Por Miguel Córdova Colomé

El sol pega en la cara, calor incesante quemando mejillas calientes, un poco rojas por ese fuego abrasador. Abro los ojos, mientras esos rayos filtrándose por la ventana sucia de la habitación dan la noticia: el mundo ha despertado con ese olor a tierra mojada y andar melancólico que distingue al ser humano extinguiéndose entre las fauces salvajes de los minutos. Con movimientos lentos, un poco torpes, la mano se aproxima al reloj de la cómoda. Las pupilas, aún dilatadas por la somnolencia distinguen unas formas color verde fosforescente en el aparato digital: son las 10 a.m.

Lento, me levanto de la cama. La resaca y el palpitar retumban en la cabeza, no dejan sincronizar los movimientos. ¡Qué noche! A lo lejos escucho las campanas del cielo resonando en el cuarto. ¿Estaré muerto? ¿He despertado en un estado de transición al limbo? Busco alrededor algún ángel, o en su defecto algún demonio que haya venido a reclamar mi espíritu, pero diviso el celular emitiendo ese extraño tono de llamada mientras vibra como el aleteo de un manojo de moscas entre los desperdicios del ser humano.

—¡Bueno! —Contesto ante la incógnita de si será el mismo Dios que está llamando para darme la noticia.

—¡Hola, buenos días! ¿Se encuentra el poeta Manuel Tavares? —Escucho al otro lado de la bocina una voz femenina, dulce, angelical.

—Sí, con él habla.

—Hola, disculpe, habla la secretaria Manrique, de parte del Lic. Roberto Mandela, para recordarle que lo esperamos hoy en el Primer encuentro de los Mil Poetas del siglo XXI, exactamente a las 3 de la tarde. Esperamos contar con su presencia en la inauguración de dicho evento. Le recuerdo que usted abrirá con la lectura de su poema, producto de la beca que se le otorgó meses atrás. ¡Que tenga un buen día!

Suena ese martillazo cuando la bocina cae de súbito. Mi ángel resulta ser la hermosa Lorena Manrique: bella, inteligente, con el cuerpo que siempre he anhelado. Muy lejos para la posición de un poeta, tal vez de un novelista o de un best-seller, pero de un poeta no.

Busco alguna vestimenta limpia; durante el proceso mi cerebro, como un motor viejo, comienza a lanzar destellos. Saco cuentas de los días que han pasado desde que depositaron aquel monto: seis meses. Seis meses de plazo para escribir un solo poema por parte del reconocido poeta de México, de la misma América: la honorable “Beca de los Mil Poetas del siglo XXI” al gran escritor Manuel Tavares: poeta nato, integral; donde la poesía es parte de su vida diaria, su alma, su entrega, la lucidez más representativa de la poesía moderna: ¡basura!

Desde el primer día me la pasé tomando, rajando trago, poniéndome hasta la madre, vagando de bar en bar, viviendo la vida del verdadero poeta: bohemio, romántico, soñador, sin preocupaciones. Pero ha llegado el momento de entregar el producto final, de recitarlo ante la comunidad de pensadores. Un poema solo que sorprenderá al mundo, que cambiará el estilo prosódico, estilístico y fluido de la poesía. Capaz de obtener el más alto rango, ganar todos los primeros lugares: el poema que me llevará al Nobel. Que será recordado por generaciones; desarrollarán análisis y estudios sobre su morfología, sobre su estilo. Una nueva corriente poética surgirá de mi escrito. Sólo dos horas restan para realizar el poema, recitarlo ante los críticos más voraces. El poema que cambiará la perspectiva de todos los estudiosos, literatos, escritores, poetas, poetitos y poetastros. Termino de vestirme.

