Aunque incorpórea, la literatura se manifiesta en las geografías de la carne, por lo menos para los que gustan de la glosa y el comentario. “Alto intelecto”, “gigante de las letras”, “un novelista enorme”: eso que no puede atraparse porque es evanescente se presenta, de boca en boca, como el cuerpo del delito. Dichosa ironía cuando el maestro ocupa poco espacio: a saber, cuando su estatura lo traiciona, como al regiomontano Reyes (el único de la literatura, ya se conoce: Alfonso). A estos calificativos se puede añadir luego: “un proyecto de proporciones inauditas”; hecho, claro, por un ratón. “Levantarse en hombros de gigantes”, acaso porque ser pequeño es no ser. Lo mínimo convida en sentido con lo insignificante. Pero a veces una gota de veneno sirve para matar a un hombre.

Si, como dijera Borges que el griego afirma: “el nombre es el arquetipo de la cosa”, el libro, la suma de sus letras, es el arquetipo del escritor. La literatura breve es cosa de enanos. Sólo aquel que vive entre miniaturas comprende que existe esa región de invisibles. Acaso los liliputienses únicamente ocuparon su lenguaje en minificciones; y los japoneses, que viven en departamentos de 50 m2, escondiendo la cama en el ropero para convertir el cuarto en un estudio o en una sala, ellos, y no otros, lograron dominar el haikú, poesía que se repliega como un tatami.

Por mucho tiempo estas expresiones habitaron el margen de lo escrito. Cuando el mundo era vasto y misterioso (el hombre hacía castillos, construcciones monumentales: aire le sobraba), la creación tenía espacio suficiente para ser descomunal: faltaban tomos en las bibliotecas, en la historia. Pero el mundo llegó luego a convertirse en un tiradero. Hasta el viento fue habitado de poesía. Al oscuro bosque le siguió la ciudad atiborrada de concreto. Y como no se llenara sólo la tierra sino el tiempo, regresó, más significativa, la brevedad. Porque para vivir ya no había horas (estaban para la lectura Joyce y todas esas páginas de Tolstoi), piadosos los enanos pensaron en alfileres. En su casa de muñecas los pigmeos trabajan la escritura.

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