Por Oscar Hernández

Entró a aquel local dispuesto a manera de bar. En la barra no había lugar para borrachos, pues apenas proveía el espacio suficiente para despachar.

Se sentó junto con su amiga de toda la vida en una mesa pegada al ventanal que servía de entrada principal. Las mesas eran incomodas, y la mayor comodidad era apenas rozar el hombro o la espalda de cualquier fulano, aún con el banquillo lo más cercano a la mesa. Por más que lo intentara no pudo escapar de los molestos y ocasionales contactos con el tipo sentado a sus espaldas. Aquellos eran cualquier pareja.

Lo fueron por más de una hora, cuando Verónica y él se habían acostumbrado a recargar su cabeza contra la del otro en un mutuo acuerdo obligado. A pesar de la unión fraternal con su acompañante no tenían nada que decirse.

Ella giró la cabeza por pura inercia, mientras él regresaba del meadero, y lo recordó como aquel tipo con el que se acostaba en la preparatoria, a penas y se reconocían, pero tenían la complicidad intacta. Sin embargo, el efecto no fue más que el de una reminiscencia cualquiera.

Terminaron sus cervezas y se marcharon. Despidió a su amiga en el sitio de taxis que estaba cruzando la avenida, y regresó sobre sus pasos, que era el camino más corto al edificio donde vivía. Entre las luces de los puestos callejeros de tacos una mano pálida y blandengue la tomó por la muñeca. Giró sobresaltada para encontrarse con el recuerdo de la adolescencia. La miraba con ojos amarillos y una boca abierta con los dientes chuecos que parodiaban a una sonrisa. Aquel gordito de lentes no tuvo mucho que decir, pero se arriesgó lo suficiente para invitarla a lo que fuera la próxima semana, o cuando ella tuviera tiempo (sic.). A pesar de los motivos de sobra para mandarlo al carajo, del bolsillo de su chamarra imitación piel desenfundó la zurda con un anillo, que parecía de bisutería, casi encarnado en el anular, dijo que estaba casada, y por ello se prohibía, por iniciativa suya sin petición del marido, las salidas con otros hombres, por más inocentes que estas fuesen.

Con la convicción y el amor cotidiano reforzados, Verónica entró a su apartamento en penumbra, sin hacer el menor ruido, pues no quería despertar al amor de su vida. Encendió la luz de la cocina, abrió la puertezuela del lado izquierdo debajo del fregadero y extrajo una bolsa de comida para gato que abrió con la ternura de un crimen, vertió un poco del contenido en un plato para mascota e inspirada por las obligaciones conyugales buscó en la alacena arriba de la estufa una lata de carne especialmente preparada para gatos que rebasan los 10 años. Se tentó a usar el abrelatas eléctrico, pero percatándose de los ruidos, utilizó el manual, aunque igualmente cuidando cualquier clase de sonido mientras un animalito de pelaje pardo se paseaba por entre sus piernas frotando sus mejillas contra ellas. Dispuso de la carne sobre las croquetas servidas, y con el dedo las mezcló hasta conseguir un compuesto homogéneo.

En el dormitorio se desnudó suavemente intentando dar un espectáculo al pedazo de güey salido del matadero que yacía inerte en la cama, tapado desde las patas hasta a cabeza con una colcha, y que daba la impresión de ser un pelele de almohadas dispuesto por un escaparate adolescente. Se metió en cueros bajo la misma colcha, intentando rescatar lo más posible del calor de aquella carne a su lado.

Aún sin sueño, y caliente por las cervezas, pensó en masturbar a aquel, aunque la culpa la abordó y cogió de su buró un copia de “Perras locas y furiosas” de un tal Santillán. No podía dormir, ni concentrarse. Así encuerada fue a la sala a sentarse en un sillón de piel blanca, y prendió el televisor para ver la repetición por cable de “The Patty Winters Show” que transmitía en vivo por las mañanas. A ella en realidad no le gustaba, pero su marido le contagió aquella distracción, y ese sería su único vínculo aquella noche.

Cuando el programa acabó decidió que lo mejor sería preparar las cosas para la mañana, por si es que el sueño llegaba de madrugada, sobre todo porque su esposo salía mucho más temprano que ella, dentro de 4 horas exactamente. Así que diariamente a las 4 am ella se levantaba a picar fruta, programar la cafetera y tostar 2 rebanadas de pan al que untaba queso cottage. También preparaba dos emparedados de queso de puerco, jamón, paté, pierna ahumada, queso blanco, queso manchego, queso gouda, jitomate, lechuga, mayonesa dietética y mostaza dulce. Estos últimos eran guardados en contenedores herméticos de plástico, para que él pudiera comerlos a cualquier hora durante el trabajo. Acto seguido, con mucho sigilo preparaba la vestimenta del marido, desde los calzones hasta el alfiler para la corbata. Todo esto lo hacía con el tiempo suficiente para que cuando él se despertara encontrara todo predispuesto. Pero ya que el sueño jugaba a su contra prefirió anticipar las cosas.