Armado con una hoja en blanco y un lapicero. salgo de casa, con la incertidumbre de que resta la hora que tengo de lapso para llegar a la biblioteca central. Decido tomar un taxi, quince minutos después me arrepiento estando a unas cuantas cuadras de mi destino, el destino de todo poeta: la verdad. Bajo mientras pago los 36 pesos que marca el taxímetro. Observo el interior de mi cartera: sólo un billete de 500 pesos se acurruca entre el cuero maloliente, los últimos que restan del monto de 30 mil que seis meses atrás sirvieron para darme una vida galante entre las mujeres  más bellas que esta ciudad puede ofrecer. Camino despacio, argumentando palabras sueltas, frases, ideas que den pauta a la escritura: nada se conecta entre mis neuronas. El tiempo transcurre mientras me aproximo más al destino. Las manos me sudan. Las palabras no se presentan. ¡Nada! A lo lejos alcanzo a apreciar el monumental edificio, la biblioteca central de mi apreciada ciudad.

Los grandes intelectuales, escritores y poetas más reconocidos de América se congregan en este lugar por primera vez en el Primer encuentro de los Mil Poetas del Siglo XXI, homenajeando al gran poeta Manuel Tavares, por su trayectoria como intelectual de la lengua; su trabajo y su obra que hoy representa la vastedad de talento con el que cuenta nuestro país. Siendo ganador del concurso de poesía que lleva el mismo nombre, hoy nos deleitará con su poema, que los grandes críticos han llamado. El escrito que le abrió las puertas directas al Nobel. El segundo Nobel que nuestro país logró obtener. Dirán los medios de mi persona. ¿Qué dirán cuando mencione que no escribí nada? ¿Qué todo fue un fiasco? Pienso en mis poetas favoritos: Borges, Gorostiza, Pellicer ¿Qué habrían hecho en mi caso?

Alzo la vista y sólo dos cuadras me separan de mi destino. Observo en el celular las líneas digitales que indican que son las once con cincuenta minutos. Lo guardo mientras me detengo a ver la entrada principal, aquella que será la puerta al fracaso. Comienzo a caminar, mientras detecto a dos niños indigentes acercándose apresuradamente. El más grande, como una muralla se para frente a mí. Mientras, saca de la bolsa del pantalón deshilachado un papelito arrugado. A modo de tregua no anticipada me lo entrega. Dibujándose en el rostro del más chico la inocencia perdida entre rincones vomitados y sucios de esta ciudad indiferente. Su miseria no da opción para negarme, la misma que en unos minutos llegará a mi vida. Saco el billete de 500 pesos, los últimos de la beca; se lo entrego observando como sus ojos se llenan de brillo mostrando la vida tan grande e inocente, esa alegría que aún reina en sus cuerpos maltratados por el frío. Los dos niños salen corriendo presurosos. Desdoblo el papel.

 

“Hola, buenos días, antes que nada regáleme una sonrisa, soy sordomudo de nacimiento y le agradecería me apoyara con una moneda

para sostenerme y sostener a mi familia.

Gracias y que Dios lo bendiga”

 

En el mismo papel distingo unas palabras sueltas, pictogramas asomándose tímidamente entre las líneas mal trazadas que estos niños han garabateado en su esfuerzo por aprender a dominar la lengua escrita; juego inocente que no representa ningún orden. Éstas, sólo son producto de la imaginación, algún mensaje que han querido transmitir en su lucha por comunicarse con el mundo: Estacionamiento, Amanecer, Felino salvaje, Sueño, Pudrir, Mesa, logro distinguir entre los trazos remarcados con carbón por la inexperiencia. Tomo el lapicero y comienzo a redactar en la hoja en blanco, siguiendo el orden que mi pensamiento dicta:

 

Los escritores

son felinos salvajes

amaneceres

del estacionamiento perdido.

Mesas llenas de sueños

que se pudren en la inocencia

de las calles olvidadas por la sociedad…

 

Al término de la redacción, retomo el camino hacia la puerta que ahora será el disparador al éxito total. En el celular suena el tono que anuncia las doce, solo unos pasos me separan de mi destino. De mi verdadero destino. Me pregunto si Borges o Pellicer habrán tenido algún niño cerca cuando no se asomaban las ideas por su cabeza. Mientras, acercándome a la entrada principal, vislumbro el éxito. Voy preparado: en México hay más de 100 000 niños de la calle que están aprendiendo a escribir.

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