciones de Nietzsche, fue hasta que las aristocracias primitivas decayeron (siendo destituidas del poder) cuando se invirtieron los valores morales, pues fue en ese momento cuando los pobres, los esclavos y débiles (en el sentido más concreto de las palabras) pudieron imponer su moral y su manera de hacer valores. A juzgar desde una investigación histórico-filológica (o sea, la de Nietzsche), fue hasta que la moral judeocristiana se propagó y dominó las naciones cuando las valoraciones tomaron sentidos metafóricos, es decir, no reales, y así el débil se pudo llamar así mismo  bueno. Los judeocristianos, que originariamente se conformaban por un conjunto de gente desamparada, pobre, débil, sin lo necesario para hacer la guerra, resentidos y envidiosos (según Nietzsche) de la condición superior de los nobles aristócratas (armados, adinerados, capaces de hacer su voluntad), se impusieron y reinventaron los valores según su beneficio, y así, los que como ellos; pobres, débiles, insuficientes para hacer su voluntad, fueran los buenos, y los nobles fueran los malos.

Podría suponerse fácilmente que la reflexión de Nietzsche cae fuera de nuestra experiencia de la vida actual, pues, como se mencionó al principio de esta reflexión, es casi evidente que las religiones (y eso incluye la judeocristiana) han quedado atrás, “superadas” por nuestros avances científicos. Pero quizá pasa como dice Nietzsche, a saber, que “la Iglesia es la que nos repugna, mas no su veneno…” (Idem, p42), pues a pesar de que somos ya muy poco religiosos, parece que cada vez somos más demócratas, es decir, cada vez creemos con más convicción que la unión total del pueblo es deseable. Esto para Nietzsche significaría que cada vez estamos más dispuestos a diluirnos en una masa pareja, donde nadie sobresalga, donde cada quién pueda vivir su vida sin que nadie le diga qué hacer o cómo vivir, y lo más importante, donde sólo cada quién, dentro de sí mismo, pueda decidir qué es lo bueno y lo malo. Para los presupuestos nietzscheanos, este espíritu moderno de la “comunión democrática pacífica unos con otros” está relacionado con el espíritu de la moral esclava judeocristiana. Es su herencia, dice Nietzsche. En esta moral demócrata impera la actitud “no hay nada bueno ni malo en sí mismo, sino que cada quién puede elegir qué es lo bueno o malo para sí, siempre y cuando no afecte a terceros”. Diciéndolo siempre entre líneas, la democracia es, según Nietzsche, el más grande contragolpe de la moral esclava. Es la democracia, desde la visión nietzscheana, el gobierno de los ruines, de los bajos, de los débiles, de los que quieren vivir complaciendo sus necesidades más rudas y más bestiales, la cúspide de la moral del perezoso, que para vivir en su pereza, para poder hacer lo que le plazca, prefiere eliminar rangos, escalas, niveles y, finalmente, valoraciones, antes que tener que obedecer a alguien y ordenar su vida conforme criterio externo.

En cuanto bien poco judeocristianos, y cuanto más defensores de los derechos individuales, cuanto más se levantan acorazados los presupuestos de Nietzsche frente nuestros rostros. Mientras más se aferra el pensamiento a la inexistencia de lo bueno y lo malo, mientras más evitamos la distinción bueno/malo, cuanto más podría decir una persona convencida de Nietzsche: “lo que pasa es que tú no crees en la existencia de lo bueno y lo malo (ni te esfuerzas por distinguir ambos conceptos) porque eres un débil, esclavo, pobre, insuficiente, una persona mala que tiene miedo de que los poderosos, los fuertes (fuertes porque sean ricos y puedan hacer su voluntad con dinero, o fuertes porque tengan armas y puedan imponerse con fuerza física) y verdaderos capaces de gobernar, es decir, los que sabemos qué es lo bueno porque somos buenos, nos impongamos ante ti”. Si tuviéramos, por ejemplo, la compleja fe de un verdadero creyente o la riquísima educación política de un “antiguo noble”, seguramente tendríamos argumentos para defendernos del discurso de Nietzsche. Desafortunadamente, pareciera que no tenemos ni lo uno ni lo otro. De modo que, aunque hagamos como que el problema sobre lo bueno y lo malo no existe, éste está allí, y le debemos una reflexión con conciencia de las palabras de Nietzsche.

Mifune

Mifune

Licenciado en Filosofía por la UNAM, certificado en gestión de contenido para plataformas e-learning, editor, ensayista y frecuente lector de filosofía antigua.

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