Al terminar se acostó en la cama king size como lo hacía todas las madrugadas, sin alguna señal de vida por parte del esposo. Y se despertó, como lo hacia todas las mañanas, sin alguna señal de vida por parte del esposo. Y como lo hacía desde hace algún tiempo notó el desayuno sin tocar, el café frío, y lo sándwiches olvidados. Siguió haciendo lo que llevaba mucho tiempo haciendo. Se desnudaba en su cuarto, y caminaba en cueros hasta el baño, tratando de no mirar la insignificancia de sus actos sobre la mesa, se sentaba en el retrete, con la tapa baja.

Abrió el grifo de la regadera, y se contentó con mirar el agua escurrirse por la coladera, incluso cuando el agua ya estaba en su temperatura ella continuaba con su pasatiempo, forzándose a respirar larga y pausadamente. Terminando de mentirse se metía al agua, se lavaba el cabello con shampoo perfumado y extracto de aguacate, y se frotaba el cuerpo con una barra de jabón a base de crema. Para su sexo perfectamente afeitado, como cualquier otra parte del cuerpo, a excepción de sus cejas y cabeza, utilizaba un jabón líquido especial, y mientras se tallaba el coño miraba, como extraña de su cuerpo, la pared de frente. Salía del baño con un turbante de toalla blanca, y una bata de igual pulcritud que hacía juego con unas babuchas del mismo material.

Terminaba su arreglo personal, que a duras penas constaba de una leve capa de maquillaje para proteger su cara de los rayos solares, y se dirigía a la cocina a tirar a la basura los desprecios del marido. Lo hacía sin ninguna señal de afecto en el rostro.

En el trabajo no hablaba más que lo necesario, aunque su puesto de contadora lo desempeñaba eficiente y perfectamente. Y durante la comida prefería fumar dos Malboro en lugar de cualquier otra cosa.

Era sábado, así que sólo trabajaba por medio día. Él sin embargo se ausentaba hasta la noche, sus horarios eran errantes y tan dispersos como el quehacer caótico de su esposa.

Al salir del trabajo, Verónica se enfundaba en una gabardina caqui, que jamás pasaba por alto a pesar de cualquier temperatura, aunque el calor de abril le jodiera el maquillaje y lo volviera grumoso, y sus pestañas goterearan el sudor de su frente para resbalarle a los ojos y que estos ardieran hasta casi lograr el llanto. Ni en el horno público conocido como Metro ella se desprendía de esta. Era una sauna personal que no tenía mucho que moldear, pues el apetito siempre lo compartió con su hombre, y si él comía ella lo hacía, si él se marchaba con la tripa vacía ella lo hacía. Estaba en los huesos. Aún así prefería el metro, con los vagoneros y su discoteca personal, los músicos de batucada tan injustamente infravalorados por los usuarios que no tenían ninguna idea del exquisito deleite que produce una batucada en hora pico, los merolicos y los limosneros. Si algún tipo cruzaba la mirada con ella, o le cedía el asiento, ella salía del tren en la próxima estación, no soportaba ninguna clase de contacto masculino, de no ser por el calor que su Amor le producía. Aunque este siempre quedara mal con la familia, aunque su boda haya sido en la intimidad de ellos y el juez del registro civil, aunque no le diera hijos, aunque se quedara dormido a medio palo, aunque no llegara a cenar. Aunque no respondía el teléfono, ni las notas de amor, ni los poemas arrancados de los libros dejados por cualquier parte de la casa.

Prefería todo aquello del metro, pues el auto debía estar siempre dispuesto por si él tendría que salir a provincia, ya que su trabajo a veces lo exigía, y no lo veía a veces en una o dos semanas. Aún así la mayor parte del tiempo aquel Audi permanecía aparcado.

Antes de entrar al edificio extrajo de su bolsa un perfume dulce, y se disparó 5 veces. Al llegar a la puerta de su apartamento, se disparó otras 5 veces. Al entrar a su cuarto, se percató que él no uso el traje que ella le preparó, y se culpó por no darse cuenta de ello desde la mañana antes de salir. Así que colgó las prendas en el armario especial para los trajes del marido, había más de 2 docenas ahí.

Se duchó por segunda vez. Su atuendo ahora era un pans de tela gris, y una camiseta recuerdo de un viaje de su esposo a Puebla. Se dispuso a hacer el aseo, no el de su apartamento, pues la criada se encargaba de aquello. El único quehacer que Verónica hacía era la limpieza del estudio del esposo. Que era donde pasaba la mayor parte del tiempo cuando no estaba en el trabajo o en provincia. El apartamento no tenía más de dos dormitorios, pero dada la imposibilidad para concebir se adaptó la segunda recamara para el relajamiento del hombre de la casa. Era el único lugar colorido del hogar, con una silla de madera con respaldo y asiento en terciopelo rojo, la madera de caoba curtida en petróleo, igual que un escritorio, que fue del padre de Verónica y ella se lo regaló cuando se casaron, los libreros lucían abundantes tomos en diferentes pastas de colores. Aunque las paredes eran de un blanco pulcro, como toda la pintura de la casa, eran ignoradas por el colorido de los libreros, que cubrían tres paredes enteras. La puerta fue elaborada artesanalmente por un maestro carpintero de un pueblito entre Guadalajara y Guanajuato. Se cerraba bajo llave y sólo Verónica y él tenían las copias, aunque ella sólo entraba para la limpieza.

Terminó su labor, y se duchó por tercera vez. Ahora se disponía a preparar la cena, cortó los vegetales para una ensalada y preparó vinagreta. El plato fuerte sería lomo en salsa de chipotle. Para la entrada se preparaba una crema de quesos para servirse fría. Tardó horas en hacer la salsa, puesto que tenía que conseguir el color exacto que daba garantía de sabor, según las enseñanzas de su madre. Así que por ello desechó varias cazuelas del preparado, tirando por el fregadero todo aquello que no fuera de su gusto. Cuando lo hacía, se deleitaba con el correr del agua y la salsa. La crema de quesos sufrió lo mismo más de una vez.

Salió al jardín interno del edificio. Que no era más que un cuadro de pasto de tres por tres con un intento de fuente de piedra. Se sentó con un cigarro en un banquito a esperar la noche, la cual no tardó más de media hora. Siempre procuró no ser vista por algún macho.

Regresó a su apartamento para tirar una meada, al limpiarse la vagina procuró que el papel no la tocara más de lo necesario. Y se volvió a duchar. Esta vez se arregló con un vestido carmín que contrastaba con lo blanco del hogar. Era entallado y sólo sirvió para marcar sus costillas, el esternón y la espina. Como siempre usó una simple capa de maquillaje, pero esta vez uso spray fijador para el cabello, aunque este lucía al natural sobre los huesos de sus hombros. Estaba cenizo y maltratado, a pesar de su shampoo con aceite de aguacate. Se enfundó las patas de gallina en unas medias que dieron un poco de color a sus piernas flacas y blancas. Los zapatos eran de igual carmín, unas zapatillas abiertas de tacón bajó. Para el cuello usó una cadena de oro con una medalla discreta.

Alistó la mesa para esperar a su hombre. Con manteles individuales sobre la mesa blanca. Procuraba utilizar un color distinto para estos en cada cena. Dispuso platos para dos, con cubiertos artesanales. Ya que la crema se comía fría, no dudó en servirla, pues sabía que la hora de llegada siempre era un misterio. Se sentó en el comedor a oscuras. Ni siquiera en las ventanas contiguas podía verse algo de luz. Si acaso en pisos superiores o inferiores, y esta sólo era el resplandor de la tele.

Pasó en esa misma posición 5 horas, aguantando las ganas de mear por si su marido llegaba, pues no deseaba ser encontrada en menesteres tan poco decorosos para el romance.

Escuchó una llave en el picaporte y se paró brutalmente de la mesa ignorando el dolor de la vejiga. Cuando escuchó abrir y cerrar la puerta entrecerró los ojos y paró el pico para besar el humo de sus cigarros que a estas horas ya era bastante. Extendió los brazos para alcanzar su propio cuello y se acarició la nuca. Ahí se quedó parada unos quince minutos, con lo que ya era una colilla de cigarro con la ceniza pegada entre los dedos, hasta que sus meados se escurrieron entre las medias y un charquito le rodeó los pies. Se apresuró a limpiar la mesa, lavó los trastes sin usar, y tiró los desperdicios a la basura. Esta vez sin preocuparse por la salsa de chipotle y la crema resbalando hacia la cañería. No había tiempo que perder, y menos por hacérselo perder a su marido, quien la esperaba para a hacer el amor.

Se dirigió al dormitorio conyugal. Antes de acostarse dispuso nuevamente en el perchero una camisa blanca, un traje azul marino de dos piezas, una corbata, y en el tocador un alfiler para corbata, calzones y calcetines, todo eso que nadie había usado en los últimos 5 años de matrimonio. Acarició el anillo que ella misma había comprado media década atrás. Se desnudó con pasión, cerrando los ojos. Y se sentó junto al que perfectamente comprendía como un muñeco de almohadas, ese que ella había abultado y cobijado aquella mañana, para que él no tuviera frío.

 


Oscar Hernández. 1992. Nacido en el “Defe”. Se dice que estudió psicología en la UNAM. Alérgico a los chairos, entusiasta de la cerveza y futuro maestro pokemon.

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